El elegido Capítulo 28
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Capítulo 28

Después de la primera oración, el visir de la Pluma acudió a la Alhambra.

El aire parecía más respirable y los pajarillos parecían cantar más alto desde los árboles del bosque de la Sabika.

Se recreó en esos detalles y se dejó contagiar por una sensación de optimismo que parecía flotar por toda la colina.

En la Secretaría se encontró con al-Assad, que le contó que los físicos de la corte habían hallado cicuta en la leche de la hospitalidad.

La noche había sido movida en la Alhambra.

Los guardias habían encontrado muerta a la mujer que debía haber llevado la bandeja.

Se había hecho una investigación y se había descubierto que la otra mujer, la que portaba los dátiles, era una infiltrada de Faray que llevaba dos años trabajando en la corte.

Ella había asesinado a su compañera y le había facilitado su ropa al Jilguero.

La detuvieron y la encerraron en uno de los pozos.

—Cuando íbamos a prenderla, intentó quitarse la vida —narró el visir de la Espada—, pero hemos sido más rápidos que ella.

—Eso explica cómo ese loco logró llevar la bandeja ante mawlana —dijo Ibn al-Jatib mientras repasaba mentalmente el plan de Faray—. Es inteligente, un demente inteligente.

—De poco le va a servir ya… —El León rio.

—Sí, se acabó la pesadilla.

—Dime, amigo, ¿cómo supiste que era él?

—Por sus ojos —respondió Lisan al-Din con firmeza—. Son los de mawlana Yusuf, y los del padre de ambos.

—Ismail I, el de los ojos de esmeralda —pronunció al-Assad, usando la metáfora con la que en la Alhambra se solían referir a él—.

Me voy ya, mi buen amigo. Quería verte, pero ahora tengo asuntos que despachar.

—Se despidieron y el general comenzó a caminar—.

Por cierto, ¡Reduán quiere verte! —gritó mientras se alejaba—.

¡Tienes al viejo impresionado! —Salió de la Secretaría carcajeándose con ganas.

Ibn al-Jatib pensó que el hayib podía esperar. Prefirió visitar a Muhammad V. Antes de salir del diwan , Ibn Zamrak lo abordó para informarle de que había llegado carta de Pedro I de Castilla.

— Sidi , está dirigida personalmente a ti —le dijo.

—Gracias, katib .

En su manera de pronunciar esa última palabra había un rastro de orgullo. Observó cómo Ibn Zamrak regresaba al interior del edificio. El muchacho había cambiado su manera de vestir y sus gestos. Se estaba convirtiendo en un hombre elegante preparado para vivir en la corte.

Ibn al-Jatib se dirigió hacia el palacio del emir. Mientras caminaba, un pensamiento lo asaltó: «Creo que mi relación con el rey Pedro va a ser estrecha. Los hombres poderosos siempre acuden a hombres como yo». No pudo evitar caer en la vanagloria.

Cuando llegó a la casa del emir, los guardias le informaron de que lo estaban vistiendo. Era tarde y Lisan al-Din se complació al constatar que Muhammad había podido descansar hasta media mañana. Aguardó en el jardín, dejándose acariciar por el sol templado de otoño.

La Gacela blanca salió de su casa y vio al visir paseando entre los parterres del patio central del palacio. Se dirigió a él desde la distancia:

—¡Secretario! ¡Nos debes una disculpa! ¡A mi hijo, al sayj y a mí!

Ibn al-Jatib desoyó sus palabras. «Espera sentada», masculló para sí. La Gacela regresó al interior de su pabellón visiblemente enfadada.

Muhammad apareció en el patio desde sus estancias privadas. Tenía los ojos rojos e hinchados y reprimía constantes bostezos. Iba acompañado por su madre. Butayna se adelantó y saludó al visir.

—Gracias —le dijo en un susurro mientras lo miraba con los dos mares brillantes que habitaban en sus ojos. Luego se acercó un poco más y lo besó en la mejilla.

Sin darle tiempo a reaccionar, la mujer se retiró hacia sus dependencias. Instintivamente, el visir se llevó la mano al beso, como si quisiera retenerlo. Justo entonces, Muhammad llegó a su lado.

—Le has devuelto la paz —le dijo.

Llevó a su antiguo maestro hasta el madjlis y ambos tomaron asiento en sendas jamugas.

—Tú me salvaste. Y por ello te estaré siempre agradecido.

—Salvándote a ti, nos salvamos todos, mawlana —respondió Lisan al-Din—. Granada te necesita.

El visir le contó todos los detalles de su investigación.

Había procurado ocultarle ciertos datos, pero al fin había llegado el momento de airear los secretos.

Así, el emir supo que el hombre que atentaba contra su vida era un miembro de su propia familia, medio hermano de su padre, al que había logrado asesinar aquel fatídico viernes durante la oración comunitaria.

—Lo planificó todo durante meses, durante años, más bien, moviendo a los trastornados como piezas de un ajedrez maldito —remató Ibn al-Jatib cuando terminó su exposición.

Muhammad se tomó varios minutos para procesarlo todo. Permaneció en silencio pensando en su padre y en Faray, en su vínculo de sangre, en los motivos que podían haber llevado al Jilguero a cometer aquellos actos atroces.

—¿Por qué? —preguntó entonces con un hilo de voz.

El visir suspiró y se preparó para expresar su opinión:

—Creía en su derecho al trono. Nació entre Muhammad IV y tu padre. Cuando murió el primero, su madre pensó que le correspondía a Faray ser emir.

—Pero…

—Lo sé —lo interrumpió Lisan al-Din—. Es absurdo.

Pero así lo creía él. Creció en el rencor y su mente se nubló con el odio.

Creía en la baraka, la bendición de Alá, que había caído sobre vosotros, sobre tu tío, tu padre y tú mismo, pero que lo había rechazado a él.

Por eso le obsesionaba el concepto. Quería torcerla, cambiar su destino matándoos a tu padre y a ti.

En su mente trastornada tal vez pensara que si lo conseguía, sería reconocido como emir.

O tal vez sabía que eso sería imposible y solo se movía por el odio. ¿Quién sabe? —Se encogió de hombros.

—Baraka… —repitió Muhammad, fascinado por su sonoridad.

A su padre también le atraía ese concepto. Realmente creía que la bendición de Alá había caído sobre él, permitiéndole ser emir, desposarse con su prima y cazar a su agresor. Decidió que podría incorporar esa idea a su plan arquitectónico, quizá vinculada a su salón del Trono.

— Mawlana , esta tarde iré a verlo. Se le impartirá tu justicia, la que tú dispongas.

Muhammad miró fijamente a su antiguo maestro mientras meditaba sobre esa cuestión. No tenía asistentes legales que le pudieran ayudar, pero tampoco los necesitaba para dictar sentencia. El delito era tan flagrante que todas las condenas eran posibles.

—No volverá a ver la luz del sol —dijo sin alterar la serenidad de su rostro—. Pero no morirá por mis manos. Lleva mi misma sangre —justificó su decisión. Recordó a su padre y pudo sentir cómo la ira borboteaba en su garganta—. Que se pudra en el pozo.

—Así será.

Ibn al-Jatib agachó ligeramente la cabeza en señal de sumisión. «Tu respeto a la sangre tal vez te salga caro algún día», pensó.

—Visir —llamó su atención el emir—, ¿hay muchos locos en Granada?

—No muchos, pero hay más desde la peste. Tu pueblo vivió el miedo, la pérdida y el aislamiento, y una parte de él acabó trastornado.

—Entiendo. Deberíamos hacer algo con todos ellos —opinó Muhammad—. En varias ocasiones me has hablado sobre la conveniencia de construir un maristán para enfermos. Inicia el proyecto, empecemos a pensarlo. Allí se atenderá también a los dementes.

Lisan al-Din dibujó una amplia sonrisa en su rostro.

—Sabia decisión, mawlana . Es propio de un buen gobernante velar por el bienestar de sus súbditos.

El emir se puso en pie y llamó a una esclava para que les sirviera el desayuno, pero Ibn al-Jatib se excusó alegando que ya había desayunado y que tenía asuntos importantes que atender en la Secretaría. Cuando se disponía a despedirse del emir, este le pidió un favor:

—Dile a Ibn Zamrak que venga a verme antes del mediodía.

Ibn al-Jatib asintió. Se marchó con un regusto amargo en la boca. Sentía que estaba perdiendo al joven Muhammad, que su favor comenzaba a dirigirse hacia una nueva estrella.

Atravesó el palacio de Comares y accedió a la Secretaría desde el patio del Mexuar. Un presentimiento oscuro se había instalado en su mente. «Algún día me arrepentiré de haberte traído a la Alhambra», se dijo antes de hablar con Ibn Zamrak para transmitirle el deseo del emir.

El sol declinaba y la explanada de la puerta de los Pozos se llenó de sombras. El visir de la Pluma se dirigió a la boca de uno de los pozos. Los guardias abrieron la cancela y le entregaron una lámpara de aceite y un paño perfumado.

— Sidi , lo vas a necesitar —insistió uno de los guardias.

Ibn al-Jatib accedió y se tapó con él la nariz y la boca.

En cuanto bajó los primeros escalones percibió el hedor.

Orín, heces, sangre, inmundicia…, todo ello mezclado para contaminar el aire húmedo de la oquedad.

Los guardias se quedaron en la entrada, pero sin perderlo de vista.

Frente a él se abría un pasillo enmarcado por cancelas metálicas que delimitaban las celdas.

—¡Sácame de aquí, sidi ! —gritó uno de los presos al verlo entrar.

—¡Piedad! ¡Habla en mi favor! —exclamó otro en lengua romance.

Los guardias irrumpieron en el pasillo y pusieron orden con amenazas y algún que otro golpe de vara.

El visir llegó al centro, que mostraba el redondel de luz que dejaba entrar la chimenea del respiradero.

Al fondo, aislado en una minúscula celda, estaba Faray.

Se acercó a los barrotes de la cancela y lo observó.

Tenía el torso desnudo y ensangrentado, con señales evidentes de latigazos.

El brazo derecho lo tenía pegado al costado, como si le costara moverlo.

Su rostro se había deformado; lucía varios moratones e inflamaciones, sobre todo en torno a su ojo izquierdo.

Los guardias se habían tomado ciertas libertades antes del juicio, o tal vez el propio al-Assad les había dado instrucciones para que lo ablandaran.

—¿Qué haces tú aquí? —Faray había reconocido al visir—. Ya me tenéis encerrado. Solo os queda ajusticiarme.

—No habrá más justicia que esta para ti. —Abrió los brazos y señaló con ellos las paredes de la cueva.

— Mawlana es benévolo conmigo —soltó con ironía. Se incorporó ahogando una queja y agarró la cancela—. Preferiría morir de forma rápida a pudrirme aquí lentamente.

—Todo acto tiene una consecuencia —sentenció Ibn al-Jatib—. Te crees inteligente, pero eres un estúpido. Sé que has sufrido, pero si hubieras venido a hablar con Yusuf, o con Muhammad, te habrían ayudado. Nada de esto era necesario.

—Si hubiera venido a pedir ayuda… —Dejó sus palabras suspendidas durante unos segundos—. ¿Como mi madre? —Abrió los ojos y mostró sus destellos verdosos. Negó con la cabeza—. He sufrido, sí, y tú no tienes ni idea de lo que esa palabra puede llegar a significar.

Ibn al-Jatib lo contempló en silencio y se compadeció del despojo en el que se había convertido.

«No hay peor sufrimiento que el que nos empeñamos en infligirnos a nosotros mismos», se dijo, y en ese instante se dio cuenta de que no había nada más que hablar con aquel hombre vencido por su propia mano.

Se giró y atravesó el pasillo hacia la salida.

Faray lo observó alejarse sin pronunciar palabra alguna.

La luz de fuera cegó momentáneamente al visir. Se deshizo del paño perfumado y comenzó a caminar hacia la puerta de los Pozos. A su espalda escuchó cómo los presos montaban un pequeño tumulto y cómo los guardias trataban de contenerlos.

—Sí, habría sido mejor para ti que murieras, hijo de Ismail, hermano de Yusuf —dijo en voz alta Lisan al-Din mientras accedía a la explanada—. Pero ya lo ves, sigues condenado a vivir sin baraka…

Mientras caminaba pensaba en Faray, en su aire de derrota, en las desgracias que habían salpicado su vida, en sus ojos verdes, que le traían ecos de otros tiempos.

Llegó a la puerta de los Pozos y accedió a la Alhambra cabizbajo.

Dejaba atrás una tormenta, pero en su alma había otras que no habían terminado de descargar, y tal vez no lo hicieran nunca.