Capítulo 1 #2
—Por mi parte, agradezco tu confianza, mawlana .
¿Puedo dirigir la Secretaría como crea conveniente?
—El emir asintió y el visir se animó a continuar—: Algunos secretarios son demasiado mayores.
Tu Cancillería necesita sangre joven. —Hubo otro asentimiento del joven emir.
Ibn al-Jatib se percató de que el muchacho lucía ojeras.
No había sido el único en pasar la noche en vela—.
Hay muchos asuntos que tratar, pero no quiero acosarte hoy.
Tu padre, Alá lo bendiga, falleció ayer. Necesitas descansar y recomponerte.
Muhammad respiró hondo.
—Mi padre me preparó para esto —dijo con cierto orgullo en la voz—. Debo ser un buen padre para mi pueblo. Agradezco que estés a mi lado, Ibn al-Jatib, pero no puedo esconderme a llorar. Debo empezar a tomar decisiones, con la ayuda del Altísimo y de mis tutores.
—Haces que me sienta orgulloso de ti. —Carraspeó para apagar la emoción y seguir con el tono formal de la entrevista—. Hoy solo necesito saber qué política deseas seguir con los otros emiratos y reinos.
Clavando sus ojos claros en los del visir, Muhammad expuso su visión sobre la política exterior que quería para Granada:
—Mi padre logró la paz con Castilla. Debo seguir sus pasos y ahondar en esa relación. Escribe al rey Pedro. —Ignoraba que el visir ya tenía una carta redactada—. También al rey de Aragón, y a las cancillerías de los hermanos musulmanes del Mediterráneo. Los necesitamos a todos.
El visir de la Pluma agachó la cabeza en señal de sumisión y respeto.
Le complacía aquella actitud, que continuaba con la labor diplomática de los últimos años.
Granada no podía mirar únicamente hacia los pueblos del islam.
También debía mirar al norte, desde donde los cristianos la observaban con deseo, anticipándose al momento de poder hincarle el diente.
La riqueza que permitía a Granada pagar las parias a Castilla y la hábil diplomacia que mantenía el sutil equilibrio de poderes en la península eran las verdaderas fuentes de su supervivencia.
—Así se hará, mawlana .
Se retiró y dejó solo al emir. Por el camino sintió que su pecho se abría y podía respirar mejor.
«Eres digno hijo de tu padre. Brilla en ti la inteligencia y la moderación de Yusuf. Doy gracias por ello al Compasivo».
En el patio del palacio se encontró con Maryam, la Gacela blanca, que había salido de sus dependencias para tomar el sol. Estaba sola. Butayna se había recluido en su residencia, que daba al curso del río Darro y al barrio de Axares.
—¡Secretario! —La mujer llamó su atención.
Mascullando una maldición, Ibn al-Jatib se acercó a ella y la saludó.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó sin disimular su desprecio.
—¿Por qué debería haberme ido? El emir Muhammad ha respetado la voluntad de su padre, mi esposo —aclaró la Gacela—, y me permite seguir viviendo en este palacio con mis hijos.
«Ay, Muhammad. Eres inteligente, sí, pero todavía te queda mucho que aprender», pensó el visir de la Pluma. Decidió contratacar:
—Ayer te vi apurada, corriendo con un hatillo fuera de los palacios. Pensé que te ibas.
La mujer se irguió y apretó la boca antes de escupir su veneno.
—Soy Maryam, la Gacela blanca del emir Yusuf, Alá lo colme de honores en el Paraíso.
—Sus ojos estaban inyectados en sangre—.
Era su preferida, la madre de Ismail, su heredero, hasta que las lenguas venenosas de algunos mediaron para apartarlo del afecto de su padre.
No soy una nazarí, pero aquí estoy, en el palacio del emir de Granada.
Destaqué en el harén de mi esposo y le di siete hijos.
Merezco respeto. —Alzó la cabeza—. He vencido a muchos hombres y a muchas mujeres para llegar hasta aquí.
No me subestimes, Lisan al-Din. —Las últimas palabras las soltó con la boca torcida, dejando patente su mordacidad.
Lanzó su ataque con absoluta firmeza, pero Ibn al-Jatib no era nuevo en aquellas lides y respondió igual de contundente:
—He sido el tutor de mawlana Muhammad, del que tengo su estima y respeto.
Ahora soy su visir y consejero, y, como tal, una sola palabra mía bastará para que te exilie de estos palacios.
—Esbozó una sonrisa. El orgullo, ese acicate de su espíritu que siempre llameaba en sus entrañas, afloró sin freno—.
No me quieras como enemigo, Gacela, no vaya a ser que los leones te acaben dando caza.
—Se giró para retirarse, pero antes la señaló con un dedo y añadió—: Te vigilamos, a ti y a tu hijo. Aunque de él poco podemos esperar.
Comenzó a alejarse en dirección a la salida del palacio que daba a la calle Baja del Emir.
Pudo percibir en su espalda los ojos de Maryam apuñalándolo, su ira a duras penas contenida para no provocar un incendio en su pecho.
La mujer, plantada de pie en el patio, tensó los puños.
Su mirada hirvió de indignación y furia, y su boca comenzó a temblar.
Ibn al-Jatib no estaba dispuesto a consentir que alguien como ella lo intimidara.
Sin embargo, a pesar de su victoria, se sentía derrotado.
La tristeza y el cansancio se habían apoderado de su espíritu.
Ya en la calle, se sorprendió al contemplar cómo un hombre salía por la puerta trasera de las estancias de Maryam.
Era alto y fornido. Iba envuelto en un manto oscuro y lucía un gran turbante, al estilo de los gomeres africanos.
Enseguida se perdió en una calleja, por lo que el visir no pudo identificarlo.
«Parece que la Gacela tiene sus propios leones…
Tiempos oscuros para los nazaríes…», dijo para sí.
Ibn al-Jatib salió de la Alhambra con el sol declinando sobre el horizonte.
Atravesó a caballo la puerta de las Armas y se internó en la medina a través del barrio de los Gomeres.
Un guardia custodiaba su paso. Descendió las cuestas hasta toparse con el malecón del Darro y atravesó el río por el puente del Baño de la Corona.
Muchos campesinos regresaban de la Vega con sus aperos al hombro.
Cantaban coplillas, alegres por regresar a sus hogares, y se lanzaban pullas en tono jocoso.
«Ellos son la sangre que corre por las venas de Granada», pensó.
Los artesanos y comerciantes empezaban a desmontar sus puestos.
Algunas mujeres se habían sentado ya en los trancos de sus puertas y esperaban a que sus vecinas salieran para comenzar a charlar.
El corazón de Granada comenzaba a latir despacio, pausando el ritmo frenético de toda la jornada.
De algunos hogares se elevaba humo hacia el cielo.
La fiesta de la Ruptura del Ayuno había sido cancelada en la Alhambra, pero, en los barrios, las familias se sobreponían a la muerte del emir para proseguir con sus vidas.
Con sus sencillos «Alá así lo ha dispuesto» retomaban sus rutinas.
En aquella ocasión no habría algazara en las calles, pero, en el interior de cada vivienda, las familias celebrarían sus banquetes, organizarían improvisadas zambras y practicarían la caridad con sus vecinos menos favorecidos.
Aún era temprano, pero de algunas casas ya emanaban las dulces melodías de algún rabel o algún alegre pandero.
«Sé que te han amado, Yusuf, pero qué pronto olvidan, con qué presteza aparcan su dolor».
Ibn al-Jatib, sin embargo, no podía olvidar.
Su asesinato le había afectado especialmente.
Atravesó calles y callejones hasta llegar a la linde del zoco del Emir.
Los guardias que lo custodiaban lo saludaron.
Era un pequeño mercado de bienes de lujo propiedad del señor de Granada.
Allí se vendían las mejores joyas, las sedas de mayor calidad, las especias más exóticas.
El visir le había sugerido a Yusuf la ampliación del zoco y su cercado para mejorar su seguridad.
Tal vez Muhammad se decidiera a hacerlo.
Anexa a él, cerca de la mezquita aljama de la medina, estaba la madrasa yusufiya, la gran obra del emir asesinado.
Ibn al-Jatib había influido en él y en su primer ministro para que la construyeran.
Era un centro de saber donde se impartían clases avanzadas sobre materias religiosas, pero también científicas y literarias.
Apenas llevaba cinco años funcionando, pero de ella ya habían salido grandes eruditos, médicos, matemáticos, astrónomos y doctores de la ley coránica que habían contribuido a elevar el nivel intelectual del emirato.
Dejó el caballo atado a la entrada y accedió al edificio.
En el patio interior, sentados en los escalones de las galerías porticadas, estaban sus alumnos.
Charlaban animados mientras esperaban a que llegara su maestro.
Apartado en un rincón, un muchacho de poco más de veinte años permanecía apoyado en una columna.
A simple vista se percibía que era diferente del resto.
Vestía zaragüelles y una larga camisa de color pardo, ambas prendas sencillas y lavadas demasiadas veces.
Su rostro estaba curtido por el sol y usaba un casquete de fieltro para cubrirse la cabeza.
El llamado a la oración de Asr desde el alminar de la aljama interrumpió las conversaciones.
Los jóvenes se pusieron en pie, se lavaron en la pila de ablución y se dirigieron al oratorio de la institución para cumplir con el rito antes de comenzar la lección.
Otros muchos salieron de las clases y se dirigieron a la mezquita para cumplir allí con la oración.
Ibn al-Jatib llamó a su lado al muchacho solitario, quien acudió solícito a la llamada. Juntos se acercaron a la pila.