El elegido
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Prólogo
El roce de las túnicas acarició el silencio de la sala.
El imán dirigía la oración situado frente al mihrab.
Sus palabras todavía resonaban en la mente del emir.
«El ayuno nos hace iguales». El sermón había sido certero, aquel era el sentido verdadero del sagrado Ramadán.
Durante aquel mes, desde el más poderoso hasta el más humilde experimentaba la disciplina de la abstinencia.
Yusuf I ejecutaba los movimientos en silencio, pensativo. El primer ministro Reduán y el visir Ibn al-Jatib oraban cerca de él. Lo miraban de soslayo, atentos a lo que hacía el emir de Granada.
El rito se acercaba a su final. Los fieles se incorporaron de la prosternación y permanecieron sentados sobre los talones. Un pájaro se había posado en el alféizar de una ventana y su trino alegre irrumpió en la sala. Los creyentes volvieron a inclinarse para tocar el suelo con la frente.
—Gracias, Dios mío —musitó Yusuf con voz tan suave que nadie pudo escucharlo. Se sentía bendecido por la gracia divina, que le había permitido llevar a cabo importantes obras y ser amado por su pueblo.
Mientras el emir se alzaba de la última prosternación, un hombre se puso en pie sobre la marea de devotos y, con los pies desnudos, atravesó la sala hasta situarse a su lado.
Llevaba el rostro cubierto de sudor y sus extremidades temblaban ligeramente.
Sus labios se movían sin emitir sonido alguno, como si repasaran una letanía.
Tiró de la manga derecha de su túnica y dejó ver un cuchillo.
Yusuf contempló el destello metálico del arma y tuvo tiempo de gritar antes de que el hombre se abalanzara sobre él.
El atacante agarró al emir por el cuello y clavó el cuchillo en su pecho.
Luego, en un ágil movimiento, extrajo la hoja y la volvió a hundir con fuerza entre sus costillas.
Finalmente, tiró hacia fuera de la empuñadura, haciendo que la sangre brotara generosa.
El grito del emir agitó las yeserías que adornaban las paredes.
A su clamor siguieron decenas de voces que se alzaron hacia el artesonado de la aljama alhambreña.
El asesino permaneció quieto, impertérrito, ajeno a los gritos desesperados y a las idas y venidas de los guardias, que intentaban abrirse paso mientras desenvainaban sus espadas jinetas.
Yusuf intentó gritar una vez más, pero el aliento parecía escapársele por las heridas.
La sangre del emir empapaba su alfombra de oración y se derramaba sobre el suelo limpio de la mezquita.
Ibn al-Jatib fue el primero en reaccionar. Se puso en pie, agarró la muñeca del asesino y le arrebató el cuchillo ensangrentado para tirarlo después con furia.
—¡Prendedlo! —gritó el visir a pleno pulmón.
Los guardias apartaron a los hombres a empujones y consiguieron llegar a la escena del crimen. El asesino miraba a los ojos a Ibn al-Jatib. Una mueca parecida a una sonrisa se había dibujado en sus labios. Seguía quieto, sereno, como si la consumación de aquel acto atroz lo hubiera llenado de paz.
—La baraka —pronunció mientras se encogía de hombros.
Tres elches del emir lo derribaron y lo golpearon con saña.
—¡Nadie escapa a la suerte! —voceó el hombre mientras encajaba los puñetazos sin oponer resistencia—. ¡Te toca o no te toca! ¡Soy un desgraciado! ¡El maestro! —gritaba, soltando frases inconexas.
Ibn al-Jatib respiraba con ansiedad. Observó el cuerpo de Yusuf I, su querido Yusuf, el mejor emir que Granada jamás había tenido.
La sangre seguía manando de su pecho, como en una macabra fuente de agua púrpura.
Desenrolló su turbante y presionó las heridas con él.
El lino blanco pronto se tiñó de rojo. El visir miró a su alrededor.
La mezquita se vaciaba, los gritos retumbaban en las paredes y el caos, desde allí, parecía expandirse por toda la Alhambra.
Los más fieles al emir permanecían cerca, de pie, pero sin atreverse a intervenir.
—¡Médicos! —gritó Ibn al-Jatib—. ¡Llamad a los médicos!
El visir de la Pluma tenía profundos conocimientos de medicina, pero no se consideraba diestro en cirugía.
El emir lo agarró del pecho y lo obligó a encararlo. Ibn al-Jatib se esforzó en controlar las lágrimas. Yusuf movía la boca, pero no conseguía hablar. Después del tercer intento, el visir creyó entender lo que quería decir.
—¿A tu casa? ¿Quieres ir a tu casa?
El emir asintió con alivio, pero su gesto se torció enseguida, deformado por un aguijonazo de dolor.
—¡Vamos! ¡ Mawlana quiere que lo llevemos al palacio!
Cinco hombres acudieron raudos a su lado para alzarlo en volandas. El propio Ibn al-Jatib sujetó su cabeza mientras lo movían. Antes de salir de la mezquita, dirigió la vista atrás y contempló cómo los guardias se afanaban con el asesino.
Los porteadores salieron al patio de abluciones, donde decenas de vecinos de la Alhambra se habían arremolinado para esperar noticias de su emir. El cuerpo acuchillado goteaba, marcando con sangre su camino.
—¡Flor de Granada! —gritó una espontánea.
—¡El Altísimo te proteja! —lo bendijo un anciano que no paraba de llorar.
—Te aman, mawlana —le susurró al oído Ibn al-Jatib, profundamente emocionado.
Salieron del patio y se encaminaron hacia el cercano palacio de Ismail I, la residencia del emir moribundo. Sin embargo, antes de acceder al pórtico, el visir se dirigió a los demás.
—No, a Comares —afirmó rotundo. Nadie lo cuestionó.
Aquel palacio a medio terminar era la gran obra de Yusuf I en la Alhambra.
—¡Paso a mawlana ! —gritaron los hombres mientras penetraban en el recinto en obras.
Los andamios afeaban la imponente torre, pero a Yusuf no le importó. Quería verla una vez más, soñar con el cielo estrellado que cubría su techo, con los zócalos de formas imposibles y las yeserías pintadas de vivos colores.
Lo introdujeron en una de las salas principales del pabellón sur, frente a la torre.
El interior estaba sin enlucir. Lo depositaron en el suelo.
Dos médicos de la corte llegaron apresurados con sus cajas de instrumental.
Ibn al-Jatib se hizo a un lado. Resoplando aún por la carrera, el hayib Reduán se acercó a él.
El rostro del primer ministro estaba desencajado; su tez, nívea.
—¿Cómo está mawlana ? —preguntó.
Los médicos habían abierto la túnica para descubrir el pecho ensangrentado.
Uno de ellos taponó las heridas con las manos.
El otro pidió un cauterizador. La sangre no dejaba de manar, apagando en su camino la vida del emir.
Los guardias corrían en busca de una hoguera para calentar metal.
El cuerpo de Yusuf tembló, sus ojos se abrieron de forma desmesurada y sus labios se despegaron.
Los médicos negaron lentamente con la cabeza.
—No hay nada que hacer —pronunció Ibn al-Jatib.
En ese momento se dio cuenta de que, a la entrada de la sala, acompañado por su madre, estaba el joven Muhammad, el príncipe heredero. Se acercó a ambos y, tomándolos por los hombros, los llevó afuera.
—No debéis estar aquí —les dijo.
Muhammad volvió la cabeza para contemplar a su padre.
—Encerraos en casa y no salgáis hasta que os llamemos. —Miró a la mujer a los ojos—. Son momentos delicados.
Butayna asintió, y los dos se perdieron camino de su palacio.
—¡El mejor de los emires! —oyó el visir que gritaba un general a su espalda.
Intuyó que Yusuf I había terminado de desangrarse.
Observó sus propias manos, manchadas con la sangre de los nazaríes.
Alzó la cabeza y lloró. Al fondo del patio vio a Maryam, la segunda esposa del difunto, que avanzaba a la carrera hacia el pabellón del Mexuar.
Portaba un hatillo del que asomaban destellos dorados.
«Ave de rapiña», pensó airado, pero la dejó seguir su camino.
Regresó a la sala, donde los hombres se lamentaban y rasgaban sus túnicas.
Su temor se vio enseguida confirmado. El manantial bermejo que brotaba del pecho del emir al fin se había secado.
Del otro lado del muro llegaba el sonido de un tumulto.
A través de la celosía de una ventana, Ibn al-Jatib contempló la explanada que se abría entre el palacio y la mezquita aljama.
Cientos de personas se arremolinaban en torno al amasijo sanguinolento en el que se había convertido el cuerpo del asesino.
Los guardias lo habían entregado al pueblo, que no había tardado en cobrarse su venganza.
A varios pasos de la jauría distinguió una pierna cercenada.
Una niña la observaba y le lanzaba pataditas.
Sintió el impulso de vomitar, que a duras penas pudo controlar.
De cerca le llegó el olor de una fogata que algunos preparaban para quemar los restos despedazados del homicida.
Todos gritaban en una catarsis liberadora del odio compartido.
El visir de la Pluma suspiró y se giró hacia los hombres principales que rodeaban el cadáver del emir. Reduán había caído de rodillas al suelo. Ibn al-Jatib sintió cómo, de forma pausada, todo el peso del emirato caía sobre sus hombros.
«Protégenos, Alá, Tú que todo lo puedes», recitó mentalmente.
El cuerpo de Yusuf I se templaba en la sala más privada de su harén.
Tres parientes varones lo lavaban y perfumaban para los ritos fúnebres.
Habían excusado de aquel trabajo al joven Muhammad, que todavía no había acabado de asimilar la muerte de su padre.
Las esposas del difunto asistían a los hombres.
Sus lágrimas borraban el rastro de la sangre, que comenzaba a coagularse.
Mientras tanto, la sala del Mexuar acogía a los miembros del Consejo, que se habían reunido de urgencia.
—Es momento de hacer una pausa en nuestro llanto —intervino el primer ministro Reduán—, y de tomar decisiones para mantener el orden en el emirato. —Se frotó la frente, visiblemente preocupado—. El príncipe Muhammad debe ser proclamado, y hay que hacerlo con celeridad.