El elegido Prólogo #2
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Prólogo #2

Los miró a todos a la cara. Cada uno de los reunidos recordaba los funestos acontecimientos que habían sacudido a la dinastía nazarí en los últimos tiempos: el asesinato de Muhammad IV, hermano de Yusuf I, y el de Ismail I, padre de ambos, perpetrado en la propia Alhambra.

Ismail había alterado la línea de sucesión de Ibn al-Ahmar, el fundador de la dinastía, apropiándose del trono y estableciendo su propia línea dinástica.

Desde entonces, las luchas de poder y las intrigas no habían dejado de sucederse en los palacios nazaríes.

Los hombres asintieron y se miraron unos a otros. Uno de ellos se atrevió a hablar:

— Mawlana Yusuf declaró heredero al príncipe Ismail hace…

—Basta —lo cortó Ibn al-Jatib sin alzar la voz, pero con firmeza—.

Todos sabemos que revocó su decisión y que nombró heredero a su primogénito, Muhammad, que el Altísimo le dé fuerza en este trance.

—Miró desafiante al hombre que había hablado—.

No puede haber fisuras entre nosotros. —Tomó nota mental de aquel incidente.

Tal vez Maryam, la Gacela blanca, la segunda esposa de Yusuf y madre de Ismail al-Hassas, estuviera detrás de aquellas dudas.

El hombre agachó la cabeza simulando sumisión.

Reduán le dirigió una breve mirada de agradecimiento al visir de la Pluma. Luego carraspeó y retomó la palabra:

—Muhammad será investido como el quinto emir de su nombre, el Compasivo lo proteja de todo mal.

Tiene edad suficiente para tomar decisiones, pero aún es demasiado joven.

En todo momento contará con nosotros para asesorarle.

Yo mismo seré su tutor. Solo Dios es Vencedor —remató con el lema de la dinastía nazarí.

—¿Qué sabemos? ¿Quién hay detrás del asesinato? —preguntó uno de los presentes, un reconocido faquí de la medina de la Alhambra.

—Ese hombre era un loco —contestó al-Assad, general de los ejércitos y responsable de la seguridad del emirato—. Es lo único que puedo confirmar por ahora. Lo interrogamos y no conseguimos sacarle nada más que frases sin sentido. Tenía la mirada perdida. Un maldito loco… —repitió con ira.

Se abrió un denso silencio en el Mexuar. Hasta allí llegó el sonido de las muestras de dolor del pueblo, que seguía manifestándose junto a la mezquita.

—Bien —dijo Reduán—, pongámonos en marcha. Hemos de enterrar a un emir.

Los hombres se levantaron dispuestos a salir de la sala. El faquí se acercó a Ibn al-Jatib y lo agarró por el brazo para atraerlo hacia sí y susurrarle al oído:

—Los meriníes, ellos están detrás. Tú lo sabes, igual que yo. Al emir de Fez no le gustaban los tratos de mawlana con el rey de Castilla… Africanos mataron a Muhammad IV, y africanos han matado a Yusuf I. —Su boca tembló y de sus ojos brotaron lágrimas.

El visir le palmeó la mano. Le constaba el cariño que aquel hombre sentía por el emir.

—Tranquilo. Si hay alguien detrás de su muerte, daremos con él y haremos justicia.

Salieron del Mexuar y se dirigieron a la explanada de la mezquita.

Cientos de personas se agolpaban en los alrededores, todos vecinos de la Alhambra.

Los guardias habían cerrado las puertas de la ciudadela para evitar altercados.

Los miembros del Consejo se encaminaron hacia el palacio emiral acompañados por los lamentos de los granadinos que, desconsolados, lloraban y se golpeaban el pecho.

Dentro del palacio, en el jardín central, aguardaba el cuerpo de Yusuf.

Lo habían depositado sobre unas parihuelas untadas con aceite de algalia.

Las esposas habían hecho un buen trabajo.

No habían dejado que ninguna esclava tocara el cuerpo.

Lo lavaron con mimo y lo cubrieron con un sudario de lino blanco.

Solo su rostro resultaba visible, sereno, como si durmiera.

En el aire del jardín, fundidos con el olor de los arrayanes, flotaban los aromas de los perfumes con los que lo habían ungido.

Las dos mujeres permanecían de pie detrás de sus hijos varones.

Butayna, la madre del heredero, mantenía la cabeza gacha y no paraba de derramar lágrimas sobre el mármol del suelo.

Muhammad mantenía la vista fija en el cuerpo de su padre.

Parecía ausente, como si su alma buscara el consuelo del exilio.

Cerca, Maryam miraba con orgullo a los consejeros.

«Yo era su favorita», parecía decirles con la mirada.

Sus dos hijos varones lloraban en silencio.

Ismail al-Hassas, el que había sido elegido sucesor en primer lugar, no paraba de enjugarse las lágrimas y se daba aire con las manos.

Era un chico guapo y corpulento, pero falto de espíritu.

Ibn al-Jatib los miró a todos, pero centró la atención en Ismail, en sus gestos afeminados y sus cabellos largos, en los que su madre había intercalado hilos de seda.

«No sé en qué pensó tu padre cuando te eligió.

Doy gracias al Compasivo por hacerle cambiar de opinión a tiempo».

Luego recordó a Maryam corriendo por los nuevos palacios con un botín de objetos preciosos.

«No te eligió él. Fue la Gacela blanca, tu madre, la que lo envenenó con esa idea».

Junto a Ismail al-Hassas estaba su hermano menor.

Apartada en un lateral del patio, la hermana mayor de ambos asistía al acto con su esposo, Muhammad el Bermejo.

Este era el único que no tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

Mantenía una pose altiva, dos pasos por delante de su esposa.

«A ese hay que atarlo en corto. No me fío de él», pensó Ibn al-Jatib.

El Bermejo era pariente de los hijos del emir fallecido, primo en segundo grado. Tenía fama de intrigante y manipulador.

El imán de la aljama recitó unas suras del Corán.

Cuando acabó, un secretario poeta leyó un panegírico en honor de Yusuf I.

El propio Ibn al-Jatib, que estaba al frente de la Secretaría, le había pedido que lo compusiera para la ocasión.

Recitado el poema, el visir de la Pluma y el general al-Assad se agacharon para agarrar los palos de las parihuelas por el lado de los pies.

Muhammad y su medio hermano Ismail al-Hassas tomaron los otros dos extremos.

Los cuatro alzaron el cuerpo y colocaron los palos sobre sus hombros.

Al frente del cortejo fúnebre iban las esposas, las hijas, las concubinas y los parientes más cercanos del emir.

Atravesaron el umbral que daba a la rauda y enfrentaron el camino que conducía a la tumba que había sido excavada aquel mismo día.

Más tarde, sobre el enterramiento, se construiría una capilla y se sembraría un jardín de flores a su alrededor.

El emir fue depositado en la tierra de costado, orientado hacia la quibla.

Los presentes arreciaron el llanto. Butayna cayó de rodillas, arrasada por un dolor intenso que atenazaba su corazón.

—¡Vuelve conmigo! —gritó, sin poder contenerse.

Su hija Aisha se echó al suelo junto a ella para consolarla.

El imán ofició el rito y otros secretarios poetas declamaron emotivas composiciones. Hasta los pájaros de la Sabika parecieron respetar el duelo y dejaron de trinar.

Para terminar, cuando el sol caía pesado sobre el horizonte de la Vega, Ibn al-Jatib, emocionado, leyó los versos que él mismo había compuesto para su amigo.

—Cayó la luz del occidente, pero nos deja el brillo de sus obras… —comenzó.

Cuando hubo terminado, el sol se había ocultado por completo.

En el reducido espacio de la sala, las dos mujeres se miraban e intentaban calmar sus nervios.

—Toma más infusión, hermana.

—Déjalo ya y no insistas. ¡Me sabe la saliva a hierbas!

—Pues pasea un poco, para ayudar —le dijo Rasha mientras secaba los últimos restos de las aguas.

Amina bamboleó su enorme barriga por la estancia, dando torpes pasos de un extremo a otro.

—Va a ser niño, ya te lo digo yo, Rasha. Las mujeres lo hacemos todo más fácil. —Se detuvo un instante para tomar aliento—. Un niño peleón que no va a parar de llorar en todo el día. Ya lo verás.

Ambas rieron. De pronto Amina se encorvó y se llevó las manos a las rodillas. Soltó un grito agudo y comenzó a sudar.

—Ya —le dijo a su hermana, que estrujaba un trapo por la ventana—. ¡Rasha, ya! —gritó a todo pulmón para aliviar el intenso dolor de la contracción.

La improvisada partera corrió a la alacena y tomó el amuleto. Se lo dio a su hermana para que lo sostuviera. Luego se situó frente a ella y la agarró por los hombros.

—Estoy aquí, estoy aquí —repitió nerviosa—. Tranquila.

—Tranquila tú, estúpida, que no paras de temblar.

Rasha sonrió y respiró profundamente. Amina clavó los dedos en sus hombros y apretó los dientes. Otro grito le estalló en la garganta y estuvo a punto de caer doblada por los dolores.

—Amina, escúchame. Lo he visto hacer. Tienes que apretar con fuerza. Ponte en cuclillas, dicen que eso ayuda. —La llevó hasta la alfombra que había dispuesto para el alumbramiento.

—Se va a manchar —comentó la parturienta.

—¡Qué cosas tienes! Ya la lavaremos.

—Hermana, no te vayas, no me dejes sola.

Rasha fijó sus ojos en los de Amina y le sostuvo la mirada. Por primera vez en mucho tiempo encontró miedo en aquellos dos pozos de alquitrán. Sin apartar la cabeza, le dijo con voz calmada y segura:

—Nunca te voy a dejar sola. Nunca.

Amina hizo el amago de sonreír, pero el gesto se truncó en una mueca de amargura. Gritó de nuevo, sacudida por una intensa contracción.

—¡Me rompo por dentro!

—¡Respira! ¡Respira y empuja!

«Maldita partera. ¿Dónde te has metido?». A primera hora de la mañana, cuando comenzaron las contracciones, Rasha fue a buscarla, pero había salido a asistir otro parto en una casa del barrio de Axares.

Amina hizo caso. Resoplaba y empujaba con fuerza alternativamente, sintiendo cómo los movimientos del bebé le desgarraban las entrañas. Pasó así más de una hora, durante la cual Rasha no se apartó de su lado.