El elegido Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Ibn Zamrak, mañana al alba quiero que vengas a la Alhambra.

Viste lo mejor que tengas. Voy a ponerte a prueba delante de los demás funcionarios.

—El visir era un hombre directo al que no le gustaba andarse por las ramas.

Llevaron a cabo el lavado ritual y comenzaron a caminar despacio hacia el oratorio, donde los demás alumnos ya habían ocupado sus esteras de esparto—. Es tu oportunidad. Confío en ti.

El muchacho miró fijamente a su maestro.

En su mirada se intuían las batallas que en aquellos momentos se libraban en su mente.

Trabajaba para su padre como mulero, haciendo portes para los vecinos del Albaicín.

Tendría que ponerle una excusa para ausentarse del trabajo.

Su padre no era un hombre fácil, y en más de una ocasión había sufrido sus arrebatos de ira.

Huraño y violento, disfrutaba sometiendo a su familia a base de órdenes y amenazas.

«No lo aprobará», se dijo. Sin embargo, enseguida sus ojos brillaron de determinación.

—Gracias, maestro. Alá te bendiga. Allí estaré al amanecer. —Se llevó la mano al pecho—. Yo… —De nuevo afloraron oscuras nubes en su mirada, pero Ibn al-Jatib alzó la mano y lo interrumpió.

—Venga, venga. Menos dudas. Saldrá bien. Si te he llamado es porque sé que estarás a la altura.

Extendió el brazo para invitar a Ibn Zamrak a acceder al oratorio.

El joven agachó la cabeza y buscó una estera libre.

Seguía sintiendo cómo en su estómago se acrisolaban la incertidumbre y la excitación.

Con gesto humilde, se arrodilló y ejecutó una prosternación. «Estoy en tus manos. Sea tu voluntad».

Cuando el visir llegó a su casa, sus hijos ya dormían.

Iqbal lo esperaba con la cena servida en el madjlis .

Había pedido a la moza que preparara harira , la sopa favorita de su esposo.

Era un plato popular, pero no había una única manera de prepararlo.

A él le gustaba con sémola de trigo y cordero, especiada con canela y comino, y con un toque de cilantro.

Junto a su cuenco, Iqbal había colocado medio limón.

—¿Mejor? —le preguntó mientras estrujaba el limón sobre la sopa y prendía una segunda lámpara de aceite.

—Agradezco el trabajo. Mantiene mi mente ocupada y no deja tiempo para la pena.

—Ibn al-Jatib tomó un poco de caldo y se relamió—.

Está templada, pero muy buena —se apresuró a añadir—.

Muhammad va a mantener al hayib , y a mí.

—Iqbal asintió con suficiencia, callándose un «eso ya lo sabía»—.

Necesita tutores, pero es inteligente y sensato.

Rara vez las dos cualidades se dan juntas en una persona.

—Perdió la mirada en su cuenco—. Me preocupa la Gacela blanca.

He visto salir a un africano de su casa.

—Pronto empiezan.

—No seas ingenua. No creo que hayan empezado ahora. Llevan meses intrigando, desde que Yusuf apartó a Ismail al-Hassas de la sucesión. El problema es que ahora Muhammad es débil. Para ellos representa una buena oportunidad. Debemos estar atentos.

—La corte es un nido de serpientes. Deberías alejarte de la Alhambra, centrarte en tus estudios, en la docencia… Eso es lo que te hace feliz.

Ibn al-Jatib dibujó una sonrisa. En ese momento se percató de que hacía mucho tiempo que no sonreía.

Iqbal lo conocía bien. Sabía que era un intelectual, que su ansia de saber nunca se agotaba.

También sabía que cultivaba la espiritualidad del sufismo, que el alejamiento de lo terrenal llamaba poderosamente su atención.

Pero, igualmente, no evitaba la tentación de la riqueza y manejaba negocios e inversiones que incrementaban su patrimonio cada día.

Muchos ya lo llamaban el de las Dos Vidas por su falta de sueño.

En otros aspectos también era dual, un barco castigado por corrientes contrarias, pero incapaz de decantarse por una sola.

—Debería… —se limitó a contestar, y su esposa no insistió.

El hombre terminó la harira y tomó uvas y queso de postre. También se sirvió un vaso de vino.

—Necesitas descansar —le dijo la mujer—. Esta noche deja los libros a un lado y ven conmigo a la alcoba.

Ibn al-Jatib asintió con gravedad, como si estuviera pensando en otra cosa.

La acompañó al tálamo, se dejó desvestir y se echó a su lado.

La amó, pero ninguno de los dos terminó satisfecho.

Las preocupaciones lo asfixiaban. Aguardó hasta que la respiración de Iqbal se hizo rítmica y, sigilosamente, salió de la alcoba.

—No tardes —escuchó que le susurraba la mujer antes de que se perdiera escaleras arriba.

Sonrió por segunda vez aquella noche. «Bendita Iqbal», se dijo.

Se refugió en el estudio y se puso a trabajar en su libro sobre la peste.

Sin embargo, el sueño lo derrotó en pocos minutos y lo dejó tendido sobre los almohadones.

Sus ronquidos alertaron a Iqbal, que subió a verlo.

Lo cubrió con una manta y besó su frente. El hombre no se inmutó.

—Estoy segura de que mientras duermes también trabajas —le dijo a media voz para no interrumpir su descanso.

El médico permanecía sentado en un banco de madera.

Junto a él había dispuesta una mesita taraceada sobre la que descansaba su instrumental, así como una jofaina con agua tibia y jabón.

El anfitrión paseaba entre los asistentes a la fiesta.

Estaba exultante de alegría. Su hijo había sido varón y no se ocultaba en manifestar su gozo.

«Este va a seguir con mi negocio», decía a unos y a otros sacando pecho.

Era un comerciante de seda que vivía en la parte alta de la alcazaba Cadima, en la linde con el Albaicín.

Para la ceremonia de circuncisión de su hijo había reunido a otros bebés de familias más humildes.

Amina mecía a su niño para calmarlo; el jolgorio lo había alterado. Rasha no se apartaba de su lado. Ningún pariente ni conocido las había acompañado a la fiesta.

—Hermana, ¿tienes ya el nombre? No sé a qué esperas…

Amina la miró con gesto pícaro. Luego echó la cabeza sobre la del bebé y le susurró al oído.

—¿Ya? ¿Así de rápido? —preguntó Rasha, sorprendida. Alzando un puño en gesto amenazador, la conminó—: Venga, dímelo.

—Faray —pronunció la madre con una sonrisa en los labios.

La hermana quedó pensativa durante unos segundos. Luego, como si hubiera tenido una inspiración, abrió los ojos de forma desmesurada.

—¡Cómo no! —exclamó—. Como su abuelo. Es un buen nombre, tiene carita de Faray. —Ambas rieron con ganas.

Llegó el momento de las circuncisiones y el médico ejecutó las primeras sin contratiempos.

Los alaridos de los bebés sacudieron el patio de la gran casa.

Todos dibujaban expresiones de pena e intentaban calmarlos con palabras tranquilizadoras.

Cuando le llegó el turno a Faray, fue la propia Amina quien lo sujetó para que el galeno obrara su arte.

Fue un corte rápido y limpio, y el niño lloró con todas sus fuerzas mientras lavaban la herida y la vendaban.

Amina lo apretó contra su pecho, acongojada. Rasha le pedía que la dejara cogerlo, pero la madre, como una leona protectora, no lo quiso soltar.

—Ay, mi niño. Te han hecho daño, tan pequeño… —Observó al dueño de la casa, pavoneándose entre sus invitados—. Te criarás pobre por culpa de tu padre. Pero no te preocupes, yo cuidaré de ti, y velaré para que esta sea la última vez que alguien te lastime —le dijo.

Cuando los bebés se calmaron, una pareja de músicos comenzó a tocar sus instrumentos y varias esclavas sirvieron los alimentos del banquete.

Las dos hermanas se sentaron juntas, apartadas de los corrillos de familiares.

Nadie las conocía en el barrio y sus parientes más cercanos ya habían fallecido.

Las jóvenes habían tenido varias residencias antes de recalar, por fin, en una modesta casa del arrabal del Albaicín.

A ellas no les importó estar solas. Se miraban, sonreían y adoraban con embeleso a Faray.

No necesitaban más familia para sentirse felices aquel día.