Prólogo #3
—¿Por qué tiene que ser de esta manera? —preguntó al aire, dolorida y cansada, al límite de la extenuación—. Dame hierbas, hermana. Dame tus malditas hierbas.
Rasha le acercó un vaso de infusión de artemisa.
—Todos venimos al mundo del mismo modo, hermana. Tú también. Pobre nuestra madre cuando tuvo que alumbrar esa cabezota tuya. —Se la tocó con el dedo índice.
Amina intentó reír, pero no lo consiguió.
—Siento la cabeza a punto de salir.
Rasha se asomó y lo comprobó.
—Ahora, es ahora. Empuja con todas tus fuerzas.
Amina lloró, anticipándose al sufrimiento.
—No puedo más —dijo en tono lastimero.
Tocaron a la puerta. Las hermanas lo ignoraron, pero del otro lado les llegó la voz contundente de la partera del barrio:
—¡Abridme, chiquillas!
Rasha dio un brinco y abrió la puerta. La comadrona la apartó a un lado de un empujón y en tres zancadas se situó junto a Amina.
—Agua caliente y paños. Vamos, vamos —ordenó a la hermana, que enseguida se perdió en el interior de la casa—.
Tú, mírame a los ojos y escúchame con atención.
—Amina seguía llorando—. ¡Que me mires! —vociferó la matrona—.
Te va a doler como nunca te ha dolido, pero puedes hacerlo.
Si me haces caso, durará poco. A los hijos hay que sufrirlos, Alá así lo ha dispuesto.
Amina apretó su amuleto y se lo llevó a los labios para besarlo. Se preparó para el esfuerzo que se le pedía. La partera se puso de rodillas y llevó sus manos a la vagina de la muchacha. Palpó los labios y dio un respingo.
—Pero si ya está a las puertas… ¡Esos paños, muchacha! ¡Que parece que los estés tejiendo!
Enseguida apareció Rasha con ellos y se los entregó a la mujerona, que los dispuso a sus pies.
Amina suspiró con fuerza y cogió brío. Luego agarró los hombros de la matrona y apretó.
Sus gritos resonaron por todo el barrio.
Su hermana lloraba, impotente. La partera animaba y ayudaba a la expulsión abriendo los labios de la vagina.
—¡Vamos! ¡Ya! ¡Vamos! ¡Un último tirón, que ya toco la cabeza!
El bebé salió impregnado de los fluidos de su madre.
La matrona, hábil, lo recibió en sus manos, lo envolvió en una manta y le limpió la boquita y los orificios nasales.
Luego hizo una ligadura en el cordón umbilical con hilo de seda.
De su bolsillo extrajo un cuchillo de hueso con el que lo cortó, separando definitivamente al bebé de su madre.
Inmediatamente después, le dio varios azotes suaves.
El bebé lloró desconsolado y solo entonces la matrona se permitió sonreír.
Sus movimientos se volvieron más dulces y pausados.
Lavó con el agua tibia su ombligo y se dirigió a Rasha:
—Tómalo y fájalo con los otros paños.
Rasha seguía llorando, ahora de emoción.
Amina se había puesto pálida y sudaba profusamente. La matrona la ayudó a ponerse en pie y la acompañó en un breve paseo por la estancia.
—Ahora tienes que echar la placenta —le dijo.
Sin dejar que se sentara, masajeó su abdomen con brío. Varios minutos después, el cordón umbilical que colgaba de su vagina se alargó y, finalmente, cayó al suelo arrastrando consigo la placenta.
—Bien, bien. Eso es todo, muchacha. Ya puedes descansar.
La lavó y le ayudó a cambiarse de ropa. Luego la tendió en su cama.
Rasha se acercó a su hermana para entregarle el bebé ya fajado.
Con un respeto reverencial, Amina lo tomó en sus brazos.
El pequeño no había dejado de llorar, y no dejó de hacerlo en los brazos de su madre.
Amina se destapó un pecho y llevó la cabecita de su bebé hasta él.
Enseguida comenzó a amamantar con ansia y se hizo el silencio en la casa.
—Eres un niño muy glotón. —Solo ella parecía haberse dado cuenta de que era un niño—. Y muy guapo —añadió con lágrimas en los ojos. Acercó la boca a su oído para susurrarle—: Lástima que tu padre no vaya a conocerte…
Amina se quedó dormida mientras su hijo se alimentaba de su pecho.
Cerca de la mezquita de la Explanada, en el corazón del arrabal del Albaicín, Ibn al-Jatib despidió al guardia. A la luz blanquecina de la luna, observó cómo el elche se alejaba por las cuestas que llevaban a Axares.
Llegó solo a su casa. A las puertas lo esperaba el mozo de cuadra.
Iqbal siempre lo mandaba fuera cuando su esposo se retrasaba.
El hombre le entregó al chico el animal y accedió a la vivienda.
Nada más entrar en el zaguán, Iqbal corrió hacia él y, sin pronunciar palabra alguna, lo abrazó con fuerza.
Allí, a oscuras, el visir de la Pluma rompió a llorar.
Apretó el cuerpo menudo de su esposa y se desahogó en su hombro.
El nudo de emociones que había contenido en su pecho al fin pudo deshacerse.
—Lo siento, esposo mío —le dijo la mujer en susurros—. Sé que lo querías. El barrio entero lo ha llorado durante todo el día.
—Cuánto pierde Granada… Yo pierdo a un amigo, pero el pueblo pierde a su mejor gobernante. —Negó con la cabeza y se enjugó las últimas lágrimas.
La esposa lo condujo al madjlis y le hizo sentarse a la mesa. Una lámpara de aceite con cuatro brazos iluminaba la sala.
—¡Madre! ¿Ha llegado ya? —sonó la voz de uno de sus hijos.
—Sí, Alí. Ya está aquí. Vuelve a dormirte —respondió en voz alta. Luego se dirigió a su esposo—. Es el más pequeño, pero el más maduro. Ha estado toda la tarde preguntando qué pasará en Granada ahora que el emir ha… —le costó acabar la frase.
—Muerto, Iqbal. Ha muerto. Aunque nos cueste creerlo. Esta mañana estaba vivo, orando en la mezquita por el fin del ayuno, pero ahora está bajo tierra. —Se llevó las manos a la frente.
—Solo Alá es dueño de nuestros destinos —soltó la mujer de forma mecánica—. ¿Ha sido proclamado ya su hijo?
—Sí. Muhammad V. Un crío con poco más de quince años, pero es listo, y nos tendrá cerca a los miembros del Consejo.
—Cómo no va a ser listo… Tú lo has educado. —Le sonrió.
—Yo, y otros muchos. —El hombre le devolvió la sonrisa, pero sus ojos seguían hablando de amargura—.
La aclamación del pueblo será más tarde.
Hemos consultado al astrólogo del emir y ha fijado la fecha para dentro de veintisiete días.
Casi un mes. —Perdió la mirada en las llamas de la lámpara—.
Muerto, esposa. ¿Puedes creerlo? La esperanza de Garnata…
Iqbal se puso en pie y lo abrazó por la espalda. Besó sus mejillas empapadas.
—Ahora nuestra esperanza eres tú. Sabrás conducir a Muhammad para que sea un emir tan sabio como su padre.
Le hizo levantarse y lo llevó de la mano a la alcoba. Ante la puerta, el hombre se detuvo.
—Acuéstate, esposa. Voy a trabajar un rato. Aún no tengo sueño.
Iqbal lo besó en la mejilla y se introdujo en la estancia. Lo conocía bien, ya sabía de su insomnio, de su necesidad de afrontar por la noche el trabajo que las obligaciones del día no le permitían hacer. «Parece que tienes dos vidas», solía decirle la mujer.
Ibn al-Jatib se dirigió hacia su estudio, una habitación amplia de la planta superior.
Allí guardaba sus trabajos, sus preciados textos, y decenas de libros sobre temas diversos que había ido recopilando en los últimos años.
Prendió una lámpara de aceite y tomó su Libro de la peste , todavía sin terminar.
La peste negra había sido especialmente virulenta en Granada; bien lo sabía él, que la había combatido.
Las condiciones de hacinamiento que se daban en algunos barrios de la ciudad habían favorecido la propagación de la enfermedad.
También dificultaron la lucha contra ella.
Miles de granadinos sucumbieron a la peste, e Ibn al-Jatib tuvo la oportunidad de estudiar los procesos de contagio.
Leyó los últimos párrafos escritos, donde se expresaba una idea sugerida por Umm al-Hassan.
Aquella mujer había conseguido ganarse el respeto de la élite médica de la ciudad.
«… evitar el contacto con un enfermo y con los objetos que este haya tocado…
». Pensó en ella, en su querida compañera en la lucha contra la epidemia, y sintió el aguijonazo de la culpa.
«Le debo una visita», se dijo, y se propuso saldar la deuda en cuanto le fuera posible.
Ella había sido la estrella que mantuvo su brillo titilante durante aquellos días de oscuridad, miedo y muerte.
Intentó retomar el hilo del texto, pero su mente, cansada y dolorida, no se lo permitía.
Cambió el libro por un tomo de poesía sufí y procuró hallar consuelo en sus versos.
El visir sentía un interés profundo por la corriente mística del islam.
Practicaba la meditación y trabajaba con su conciencia para conseguir un desapego sincero de lo material.
No lo había conseguido aún, pero había destinado buena parte de sus ingresos a la construcción de una zawiya , una casa de oración en un rincón apartado de la Vega, donde a veces se retiraba para encontrar esa paz que buscaba con tanto ahínco.
«Los designios de Dios no son comprensibles para nosotros, solo podemos navegar sobre ellos, como naves con el timón partido que sortean los vientos de la Providencia…
». Se recreó en aquella imagen, pero enseguida aparecieron en su mente las cuchilladas, la sangre, la mirada desorbitada del emir, sus intentos infructuosos por expresarse…
Lloró una vez más por su amigo. «Será la última vez que te llore», pensó.
«A tu recuerdo le debo algo más valioso que el llanto».
El amanecer lo sorprendió meditando sobre un almohadón. Cuando los primeros rayos de sol acariciaron su rostro, suspiró.
—Comienza un nuevo día. Ahora toca despabilar y trabajar…