El elegido Capítulo 2
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Capítulo 2

—¡Apúrate! —le gritó Ibn al-Jatib a Ibn Zamrak mientras cabalgaba por la cuesta que llevaba a la puerta de las Armas.

El muchacho caminaba apresurado y había comenzado a sudar. El cielo clareaba por el este y los muecines de la medina llamaban a la oración desde sus alminares. La ciudad, revestida de paz, comenzaba a despertarse.

El visir lo adelantó y accedió al recinto de la Alhambra.

Se dirigió a la pequeña mezquita de la zona administrativa para cumplir con el rito de la oración de Fajr. Poco después, un nervioso Ibn Zamrak penetró en la sala de oración.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

Se había vestido con sus mejores prendas, pero, aun así, desentonaba con la elegancia general.

Terminada la oración, cada cual acudió a su puesto de trabajo. El visir de la Pluma tomó por el hombro a su alumno y lo condujo a la Secretaría. Una vez dentro, lo presentó a los demás funcionarios.

—La paz sea con vosotros. Mawlana Muhammad V de Garnata ha convenido conmigo en que es hora de renovar esta bendita institución.

—Alzó las manos hacia el artesonado del techo en actitud teatral—.

Los que merecían descansar ya lo están haciendo.

—Señaló dos mesas vacías—. Hoy traigo a un candidato para el puesto de katib auxiliar.

Se llama Ibn Zamrak y es alumno mío de gramática en la madrasa.

—Lo miró—. En esta Cancillería somos la voz del emir, Alá lo proteja de todo mal.

Solo los mejores merecen ser el cauce de esa voz.

Un buen katib debe manejar los rudimentos de la poesía.

—Ibn al-Jatib tenía una oratoria tan cuidada como su escritura—.

Voy a comenzar un poema y tú debes continuarlo como estimes conveniente.

Ibn Zamrak asintió, cohibido. Todos lo miraban y sus mejillas se encendieron. Lisan al-Din comenzó con los primeros versos:

—«La fuente de mi palacio es de mármol blanco…». —Lo animó a continuar.

Ibn Zamrak sudaba. Se concentró durante unos segundos. Su respiración se hizo profunda y, de pronto, alzó una mano y comenzó a hablar sin importarle ya las miradas ni los juicios de los funcionarios:

—«El agua clara la rebosa, y de ella beben los pájaros.

Se derraman versos de su taza, que hablan de mi gloria».

—Había dirigido el poema hacia la exaltación del emir.

Ibn al-Jatib asintió levemente, complacido—.

«Mi fuente alimenta a mi pueblo, los versos recorren las acequias, toda la Vega crece con ellos, y los ríos, mansos, los recogen, para sembrar poesía, en las tierras de mi emirato… ».

Se hizo el silencio. El visir carraspeó para continuar, pero no emitió veredicto alguno.

—Imagina que mawlana necesita comunicarse con el emir de Fez para transmitirle su pésame por la muerte de un pariente. —Se acercó a una mesa y tomó papel y pluma—. Redacta la carta. Los demás, a trabajar.

Ibn Zamrak ocupó una de las dos mesas libres y se afanó en el texto.

Todos trabajaron en silencio. Los secretarios dirigían miradas furtivas al aspirante, todavía sorprendidos por la calidad de su poesía.

Cuando terminó la misiva, Ibn al-Jatib la tomó y la leyó para sí.

Luego se la pasó a un oficial e hizo que circulara entre el resto de los funcionarios de la Cancillería.

Después, le pidió al muchacho que lo acompañara al patio.

—Ya sabes dónde está la mezquita. Ahí tienes las letrinas.

—Señaló una pequeña construcción adosada a la Secretaría—.

A mediodía se sirve una comida. La puedes tomar en tu mesa o en el patio.

El trabajo termina al ponerse el sol, pero somos flexibles.

Hay días que continuamos a la luz de las lámparas, y días que acabamos antes del atardecer. ¿Comprendido?

Ibn Zamrak le tomó la mano para besársela, pero Ibn al-Jatib la apartó con brusquedad.

—¿Qué haces? Déjate de tonterías. Dame las gracias con tu trabajo —sentenció—.

Vuelve adentro. Un oficial te dirá con qué puedes ponerte.

—Lo retuvo un instante antes de dejarlo marchar—.

¿Sabes por qué lo he hecho así? —Ibn Zamrak guardó silencio, esperando su respuesta—.

Aquí trabajan los mejores. No tengo en cuenta ni familias ni recomendaciones.

Solo quiero buenos poetas que sepan hacer un buen trabajo.

Cada uno de los secretarios debe confiar en sus compañeros y saber que todos han demostrado méritos para estar aquí.

—Pellizcó su camisa a la altura del hombro—.

Te adelantaré una paga para que puedas comprarte ropa adecuada.

El visir se marchó. Ibn Zamrak se tomó unos segundos para calmar los latidos de su corazón. Se echó al suelo e inclinó la cabeza. «Gracias, Tú que todo lo puedes», susurró sobre la hierba de los jardines.

Poco después del mediodía, Reduán acudió a la Secretaría y se reunió con Ibn al-Jatib en el patio anexo a la sala del Mexuar.

—Esta misma mañana han partido emisarios con las primeras cartas —le dijo el visir de la Pluma nada más verlo.

—Bien, bien —respondió el hayib , sin demasiado interés—.

Siéntate conmigo en este banco. —Tomaron asiento frente a la alberca que presidía el espacio, a cuyos extremos había dos fuentes redondas con surtidores con forma de leones—.

Mawlana quiere que la administración del emirato siga como hasta ahora.

Quiere continuar la labor de su padre, e incluso ir más allá.

—Miró al visir a los ojos—. Vivimos tiempos complicados.

Muhammad V teme que pueda pasarle lo que a su abuelo.

—Ismail I de Granada había sido asesinado por su primo Muhammad, que se había aliado con los meriníes.

Ismail le había arrebatado a una esclava cristiana con la que mantenía una relación, lo que provocó su humillación y su ira.

Muhammad apuñaló al emir en la mismísima Alhambra, durante una audiencia pública—. La corte no está en calma.

—Lo sé —comentó Ibn al-Jatib—. Echaría un ojo a los Voluntarios de la Fe. Siguen teniendo mucho poder. Los necesitamos, pero hay que ponerles límites.

La institución de los Voluntarios de la Fe reunía a los guerreros africanos que acudían a Granada para contribuir a su defensa.

La idea de recurrir a ellos fue de Ibn al-Ahmar, el primer emir nazarí.

El fundador de la dinastía pensó que podría atraer a aquellos guerreros ávidos de yihad, que incrementarían las filas nazaríes sin interferir en los asuntos políticos del emirato.

Sin embargo, con el tiempo la institución se había convertido en un instrumento de injerencia de los meriníes.

Su líder era un hombre poderoso en la sociedad nazarí y cualquier emir debía contar con él para sacar adelante su política.

—Ya, estoy en ello —contestó Reduán con sequedad—. Nada se me escapa. Déjamelo a mí. Tú céntrate en la Secretaría, como hasta ahora.

—Por supuesto, sidi . No pretendo inmiscuirme en tu gobierno. —Ibn al-Jatib inclinó levemente la cabeza como muestra de humildad y buenas intenciones.

Sabía que el hayib era un hombre orgulloso y prepotente que no aceptaba que nadie se entrometiera en sus asuntos.

Su origen era cristiano. Llegó de niño a Granada como esclavo, pero supo ganarse la confianza de los cortesanos con su aguda inteligencia y su habilidad para relacionarse en los ambientes palaciegos.

Fue educado en el islam y ganó posiciones en la administración nazarí hasta llegar al primer visirato.

Reduán era un ejemplo vivo de la meritocracia granadina, que premiaba la astucia y la valía personal por encima de cualquier otra prerrogativa.

—Hay otro asunto que debemos tratar con urgencia. El emir tiene quince años y, como hombre que ya es, debe casarse. Necesita herederos cuanto antes. He hablado con él sobre este asunto y ha elegido ya a la que será su esposa: su prima Mu’mina.

—No me sorprende. Siempre fue su predilecta —dijo Ibn al-Jatib con una sonrisa—.

La joven es hermosa. Le saca un par de años a mawlana , pero es muy adecuada.

Prima paterna… —recordó, haciendo mención a la costumbre.

En la Alhambra, el matrimonio más común y deseable era el de dos primos por vía paterna.

Ese tipo de uniones constituían un mecanismo de preservación del poder y de la riqueza para las grandes familias.

Al llegar a ese punto, la mirada del visir se ensombreció. Reduán intuyó el pensamiento que lo rondaba.

—Así es, Ibn al-Jatib. Está el problema de su padre.

—Ismail al-Nahil, el padre de Mu’mina, había sido encarcelado por su hermano, Yusuf I, por sospechas de conjura—.

Mawlana se compadece de su tío Ismail y ha decidido liberarlo antes de su boda.

Te corresponde despachar el asunto. Redacta el indulto para que lo lleve un emisario a Salobreña.

—Lo haré esta misma tarde. —Reduán se agarró las rodillas, dispuesto a levantarse para dar por terminada la reunión—. Tengo una pregunta, sidi . Muhammad ha decidido que la Gacela blanca siga residiendo con sus hijos en su palacio. No sé si es conveniente…

El hayib soltó una carcajada.

—Muhammad va por delante de todos nosotros. También he tratado este tema con él. ¿Sabes lo que me dijo? «Si quieres alejar una amenaza, tenla más a mano». —Volvió a carcajearse—. Es astuto, visir. No hay duda de que lo es. Ha salido a su padre.

Reduán se retiró y dejó solo a Ibn al-Jatib, que se quedó sentado en el banco unos instantes. Los chorros de los surtidores sonaban al caer sobre el agua estancada en las tazas de las fuentes. «Tienes decisión y carácter, Muhammad. Supe verlo cuando apenas tenías cinco años».