El elegido Capítulo 1
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Capítulo 1

El visir de la Pluma llegó a la Secretaría a primera hora de la mañana. El edificio principal estaba cerca de la sala del Mexuar, a poniente de los palacios. Los funcionarios charlaban entre sí, comentando el asesinato de Yusuf I.

—Secretarios —alzó la voz Ibn al-Jatib. Se hizo el silencio—.

Todos estamos conmocionados, pero ahora se espera de nosotros que estemos a la altura de los acontecimientos.

Hay que redactar cartas para informar de la proclamación del nuevo emir.

Castilla, Aragón, Fez, Egipto… Las de costumbre.

—Miró a su oficial de confianza, que asintió pausadamente—.

Mawlana Muhammad V necesita que esta Administración siga funcionando como siempre; así pues, papel bermejo y tinta.

—Dio una sonora palmada—. Hagamos saber al resto del mundo que Granada tiene un nuevo emir.

Terminada la instrucción, se dirigió hacia su mesa.

Cada secretario acudió a su puesto y una marea de turbantes de lino blanco se inclinó sobre las escribanías mientras los funcionarios se afanaban en cumplir con sus encargos.

El oficial se acercó al visir de la Pluma para consultarle los términos en los que había que redactar todas esas misivas.

No resultaba sencillo informar acerca de la muerte de Yusuf I.

—«Trágico fallecimiento» —sentenció Ibn al-Jatib—. No tienen por qué saber los detalles de lo que ha pasado. Lo importante es que sepan que a partir de ahora deben dirigirse a un nuevo emir.

Todos se pusieron a trabajar. El visir de la Pluma redactó de su puño y letra una carta privada dirigida a Pedro I.

El rey de Castilla era un joven de apenas veinte años que había ascendido al trono tras la muerte de su padre durante la epidemia de peste.

Alfonso XI había sido un monarca belicoso que había guerreado con los nazaríes por el control del Estrecho.

Sin embargo, su hijo Pedro había abandonado el camino de las armas y se había convertido en un firme aliado de Granada.

Desde su entronización, Ibn al-Jatib había cultivado la relación con Castilla a través de un intenso cruce de cartas.

En ocasiones, el visir tenía la sensación de haberse convertido en uno más de los consejeros del joven rey.

A media mañana, uno de los arquitectos del emir difunto se presentó en la Secretaría y solicitó ver al visir. Bajo el brazo llevaba pliegos y rollos de papel.

— Sidi , Alá te bendiga. He sabido lo que ha ocurrido. Alá proteja a Muhammad V de Granada. —Agachó la cabeza—. Los hombres que trabajan para mí necesitan saber si seguirán los trabajos de Comares tal y como estaban proyectados por mawlana Yusuf.

Ibn al-Jatib se puso en pie, posó una mano en su hombro y lo condujo al exterior del edificio con actitud paternalista.

—Comprendo tu preocupación, Hassan. Pero aparta las dudas de tu mente.

Mientras no te diga lo contrario, seguid trabajando como hasta ahora.

Con más ahínco, te diría. El gran salón está previsto para el trono y las recepciones.

Mawlana Muhammad recibirá embajadores que vendrán a reconocerlo como emir.

Para entonces debe estar terminado, al menos en lo esencial. ¿En qué punto están los trabajos?

—El interior está casi acabado. Los pintores ultiman las yeserías. Los alicatados ya están colocados y el artesonado, como bien sabes, lleva meses rematado. Faltan las celosías, el entarimado del trono y algún que otro detalle menor.

—Bien, bien. Pintura, tarima y celosías. ¿Tres días? —Miró fijamente al arquitecto, que asintió dubitativo—. Tres días. Al tercero iré a verlo con mawlana y hablaremos de los trabajos fuera de la torre.

El hombre se despidió y se alejó a paso ligero, como si quisiera aprovechar cada minuto. Ibn al-Jatib dio un breve paseo por el jardín que rodeaba la Secretaría. Antes de regresar al interior del edificio, se encontró con al-Assad, el visir de la Espada.

—León de la Alpujarra —lo saludó. Aquel era el sobrenombre del general. Se lo había ganado de adolescente, durante una competición de lucha celebrada con motivo de la fiesta por el nacimiento del profeta.

—Lisan al-Din —devolvió el otro el saludo.

«Lengua de la religión», así llamaban los granadinos a Ibn al-Jatib por sus extensos conocimientos sobre teología y su amplia producción bibliográfica.

A él le parecía ostentoso y rehuía su uso, pero se había acostumbrado a que se refirieran a él de esa manera.

—Todavía no lo creo, amigo. —El visir de la Pluma se llevó una mano a la frente—. Nuestro Yusuf…

—Yo tampoco me lo creo. Y tengo mis dudas sobre lo que ha pasado —comentó al-Assad—. Yo mismo interrogué al asesino. Era un demente. Pero después de lo que hemos vivido, ¿quieres que piense que era solo un loco, que no hay nadie más involucrado?

—Baja la voz, León. No eres el único que tiene dudas. Pero debemos ser cautos, no despertar recelos. Si alguien lo ha planeado, tenemos que cogerlo por sorpresa. ¿Sospechas de alguien?

El general esbozó una sonrisa que marcó las arrugas de su rostro enjuto.

—¿Hay alguien libre de sospecha en esta maldita ciudad?

Los africanos no me inspiran confianza, cuchichean por los rincones, intrigantes como de costumbre.

Siguen teniendo demasiado poder. —Los meriníes de Fez, siempre presentes en Granada, habían estado detrás de las muertes de Ismail I y de su hijo Muhammad IV.

En voz aún más baja, añadió—: Y está la Gacela blanca.

Ya sabes, ella siempre quiso que su hijo fuera el heredero de mawlana .

Ibn al-Jatib meditó sobre aquellas ideas. Secretamente, él también las había albergado, pero no quiso manifestarse sobre ellas.

—Fue un loco —dijo finalmente—. Tú mismo lo manifestaste en el Mexuar y lo acabas de confirmar. Es todo lo que tenemos. Sin embargo, estaremos atentos. —Palmeó el brazo del general—. Tal vez deberías movilizar a tus agentes, que estos días mantengan los ojos bien abiertos.

Al-Assad sacó pecho antes de hablar.

—Ya están avisados. Me informarán de cualquier movimiento sospechoso en la corte y fuera de ella.

Ibn al-Jatib asintió, dándole su aprobación. Cuando el general se disponía a marcharse caminando entre los parterres, el visir de la Pluma lo detuvo.

—Amigo, de esto mejor no hablar con Reduán. Ahora tiene demasiadas cosas en la cabeza y, cuando eso ocurre, ya sabes que se bloquea.

Al-Assad sonrió y retomó la marcha.

—Lo sé. Por eso he venido a verte a ti y no a él… ¡Por cierto! —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír—. ¡Butayna manda recado para que visites a mawlana !

El hombre se perdió tras la tapia que daba a la calle Baja del Emir. Ibn al-Jatib comenzó a caminar hacia el pabellón del Mexuar para atravesarlo y dirigirse al palacio del emir. «Demasiado pronto para este trago tan amargo», pensó apesadumbrado.

A la entrada del viejo palacio de Ismail I, Butayna esperaba al visir. Iba vestida con una túnica blanca, respetando el luto por la muerte de su esposo. Sin embargo, no llevaba el rostro cubierto. Saludó al hombre y lo preparó para la entrevista con el nuevo emir.

—Lisan al-Din —usó el apodo—, mawlana Muhammad te espera en el madjlis . Es joven y está afectado por lo que ha pasado. —Bajó la mirada—. Como todos —añadió—. Has sido su maestro, te quiere y te respeta. Confío en tu sabiduría para ayudarle en este trance.

Ibn al-Jatib observó los rasgos delicados de la madre. Era la esposa que Yusuf había merecido. Inteligente, pero discreta; elegante, pero no ostentosa. Exactamente como él era.

—Tranquila. Muhammad tiene quince años. Es un hombre y sabrá desenvolverse. El hayib Reduán será su tutor y también me tendrá a mí a su lado.

—No te separes de él —le pidió al visir desoyendo sus palabras—. Y protégelo.

El miedo se hizo patente en su mirada, que contenía el azul del cielo. La corte se había convertido en un hervidero de intrigas y asesinatos. Ibn al-Jatib también sentía aquel miedo, aunque no lo manifestara.

—Tienes mi palabra, Butayna. Sabes lo que Muhammad significa para mí. Lo protegeré con mi vida si es necesario.

La mujer pareció relajarse. Susurró un emotivo «gracias» y se apartó a un lado para dejar que el visir pudiera dirigirse al salón en el que el emir lo esperaba.

La entrada estaba custodiada por dos guardias.

En el interior, el joven aguardaba sentado en una jamuga.

También vestía de blanco y lucía un turbante de lino en el que destacaba el broche de oro de su padre.

Delante de él, sobre una mesa de bronce, había dispuestos dátiles y dos vasos de leche como muestra de hospitalidad.

A su lado había un banco de madera vacío. Ibn al-Jatib saludó con respeto.

—La paz sea contigo, maestro.

El emir señaló el banco, animándolo a sentarse. El invitado obedeció.

— Mawlana , mis condolencias. Tu padre era como un hermano para mí, bien lo sabes.

El Altísimo lo tenga en el Paraíso colmado de honores.

—Sus ojos brillaron. Suspiró—. Te debo respeto como emir de Granada.

Sería conveniente que dejaras de llamarme maestro —le sugirió—.

Ahora soy tu visir de la Pluma, el jefe de tu Secretaría, mientras no dispongas lo contrario.

Muhammad rumió sus pensamientos durante unos segundos. Finalmente se aclaró la voz y habló:

—Bien, visir. Sigo contando contigo, junto con el hayib Reduán y el resto de mis consejeros. Ahora necesito a hombres sabios como vosotros. —Aquella fue su primera disposición como gobernador del emirato.