El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) Epílogo Ampliado
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Epílogo Ampliado

ALESSANDRO

Observo a Isabella Vitale desde el otro lado del salón de baile.

Sus rizos oscuros caen en cascada por su espalda mientras ríe con mi hermana, Valentina.

Es impresionante, no cabe duda.

Y es mi futura esposa, lo queramos alguno de los dos o no.

Parece criminal. Tengo treinta y tres años y soy perfectamente feliz siendo soltero.

Mis hermanos están casados y procreando a mi alrededor. No necesito unirme a ellos.

Y, sin embargo, aquí estoy, en mi fiesta de compromiso, a punto de casarme con una mujer que solo tiene dieciocho años.

Hago girar el líquido ámbar en mi vaso mientras reflexiono sobre cómo he llegado hasta aquí.

Dieciocho meses de infierno, y aquí es donde hemos ido a parar.

Una alianza matrimonial con la misma familia que planeó nuestra destrucción junto a la Bratva.

—Parece que estés planeando un asesinato en lugar de un matrimonio —dice Adriano, apareciendo a mi lado. Mi hermano menor ha cambiado desde que encontró a Eva y supo de la existencia de Mirabella. Su dureza sigue ahí, pero también hay algo más tierno. La paternidad le sienta bien.

—Tal vez sea así —murmuro, dando otro trago.

—Es hermosa —observa, señalando con la cabeza hacia Isabella.

—Es una niña.

—Tiene dieciocho años. La misma edad que tenía Eva cuando la conocí.

—Y tú no eras mucho mayor. Soy un puto viejo comparado con ella.

Él se ríe. —¿Es que ya no te funciona la polla? He oído que hay fármacos para eso⁠⁠—

—Vete a la mierda, Adriano.

Quiero a mi hermano, pero la felicidad lo ha vuelto demasiado propenso a tomarme el pelo. No me gusta.

No veo la felicidad como una meta. Poder. Dinero. Seguridad. Protección. Lealtad. Eso es todo lo que un hombre necesita. Como Don, cargo con el peso de cada decisión, de cada consecuencia. No puedo permitir que algo tan cursi como el amor me nuble el cerebro, como les ha pasado a mis hermanos.

—Sabes, podrías llegar a quererla. Parece una persona dulce.

—Esto no va de amor —le recuerdo—. Es estrategia. Los Vitale intentaron destruirnos, y ahora intentan hacer las paces. De algún modo, eso significa que se supone que debo acoger a su hija en mi cama.

—No la castigues por pecados en los que no ha tenido nada que ver.

Mi mirada vuelve a Isabella.

Me pilla mirando y sostiene mi mirada con una audacia inesperada antes de apartar la vista.

Por alguna puta razón, eso me resulta fascinante.

—Alessandro. —Eva se acerca con Mirabella a cuestas. Mi sobrina es la viva imagen de Adriano, pero tiene el espíritu amable de Eva—. Felicidades. Parece encantadora.

—Es la hija del enemigo —respondo, pero sin acritud. Eva comprende mejor que la mayoría las complejidades de la lealtad familiar.

—Yo también lo fui, una vez —me recuerda.

Asiento, reconociendo su punto.

Después de todo, una vez amenacé con matar a la propia Eva.

Ahora es de la familia.

No solo la esposa de Adriano, sino la madre de su hija, con otra en camino.

Recorro la sala con la mirada, haciendo inventario. Valentina y Cristian, inseparables como siempre.

Luca y Katerina, lo mismo.

Todos emparejados mientras yo he estado reconstruyendo lo que nuestro padre perdió.

Su muerte fue inesperada, una bomba colocada por la Bratva, lo que intensificó la guerra entre nosotros. Intenté la diplomacia.

Joder, incluso acepté permitir que Maksim se casara con mi hermana.

Menos mal que eso nunca llegó a ocurrir.

Pero es esa experiencia la que hace que esta situación con los Vitale sea un desperdicio.

Preferiría que se pusiera de rodillas y besara mi anillo antes que atarme a su hija.

—Os necesitamos —había dicho Don Vitale al proponer esta alianza—. Vosotros nos necesitáis.

—Ya he oído eso antes. De hecho, resulta que hiciste el mismo trato con la Bratva.

Fue entonces cuando ofreció a su hija como prueba de su compromiso de permanecer leal a la familia Dante.

Dije que no.

Mis hermanos dijeron que era la mejor manera de asegurar la paz mientras nos reconstruimos tras el fiasco de la Bratva.

Me acabo la copa y la dejo en una bandeja que pasa. Isabella se dirige hacia la terraza sola.

—Disculpadme —les digo a Adriano y a Eva.

Mientras cruzo la sala, capto susurros de especulaciones sobre si se trata realmente de un matrimonio por amor, sobre si Isabella sabe en qué se está metiendo conmigo.

No tienen ni idea de que ninguno de los dos ha tenido elección.

Ella incluso menos que yo, algo que me pesa bastante.

No voy a ser capaz de darle un cuento de hadas, pero haré todo lo posible para asegurarme de que no sea una desgraciada.

Esto es parte de lo que significa ser el Don.

Sacrificar los deseos personales por la supervivencia de la familia.

Mis hermanos encontraron el amor.

Yo me conformaré con el poder y, con suerte, con la paz.

Sigo a Isabella a la terraza.

Está de espaldas a mí, con las manos apoyadas en la barandilla.

Su perfil está iluminado por la luz de la luna de una manera que la hace parecer de otro mundo.

—Tu familia parece feliz —dice sin volverse—. No me esperaba eso.

—Las apariencias pueden engañar.

Mira por encima del hombro. —No siempre. Tu hermano Adriano mira a Eva como si ella hubiera colgado la luna en el cielo. Es reconfortante.

Me sitúo a su lado, manteniendo una distancia adecuada. —Se ganaron su felicidad por el camino difícil.

—¿Sobreviviendo a ti, quieres decir? —Su franqueza me sorprende—. Me han dicho que amenazaste con matar a tu cuñada.

No puedo evitar la pequeña sonrisa que se asoma a mis labios. —No era mi cuñada en aquel entonces. —La estudio—. Has estado reuniendo información.

—¿No lo harías tú? —Se gira del todo hacia mí ahora—. Voy a casarme con el hombre más peligroso de Nueva York en tres semanas. Sería una estúpida si no averiguara lo que pudiera.

Su honestidad me desarma. La mayoría de la gente, exceptuando a mis hermanos, anda con pies de plomo conmigo. No Isabella Vitale.

—Camina conmigo —dice de repente, cogiéndome del brazo y alejándome de las puertas abiertas—. A algún sitio donde mi hermano no pueda vernos.

Me dejo guiar hacia el sendero del jardín aun sabiendo que es una mala idea. El decoro dicta que ella y yo no estemos nunca solos hasta nuestra noche de bodas. —¿Debería preocuparme de que me estés atrayendo a una emboscada?

—Si te quisiera muerto, Alessandro, no echaría a perder un vestido de Valentino perfectamente nuevo para hacerlo.

La miro, sin saber qué pensar de ella.

Llegamos a un banco de piedra parcialmente oculto por una celosía en flor. Ella se sienta, acomodando su falda vaporosa.

—¿Saben tu padre y tu hermano que estamos aquí fuera solos? —pregunto.

—No son mis dueños. —Da unas palmaditas en el espacio a su lado—. Ni tú tampoco lo serás.

Me siento, intrigado por su audacia. —¿Es eso lo que te preocupa de nuestro acuerdo? ¿Que te trate como una propiedad?

—¿No es eso lo que soy? ¿Un pago en vuestra alianza?

—Eres más que una transacción. —No sé por qué digo eso, porque ella es un pago, o más exactamente, una garantía. Una forma de asegurarme de que Marco Vitale no vuelva a joder conmigo.

—¿Lo soy? —Sus ojos se endurecen—. Dime algo real. Una sola cosa que no sea estrategia ni obligación.

—Echo de menos a mi padre todos los días, pero me aterra convertirme en él. —La confesión me sorprende. Nunca le he admitido eso a nadie.

—Eva dijo que no te pareces en nada a él. —Su voz se suaviza—. Dijo que eres mejor. Más difícil de leer, pero con más humanidad bajo la superficie.

—Eva está siendo amable. Probablemente para evitar que te asustes demasiado.

—No te tengo miedo, aunque supongo que debería. —Isabella se acerca más—. Tus hermanos te adoran. Los he observado esta noche. Te admiran y te respetan. Incluso Adriano, que parece que preferiría dar un puñetazo a alguien antes que un abrazo.

Me río a mi pesar. —Evaluación acertada. —Excepto, por supuesto, cuando está con su mujer y su hija. Entonces es un completo sentimental.

—Quiero lo que ellos tienen —admite en voz baja—. No solo seguridad o estatus. Quiero lo que tus hermanos encontraron.

—¿Amor? —Tengo un mal presentimiento. Puedo darle muchísimo, pero no puedo darle amor.

—Conexión. —Su mano busca la mía y, por razones que no puedo explicar, entrelazo mis dedos con los suyos—. Me han educado para ser la esposa de alguien toda mi vida. Un adorno perfecto y silencioso que sirve el té y organiza eventos benéficos. Pero soy más que eso.

Al mirarla, veo a una mujer con fuego en los ojos. No una belleza vacía, sino alguien con profundidad e inteligencia.

—Creo que lo eres —asiento.

Sus labios se curvan en una sonrisa genuina, la primera que veo dirigida a mí. Algo cambia entre nosotros. Es como si hubiera metido el dedo en un enchufe. La electricidad crepita por mis venas. El deseo de probarla se vuelve imposible de resistir.

Me inclino hacia delante. Ella entorna los ojos…

—¿Isabella? —La voz de su hermano rompe el momento—. ¿Qué demonios es esto?

Continuará.

Lee la historia de Alessandro e Isabella aquí.