Epílogo
EVA - TRES MESES DESPUÉS
Recorro con el dedo la cicatriz rosada de mi cuero cabelludo, apenas visible ya bajo el pelo.
Las heridas físicas han sanado, pero algunas noches todavía me despierto jadeando, con el rostro de Ivan cerniéndose sobre mí y el frío tacto del metal contra mi sien.
Esas noches, Adriano me abraza hasta que cesan los temblores. A veces ya está despierto, luchando contra sus propios demonios. Estamos rotos de formas complementarias; nuestros bordes dentados encajan como piezas de un puzle.
—¡Mami, mira! —Mirabella da vueltas por nuestro dormitorio con su nuevo disfraz de hada, con las alas revoloteando a su espalda—. Soy un hada de verdad.
—Eres el hada más hermosa de todas.
Siempre había querido darle a Mirabella un hogar estable y feliz. Hubo un tiempo en que temí que lo único que conocería sería el peligro. Pero ahora, con Adriano, está floreciendo, rodeada de amor y seguridad.
El aire de la mañana se llena del aroma de las flores mientras permanezco frente al espejo de cuerpo entero.
Mi vestido de novia, de satén marfil con delicados detalles de encaje, se ciñe a mi figura antes de abrirse en las caderas.
Recuerdo haber soñado con este momento y haber renunciado al sueño cuando Lorenzo amenazó con matarme.
Resulta surrealista estar viviendo un momento que una vez creí imposible.
Valentina entra presurosa, radiante con su vestido de madrina.
—¡Nada de llorar todavía, Eva! Arruinarás el maquillaje y Adriano tendrá que casarse con un mapache —dice mientras retoca mi velo.
Luego me lanza una mirada significativa.
Me preocupa que vaya a darme la misma advertencia que Alessandro—.
Cuando creímos que habías muerto, algo murió con Adriano. Gracias por devolverlo a la vida.
No puedo evitarlo, las lágrimas brotan de nuevo.
Ella sacude la cabeza. —Cielo santo. —Pero me ofrece un pañuelo y un abrazo—. No vivas en el pasado, Eva. El día de hoy trata sobre vuestro futuro.
Llaman a la puerta y aparece Katerina, la mujer de Luca, con una bebé, Alessia, en la cadera, mientras su hijo, Enzo, espera con el cojín de las alianzas.
—Mira qué guapo estás, Enzo —arrulla Valentina.
—¿Dónde está Matty? —le pregunta Katerina.
—Cristian lo tiene por ahí presumiendo de él.
—He oído que hay un hada por aquí —dice Katerina, dirigiendo la mirada hacia Mirabella. Mirabella nunca ha tenido una familia. Ahora tiene tíos, tías y primos. Le encanta, aunque sigue siendo tímida. Se esconde detrás de mí.
—Saluda, Mirabella —la animo suavemente—. ¿Por qué no les enseñas tus alas?
Se gira rápidamente para mostrar las alas y vuelve a esconderse tras de mí.
Estos niños, la próxima generación de los Dante, crecerán de forma distinta a sus padres.
Seguirán siendo privilegiados, seguirán estando protegidos, pero quizás con menos sombras.
Al menos eso es lo que planeo para Mirabella y, en el poco tiempo que llevo conociendo a mis futuras cuñadas, sé que ellas esperan lo mismo para sus hijos.
—Es la hora. —Cristian aparece en el umbral con un niño regordete en brazos. Le entrega el pequeño a Valentina y luego me ofrece el brazo—. Alessandro te envía saludos. Está evitando que tu novio perfore el suelo de tanto dar vueltas.
Camino hacia el altar del brazo de Cristian, casi sin registrar a los familiares y aliados reunidos. Solo veo a Adriano esperándome bajo un arco de rosas blancas, con un aspecto devastadoramente apuesto en su traje a medida.
Mirabella me precede, dejando caer pétalos de rosa con solemnidad hasta que divisa a su padre. Se salta el protocolo y corre hacia él con un chillido. —¡Papi, mira mis alas!
Él se ríe y la coge en brazos. —Mi pequeña hada Mirabella.
—Y mira a mami.
Su mirada se encuentra con la mía. —La estoy mirando. Es la mujer más hermosa del mundo.
Deja a Mirabella en el suelo justo cuando llego a su lado.
Me coge las manos y me mira como si el sol naciera y se pusiera solo por mí.
Es una sensación embriagadora que adoro, pero que también sé que conlleva una responsabilidad.
No puedo volver a hacer nada que le haga dudar de mí.
Nunca me lo perdonaría.
Cuando el sacerdote dice finalmente que Adriano puede besar a la novia, él me envuelve en sus brazos, con sus labios firmes y sinceros contra los míos.
Y entonces nos anuncian... el señor y la señora Adriano Dante.
Es un sueño hecho realidad.
La recepción brilla con luz y risas en los jardines de la finca de los Dante. Las guirnaldas de luces centellean sobre nuestras cabezas mientras Adriano me guía en nuestro primer baile.
—¿Feliz, señora Dante? —me susurra al oído.
—Más de lo que las palabras pueden expresar. —Apoyo la cabeza en su pecho, saboreando el latido de su corazón, sabiendo que late por mí.
Luca y Katerina bailan a nuestro lado. Según Adriano, tanto Luca como Cristian fueron a Nueva York justo después del incidente con la Bratva y «limpiaron» el resto de la escoria.
Al parecer, Luca y Cristian tenían sus propias cuentas pendientes con la Bratva y se alegraron de asegurarse de que la amenaza fuera finalmente eliminada.
—Bienvenida a la familia, oficialmente —dice Luca mientras hace girar a su esposa—. Sé lo que se siente al encontrar el camino de vuelta.
—Gracias.
Mientras bailamos, observo a esta nueva familia que tengo. Valentina y Cristian, bailando con su bebé entre ellos. Enzo y Mirabella corriendo de un lado a otro atrapando luciérnagas.
Al otro lado del lugar, Alessandro me mira y me dedica un leve asentimiento. No llega a ser aceptación, pero es una tregua.
—Espero que mi familia no te espante. —Lo dice como una broma, pero hubo un tiempo en que su familia sí me asustaba.
—Hay mucho amor aquí, Adriano. Lo siento. —Las lágrimas me escuecen en los ojos, lo cual me avergüenza, pero estoy desbordada por la emoción—. Es todo lo que siempre he querido para mí y para Mirabella.
—Nunca te faltará amor, nena. Jamás. —Su promesa es tan sólida como él mismo.
Valentina y Cristian aceptan cuidar de Mirabella mientras Adriano me lleva a Manhattan, a un hotel de lujo para nuestra noche de bodas.
Adriano desliza la tarjeta en la cerradura y luego me levanta en vilo, cruzando el umbral conmigo en brazos.
El día ha sido un torbellino de emociones, risas y baile. Ahora, por fin, estamos solos.
—¿Crees que Mirabella estará bien? —pregunto. No sé por qué me preocupo. Viejas costumbres, supongo.
—No tardó nada en arrastrar a Valentina al castillo de hadas de su habitación —se ríe Adriano—. Nuestra hija prácticamente nos echó por la puerta.
—Esposa —me murmura, atrayéndome hacia él; la palabra me provoca un delicioso escalofrío por la espalda.
—Esposo —respondo, rodeándole el cuello con los brazos.
—Tengo algo para ti —digo, recordando de repente lo que había guardado en mi bolso de mano.
Adriano levanta una ceja, con esa media sonrisa asomando en sus labios. —¿Es este dulce cuerpo tuyo?
—Bueno, sí, en un minuto. Pero también tengo otra cosa. —Le entrego una cajita envuelta en papel plateado. Me estudia el rostro antes de desenvolverla con cuidado.
Cuando levanta la tapa, su expresión se congela. El test de embarazo positivo descansa entre papel de seda, con una nota diminuta al lado que dice: Bebé Dante n.º 2 en camino en 7 meses.
—Eva. —Su mirada se alza hacia la mía, y en sus ojos veo todo el amor que siempre he deseado.
—Me enteré hace tres días. Quería esperar a que estuviéramos solos.
—Un bebé. —Suelta una risa nerviosa—. Vamos a tener otro bebé.
Su beso es feroz pero tierno, posesivo pero reverente. —Te quiero muchísimo, joder.
—Y yo a ti.
Me vuelve a coger en brazos y me lleva a la cama. Al dejarme sobre las sábanas, su tacto cambia. Es pausado y suave, como si me estuviera adorando.
—Esta vez lo haré mejor —promete, depositando besos a lo largo de mi clavícula—. Estaré presente en todo.
Lo atraigo más hacia mí mientras le deshago el nudo de la corbata. —Estoy deseando que así sea.
Nuestra ropa va cayendo al suelo. El cuerpo de Adriano cubre el mío, sus manos recorriéndome entera, despertando el placer con cada caricia.
—Te necesito —digo, atrayéndolo hacia mí, abriéndome para él. Se desliza dentro y yo me arqueo, saboreando el momento en que nos convertimos en uno. A veces todavía me asombra que estemos aquí. Hemos superado las dificultades y ahora somos dos almas unidas.
Nos movemos juntos. Es como el baile más perfecto. Todo el dolor del pasado se ha ido, reemplazado por el amor y la promesa de un futuro feliz.
—Joder —gruñe él—. Iba a hacer que esto durara toda la noche, pero...
—Tenemos toda la noche para hacer esto una y otra vez. Toda la vida, en realidad.
Me sonríe desde arriba. —Apuesto a que batiremos el récord de veces que una pareja casada ha tenido sexo.
Me río. —Deberíamos llevar la cuenta.
—Sin duda. —Nos hace rodar hasta que yo quedo encima—. ¿Contamos cada vez que lo hacemos o el número de orgasmos?
Me balanceo sobre él. —Ambos.
Él se incorpora, besándome un pezón antes de capturar mis labios. Sus dedos se deslizan sobre mi clítoris e, inmediatamente, salgo volando hacia el placer.
—Uno —susurra contra mis labios.
Lo empujo hacia atrás. —Ahora es el momento del segundo. —Momentos después, el segundo y el tercer orgasmo nos atraviesan.
Más tarde, enredada en las sábanas con su mano cubriendo protectoramente mi vientre, me maravillo de cómo funciona la vida. Hace cuatro años, huí de este mundo sin planes de regresar jamás. Ahora he encontrado mi hogar en el último lugar que esperaba.
—¿En qué piensas? —Adriano me besa la cicatriz de la sien.
—En que los cuentos de hadas sí se hacen realidad.