El elegido Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Aquel día, los dos visires y el emir habían comenzado a celebrar la construcción de la puerta antes del acto simbólico de su primera apertura.

Cuando se presentaron ante ella, apenas podían mantenerse en pie.

Sin embargo, Yusuf, erguido y aparentemente serio, logró empujar la gran hoja de madera.

Trastabilló, pero recuperó el equilibrio enseguida; se giró para encarar a los cortesanos que asistían al acto y declaró: «Ea, pues gracias al Altísimo ya podemos entrar en la Alhambra por otro sitio».

Y, sin demorarse, seguido por sus guardias, se internó en el barrio administrativo para dirigirse a su palacio.

—No habrá otro como él —se atrevió a declarar el visir de la Pluma cuando el vino se acababa y la lengua se le aflojaba.

—Apoyo esas palabras —dijo el qaid con los ojos velados por las lágrimas.

—¡Padre!

Lo recibieron las voces de sus hijos. Había conseguido llegar a casa antes de que cayera por completo la noche.

Abd-Allah y Muhammad, los mayores, lo saludaron con cariño, pero enseguida se retiraron para seguir con sus juegos.

Alí, en cambio, se pegó a él y lo apabulló con su parloteo incansable: «Padre, ¿qué has hecho hoy?

», «¿Sabes que se ha caído mi maestro en las escaleras de la mezquita?

», «Mira cómo escribo ya», «¿Qué ha pasado hoy en la Alhambra? ¿Han matado a alguien?».

Iqbal miró a su esposo con complicidad. «Es como tú, ansioso por conocer», parecían decirle sus ojos.

—Vamos, pequeño —intervino la mujer—. No todos los días muere alguien en la Alhambra… Deja a papá tranquilo, que viene cansado.

Cogió al niño de la mano y lo llevó a la cocina, donde la esclava se afanaba en avivar el fuego que calentaba una cazuela.

—Ayuda a Sams, que se le hace tarde —le dijo a su hijo con voz melosa—. Está preparando guiso de pichón. —Le hizo un guiño al pequeño. Era uno de sus platos favoritos.

Los dejó allí. Desde el pasillo pudo oír cómo Alí asaeteaba a la muchacha con nuevas preguntas. Dibujó una sonrisa mientras iba al encuentro de Ibn al-Jatib. Lo besó en la mejilla y se sentó frente a él.

—Te veo cansado.

—Demasiada carga, demasiadas preocupaciones, Iqbal.

La mujer se rebulló en su asiento mientras buscaba las palabras adecuadas para lanzar su sugerencia.

—Has acumulado patrimonio suficiente como para poder vivir holgados. ¿Por qué no dejas la Alhambra? Los cargos no te hacen bien.

Ibn al-Jatib se despojó del turbante y se atusó los cabellos sudorosos. Meditó su respuesta mientras se rascaba la densa barba, en la que habían comenzado a aparecer algunas canas.

—No es cuestión de patrimonio. No ambiciono más riquezas. Sabes que para mí son más importantes los bienes del espíritu.

«Cultivas el espíritu, pero no descuidas tus inversiones», pensó Iqbal. «A mí no me engañas, Lisan al-Din. Siempre con tu dualidad».

—Lo sé —se limitó a contestar, guardándose para ella sus pensamientos.

—Es una cuestión de responsabilidad. Granada me necesita ahora más que nunca.

—Hizo memoria para enumerar sus recientes preocupaciones—.

Ha muerto un emir y tenemos a otro demasiado joven.

Hay un aspirante al trono del que no me fío.

Su madre es una serpiente que se mueve sigilosa.

Y también están los africanos… Ya sabemos lo que hicieron en el pasado con otros emires.

—Se frotó la frente; podía sentir cómo se cargaban de nuevo sus hombros—.

Me siguen preocupando. La Secretaría tiene decenas de asuntos urgentes que despachar.

—Alzó la mano. Iqbal iba a recordarle que tenía secretarios a su servicio para gestionar la Administración—.

Lo sé, debo delegar. Pero, esposa, somos la voz del emir.

¿Cómo puedo dejar esa responsabilidad en manos de los funcionarios?

Es mi deber controlar su trabajo para que la voz de mawlana sea la adecuada, ¿lo entiendes?

—Suspiró. Seguían surgiendo dudas y tribulaciones en su mente—.

Muhammad va a casarse con su prima Mu’mina y yo debo disponerlo todo.

Son demasiadas cosas aquí —se tocó la cabeza—, pero no puedo renunciar a ninguna.

Iqbal tomó su mano derecha, la besó con ternura y al instante percibió cómo sus facciones se relajaban.

—Te entiendo, visir —le dijo, nombrándolo por su cargo—, pero necesitas un descanso. Tómate un día, al menos un día. Ve a visitar los trabajos de tu zawiya , pasa una tarde con el santón. Te hará bien olvidarte de la Alhambra durante unas horas.

Ibn al-Jatib meditó en silencio la propuesta. Mientras lo hacía, aparecieron Sams y el pequeño Alí con la cazuela, que depositaron sobre la mesa. Enseguida la sala se inundó de un agradable olor a cebolla dulce.

—Sams, por favor, sírveles la cena a los niños en la cocina —solicitó Iqbal, y la muchacha se retiró enseguida con Alí de la mano.

Los esposos se quedaron solos en el madjlis . La luz del día comenzaba a desvanecerse. Iqbal sirvió el guiso en sus cuencos. La carne de pichón se había deshecho y sus hebras se mezclaban con las verduras.

—Puede que te haga caso —afirmó Ibn al-Jatib—. Esposa, tengo poco tiempo para ti, pero debes saber que valoro tu trabajo y todo lo que haces por mí.

Los ojos de ella brillaron.

—Ay, qué tonto eres. No me des las gracias. Somos una familia —respondió con el pecho henchido de orgullo mientras agarraba su cuenco para valorar la temperatura de la comida.

«Una familia», se dijo él sin apartar la mirada de Iqbal. «Una hermosa familia. Rezo a Alá para que siembre más pasión entre tú y yo».