El elegido Capítulo 3
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Capítulo 3

El sol despuntaba por el monte Sulayr cuando Ibn al-Jatib atravesó a caballo la puerta de Elvira.

Tomó el camino que llevaba a las ruinas de la vieja ciudad, la antigua capital de la cora de Elvira.

Hacía más de tres siglos que había sido abandonada por sus habitantes.

Durante la fitna , la población se trasladó a la cercana Granada, que se convirtió de esta manera en la capital de un rico emirato.

Elvira, sin embargo, sucumbió al olvido.

Sus edificios quedaron plantados en la Vega, al pie de la sierra, como testigos mudos del implacable paso del tiempo.

Sus restos todavía se distinguían entre las huertas, sin rastro alguno de su pasada gloria.

El minarete de su mezquita aljama se había desmoronado hacía cuatro décadas, perdiendo dos tercios de su altura.

La sala de oración conservaba su fachada principal y un muro lateral.

Sus puertas, constantemente abiertas, daban al vacío, a la nada que ocupaba el espacio de los derrotados.

A esas alturas del año, las mañanas comenzaban a ser frías, por lo que el visir llevaba puesta una pelliza de piel.

Dejó atrás Elvira y continuó cabalgando hacia poniente.

Las acequias cantaban al amanecer mientras anegaban los primeros regadíos.

Los labradores aguardaban junto a las compuertas, respetando los turnos de los jueces de aguas.

«La paz sea contigo», saludaban taciturnos los campesinos en su mal árabe.

El visir no llevaba escolta. Había decidido ir solo a la zawiya .

El recinto se asemejaba a las alquerías que salpicaban la Vega.

Una tapia encalada rodeaba todo el espacio, en cuyo interior, austero, se repartían varias construcciones en torno a una plaza central.

En medio de todo, una gran higuera daba sombra.

Sus raíces nervudas podían verse levantando el mortero del suelo en diferentes puntos.

El oratorio contaba con un minúsculo alminar a medio terminar.

En uno de los edificios había un andamio, sobre el que podían verse varios conjuntos de tejas.

En la parte trasera, fuera del recinto tapiado, había una huerta que los propios hermanos cuidaban como parte de sus ejercicios.

Pretendían ser autosuficientes, pero contaban con la ayuda constante de su benefactor, el propio visir.

Ató su montura a la entrada y empujó una de las hojas de la puerta principal.

Estaba abierta. La inscripción de su dintel rezaba: «Nadie puede cerrar las puertas de la paz salvo Él».

La casa de oración estaba en calma. Los hermanos meditaban en el oratorio.

Podían oírse los murmullos de sus letanías.

Ibn al-Jatib accedió a la sala y se arrodilló sobre una de las sencillas esteras de esparto.

Había más de veinte morabitos en el interior, pero nadie se inmutó.

Aceptaron su presencia como algo natural.

Meditó y oró con ellos, sumando su voz a sus cánticos, balanceando el tronco con su misma marea rítmica, ejecutando las prosternaciones en perfecta sincronía.

No tardó en notar cómo sus músculos se relajaban, cómo las raíces nerviosas de su mente comenzaban a hormiguear de placer, cómo su mandíbula se aflojaba y su ceño caía flácido.

«Cómo he podido tardar tanto en venir», se decía, invadido por la energía comunitaria.

Esa era la magia del sufismo, el poder regenerador de aquella forma de exilio de lo mundano.

Después de la meditación, el santón sufí leyó unas suras del Corán. Los hermanos escucharon sentados sobre sus talones. Luego, todos se pusieron en pie y, sin recibir instrucción alguna, salieron del oratorio para distribuirse por la zawiya y ponerse a trabajar.

—Lisan al-Din, nos honra tu visita —saludó el santón, que se había rezagado para quedarse a solas con él.

—La paz sea contigo, Rundí. Me he demorado demasiado en acudir a esta santa casa. ¿Cómo van las obras?

—Lentas, pero avanzan. Aquí la prisa no tiene cabida. —Dibujó una sonrisa luminosa.

Ibn al-Jatib se dejó contagiar por su buen humor.

En aquel rostro enjuto, marcado por las arrugas de la edad e invadido por una espesa barba cana, no había rastro de suspicacia.

Era un semblante diferente a los que solía ver en los palacios.

En ellos solo advertía ambición, envidia, odio, vanagloria.

Sin embargo, en la expresión de al-Rundí habitaba la armonía de un espíritu equilibrado.

—Lo que daría por vivir bajo esa máxima, maestro.

—El visir lo trataba con respeto. Cuando decidió financiar la construcción de aquella casa de oración, tuvo claro que debía ser él quien la dirigiera.

Lo había conocido durante un retiro en la rábida del Águila y, desde entonces, solía visitarlo para hallar el consuelo de sus palabras y sus silencios.

—Lisan al-Din, voy a decirte algo que ya sabes. Esta vida está al alcance de tu mano.

—Algún día, maestro. Algún día —respondió el visir para evitar dar explicaciones.

Se sentaron en un banco de piedra bajo la higuera. Vieron cómo una pequeña cuadrilla de morabitos subía al andamio y comenzaba a trabajar en el tejado.

—Percibo ansiedad —dijo al-Rundí—. Algo te ronda y te preocupa. ¿Por eso has venido?

—En parte. También me apetecía verte. —Miró a los ojos al santón y su mirada habló sin palabras del mar de preocupaciones que lo ahogaba—.

Mawlana Yusuf ha muerto asesinado por un loco —soltó.

Sabía que era muy probable que la noticia no hubiera llegado todavía a la zawiya . Al-Rundí respiró profundamente.

—Detrás de un loco siempre hay un pozo de cordura. Y detrás de un cuerdo siempre hay un pozo de locura. ¿Tienes alguna sospecha?

—En la Alhambra siempre las hay, pero nada que se pueda confirmar. Ahora Muhammad es el nuevo emir. Yo sigo en mis cargos. Todo debe seguir como antes, pero no puedo dejar de pensar en los riesgos que acechan a mawlana .

—Tienes medios para evitar esos riesgos. Guardias, gente de tu confianza que puede proteger al emir. Pero también hay situaciones que no puedes controlar. Todo eso es lo que debes soltar, desalojar tu mente y tu alma de las cargas que no tienen remedio.

—Con todo mi respeto, maestro, es fácil decirlo…

El santón negó con la cabeza.

—Es igual de fácil hacerlo. Solo tienes que querer.

—Suspiró—. Te conozco desde hace años, Ibn al-Jatib.

Eres un hombre poderoso, de carácter, un hombre que ha ambicionado los bienes materiales y los ha logrado.

—El aludido frunció el ceño, herido—. Pero también tienes otras cualidades.

Eres inteligente, pragmático, interesado por el saber.

Tu espíritu es como un roble: sólido y con cientos de ramas y raíces.

Cuando riegas ese espíritu, tu alma florece.

Lo has experimentado. Solo te falta valentía para cambiar una faz por otra.

—La dualidad… —musitó el visir—. Mi esposa dice que soy como una moneda, que tengo dos caras.

—Perdió la mirada en los últimos frutos de la higuera—.

Esa es otra de mis preocupaciones, maestro.

Iqbal, no sé si la amo lo suficiente. Llevamos una vida cómoda, me ha dado tres hijos buenos que me quieren. Pero queda poca pasión entre nosotros.

—Tu esposa ha sido puesta en tu camino por Alá.

Debes respetarla. Con ella has formado una familia.

Pero te entiendo. Una vez estuve casado.

—Ibn al-Jatib giró la cabeza hacia él, sorprendido—.

Enviudé. Murió sin hacer ruido. Su corazón se detuvo mientras dormía.

—En sus ojos se dejó ver la sombra de un dolor antiguo pero intenso—.

Sufrí mucho. Fue entonces cuando inicié el camino del espíritu —explicó, extendiendo los brazos para señalar los límites de la zawiya —.

Sé lo que es el matrimonio. No es fácil mantener una relación; hay altibajos, dificultades. Pero es necesario perseverar.

—Lo sé —se resignó. Tal vez esperaba otro tipo de discurso.

—En cualquier caso, las noticias de tus desahogos llegan hasta las zawiyas más recónditas de la Vega.

Ambos rieron a carcajadas. Ibn al-Jatib era un hombre complejo, compuesto por diversas teselas que constantemente pugnaban por recolocarse en su interior.

—Qué bien me hace la risa, Rundí. —Negó con la cabeza, todavía sonriente. Luego cambió de tema para despejar las nubes grises que lo acosaban—: ¿Has vuelto por la cofradía del Albaicín?

—¿La cofradía? Sus hermanos son demasiado exaltados. No me gusta su deriva. Han comenzado a atacar al poder, a los faquíes, a los jueces, incluso les oí críticas a mawlana . Acabarán mal. Me siguen enviando mensajes, pero procuro mantenerme apartado.

—Haces bien.

Se abrió un breve silencio entre ellos.

—¿Vienes con tiempo? ¿Te apetece orar?

—Por favor. Vengo dispuesto a quedarme hasta el atardecer.

Allí mismo, a la sombra de la higuera, meditaron juntos.

El santón dirigió el rito recitando una letanía.

Ibn al-Jatib enseguida sintió cómo la paz penetraba por sus oídos e invadía todo su cuerpo.

Yusuf, Muhammad, la Gacela blanca, Iqbal, el sayj al-Guza…

Todos se difuminaron en un torbellino de luz.

«Esta vida está al alcance de tu mano», volvió a escuchar la oferta de al-Rundí.

«Algún día…», volvió a decirse Lisan al-Din.

—Ese papel lo usamos para el texto final.

—El oficial señaló un pequeño taco de papeles tintados en bermejo.

Aquel era el color de la dinastía nazarí.

Su fundador lo había escogido por la conexión que tenía con su familia.

Su propio nombre, Ibn al-Ahmar, significaba el hijo del Rojo, y hacía mención al color del cabello de su padre—.

Las pruebas se hacen con este otro. —Le entregó a Ibn Zamrak varios pliegos de papel ocre.

Luego señaló un montón de pergaminos—. Esos los dejamos para las actas notariales.

El aprendiz tomó los papeles y sintió cómo la voz del emir, esa de la que Ibn al-Jatib le había hablado, palpitaba en sus manos.

—Ahí tienes una escribanía. —El oficial le hablaba con calma, con actitud paternal—. Perteneció a otro katib antes que a ti. Ahora es tuya, mientras estés aquí.

Era una hermosa caja de madera de nogal ricamente taraceada. En ella se guardaban la tinta, las plumas, el secante y algunos papeles de baja calidad. También había una regla de metal, que servía de guía para los renglones.

—Y esta es tu mesa. —Lo acompañó hasta ella y posó una mano en su hombro—. Tranquilo, todos hemos visto de lo que eres capaz. Lo harás bien.

Fue un gesto leve, pero a Ibn Zamrak le infundió el ánimo necesario para calmar la ansiedad del primer día.

El oficial era un hombre apuesto, alto y delgado, poco mayor que él.

Vestía una túnica y zaragüelles impecablemente blancos, y un turbante de lino sin teñir.

Sus ojos, oscuros y brillantes, observaban al auxiliar con intensidad.

—Gracias, sidi .

—Por favor, llámame Ahmed. —Ibn Zamrak asintió—.

Tu primer encargo es redactar las cartas para los arráeces del emirato.

Preséntales al nuevo emir de Granada. Ahí tienes una lista con sus nombres y los lugares en los que tienen mando.

—Hubo un nuevo asentimiento—. Sidi Ibn al-Jatib ha dispuesto que se te adelante una paga.

Habla conmigo antes de marcharte. Si lo deseas, dispondrás de una vivienda en el barrio administrativo.

—Señaló hacia el muro sur del recinto, tras el cual se abría aquel entramado de casas que lindaba con la alcazaba.

—Son demasiados honores para mí en un solo día —dijo el aprendiz, sinceramente abrumado.

Ahmed se retiró a su propia mesa, pero antes se fijó en la mancha oscura que Ibn Zamrak tenía junto al ojo izquierdo.

Este se percató y, cuando se quedó solo, se llevó la mano a ella.

No había podido disimularla. Todavía dolía.

Su padre se había enojado cuando le informó de que había comenzado a trabajar en la Secretaría del emir.

A aquel hombre violento poco le importaba que su hijo fuera a recibir un buen sueldo, que su estatus mejorara, o incluso que, desde su nueva posición, pudiera ayudar a su familia.

Ibn Zamrak sabía que el rechazo de su padre estaba por encima de aquellas consideraciones, que iba contra su propia esencia, contra todo aquello que el hombre había podido intuir en su hijo desde su niñez.

«¡Lo sabía! Me dejas tirado. Nunca has querido a tu familia.

¡Maldito tu maestro y maldito tú!». El maestro de la escuela coránica de su barrio era el primer responsable de que estuviera allí.

Él se percató enseguida de sus habilidades sobresalientes y lo propuso como aspirante para formarse en la madrasa.

Allí fue Ibn al-Jatib quien tomó el relevo, deslumbrado por su capacidad poética.

Los dones eran suyos, pero sin sus maestros seguiría trabajando como mulero por las cuestas del Albaicín.

Bendita tierra Granada, que sabía premiar la excelencia sin importar el origen.

Había pasado la última noche al raso, en un callejón de la alcazaba Cadima, sorteando a otros habitantes de la calle y esquivando a los guardias.

Ahora el Compasivo se apiadaba de él y le ofrecía un techo en la misma Alhambra.

La fe y la perseverancia todo lo podían.

Aquella siempre había sido su máxima, y lo seguiría siendo.

Nunca se rendiría, lucharía con ahínco por ahondar en aquel nuevo camino que el destino había puesto ante él.

Seguiría creciendo y, algún día, podría reírse de las viejas humillaciones.

Volvió a tocarse la mejilla dolorida. Pensó en su madre y en su hermano, y el dolor se hizo más intenso. «Algún día os libraré de él».

Sintió una mirada clavada en él y alzó la cabeza.

Se topó con los ojos oscuros de Ahmed, que lo observaban detenidamente desde el otro extremo de la sala.

El oficial sonrió y él le devolvió el gesto.

Luego se afanó en su tarea, con el corazón palpitando de excitación en su pecho.

Comenzó las primeras líneas de una carta:

«El sol se ha puesto y se ha vuelto a alzar sobre la colina de la Sabika. Mi sangre de reyes llora por Yusuf, el padre más amado por su pueblo…».

Nadie como él sabía convertir en poesía una sencilla misiva de la Cancillería.