27. Adriano
ADRIANO
No consigo quitarme de la cabeza lo que acabo de presenciar entre Alessandro y Eva. Algo en su intercambio ha dejado a Eva pálida.
Está asustada; asustada de verdad.
Odio que Alessandro se meta en mis asuntos, pero también sé que, como Don, su trabajo es velar por la familia y no confía en ella.
Cuando me pide hablar, me pregunto si está lista para sincerarse.
Una parte de mí quiere dejarlo todo y escuchar lo que tiene que decir.
Otra parte teme lo que pueda llegar a saber.
Así que le he dicho que podemos hablar más tarde. Mi prioridad es Mirabella. Eva perdió su derecho a tener acceso inmediato a mí cuando no solo huyó, sino que también se llevó a Mirabella con ella.
—¡Mira, papá! Las hadas necesitan un puente —. Mirabella me tira de la manga, arrastrándome de vuelta a nuestro mundo de fantasía.
Coloco los bloques de madera según sus instrucciones, lanzando miradas furtivas a Eva.
Está inquieta, mirando el móvil, volviéndose hacia las ventanas.
Sea lo que sea lo que haya dicho Alessandro, la ha alterado. ¿Y qué hay en su teléfono?
—Hablaremos cuando duerma la siesta —le prometo.
Ella asiente, pero eso no aplaca el miedo. Siento un impulso abrumador de protegerla de lo que sea que la esté atormentando. Es el primer paso para que mi resistencia hacia ella se desmorone, así que necesito mantenerme firme. Hacerla esperar.
Dos minutos después, Mirabella se me sube al regazo y se mete el pulgar en la boca. Una señal inequívoca de que es hora de la siesta.
Eva me sigue escaleras arriba mientras llevo a Mirabella a su habitación. Ella se acurruca hecha una bola junto a su unicornio de peluche y se queda dormida.
Tras darle un beso rápido en la mejilla a Mirabella, guío a Eva por el pasillo hasta mi habitación. Cierro la puerta tras nosotros y me doy la vuelta para encararla.
Parece indefensa, con los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara no desmoronarse.
O quizá se está protegiendo.
¿De mí?
¿Acaso lo que piensa decirme va a provocarme un ataque de ira? Es totalmente posible.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí.
Esa palabra sola no me dice nada. Aprieta los labios después de pronunciarla, como si se estuviera obligando físicamente a no decir más.
Me paso una mano por el pelo, sintiendo cómo aumenta mi frustración. —¿Eso es todo? ¿Es lo único que voy a sacar de ti? Tú eras la que quería hablar. Así que habla.
Eva se da la vuelta y se acerca a la ventana para mirar hacia fuera. Ignoro lo bonito que es su perfil con la luz del sol dándole de lleno. También ignoro la necesidad de acercarme a ella, de consolarla.
—¿Por qué no hablas conmigo? Lo que sea que te haya dicho Alessandro te tiene aterrorizada. Lo veo.
Se le tensan los hombros. —No es nada.
—Y una mierda. Pero qué cojones, Eva. ¿Quieres hablar o no?
Se vuelve hacia mí con expresión atormentada. —Adriano...
—Te he dado una oportunidad tras otra. Te he protegido, te he traído a mi casa, te he dejado volver a entrar en mi corazón a pesar de todo lo ocurrido. Y aun así, te guardas tus secretos.
El peso de sus secretos aplasta cualquier esperanza de reconstruir lo que tuvimos una vez.
—¿Cómo puedo seguir protegiendo a alguien que no confía en mí lo suficiente como para decirme de qué la estoy protegiendo?
—Solo estoy cansada de crear conflictos a todo el mundo —dice finalmente Eva—. Entre Alessandro y tú. Entre los Dante y la Bratva.
La derrota en su voz me revuelve las entrañas.
—¿De qué estás hablando? —Me imagino a qué se refiere, pero necesito que exprese con claridad qué demonios le ronda por la cabeza.
—Alessandro cree que entregarme a la Bratva es la solución a los problemas entre ambos grupos —. Ella se encoge de hombros—. Probablemente tenga razón.
Una rabia incandescente me recorre las venas. Sé lo que Alessandro siente por Eva, pero tiene que vérselas conmigo, no con ella.
—Esa no es su puta decisión.
—Adriano...
—No. Me acerco, tomándole la cara entre las manos y obligándola a mirarme—. Sea lo que sea esto, sea lo que sea que estés ocultando, se acabó este juego. Cuéntame la verdad. Toda.
Por un momento, creo que por fin va a ceder, que por fin va a confiar en mí. Hay una guerra tras sus ojos; el miedo lucha contra la necesidad de sincerarse.
—No entiendes lo que está en juego —dice ella.
—Pues ayúdame a entenderlo —. Mi pulgar acaricia su pómulo y me doy cuenta de que la estoy tocando cuando mi intención era mantener las distancias—. Eva, por muy enfadado que haya estado, te conozco. Sean cuales sean las decisiones que tomaste, creo que las tomaste por alguna razón.
Ella abre un poco más los ojos.
—Puede que no me gusten esas decisiones. Puede que yo hubiera tomado otras distintas. Pero si supiera el porqué, al menos podría encontrarle sentido a todo lo que ha pasado entre nosotros.
Ella permanece en silencio.
—¿Le tienes miedo a Alessandro? No dejaré que te haga daño, al menos no físicamente. Y desde luego no permitiré que te entregue a Ivan. Pero Eva, lo estás haciendo mucho más difícil de lo que tiene que ser.
Ella niega con la cabeza. —Eso lo dices ahora...
—¿Para qué cojones estamos aquí? Dijiste que querías hablar.
Ella toma aire con dificultad. —Quiero, pero lo cambiará todo.
—Eso no lo sabes —. Aun así, sus palabras me hacen retroceder.
¿Qué podría decir que lo cambiara todo? —Cada decisión que has tomado, desde desaparecer, dejarme creer que estabas muerta, quitarme a mi hija, hasta huir de nuevo, ha hecho que me resulte más difícil protegerte. Estás tomando malas decisiones...
Eva se aparta de mí bruscamente, con los ojos de repente encendidos de furia. —¿Malas decisiones? ¿Crees que he tenido otra cosa que malas decisiones desde el momento en que mi padre se involucró con los Dante?
Su arrebato es inesperado. Normalmente es una mujer controlada, independientemente de lo que sienta.
—¡Yo no elegí esta vida, Adriano! No crecí en ella como tú. No aprendí sus reglas desde que nací —. Se da la vuelta, como si no soportara mirarme—. Yo quería ir a la universidad. Tenía planes, sueños. Una vida normal.
¿Universidad? No tenía ni idea de que hubiera querido estudiar.
Suelta una carcajada burlona. —La Mafia habla de la familia, pero no en el buen sentido. La implicación de mi padre con tu familia me arrebató todas mis opciones. Todas y cada una de ellas.
Abro la boca para replicar, pero ella me corta.
—¿Sabes lo que es despertarse un día y descubrir que tu vida ya no te pertenece? ¿Que tu futuro ha sido decidido por ti? —Hace una pausa, soltando el aire—. Lo único bueno de todo aquello fuiste tú.
Siento una punzada en el pecho.
—Y entonces tu padre me amenazó —. Se vuelve para mirarme, como si quisiera que viera lo que mi padre le hizo—. No se limitó a darme un ultimátum, Adriano. Me enseñó fotos de lo que pasaría si me quedaba. Imágenes de lo que sucede cuando traicionas al gran Lorenzo Dante.
Me siento enfermo imaginando a mi padre haciéndole eso cuando no era más que una cría. Embarazada de mi hija.
—Fingir mi muerte no fue solo para alejarme de tu padre.
Era la única forma de ser completamente libre.
La única forma de proteger a nuestra hija era manteniéndola fuera de esta vida —.
Sus ojos se encuentran con los míos, suplicando comprensión—.
No quería que Mirabella se criara en este mundo.
No quería que creciera pensando que la violencia y el miedo son normales.
Que las mujeres no son más que peones o juguetes para el disfrute de los hombres. ..
—Yo nunca te traté como...
—Que la muerte podría venir a por ella o por su familia en cualquier momento —. Clava su mirada en mí—. ¿Has pensado en eso, Adriano? ¿Casarás a Mirabella con el mejor postor?
Sus palabras me golpean como metralla.
—¿Crees que tomé malas decisiones? —continúa—. Dime qué buenas opciones tenía para elegir.
No le falta razón, y sin embargo, me duele que me meta en el mismo saco que a todo lo demás.
—Yo no soy un monstruo. Mi padre era duro, sí. Incluso despiadado. Pero construyó todo lo que tenemos para protegernos —. Me acerco, necesitando que lo entienda—. Esta vida no es solo violencia. Se trata de lealtad. De protección. De familia.
—Lo sé. Su tono sugiere que no ve la protección y la familia como algo positivo, sino como un peligro.
Me paso una mano por el pelo, intentando ordenar mis pensamientos. —Entiendo por qué mi padre te asustó. Entiendo por qué este mundo parece imposible de navegar.
Me observa con cautela, como si supiera que mi respuesta no cambiará lo que cree de mí y del mundo en el que vivo.
—Pero Eva, sí tenías una opción. Podrías haber acudido a mí.
Confiarme el embarazo. Las amenazas de mi padre.
Os habría protegido a las dos. Habría encontrado la forma de que estuvierais a salvo, aunque eso hubiera significado enviarte lejos con dinero suficiente para construir esa vida normal que querías —.
Lo habría odiado, pero lo habría hecho por mantenerlas a salvo a ella y a Mirabella.
Porque a veces, romperte tu propio corazón es lo que hace falta para proteger a los que amas—.
Podría haber sido el hombre que necesitabas. El padre que Mirabella merecía.
Doy un paso más, lo bastante cerca para tocarla, pero me contengo. —No me querías lo suficiente como para confiar en mí. Esa fue tu elección.
—Eso no es verdad —. Eva niega con la cabeza, con las lágrimas asomando a sus ojos—. Te quería.
Su confesión me golpea de lleno en el pecho; al principio me llena de calidez, pero luego llega la confusión.
Si me quería, ¿por qué no confió en mí?
—Por eso mismo no podía involucrarte. Si te hubieras enfrentado a tu padre por mí, ¿qué habría pasado? Te habría destruido o te habría obligado a elegir entre tu familia y nosotras. No podía ser la razón de que lo perdieras todo.
Me acerco más, atraído hacia ella a pesar de mi buen juicio. —No sabes lo que yo habría hecho.