38. Eva
EVA
Estoy flotando.
Me llegan voces a través de una densa niebla. Las palabras de Adriano. Te quiero. Siento haberte dejado con él. Pero parecen venir de kilómetros de distancia mientras voy a la deriva entre la conciencia y la nada.
¿Es esto la muerte? ¿Esta suspensión ingrávida entre mundos?
Imágenes cruzan ante mí. Mi padre sonriendo en mi decimosexto cumpleaños… la primera vez que Adriano me besó… la carita de Mirabella al nacer. Se emborronan y se retuercen como recuerdos vistos a través de un espejo de feria.
Aparece mi madre, con el mismo aspecto que tenía antes de que el cáncer se la llevara. Me tiende la mano, con una sonrisa dulce. —Aún no, Eva. Tu hija te necesita.
La visión cambia. Veo a Mirabella llorando, a Adriano sosteniéndola mientras ella grita llamando a su mami. Se me rompe el corazón.
Entonces se materializa Lorenzo Dante, con los ojos tan fríos como el día en que me amenazó. —Nunca fuiste lo bastante buena para mi hijo.
—No —intento decir, pero mi boca no responde.
Las visiones giran más rápido. El rostro burlón de Ivan, la sospecha de Alessandro, el dolor de Adriano cuando pensó que lo había traicionado.
Un dolor agudo me atraviesa la sien, devolviéndome a rastras hacia la conciencia.
La luz me hiere los ojos cuando finalmente logro abrirlos. El techo sobre mí va cobrando nitidez. Reconozco las molduras ornamentadas de la mansión Dante. Estoy viva. Y estoy en casa de los Dante.
—Está despierta —dice la voz de un hombre.
Un caballero mayor con bata blanca se inclina sobre mí, apuntándome con una linterna que me envía puñaladas de dolor al cráneo.
—Señorita Santoro, soy el doctor Russo. Tiene mucha suerte.
—Su voz es profesional pero amable—. La bala le rozó la sien y se desplazó bajo la piel a lo largo del cráneo.
Daño tisular mínimo, sin penetración en la cavidad craneal.
La hemos cosido. Le quedará una cicatriz, pero está viva.
Es un verdadero milagro teniendo en cuenta la corta distancia a la que estaba el arma.
Intento hablar, pero tengo la boca seca. Una pajita me toca los labios y sorbo con gratitud.
—¿Mirabella? —consigo decir.
—Su hija está bien. Con su padre.
Adriano. El corazón me da un vuelco. Me vio recibir ese disparo. Debe de haberme traído aquí en lugar de dejarme morir en el recinto de la Bratva. Pero ¿por qué? En mi sueño, lo sentía, pero sé que en la realidad se había dado por vencido conmigo.
—¿Cuánto tiempo? —Mi voz suena como cristal roto.
—Tres días.
Tres días. La guerra con la Bratva podría haber terminado ya. ¿Ha muerto Ivan? ¿Y Alessandro? ¿Sabe que estoy aquí? ¿Qué planea hacer conmigo ahora?
El doctor Russo comprueba mis constantes vitales, tomando notas en una carpeta. —Necesitará descanso, pero debería recuperarse por completo.
Agradezco estar viva, pero no me entusiasma volver a un mundo en el que la incertidumbre rige mi vida.
—La familia… —susurro, incapaz de articular una pregunta completa.
La expresión del doctor Russo no revela nada. —El señor Dante ha estado muy preocupado por su recuperación.
Cierro los ojos ante las lágrimas repentinas. Estoy viva, pero sigo atrapada. Los Dante saben lo que soy ahora. La verdad de la que he estado huyendo durante años finalmente me ha alcanzado, y ya no tengo fuerzas para huir.
La puerta se abre y mi corazón casi se detiene cuando Adriano entra. Parece agotado. Tiene ojeras y la barba de varios días más oscura de lo habitual a lo largo de la mandíbula. Pero verlo allí de pie, entero y vivo, me hace olvidar el dolor punzante de mi sien.
—Eva. —Solo mi nombre en sus labios me envía una ola de anhelo.
El doctor Russo se retira discretamente, cerrando la puerta tras de sí.
—Estás vivo —susurro, buscando en el rostro de Adriano cualquier indicio de lo que está pensando. ¿Es real esa ternura en sus ojos o estoy viendo lo que desesperadamente quiero ver?
Se acerca lentamente y se sienta en la silla junto a mi cama. —Tú también.
Soy plenamente consciente de lo precaria que sigue siendo mi situación. Puede que la familia Dante me esté proporcionando cuidados excelentes, pero no soy ingenua. He visto a hombres de la Mafia y de la Bratva ser curados solo para que pudieran experimentar plenamente el castigo que les aguardaba.
—¿Mirabella? —pregunto.
—Está perfecta. Echa de menos a su madre. —Sus ojos se dulcifican—. Se alegrará mucho de saber que estás despierta.
La esperanza florece peligrosamente en mi pecho. —¿Me dejarás verla?
Adriano busca mi mano, con tacto vacilante. —Por supuesto.
No puedo evitar que las lágrimas resbalen por mis mejillas. —Pensé…
—Tenemos que hablar de eso. —Su expresión se vuelve seria, pero no retira su mano—. Pero ahora no. Primero tienes que curarte.
¿Es esto misericordia o simplemente un aplazamiento? Tengo miedo de confiar en la calidez de su mirada, miedo de creer que aún podría tener un futuro con él y nuestra hija.
Pero he pospuesto esta conversación durante demasiado tiempo. Tiene que acabar. Pase lo que pase, estoy lista, igual que lo estuve cuando impedí que Ivan matara a Adriano.
Tomo aire con un estremecimiento y comienzo. —Nunca quise espiar para la Bratva.
—No tienes que hacer esto ahora…
—Sí tengo que hacerlo —insisto, y la vehemencia con la que hablo hace que me duela la cabeza aún más.
Pero no me importa—. Hace cinco años, mi padre les debía dinero.
Más de lo que podría devolver jamás. Maksim Vasiliev le dio a elegir: morir lentamente o convencerme para que recopilara información sobre la familia Dante.
La mano de Adriano se aprieta alrededor de la mía, pero su expresión permanece ilegible.
—La noche que te conocí en aquella gala benéfica, nunca esperé… —Se me quiebra la voz—. Nunca te esperé a ti. La forma en que me mirabas, como si fuera algo valioso, no solo una herramienta para ser usada.
Su rostro se endurece. —¿Así que yo era un objetivo?
—¡No! —Busco su mano, necesitando que sepa que ese no era el plan en absoluto—. No. Enamorarme de ti no formaba parte del plan. Intenté no hacerlo porque sabía que parecería eso mismo si salía a la luz…
Los recuerdos me inundan. Nuestra primera cita, el primer beso, la forma en que me protegía de los aspectos más crueles de su mundo.
—No negaré que Maksim lo veía así, pero yo no. Jamás. Me enamoré de ti, Adriano. Fue entonces cuando todo cambió. Empecé a pasar información inútil a la Bratva, intentando mantener vivo a mi padre sin traicionarte realmente.
Siento el peso de aquel tiempo sobre mí tan intensamente ahora como cuando ocurrió.
—Cuando tu padre me confrontó, de alguna manera supo que yo ocultaba algo. No sabía qué, pero sabía lo suficiente como para amenazarme. Me habría matado, Adriano. Estar embarazada fue lo que me salvó.
Mis dedos tocan por instinto el vendaje de mi sien. Duele, pero también pica.
—Me dijo que me fuera, pero sentí que la única forma de estar a salvo, de que nuestro bebé estuviera a salvo de tu padre y de la Bratva, era fingir mi muerte. Mi padre me ayudó. Lo pagó con su vida. Maksim lo mató cuando no pudo entregarme.
Los ojos de Adriano se oscurecen de dolor.
—He pasado años huyendo, intentando mantener a Mirabella a salvo de ambos bandos.
No podía creerlo cuando algunos de los hombres de Ivan me encontraron.
Me escapé y entonces tú me encontraste… —Tomo aire con dificultad—.
Me aterraba que descubrieras la verdad y me odiaras.
Pero nunca dejé de quererte, ni un solo día.
Me obligo a sostenerle la mirada directamente, sin más escondites.
—Lo siento, Adriano. Siento cada mentira.
—Fui a salvarte —dice él, y sus palabras me impactan. Si él estaba allí, ¿qué pasó?—. Pero estabas cenando con Ivan, muy cómoda mientras hablabais de un trabajo para espiarnos de nuevo.
Niego con la cabeza. El movimiento hace que la habitación dé vueltas. —Nunca. Le dije que Alessandro y tú no volveríais a confiar en mí. Le dije que preferiría morir antes que traicionaros.
Le aprieto la mano, desesperada por que me crea.
—No espero perdón. No lo merezco. Pero quiero que sepas la verdad, toda, antes de que decidas qué va a ser de mí.
El silencio de Adriano parece una eternidad. Me he desnudado emocionalmente, he confesado todos mis pecados, todos mis secretos. Ahora solo puedo observar cómo procesa la verdad.
Su pulgar acaricia mis nudillos. —¿Sabes qué es lo curioso? Me esforcé tanto en no volver a amarte. Me convencí de que podía ser frío, de que podía ser simplemente el padre de Mirabella y nada más para ti.
No soy capaz de decidir si lo que dice es bueno o malo para mí.
—Fracasé estrepitosamente. —Una sonrisa irónica asoma a sus labios—. Incluso cuando pensaba que me habías traicionado, no podía dejar de amarte.
—Adriano… —Sorbo por la nariz, dándome cuenta de que no estoy muerta para él.
—Cuando Ivan te puso esa pistola en la cabeza —continúa él—, y me di cuenta de que podía perderte de verdad esta vez… lo supe. Supe que me había estado mintiendo a mí mismo todo el tiempo.
Me limpia las lágrimas. —Tú enviaste el mensaje, ¿verdad? Nos advertiste sobre los Vitale y la Bratva. Me salvaste la vida cuando podrías haber dejado que Ivan me matara. Estabas dispuesta a morir antes que verme herido. —Niega con la cabeza con asombro—. ¿Cómo no voy a perdonarte después de eso?
El peso que me ha estado aplastando durante años comienza a levantarse. —¿Así que me perdonas?
—Te perdono. Todo. Ahora entiendo por qué tomaste esas decisiones. Y lo difíciles y aterradoras que fueron. —Su mirada sostiene la mía—. Lo que no puedo hacer es vivir sin ti por más tiempo.
Un sollozo se me queda atrapado en la garganta. —¿Y Alessandro?
—Deja que yo me ocupe de mi hermano. Ha visto lo que has arriesgado por nuestra familia. —Su mano acuna mi rostro, con cuidado por mi herida—. Quiero dejar todo esto atrás. Os quiero a ti y a Mirabella conmigo, como mi familia. De verdad esta vez.
—Es todo lo que siempre he querido. —No mentiré. Una parte de mí se pregunta si estoy muerta y esto es el cielo.
Cuando sus labios encuentran los míos, sé que es real. Es cierto. Por primera vez desde que lo conocí, no hay más secretos entre nosotros, no más mentiras. Solo la verdad y la promesa del futuro que deberíamos haber tenido desde el principio.
La puerta se abre de nuevo y entra Alessandro. Herida y débil, busco instintivamente la mano de Adriano, necesitando sacar fuerzas de su contacto.
Adriano se mueve, posicionándose entre su hermano y mi cama. Su postura indica que está preparado para luchar por mí.
—Tranquilo, hermano —dice Alessandro, con voz calmada, casi divertida—. No he venido a terminar lo que empezó Ivan.
—Ella se queda, aunque…
Alessandro levanta la mano. —Arriesgó su vida por ti. Recibió una bala cuando podría haber dejado que murieras. Incluso yo soy capaz de reconocer lo que eso significa.
Alessandro se acerca a los pies de mi cama. —Está claro que te quiere, aunque traicionara a nuestra familia.
Trago saliva con dificultad. —Nunca quise…
—No necesito tus excusas, Eva. Lo pasado, pasado está. —Me mira directamente a los ojos y me obligo a no pestañear ante su escrutinio—. Pero si alguna vez vuelves a traicionar a esta familia, si alguna vez haces daño a mi hermano, no dudaré en matarte yo mismo.
Asiento con la cabeza.
—Por el bien de Adriano, te daré una oportunidad más.
—Alessandro… —comienza Adriano.
—No hagas que me arrepienta de esto —dice Alessandro, con los ojos todavía fijos en los míos—. Demuéstrame que la fe de mi hermano en ti no está mal depositada.
—Lo haré. Lo prometo.
Alessandro señala hacia la puerta. —Creo que hay alguien que se moría de ganas por verte.
La puerta se abre del todo y mi corazón casi estalla cuando aparece Mirabella, apretando su unicornio de peluche contra el pecho. Sus ojos se agrandan cuando me ve y, por un segundo, se queda paralizada.
—¿Mami?
—Hola, cielo. Ven aquí.
Echa a correr, dejando caer el unicornio al suelo mientras trepa a la cama. Adriano la ayuda a subir, indicándole que tenga cuidado con mis heridas, pero ahora no me importa el dolor. Lo único que me importa es abrazar a mi hija.
—¡Mami, has vuelto! —Rodea mi cuello con sus bracitos—. Papi dijo que estabas durmiendo porque te habías hecho daño.
La abrazo como si no tuviera intención de soltarla nunca. —Ya estoy bien. Te he echado mucho de menos.
—El hombre malo te llevó.
—El hombre malo ya se ha ido —dice Adriano, sentándose en el borde de la cama—. Ya no puede hacernos daño a ninguno de nosotros nunca más.
Levanto la vista y me encuentro con Alessandro observándonos, con una expresión extraña en su rostro habitualmente estoico. Me mira a los ojos y me dedica un único asentimiento antes de salir de la habitación en silencio.
Mirabella se acomoda a mi lado, charlando sobre todo lo que me he perdido, mientras la mano de Adriano busca la mía. Estamos juntos. Realmente juntos.
—Ahora estamos juntos —dice Mirabella, pasando un brazo por el cuello de Adriano y el otro por el mío y atrayéndonos más hacia ella.
—Sí, princesa. Ahora somos una familia.
Una familia. Después de todos estos años de miedo y soledad, finalmente hemos encontrado el camino a casa.