El elegido Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Antes de regresar a la Secretaría emiral, el visir decidió visitar al general al-Assad.

Había algo importante que quería comentar con él.

Salió del complejo del Mexuar por su parte occidental y se adentró en la alcazaba.

Aquel recinto amurallado, salpicado por imponentes torres, fue el germen de la Alhambra.

Ibn al-Ahmar lo concibió como una construcción de carácter eminentemente militar.

Más tarde, sus sucesores, criados en los ambientes cortesanos, fueron añadiendo los palacios, los jardines, los talleres artesanos y el barrio administrativo, conformando una auténtica ciudad palatina que coronó la colina de la Sabika.

Preguntó por el visir de la Espada en el pequeño barrio castrense y uno de los guardias le señaló la Bury al-Azim, la torre que había sido la residencia del primer emir nazarí.

La edificación dominaba toda la Alhambra y buena parte de la ciudad de Granada.

Ascendió hasta su planta superior, que albergaba la vivienda.

Varias estancias pequeñas se distribuían en torno a un patio central.

El propio al-Assad lo recibió a la entrada de su casa y lo invitó a pasar.

Su esposa asomó la cabeza por el quicio de una puerta, pero enseguida se recluyó en el interior.

Los hombres accedieron a una habitación luminosa con vistas al Albaicín y tomaron asiento.

—Todo un privilegio vivir aquí, qaid —lo halagó el visir de la Pluma.

—Salvando la distancia, siempre he dicho que hay mucho del espíritu de Ibn al-Ahmar en mí. —Se llevó la mano al pecho—. Por encima de todo, era un militar, y practicaba la austeridad y el ascetismo. —Alzó un dedo hacia el techo—. No hay más gloria que en Dios.

—Esa actitud te hace grande —lo halagó de nuevo Ibn al-Jatib.

Al-Assad dio una palmada y gritó:

—¡Vino, esposa! —La mujer no tardó en aparecer por la puerta con una jarra de vino dulce de Málaga y dos vasos—.

No todos los días recibo la visita de un amigo.

Bebe conmigo, Lisan al-Din. —Brindaron y bebieron con deleite—.

Tú me dirás. —El visir de la Espada conocía bien a su homólogo de la Pluma y sabía que la visita tenía un motivo.

—Me preocupa Muhammad, y sé que a ti también.

Tú y yo lo hemos criado y lo queremos como a un hijo.

—Al-Assad había enseñado al joven príncipe a montar a caballo y a usar la espada.

Aunque en aspectos diferentes, ambos habían sido instructores del joven heredero—.

La muerte de Yusuf me sigue generando dudas.

Y hay otra cosa que me ha dejado preocupado.

—Bajó la voz—. He visto salir a un africano de la casa de la Gacela. Temo que esté tramando algo.

El general suspiró sonoramente.

—Esa mujer vive tramando. Quiere que su hijo sea emir.

Alá nos libre de Ismail al-Hassas al frente de Granada.

—Negó con la cabeza—. Fue sucesor de Yusuf durante un tiempo, y se agarrará a eso para reclamar su derecho.

Ya sabemos cómo es… Pero puedes estar tranquilo.

Vigilo, aunque no lo parezca. En la Alhambra cada uno de nosotros tiene una función.

El viejo Reduán maneja la política y los impuestos.

—Se irguió y sacó pecho—. Yo manejo los asuntos militares y la seguridad en las calles.

Y tú… Tú lo tienes todo en la cabeza, maldito hombre sabio.

Ambos rieron.

—Me va fallando, amigo —dijo el visir mientras se tocaba la sien—, que ya tengo más de cuarenta años.

Al-Assad recuperó el tono serio antes de continuar:

—Mis agentes vigilan el palacio de mawlana y vieron a ese africano que comentas. —Ibn al-Jatib abrió los ojos, sorprendido. Al-Assad sonrió con suficiencia—. ¿Sabes quién era? —Hizo una breve pausa—. El sayj al-Guza.

—El jefe de los Voluntarios de la Fe —murmuró el visir para sí—. Es peor de lo que temía. Eso confirma que los africanos están conjurando otra vez. —Se puso en pie de repente y estuvo a punto de tirar la mesa y el vino.

—Tranquilo, Lisan al-Din. No les quito el ojo de encima.

Sin embargo, por el momento, no hay nada claro contra ellos.

No sabemos si el sayj visita a la Gacela para conspirar o para otras cosas…

—Dibujó una sonrisa maliciosa—. Si traman algo, si intentan atacar a Muhammad V, los cazaré al primer paso.

—El sayj es un hombre con mucho poder —reflexionó Ibn al-Jatib—.

Debemos andar con cuidado. Tú controlas a los guerreros granadinos, pero él controla a los africanos, y no son pocos.

—Perdió la mirada en las casas blancas de la alcazaba Cadima.

Apretaba la mandíbula, airado—. Estás llevando este asunto con inteligencia, León.

—Volvió la cabeza hacia el visir de la Espada.

Sabía que era un hombre impulsivo y enérgico, pero también que había aprendido a controlarse—.

Por favor, mantenme informado de cada avance.

—Apuró su vino y comenzó a despedirse, pero al-Assad lo retuvo.

—Amigo, compartimos pocos momentos. Quédate esta tarde. Bebamos juntos, no nos vendrá mal relajarnos y dejar que el vino nos haga olvidar.

Ibn al-Jatib miró a través de la ventana. Desde allí se veían las dependencias del Mexuar. Suspiró, agarró su vaso y lo alzó para dejarse servir más vino.

—Me puedo permitir un rato de descanso. A última hora de la tarde tengo que ir a la madrasa.

Bebieron, charlaron, rieron y se emocionaron juntos. El recuerdo de Yusuf, el emir amigo, se hizo presente. Brindaron por él y lo recordaron destilando los mejores momentos de su memoria.

—¿Recuerdas el día que se inauguró la puerta de la Ley? —preguntó Ibn al-Jatib. Aquella puerta monumental, que daba acceso al recinto de la Alhambra desde su flanco sudoeste, era una de las grandes obras que había llevado a cabo Yusuf I en Granada.

—¿Cómo lo iba a olvidar? Creo que desde entonces siento mareos.