Capítulo 5
A primera hora de la mañana, el madjlis de la casa del emir rebosaba de hombres.
Ismail al-Nahil, el tío paterno de Muhammad V, permanecía sentado frente a su sobrino.
Había llegado a Granada la tarde anterior, después de haber sido liberado de su reclusión en la costa.
Alrededor de ambos, el hayib Reduán, el general al-Assad, el visir Ibn al-Jatib, el sayj al-Guza y un nutrido grupo de parientes nazaríes asistían a la celebración del contrato nupcial.
Al-Nahil fue el primero en tomar la palabra:
— Mawlana Muhammad, quinto de tu nombre, me siento honrado por estar en tu casa para esta ocasión tan especial. Tienes mi gratitud, mi respeto y mi fidelidad.
Habló en tono formal. Los hombres lo observaban en silencio. Muchos aún recordaban las intrigas que había dirigido contra su hermano, Yusuf I, que motivaron su exilio de la capital nazarí.
—Tío, sabes que siempre te he apreciado —respondió el joven Muhammad—.
Mi padre también te amaba, pero se vio obligado a tomar decisiones para garantizar la buena marcha de su emirato.
—Su voz no temblaba y las palabras acudían a su boca con soltura.
Ibn al-Jatib sonrió, profundamente orgulloso de su alumno—.
Pero los tiempos cambian y ha llegado la hora del perdón.
La ceremonia de mi aclamación por el pueblo será más adelante, si el Altísimo lo permite.
Pero tú mostrarás tu obediencia aquí y ahora, ante nuestros parientes.
—Su voz había adquirido cierta dureza en la última frase.
El muchacho de quince años parecía haberse convertido en un hombre maduro.
Reduán asintió, complacido. Él mismo lo había aleccionado para que comenzara la reunión con aquella petición. Liberar a un opositor de su padre y casarse con su hija podría ser interpretado como un signo de debilidad.
Tío y sobrino se miraron fijamente. Al-Nahil se puso en pie y se acercó al emir para arrodillarse ante él. Juntó las manos y se las ofreció.
—Me someto a ti, emir de los musulmanes.
Muhammad tomó sus manos entre las suyas, aceptando su sumisión.
«Bien hecho», pensó Ibn al-Jatib, que no podía evitar reconocer otro frente de preocupación en la liberación de aquel hombre. «Rezo a Alá para que no tengamos que arrepentirnos de esto».
Ismail al-Hassas, el hijo de la Gacela blanca, medio hermano del emir, asistía a la ceremonia con evidente hastío.
Bostezaba y jugaba con las trenzas de su pelo mientras alisaba los pliegues de su túnica, constantemente preocupado por su apariencia.
A su lado estaba Muhammad el Bermejo, el esposo de su hermana.
Su aspecto era diferente. Uno parecía un gato aburrido; el otro, un leopardo dispuesto a atacar.
Ibn al-Jatib no los perdía de vista. Ese era otro de los frentes abiertos en la corte.
Por último, el visir de la Pluma vigilaba al sayj al-Guza, el líder de los Voluntarios de la Fe. «¿Qué tramas con la Gacela?», se preguntaba, de nuevo sobrepasado por las cargas cortesanas.
El contrato estaba redactado en sus líneas esenciales, a la espera de completar la dote y el ajuar.
Un katib con escribanía aguardaba a que el novio y su futuro suegro llegaran a un acuerdo.
Bastaron unos minutos para que todo quedara establecido.
Ni siquiera hubo regateo. Los dos hombres se abrazaron y celebraron el acuerdo.
—¡El Compasivo os permita hacerme abuelo pronto! —exclamó al-Nahil, visiblemente alegre. Algún día su nieto sería emir de Granada.
Varias siervas del palacio accedieron a la sala para ofrecer vino, limonada, dátiles y almendras tostadas. Los hombres festejaron con jolgorio aquel preámbulo de la boda.
Iqbal llegó al baño de Comares y se identificó ante el guardia que custodiaba la entrada.
Mientras los hombres celebraban el contrato nupcial, las mujeres habían decidido reunirse para arropar a la novia y asesorarla ante el relevante paso que iba a dar.
En la Alhambra eran frecuentes esos encuentros, en los que las cortesanas podían hablar, reír, llorar o desahogar ansiedades sin el recato que debían mostrar en los palacios.
El guardia observó sus ojos por encima de la tela que ocultaba su rostro. Tardaba en dar su respuesta y la mujer comenzó a sentirse intimidada.
—He sido invitada, me esperan dentro —avisó.
—Discúlpame, Iqbal. No podía creer que fueras tú. —El guardia desabrochó el barbiquejo de su celada y mostró su rostro con una resplandeciente sonrisa—. ¿No me reconoces?
—¡Al-Baaz! —El Halcón, lo llamó; así era conocido en su barrio por su habilidad cazando pajarillos—. Pero ¿qué haces aquí?
El guardia chistó para pedirle que bajara la voz.
—Que no nos escuche el capitán, que debe de andar cerca.
—Señaló con el pulgar el muro que daba al patio del palacio de Comares.
Luego abrió los brazos para mostrar con orgullo su flamante brigantina—.
Ya me ves, convertido en guardia. Pero no creas que he cambiado mucho.
Me tienen aquí porque saben que no sirvo para mucho más.
—Sofocó la risa. Hablaba con desenvoltura y sencillez.
—Qué alegría verte así. Cuántos años sin saber de ti; y estabas aquí… Alá te ha puesto donde mereces, en la Alhambra —dijo, sinceramente emocionada por el reencuentro.
Los recuerdos comenzaron a volar entre ellos, pedazos de memoria compartida del arrabal de la Rambla, donde se habían criado.
Allí crecieron jugando, correteando por las calles del barrio, molestando a los mercaderes de la plaza de Bib-Rambla, acompañando a sus madres a los baños o escapándose a robar hortalizas en las huertas de la Vega.
Todas eran añoranzas de aquella edad a la que todavía nadie obligaba a niños y niñas a separarse, cuando aún no había malicia ni deseo en sus corazones.
—Mi esposo trabaja aquí —dijo ella para explicar su presencia en el baño del Emir.
—Lo sé, cómo no saberlo. Todos en la Rambla saben que te casaste con Lisan al-Din. —Iqbal no supo interpretar el tono que había imprimido a sus palabras.
—Y tú, ¿has sentado ya la cabeza?
Al-Baaz dudó un instante, como si quisiera eludir la pregunta.
—Sí, me casé con Zara. Tenemos dos hijas.
—La buena de Zara… Granuja, al final tuviste suerte.
Él sonrió y se ciñó de nuevo la celada.
—No me quejo —repuso, y su respuesta sonó conformista.
Permanecieron varios segundos mirándose, dejándose invadir por la dulce sensación de nostalgia. En un arrebato, al-Baaz alargó la mano y, empujando con su índice, destapó el rostro de su vieja amiga.
—Déjame ver cómo ha envejecido Iqbal.
Ella dio un respingo, pero lo dejó hacer. La vergüenza coloreó sus mejillas mientras él la observaba. La sonrisa desapareció de las facciones del guardia.
—Iqbal, estás preciosa —declaró sin medir sus palabras, y la mujer sintió cómo su corazón se aceleraba con un ritmo antiguo que supo reconocer.
—No juegues a ser zalamero conmigo. —Se recompuso y volvió a cubrir su rostro—. Veo que no has cambiado. —Dirigió la vista hacia la entrada del baño—. Debo irme. Supongo que nos veremos en otra ocasión. Dale un beso de mi parte a Zara. Me ha alegrado verte, al-Baaz.
Mientras la mujer se encaminaba hacia la puerta del establecimiento, el guardia no le quitó la vista de encima.
—A mí también, Iqbal —pronunció en un susurro, embelesado con la magia de un nombre que le sonaba a encantamiento.
Iqbal accedió al vestíbulo del baño del Emir.
Una moza la recibió y le entregó el paño que debía usar para cubrir sus vergüenzas.
Una vez sola, se desnudó y anudó la tela a su pecho.
También tomó unos chapines de suela gruesa, que evitaban que se pudiera lastimar los pies con el calor del suelo.
Estaba en la planta superior de una gran sala iluminada por una linterna.
Un corredor rodeaba la oquedad central, de manera que desde allí podía ver la fuente que presidía la planta baja.
Amortiguado por los muros, le llegaba el alboroto de las mujeres, que apagaba el rumor del agua.
Descendió a la planta baja. Aquel era un espacio de reposo y disponía de dos superficies elevadas cubiertas por alfombras y almohadones.
Atravesó la sala fría y accedió a la templada, donde las cortesanas parloteaban sentadas en bancos de madera.
Una de ellas recibía un masaje de una moza del establecimiento.
Era una estancia amplia con suelo de mármol blanco, atravesado por un estrecho canal para el agua.
El ambiente rezumaba un intenso olor a romero.
En los baños cortesanos era habitual quemar plantas aromáticas en el horno subterráneo.
Las formas geométricas de los alicatados simulaban las ondas de un reflejo de agua, creando una sensación de movimiento.
Por encima del zócalo, la pared estaba enlucida con almagra, lo que le aportaba un color rojizo que acentuaba la calidez de la sala.
Los cristales que cubrían las lucernas también eran rojos, e irisaban la luz con sus tonos tintos.
Por un momento se hizo el silencio, roto enseguida por Maryam la Gacela.
—¡Ya está aquí la que faltaba! —proclamó a viva voz—. ¡La esposa de Lisan al-Din, el hombre más sabio de Granada!
La ironía no pasó desapercibida para las demás.
—Bienvenida, Iqbal —saludó Butayna, la madre del emir—. Siéntate donde estés cómoda.
Con un solo vistazo, la esposa del visir se percató de la situación.
La Gacela y Butayna permanecían enfrentadas, una bajo cada arquería de la sala.
Cada una tenía a su lado a sus propias hijas y partidarias.
En el centro de la sala, como si no quisiera tomar parte en aquella guerra, permanecía la esposa del hayib , una mujer mayor y elegante que constantemente sonreía, pero evitaba las carcajadas.
A su lado estaba Mu’mina, la prometida del emir, la prima amada por Muhammad.
La muchacha estaba cohibida por la exhibición de desenvoltura de las otras mujeres.
Iqbal saludó y decidió sentarse junto a ella.