El elegido Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Me gusta la idea, sidi —le dijo Ibn Zamrak al oficial. El visir de la Pluma le había encargado la composición del poema para Mu’mina, pero le ordenó a Ahmed que supervisara su trabajo—. Tal vez un río… Y mawlana Muhammad sería el valle que lo acoge. —Le gustaban las metáforas acuáticas.

El oficial quedó pensativo unos segundos. Sus ojos brillaron de admiración.

—Dame los cinco primeros versos y lo valoramos.

Se levantó y se retiró varios pasos para dejar solo al auxiliar.

Sin embargo, sus ojos seguían buscándolo, como si Ibn Zamrak ejerciera sobre él una atracción especial.

El aprendiz terminó enseguida y alzó el brazo para llamar a Ahmed.

Este regresó a su lado y tomó el papel. Leyó en silencio el arranque del poema.

—Continúa. Cuando llegues a veinte versos, avísame y lo revisamos juntos.

Ibn Zamrak orientó su banqueta hacia la ventana y se abstrajo.

La magia de su poesía comenzó a manar a través de sus dedos, que la escanciaban sobre el papel con trazos delicados.

Ahmed pidió silencio a los secretarios que se afanaban en sus tareas.

Observaba el proceso de creación como si estuviera asistiendo a un ritual sagrado, a la comunión del artista con Dios.

Pasados varios minutos, el auxiliar volvió a llamarlo.

—Discúlpame, he escrito algunos versos de más.

Ahmed los leyó dos veces. Devolvió el papel a la mesa y apoyó la mano en el hombro del poeta.

—Termínalo.

Ibn Zamrak le dedicó una sonrisa luminosa.

Rebosaba gratitud. Dejarlo solo demostraba confianza en su capacidad.

Siguió trabajando en el poema, rebuscando en sus propias emociones para encontrar la inspiración.

Su corazón palpitaba con fuerza, ilusionado.

Lucía ropa nueva y su aspecto había comenzado a parecerse al de cualquier katib .

Aquel mismo día se había trasladado a una modesta vivienda del barrio administrativo de la Alhambra.

Su vida parecía enderezarse y su optimismo vibrante contagiaba a su poesía.

… agua mansa que acaricia mis lechos suaves…

… jugando saltarina mientras recorres mi valle…

—Este poema la enamorará a ella, y también a ti, mawlana —susurró mientras secaba la tinta.

Ibn al-Jatib se presentó en la Secretaría cerca del mediodía.

Revisó el avance de los trabajos y dio su visto bueno al poema de su pupilo.

«Realmente, la poesía fluye por tus venas», se dijo, secretamente celoso del talento de Ibn Zamrak.

Luego se puso a hojear dos tratados de agronomía que acababan de llegar de Fez.

Eran regalos para Yusuf I, el emir asesinado.

«Llegan tarde», pensó. Catalogó los tomos y ordenó que los incorporaran a la biblioteca del Diwan al-Insa .

En aquella oficina no solo se redactaban cartas, sino que también se fraguaban estudios sobre diferentes ramas del saber.

En ocasiones recibían visitas de hombres sabios de otros emiratos, e incluso de algún reino cristiano.

La Secretaría complementaba a la madrasa como eje del saber granadino.

Después del almuerzo llegó a la Cancillería el emisario que había sido enviado a Córdoba. Presentó sus respetos al visir de la Pluma y este lo llevó al patio para interrogarlo.

— Sidi , el rey Pedro no se había marchado todavía a Sevilla. Me ha recibido personalmente y ha quedado consternado por la noticia… —Le costaba referirse a la muerte del emir—. Manda a mawlana sus condolencias.

Ibn al-Jatib tomó la carta de la Cancillería castellana, pero no se atrevió a romper el sello. Meditó un instante antes de formular la primera pregunta:

—¿Cómo te ha tratado?

—Con mucho respeto, sidi . Parece más moderado que su padre. —El emisario ya sabía a qué se refería el visir con su pregunta. Todos en Granada conocían la actitud de Alfonso XI hacia los andalusíes, su carácter belicoso y su intransigencia.

—Bien, bien. Eso dicen de él. ¿Cómo es?

Bajo el mandato de Yusuf I, el visir de la Pluma había redactado algunas cartas oficiales para el rey Pedro, pero nunca había tenido la ocasión de verlo en persona.

—Es joven pero fornido. De estatura normal, moreno de pelo, con rasgos marcados en el rostro, pero no sabría valorar si es bien parecido o no.

—El emisario entornó los ojos—. Sí que hay algo que destaca en él: su mirada.

Es penetrante, parece atravesarte con ella.

Ha sido amable conmigo en todo momento, pero adivino un carácter fuerte y decidido.

—Como todo buen rey —añadió Lisan al-Din—. Respecto de Granada, ¿qué te ha dicho?

—Acepta a mawlana Muhammad V como nuevo emir, pero ha querido dejar clara la preeminencia de Castilla. Insiste en que enviará una embajada con poderes para que el nuevo emir renueve con su reino los viejos pactos. Ha hablado de amistad, de cooperación, de hacernos grandes juntos.

Ibn al-Jatib ya tenía toda la información que necesitaba.

Se quedó con la misiva y despidió al emisario.

Meditó sobre el nuevo panorama que se abría para Granada.

El emirato había nacido al amparo de Castilla.

El pacto de vasallaje que el primer emir nazarí había suscrito con Fernando III era considerado por todos como el acto fundacional del Estado nazarí.

Aquel acuerdo había permitido la supervivencia de Granada durante más de dos siglos, pero el trato se sustentaba en el pago de un impuesto.

«Castilla necesita que paguemos las parias y, por ahora, es lo mejor que nos puede pasar», reflexionó el visir. «Pagar por la paz siempre ha sido mejor que costear una guerra suicida que solo traería destrucción y pobreza».