26. Eva
EVA
Me hundo más en el sillón, incapaz de apartar la vista de Adriano y Mirabella, que juegan fuera.
Su risa brota como burbujas, pura y desinhibida. Es una risa que nunca le oí hasta que apareció Adriano.
Darme cuenta de esto me atraviesa el corazón. Es el reconocimiento de lo importante que es Adriano para ella. De cuánto lo necesita. De que debería haber formado parte de su vida desde siempre.
En otra vida, una en la que mi padre no hubiera sido amenazado por la Bratva, en la que yo no hubiera sido obligada a espiar a los Dante, en la que Lorenzo no hubiera descubierto mi traición, podríamos haber sido esta familia desde el principio.
Adriano me pilla mirando y sostiene mi mirada un momento. Algo tácito pasa entre nosotros, pero no lo llamaría una conexión cálida.
Está enfadado y dolido, como debe ser.
Y, aun así, hay algo en su mirada que me dice que no estoy tan muerta para él emocionalmente como afirma.
Ojalá fuera lo bastante valiente para confesárselo todo.
Pero aunque lo fuera, a estas alturas ya es demasiado tarde.
He causado demasiado daño.
Tengo que conformarme con lo que tengo ahora.
Sigo en la vida de Mirabella, viviendo de prestado hasta que Alessandro o Adriano descubran la verdad.
El zumbido de mi teléfono me saca de mis pensamientos. Lo cojo, sin esperar nada importante, quizá una notificación de alguna de las aplicaciones que descargué para entretener a Mirabella.
Se me corta la respiración al leer el mensaje de un número desconocido.
Vamos a por ti, Eva. Recuerda lo que les pasa a los traidores.
El calor que sentía hace un momento se ha vuelto un frío glacial. Levanto la vista rápidamente, asegurándome de que Adriano no ha notado mi reacción. Su atención sigue centrada en Mirabella, por suerte, mientras la ayuda a colocar un bloque morado encima de su castillo de hadas.
Mis dedos se mueven por instinto, borrando el mensaje antes de que nadie pueda verlo. De repente, la habitación me parece demasiado abierta.
Los ventanales grandes y sin cortinas me hacen sentir expuesta y vulnerable, aun sabiendo que los hombres de Ivan no podrían penetrar en el complejo de los Dante.
Pero ¿y si esto no es de Ivan? ¿Y si es de Alessandro?
No importa de quién sea.
El resultado final es el mismo.
Vienen a por mí.
Debería decírselo a Adriano, pero descarto la idea.
¿Qué podría decir que no expusiera el secreto que intento ocultar?
El secreto que él ya sospecha pero que yo soy demasiado cobarde para confirmar.
¿Que era una espía de la Bratva, que me infiltré en su familia por orden de ellos, que informé de cada movimiento, de cada negocio, de cada debilidad de los Dante durante meses antes de enamorarme de él?
No. No puedo decírselo.
Mis instintos me gritan que coja a Mirabella y huya, pero ya he intentado huir.
Solo empeoró las cosas.
Esta vez necesito un plan diferente.
Fuerzo una expresión neutral cuando Adriano levanta la vista hacia mí.
Lo último que necesito es que sospeche que estoy planeando algo.
Un movimiento detrás de mí desvía mi atención. Alessandro entra en la sala de estar.
Su expresión es sombría, sus ojos entrecerrados con una amenaza que me provoca un escalofrío de miedo.
¿Es esto?
¿Se me ha acabado el tiempo por fin?
Los sonidos alegres de Mirabella y Adriano se desvanecen en el fondo mientras mi atención se estrecha en la amenaza que avanza hacia mí.
Me preparo para enfrentarme a él.
No es la primera vez que soporto sus tácticas de intimidación, como aquella noche en la cocina cuando prometió destruirme si volvía a hacer daño a su hermano.
Pero espero que ahora sea peor tras haberme escapado y haber sido arrastrada de vuelta.
Sé que su paciencia se ha agotado peligrosamente.
Se coloca al lado de mi sillón, con la mirada puesta en la ventana, hacia Adriano y Mirabella. —Estás pisando el hielo más fino que te puedas imaginar. Una sola grieta, y me aseguraré de que te ahogues.
Mantengo mi expresión neutral, aunque el corazón me late con fuerza.
—Tu numerito de desaparición fue tu última oportunidad —continúa Alessandro—.
Eres como una puta bomba de relojería y estoy harto de esperar a que estalle.
—Se inclina más, con los labios a un susurro de mi oreja—.
Yo también hago tictac, Eva. Y cuando yo estalle.
.. —No termina la frase, sabiendo que mi imaginación será peor que cualquier amenaza que pueda articular.
El mensaje de mi teléfono parpadea en mi mente.
Vamos a por ti, Eva. Recuerda lo que les pasa a los traidores.
—¿No ha sido suficiente con el mensaje? ¿Tienes que amenazarme también a la cara?
Él entrecierra los ojos. —¿Qué mensaje?
—El mensaje. Sobre que vienen a por mí. —Busco en su rostro alguna confirmación, algún destello que me diga que esto no es más que otra de sus tácticas.
Alessandro no se aparta. Al contrario, frunce el ceño. —Yo no he enviado ningún mensaje.
Curiosamente, le creo. No es hombre de juegos. Si hubiera enviado ese mensaje, estaría más que encantado de hacérmelo saber.
Una sonrisa fría asoma a sus labios. —No necesito enviar mensajes amenazadores cuando podría simplemente sacarte al patio trasero y pegarte un tiro en la cabeza.
No digo nada, no quiero darle la satisfacción de saber que estoy alterada.
Él se ríe. —No me sorprende que haya otros que te quieran fuera de circulación. ¿Es la Bratva? Dime, ¿te la estás jugando a Ivan como se la estás jugando a mi hermano?
—Eso es absurdo —siseo.
—¿Lo es? Quizá tú misma has organizado lo del mensaje con la esperanza de crear una crisis que haga que Adriano te lleve de vuelta a su cama.
Niego con la cabeza.
Él mira hacia Adriano y Mirabella. —Lo que me parece interesante es cómo una mujer que afirma estar aterrorizada por la Bratva ha logrado sobrevivir años huyendo de ellos. La mayoría no dura ni semanas.
La implicación está clara. Cree que sigo trabajando con ellos.
—A menos que —continúa Alessandro— no te estuvieran cazando de verdad. Solo vigilándote hasta que necesitaran recuperar a su activo.
—No sabes de lo que estás hablando.
—¿Sabes lo que pienso? —Sus ojos se vuelven depredadores—. Pienso que serías más valiosa para nosotros como moneda de cambio que como un lastre.
Se me seca la boca ante la insinuación.
—Es evidente que Ivan te quiere por algún motivo. Quizá deberíamos darle lo que quiere a cambio de algo que queramos nosotros.
La habitación da vueltas a mi alrededor. —¿Me entregarías a la Bratva?
Sus ojos brillan con crueldad. —En un santiamén.
Eres un riesgo para la seguridad que no ha traído más que complicaciones.
Y ahora, con los rusos amenazando con venir a por ti.
.. por suerte para ti, no entrarán en el complejo.
Aun así, podrían crear un embrollo con el que no tengo interés en lidiar.
Entregarte es la oportunidad perfecta para resolver dos problemas de un tiro.
Mi mirada se desvía hacia Mirabella, que coloca sus bloques con la ayuda de Adriano.
—Lo único que pido es que mi hija se quede fuera de esto.
—Querrás decir la hija de Adriano.
Se me encoge el corazón, pero asiento.
—Soy un monstruo, Eva, pero quiero a mi hermano. Y él quiere a esa niña. Así que puedes morir sabiendo que estará a salvo con nosotros.
La mafia tiene una moral y unos valores extraños, pero le creo cuando dice que se preocupa por Adriano y que le apoyará en la crianza de Mirabella.
—Cuéntale lo que queremos saber o llamaré a Ivan. —Alessandro se aleja, dejándome una sensación de frío y vacío.
Mi mirada vuelve a Adriano y Mirabella. Verlos juntos hace que mi decisión sea a la vez imposiblemente difícil y cristalina.
Tengo que contárselo todo a Adriano. Ahora. Antes de que lo haga otro.
Antes de que vengan a por mí.
Antes de perderlos a ambos para siempre.
Me levanto, con las piernas inestables mientras me dirijo a la puerta trasera.
—¡Mami, mira! —Mirabella extiende las manos para enseñarme el castillo que han construido ella y Adriano—. Es para una princesa hada y aquí es donde vive su dragón.
—Es precioso, cariño —logro decir.
Los ojos de Adriano encuentran los míos por encima de la cabeza de nuestra hija. —¿Va todo bien? —Debe de haber visto a Alessandro hablando conmigo.
—Como siempre. Necesito hablar contigo.
—Luego —dice, lanzando una mirada significativa a Mirabella.
Asiento, comprendiendo pero gritando por dentro. Puede que no haya un luego. No si Alessandro hace esa llamada.
¿Le importará siquiera a Adriano? Después de todo, tendrá a Mirabella, que es lo único que realmente quiere ahora.
Un profundo sentimiento de vacío se apodera de mí. Estoy completamente sola en una casa llena de gente.
Mis decisiones pasadas me han traído hasta aquí, lo sé. Pero no es que esto sea lo que yo quería. Sé que tomé decisiones, pero no las sentí como tales. ¿De verdad se me puede culpar por querer proteger a mi padre? ¿Por huir cuando mi vida estaba amenazada?
Me encuentro ante otra encrucijada, y esta vez, sigue sin haber una buena opción.
¿Contárselo todo a Adriano y ver cómo su resentimiento se convierte en odio?
¿Guardar silencio y arriesgarme a que Alessandro me entregue a la Bratva?
¿Intentar huir de nuevo, sabiendo que no llegaríamos lejos? No, tendría que dejar atrás a Mirabella. Esa parece ser mi única opción.
Mi mirada recae en Mirabella. Se merece algo mejor que esta vida de secretos y miedo que le he dado. Quizá estaría mejor sin mí.
Tanto si confieso como si soy traicionada, tanto si me quedo como si huyo, una cosa está clara.
Protegeré a mi hija, aunque eso signifique sacrificarme yo misma.