El elegido Capítulo 4
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Capítulo 4

Ibn al-Jatib llegó a la Alhambra antes del amanecer.

El sosiego de la zawiya le había permitido dormir sin sobresaltos esa noche y, por primera vez en mucho tiempo, se despertó descansado.

El dolor por la pérdida del emir se atenuaba y el futuro parecía aclararse ante él.

Hizo el primer rezo en la mezquita aljama y acudió a la Secretaría para controlar que los trabajos iban por buen camino.

— Sidi —lo saludó el oficial Ahmed en el interior del diwan —, todo en orden.

—Caminando despacio, apartó a Ibn al-Jatib de los secretarios—.

El aprendiz cubre expectativas y las desborda —informó en susurros.

Tomó una carta de su mesa y se la mostró—.

Esta es su primera misiva oficial, para el arráez de Baza.

Lisan al-Din leyó en silencio y no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Ibn Zamrak observaba la escena desde su asiento, sin poder escuchar la conversación.

El jefe de la Secretaría terminó la lectura y lo miró.

Cuando sus miradas se cruzaron, hizo un breve asentimiento y levantó el papel, dando su visto bueno.

— Sidi , es extraordinario —sentenció el oficial.

—Lo sé, lo sé. Por eso está aquí.

Ibn al-Jatib le palmeó el hombro y se despidió. Tenía una cita con Muhammad V y debía acudir a ella con puntualidad. A la entrada de su palacio lo abordó Butayna, la madre del emir.

—Lisan al-Din, la paz sea contigo. Mawlana te espera. —El visir hizo el amago de acceder al jardín interior, pero Butayna lo retuvo—. Tengo miedo. —Miró de soslayo hacia las estancias de la Gacela blanca y su familia—. Me mira mal. Ya la conoces. Y recibe visitas…

El visir agarró suavemente su brazo para transmitirle serenidad.

—Butayna, estamos atentos al-Assad y yo.

No dejaremos que nada os pase, pero no podemos actuar mientras no haya nada más que temores.

—Miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos—.

Eres una buena mujer. —Los ojos azules de ella rebosaron gratitud.

En ellos había dolor, pero también firmeza.

Era una mujer discreta y elegante, de una belleza proporcionada, armoniosa—.

Necesito que nos ayudes. Tú estás aquí, nadie mejor que tú para controlar a la Gacela.

—Había bajado el tono de su voz—. Mawlana Muhammad será un gran emir. Nadie impedirá que lo sea.

La viuda de Yusuf posó su mano sobre la de Ibn al-Jatib, que todavía agarraba su brazo.

El hombre se estremeció y se apresuró a apartarse de ella.

Había una memoria en la que no quería ahondar, recuerdos de los tiempos lejanos en los que visitaba la corte acompañando a su padre, cuando Butayna era la flor más bella de la Alhambra, y él la rondaba para conseguirla.

Aquella joven hermosa y elegante era una esclava al servicio del emir.

Su origen estaba en una aldea cristiana de la frontera.

Fue capturada durante una algarada siendo apenas una niña.

Sus captores la exhibieron en los mercados de esclavos de la costa granadina, donde llamó la atención de un poderoso alcaide.

Este la compró con la intención de regalársela al emir para congraciarse con él.

Así llegó a los palacios de la Sabika, donde encandiló a todos los cortesanos; fue allí donde Ibn al-Jatib la descubrió y comenzó a soñar con conquistarla.

Aquello fue antes de que Yusuf se fijara en ella y la convirtiera en su esposa, fulminando de esta manera las aspiraciones de cualquier otro pretendiente.

Los guardias estaban lejos, pero los tenían a la vista.

—Señora Butayna, debo ir a ver a mawlana .

Agachó levemente la cabeza y continuó su camino hacia el madjlis de la casa del emir.

Muhammad lo esperaba sentado en una jamuga.

Ibn al-Jatib lo llevó fuera de su palacio.

Dos guardias elches los escoltaron. Accedieron al recinto en obras del palacio de Comares.

En los últimos días, los trabajos se habían concentrado en el gran salón.

Los andamios habían sido retirados y la torre lucía su revestimiento calicastrado, que le aportaba una tonalidad blanquecina.

Hassan, el arquitecto principal, aguardaba a la entrada de la torre.

— Mawlana , la casa de tu trono está terminada. Espero que sea digna de tu majestad.

Se hizo a un lado e invitó al emir y a su visir a acceder al interior.

El salón había sido perfumado con esencia de rosas.

Los cristales de colores de las alcobas irisaban la luz y dibujaban sus formas caprichosas en las paredes y en el suelo.

Los zócalos de alicatado brillaban al sol de la mañana.

Sobre ellos, las yeserías, pintadas en llamativos colores, recubrían por completo los muros.

La belleza del espacio los sobrecogió. Observaron en silencio cada detalle, sorprendidos por la maestría de los artesanos que habían confeccionado aquellas maravillas.

Ibn al-Jatib señaló con el dedo hacia arriba.

—Y ahí, la gran obra de tu padre al fin concluida.

Alzaron la vista y la techumbre pareció envolverlos con sus cientos de estrellas agrupadas en círculos.

Era una obra maestra de carpintería que representaba los siete cielos que los creyentes atravesaban al morir para llegar al Paraíso.

Este ocupaba el espacio central y se manifestaba en la forma de una minúscula cúpula.

El joven Muhammad no habló; se recreó en los astros de madera durante varios minutos.

El visir de la Pluma respetó su silencio.

Se apartó de él y simuló inspeccionar las yeserías.

El emir comenzó a llorar de forma mansa, sin aspavientos, como si su fuente de la tristeza se hubiera desbordado.

Enseguida se enjugó las lágrimas e intentó que Ibn al-Jatib no se percatara de su estado. Sin embargo, el visir se acercó a él.

—Aquí, ahora, puedes llorar. Es demasiado dolor el que guardas dentro.

El muchacho lo miró y sus ojos hablaron de sus tormentas.

—Él no ha podido verlo así.

— Mawlana , él vive de alguna manera aquí, igual que en la puerta de la Justicia, o en la madrasa. Un emir vive a través de sus obras, y no las hay mayores que las de Yusuf, que el Altísimo lo colme de gloria.

Muhammad asintió.

—Mi misión es terminar lo que él empezó.

—Contempló el salón, los colores que recubrían las paredes, compitiendo entre sí para destacar, pero sin romper la armonía del conjunto.

Luego observó la puerta—. Este salón merece una entrada mejor.

—Una pequeña sala a modo de pórtico daba acceso al interior de la torre—.

Hay que ampliar el pórtico, hacerlo más bello.

Y hay que terminar las estancias del palacio y la alberca del patio.

—Seguiremos con esos trabajos —aceptó el encargo Ibn al-Jatib—, pero ya tienes un salón para recibir a los embajadores y mostrarles el poder de Granada.

—Dio varios pasos y se situó junto a la alcoba que se abría en mitad del muro septentrional.

En el suelo había instalado un estrado cubierto de alfombras—. Aquí estará tu trono.

El emir se situaría al contraluz de la vidriera, que potenciaría su magnificencia. En el alfiz del arco que daba acceso a la alcoba podía leerse: «Ayúdeme Alá, apedreador del demonio…». Muhammad se mostró complacido, pero el aura de su tristeza se resistía a abandonarlo.

—Visir, el astrólogo ha bendecido mi unión con Mu’mina —dijo, cambiando de tema—. El hayib Reduán insiste en que se haga pronto. Pasado mañana. Es un día favorable. Será una celebración íntima, por el luto.

Ibn al-Jatib sabía que era lo más conveniente. El pueblo necesitaba ver a su emir casado y, si Alá lo permitía, Muhammad V debía engendrar un heredero lo antes posible.

—Me complace que el astrólogo haya encontrado un día propicio tan cercano. —En todo el emirato era costumbre consultar a aquella especie de adivinos que fiaban la suerte a las estrellas. En el mundo nazarí, la superstición coexistía con la religión—. Hablaré con el hayib para disponerlo todo.

—Hay algo que te quiero pedir, maestro. —Se le escapó el viejo trato—. Necesito un poema para mi prima, un poema amoroso. Pienso entregárselo mañana cuando firme el contrato con mi tío.

—Esta misma tarde dispondrás de él. —Ya tenía en mente a quién iba a transmitir aquel encargo.

Salieron y, en el patio, se encontraron con Hassan, que apretaba nervioso un rollo de planos. Esperaba la sentencia, y la obtuvo de inmediato.

— Mawlana Yusuf quiso tener la belleza del firmamento en su salón del Trono —dijo Ibn al-Jatib—, y lo has conseguido.

Los ojos del arquitecto brillaron, los papeles temblaron en sus manos.

—Mi padre habría estado satisfecho —remató, más lacónico, el joven emir.

—Gracias, mawlana ; gracias, sidi . Vuestra complacencia es mi felicidad.

Seguiré trabajando para estar a la altura de tu gloria.

—Extendió el brazo y señaló el pabellón a medio terminar, en el que se veían cuadrillas de albañiles—.

La alberca está casi lista, no habrá otra igual en toda la Alhambra.

—A todo lo largo del patio se extendía la oquedad que pronto se convertiría en espejo de la gran torre de Comares—. A su alrededor sembraremos jardines.

—Setos de arrayán —corrigió Muhammad—. Ese era el deseo de mi padre. A ambos lados, a todo lo largo. Los arrayanes atraen la bendición del Compasivo.

Ibn al-Jatib asintió. Le gustaba la manera en que manifestaba sus deseos. Contundente, pero no ofensivo.

—Así se hará. —Hassan agachó la cabeza y no la levantó hasta que ambos se hubieron marchado.

El visir de la Pluma se despidió para acudir a la Secretaría. El emir regresó a su palacio escoltado por los guardias. «En dos días estarás casado con tu prima», pensó Lisan al-Din mientras lo veía alejarse. «Es tu deber, pero sé que lo harás encantado. Sinvergüenza, sé que la amas y la deseas…».

—Una flor —propuso Ahmed.