37. Adriano
ADRIANO
Me quedo mirando el móvil, leyendo el mensaje por décima vez. El número es desconocido, pero la información es detallada. Demasiado detallada para ser una marcación accidental.
Ivan + los Vitale planean una emboscada en el cargamento del viernes. NO VAYÁIS.
Mi primer pensamiento es cómo cojones sabe tanta gente los detalles de nuestro negocio.
Lo siguiente que pienso es que se trata de algún tipo de estratagema de la Bratva, que quiere que desconfiemos de Vitale para que no esté allí y así ayudar a frustrar un ataque de la propia Bratva.
Aun así, hay algo que no encaja. Esto no parece una trampa. Parece una advertencia desesperada.
Estudio la pantalla y el número como si de repente fuera a manifestarse más información.
El remitente conoce lo del cargamento, una información que solo poseen un puñado de personas. Sugiere que Vitale trabaja con Ivan, lo que conecta con mi presentimiento de la reunión con Marco del otro día.
Entonces caigo en la cuenta. ¿Podría ser Eva? Si Ivan está tramando algo, ella está en posición de saberlo.
No puedo evitar el alivio que me inunda al pensar que quizá siga viva. Pero si es ella, ¿es una advertencia o es parte de su plan al trabajar con Ivan? Mas, ¿por qué iba a avisarme de una emboscada si estuviera de su lado?
Cierro los ojos, obligando a mi cerebro a pensar con claridad, pero hay demasiada información contradictoria rebotando en mi cabeza.
—Joder.
Ya no sé qué creer. ¿Es la espía dispuesta de Ivan o su cautiva? ¿Es este mensaje una trampa o un intento desesperado por salvarme?
Si creo que es Eva, ¿confío en ella?
Sea como sea, tengo que compartir esto con Alessandro. Entro de golpe en su despacho. Está hablando por teléfono, pero corta la llamada en cuanto ve mi expresión.
—¿Qué? —pregunta, reclinándose en su silla.
Lanzo mi móvil sobre su escritorio—. —Léelo.
Alessandro coge el dispositivo, entrecerrando los ojos mientras lee el mensaje. Su rostro no revela nada, pero noto la sutil tensión en su mandíbula.
—Otro juego —dice finalmente, devolviéndome el teléfono—. La Bratva se está desesperando.
—Puede —concedo—. Pero confirma la duda que he tenido sobre Marco Vitale. Si esto es una traición por su parte y está trabajando con la Bratva, estamos jodidos.
—¿Quién ha enviado esto siquiera?
—Creo que ha sido Eva.
Él pone los ojos en blanco—. Maldita sea, Adriano. No puedes seguir creyendo en ella. ¿No después de todo lo que ha hecho?
Ya no sé qué creer. La mujer a la que amé, la madre de mi hija, o la espía que traicionó a mi familia. ¿Qué versión de ella es la real? Lo único que sé es que hay algo en este mensaje que me suena a verdad.
—No importa lo que yo crea sobre Eva —digo—. Lo que importa es que esta información nos da ventaja. Si planean emboscar nuestro cargamento mañana, esperan que caigamos de lleno en la trampa.
Alessandro se inclina hacia delante, con el interés brillando por fin en sus ojos—. Y crees que deberíamos usar esto contra ellos.
—Ahora que lo sabemos, podemos tenderles nuestra propia trampa. Vitale dice que estará allí para ayudarnos, pero está con la Bratva. Llámalo. Dile que no lo necesitamos.
—Si la Bratva planea un ataque, lo necesitaremos...
—No si está con Ivan. Necesitamos un plan propio.
Uno que los pille por sorpresa. Retrasa el cargamento.
Pueden aguantar un día frente a la costa.
Es poco tiempo, pero podemos traer a Luca y a Cristian.
Apuesto a que pueden prestarnos unos cuantos hombres.
Y Pauly Colombino, en Brooklyn, te debe un favor.
Llegamos antes y los sorprendemos. Acabaremos con la Bratva de una vez por todas, y con los Vitale de paso.
Alessandro lo considera—. Sería una gozada librarse de Ivan para siempre.
Asiento—. Ivan se cree muy listo, pero es predecible. Si nos movemos primero y cambiamos los parámetros, podemos terminar con esto mañana.
—Es poco margen para avisar a Luca.
Me encojo de hombros—. Pauly podrá venir. De cualquier forma, no podemos ignorar esta advertencia.
Alessandro junta las yemas de los dedos, con la mirada fija en algún punto más allá de mí mientras delibera—. Está bien. Ajustaremos nuestros planes. Redirige el cargamento, prepara una contraemboscada. Si la Bratva planea golpearnos, seremos nosotros los que estemos listos para ellos.
El alivio me recorre—. —Coordinaré con...
—Adriano. —La voz de Alessandro me interrumpe—. Esto no significa que Eva esté de nuestro lado.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? —Entorna los ojos—. Porque necesito que tengas la cabeza despejada para esto. No nublada por la esperanza o el sentimentalismo.
Le lanzo una mirada fiera—. Tengo la cabeza despejada.
—Bien. Eva siempre ha sido tu debilidad...
—Eva no es mi debilidad —le espeto.
La expresión de Alessandro me dice que no me cree—. Solo recuerda quién es ella y lo que ha hecho.
—¿Crees que no me acuerdo de eso cada puto día?
—Creo que quieres encontrar razones para perdonarla.
Tiene razón. A pesar de todo, una parte de mí todavía quiere creer en Eva, todavía espera que haya una explicación que dé sentido a todas sus contradicciones.
—Esto es negocios —digo rotundamente—. No voy a dejar que los sentimientos personales interfieran.
Alessandro asiente, aparentemente satisfecho—. Pues pongámonos a trabajar. Tenemos una trampa que tender.
El viernes, llegamos dos horas antes del momento previsto para el cargamento, moviéndonos en silencio por el almacén.
Sitúo a hombres en ubicaciones clave: francotiradores en las azoteas circundantes, equipos de asalto en los edificios adyacentes y un escuadrón táctico conmigo en el corazón de la trampa.
Alessandro se lleva a la mitad de nuestras fuerzas al segundo emplazamiento que hemos preparado para frustrar a Vitale si se vuelve contra nosotros.
—Recordad —digo por el comunicador—, dejamos que crean que tienen la sartén por el mango. Que se lancen de lleno al ataque antes de revelarnos.
Compruebo mis armas por última vez. La pistola en la cadera, otra de repuesto en el tobillo, el cuchillo en la manga.
—Movimiento en la entrada este —cruje una voz en mi oído—. Se aproximan tres vehículos.
Me pego más a las sombras—. Mantened posiciones.
El primer vehículo se detiene ante la puerta.
Dos hombres bajan, revisando el perímetro con linternas.
Son descuidados, están tan seguros de que nos van a pillar por sorpresa.
No ven a nuestro francotirador en el tejado, a los hombres apostados tras los contenedores de carga ni al equipo que espera en el muelle de carga.
—Todo despejado —dice uno de ellos por radio, y el resto del convoy entra.
Me doy cuenta entonces de cuántos hombres ha enviado Ivan. Si Vitale está con él, nos superan en número. Pero no estoy preocupado.
Se despliegan por la planta del almacén, tomando posiciones que creen que les dan ventaja táctica. Rodean la zona donde debería llegar nuestro cargamento, montando su emboscada.
Dejamos que se asienten, que se aburran. Que se pongan nerviosos. Todo forma parte del plan.
—¿Dónde están esos tíos? —dice uno de los hombres de Ivan.
—Paciencia. —Ese es Ivan, y sonrío, alegrándome de que ese cabrón esté aquí.
—Ya deberían estar aquí —dice otro.
—Y sin embargo, no están. Paciencia. —El tono de Ivan suena a que podría empezar a matar a sus propios hombres.
—Yo también me aburro —dice Alessandro por mi comunicador—. Vamos allá.
En ese momento, los focos se encienden desde todas las direcciones, cegando a los hombres de la Bratva. Durante un instante perfecto, se quedan paralizados por la confusión, expuestos y vulnerables.
Entonces se desata el infierno.
Nuestros francotiradores efectúan los primeros disparos, eliminando a tres de sus hombres antes de que nadie pueda reaccionar. El resto se dispersa, buscando cobertura mientras los disparos estallan desde todas partes.
Salgo de mi escondite, disparando mientras avanzo. Dos soldados de la Bratva caen antes de localizarme. Un tercero logra efectuar un disparo que me silba junto al hombro antes de que mi bala encuentre su pecho.
Ivan grita órdenes, intentando reagrupar a sus hombres, pero es un caos. Esperaban ser los cazadores esta noche y ahora son la presa. Casi no es justo, aunque me importa un bledo.
—¡Buscad a Ivan! —grito por el comunicador—. ¡No sale de aquí vivo!
El almacén retumba con los disparos y es música para mis oídos. Esto acaba esta noche. Estos malnacidos que mataron a mi padre. Que corrompieron a la mujer que amé. Que aterrorizaron a mi hija. Todos mueren esta noche.
Pivoto hacia un ruido detrás de uno de los contenedores, con el arma levantada. El espacio es un laberinto de cajas y maquinaria, perfecto para esconderse.
Una sombra se mueve a mi derecha. Disparo sin dudarlo, alcanzando a un soldado de la Bratva en el hombro. Se aparta con una maldición.
La batalla ruge a mi alrededor, pero estoy centrado en un solo objetivo. Ivan.
Avanzo sorteando los cuerpos caídos, la mayoría de la Bratva.
—¿Dónde está Vitale?
—Ha salido huyendo como un cobarde —dice Alessandro. Lo oigo disparar—. Ya me ocuparé de él luego.
Eso es bueno. Menos hombres que matar esta noche.
El tiroteo ha amainado. Siento la victoria en mis manos. Hago una señal a dos de mis hombres para que den un rodeo por el lado este mientras yo tomo el flanco occidental.
Un destello de movimiento capta mi atención. Acecho hacia delante, manteniéndome agachado mientras me deslizo tras una columna de acero, esperando mi oportunidad. Cuando asoma una cabeza, disparo. Se sacude hacia atrás, y otro de la Bratva muerde el polvo.
¿Pero dónde está Ivan? Es lo único en lo que pienso ahora mismo.
Salgo de detrás de la columna y me meto entre una pila de cajas, avanzando por el laberinto. Llego a un cruce y asomo la mirada con cuidado. Al no ver nada, salgo al espacio abierto.
—¡NO!
El grito rasga el aire mientras una figura se lanza desde las sombras, chocando con Ivan justo cuando él mueve su arma hacia mí. Joder. ¿De dónde ha salido?
Su disparo se desvía y la bala se incrusta en la columna junto a mi cabeza.
—Puta de mierda —gruñe él, agarrando a la persona que ha chocado con él.
Oh, joder. Es Eva.
Creo que me acaba de salvar la vida.
Ivan tira de ella hacia sí. El cañón de su pistola presiona su sien.
—Suelta el arma o pinto las paredes con sus sesos —gruñe.
Mantengo mi pistola apuntándole, pero por primera vez en mi vida, tengo miedo de apretar el gatillo. Miedo de fallar.
Los ojos de Eva se encuentran con los míos, muy abiertos pero sorprendentemente firmes. Tiene moratones en la cara. No parece una cómplice dispuesta, pero por lo que yo sé, esto podría ser parte de su plan.
—Suéltala —digo—. Esto es entre tú y yo, Ivan.
La risa de Ivan es repugnante—. Que te den.
—¿Eres un marica, Ivan? —Mantengo el arma fija en él, asegurándome de que si disparo, le dé a él y no a ella—. ¿Tienes que esconderte detrás de una mujer? Maksim se avergonzaría de ti.
—Tú eres el que está demasiado acojonado para disparar porque podrías herir a una mujer. ¿Quién es el marica ahora?
Lanzo una mirada fugaz a Eva. No está forcejeando. Ni siquiera parece asustada. Es casi como si estuviera resignada a morir.
Su mirada se clava en la mía—. Te quiero. Siempre te he querido. Dile a Mirabella que yo también la quiero.
Tardo un minuto, pero luego me doy cuenta de que se está despidiendo. Espera morir, quiere morir si eso es lo que hace falta para acabar con Ivan y salvarme.
Me ha salvado.
Cuando ha empujado a Ivan y me ha gritado para advertirme, se ha asegurado de que la bala de Ivan no me diera. Y me habría dado. No me cabe duda.
Algo cambia en mi interior. Pasara lo que pasara, fuera lo que fuera lo que creí oír en casa de Ivan, Eva acaba de interponerse entre una bala y yo. Y ahora está dispuesta a morir para que yo pueda terminar con esto.
No dejaré que haga ese sacrificio.
Cierro el foco sobre Ivan. El estallido de dos disparos rasga el aire. El tiempo se ralentiza mientras veo cómo mi bala impacta a Ivan justo entre los ojos; su cara se congela por la sorpresa antes de que su cuerpo se desplome hacia atrás.
Pero Eva también cae. Y la forma en que se ha sacudido hacia un lado me dice que él no la ha arrastrado. No. Él ha disparado. Le ha disparado a Eva.
—¡No! —rujo, corriendo hacia ella mientras se desploma. La sangre oscurece su pelo junto a la sien. La recojo entre mis brazos, acunándola contra mi pecho. Su sangre empapa mi camisa.
—Eva —consigo decir con voz ahogada—. Eva, quédate conmigo.
Mantiene los ojos cerrados, con el rostro mortalmente pálido. Le pongo los dedos en el cuello, buscando desesperadamente el pulso.
—¡Traedme asistencia médica! —grito por el comunicador. El almacén da vueltas a mi alrededor mientras la sostengo, balanceándome ligeramente—. Eva, por favor. No te vayas. No puedes morirte otra vez.
Esto no puede estar pasando. No cuando acabo de comprender la verdad. No cuando por fin he visto a través de las mentiras y manipulaciones que nos mantenían separados. No cuando sé que, llegado el momento, me eligió a mí.
Le he fallado. Dejé que mis dudas me cegaran, dejé que las sospechas de Alessandro envenenaran mi confianza. Y ahora se está desangrando en mis brazos tras haberse sacrificado para salvarme a mí, al hombre que la abandonó a la crueldad de Ivan.
—Despierta —susurro, pegando mi frente a la suya—. Por favor, despierta. Mirabella te necesita. —Trago saliva con dificultad—. Yo te necesito.
Algo húmedo resbala por mi mejilla. Estoy llorando. No lloraba desde que creí que Eva había muerto la primera vez. Ahora la historia se repite.
—Te quiero —le digo, palabras que debería haber pronunciado hace días—. Te quiero, y lo siento. Siento haberte dejado con él.
Pero mi perdón llega demasiado poco y demasiado tarde. Perderla de nuevo es mi castigo por no haberla protegido como prometí que haría.