25. Adriano
ADRIANO
Observo el rostro de Eva mientras recojo las pocas pertenencias de Mirabella; la niña sigue durmiendo plácidamente.
Normalmente, no me importa ser el villano en la historia de alguien cuando se lo ha ganado. He hecho que hombres supliquen por la muerte antes de concedérsela.
He roto huesos sin pestañear. He sido el monstruo del que los padres advierten a sus hijos.
¿Y Eva?
Se merece hasta el último ápice de mi rabia.
Dejó que creyera que estaba muerta, crio a mi hija sin mí.
Luego, cuando por fin la encontré, volvió a huir, arrebatándome a Mirabella por segunda vez.
Entonces, ¿por qué siento como si me estuvieran destripando cuando veo el miedo en sus ojos?
No debería importarme.
Debería ser inmune a sus lágrimas, a la forma en que le tiemblan las manos mientras me ayuda a guardar la ropa de nuestra hija.
He endurecido mi corazón contra enemigos mucho más formidables que esta mujer.
Y, sin embargo, algo de Eva Santoro todavía se filtra en mi alma, encuentra los lugares que creía muertos y los hace vivir de nuevo. Aun sabiendo lo que ha hecho, lo que podría estar ocultando todavía, quiero protegerla. Mantenerla a salvo.
Ojalá pudiera dejar de importarme. Sería más fácil odiarla.
Para protegerme, hago todo lo posible por evitarla. No la miro. No hablo con ella. Pongo toda mi atención en Mirabella.
—Hola, pequeña hada —digo, despertando con suavidad a mi niña.
Sus ojos se abren con un leve aleteo. Al verme, se iluminan con un brillo que hace que mi corazón se dispare.
—¡Papi! —me rodea con sus brazos. Esto aumenta el resentimiento de que Eva siquiera pensara en quitarnos esto.
—Vamos a casa, ¿vale?
—¿De verdad? —mira a Eva por encima de mi hombro—. ¿Podemos, mami?
—Claro que podemos —respondo yo. Eva ya no tiene voz ni voto en la vida de Mirabella.
Con poco que empaquetar, estamos en el coche y camino al aeropuerto en menos de diez minutos.
No le dedico ni una mirada a Eva mientras subimos al jet privado. Marco la vigila de cerca mientras yo llevo a Mirabella, que todavía está aturdida por haber sido despertada a mitad de la noche.
Se anima cuando me siento con ella en mi regazo en el avión. —¿Es este tu avión, papi? —Sus dedos presionan contra la ventana, mirando hacia la pista oscura.
—Pertenece a la familia —respondo—. ¿Habías volado alguna vez?
Niega con la cabeza. —Fui en un tren.
Miro a Eva entonces, pillándola observándonos con expresión cautelosa antes de que desvíe la mirada rápidamente.
A medida que los motores del jet rugen y despegamos, los ojos de Mirabella se agrandan por la emoción mientras observa cómo el suelo se hace pequeño.
—¡Estamos volando, papi! —chilló.
Su alegría es contagiosa, incluso para un hombre tan endurecido como yo. Cuando la azafata le trae un chocolate caliente con nubes extra, el deleite de Mirabella es total.
Esto no cambia mi actitud hacia Eva.
En todo caso, me asegura que he hecho lo correcto al darles caza y traer a Mirabella a casa.
Tres horas más tarde, aterrizamos y comenzamos el trayecto hacia el recinto.
El sol está saliendo justo cuando cruzamos las puertas.
Una sensación de alivio me invade.
No hay lugar más seguro para Mirabella que la finca Dante.
Es un santuario que nos protege de todos los que puedan intentar hacernos daño.
—Ya estamos en casa —le digo a Mirabella mientras sus ojos soñolientos parpadean al abrirse.
Se quedó dormida a mitad del vuelo.
Eva se sienta en silencio a su lado, con la mirada fija en la ventana. Su postura es rígida, como si se preparara para un impacto.
Y debería estarlo.
Regresar significa enfrentarse a Alessandro, que no va a estar contento de que la haya traído conmigo.
Las escolto al interior e instruyo a dos de mis hombres para que permanezcan apostados en la puerta.
Las guío escaleras arriba hasta la habitación de Mirabella. —Quedaos aquí. Instala a Mirabella.
Ella asiente, sin mirarme a los ojos. —Adriano...
—Ahora no. —La corto. Cualquier excusa o explicación que quiera ofrecer puede esperar. Tengo problemas más importantes que resolver primero.
Bajo las escaleras y encuentro a Alessandro en su despacho, encorvado sobre el papeleo igual que solía estar nuestro padre. El parecido es asombroso a veces.
Supongo que si Alessandro llega a casarse alguna vez, su hijo crecerá y hará lo mismo. Ese pensamiento me hace gracia.
No puedo imaginar a Alessandro casándose nunca, al menos no por amor. Supongo que lo haría por deber.
Esa forma de pensar fue lo que casi le llevó a casar a nuestra hermana, Valentina, con Maksim.
Me aclaro la garganta. —Ya están de vuelta. Eva y Mirabella.
La pluma de Alessandro se detiene a mitad de una firma. —Te dije que no la quería en esta casa.
—Lo sé.
—Y, sin embargo, aquí está.
—Aquí está —confirmo, sirviéndome una copa de su aparador sin preguntar. Me la tomo de un trago, dejando que el ardor me serene—. Piensa en ella como la niñera de Mirabella si eso te hace sentir mejor.
Él entorna los ojos hacia mí. —¿Una niñera a la que tenemos que vigilar? ¿Una niñera que podría estar informando a Ivan? No insultes mi inteligencia.
—La mantengo cerca para averiguar qué sabe —explico, dejando el vaso vacío—. La Bratva la quiere por una razón. Tiene información que necesitamos.
—¿Y esa es la única razón por la que la has traído? ¿Información?
Su tono hace que apriete la mandíbula. —¿Qué otra razón habría?
Alessandro se reclina en su silla, estudiándome. —Dímelo tú.
—Es la madre de mi hija —digo tajante—. Y Mirabella la necesita.
—¿Y tú?
—Yo necesito respuestas. —No es una mentira, solo no es toda la verdad. Pero Alessandro no necesita saber cómo mi corazón todavía da un vuelco cuando Eva me mira con esos ojos atormentados.
Él suspira, frotándose el puente de la nariz. —Esto es un error.
—Tal vez. —Me encojo de hombros—. Pero es mi error.
Alessandro no discute más, lo cual me sorprende. En su lugar, vuelve a su papeleo. —Mantenla bajo control. ¿Y Adriano?
—¿Qué?
—Recuerda quién es. Lo que hizo. —Su voz baja de tono—. No dejes que te tome por idiota dos veces.
Asiento con rigidez y me giro para irme. Sus palabras me siguen por el pasillo, haciendo eco de lo que la parte más fría de mi cerebro ya sabe. Confiar en Eva otra vez es pedir que me traicionen.
Durante los días siguientes, establezco una rutina que no es distinta en las acciones, pero sí totalmente opuesta en lo emocional.
Cada mañana, me uno a Eva y Mirabella para desayunar, observando a mi hija devorar tortitas con pepitas de chocolate mientras Eva picotea su comida, lanzándome miradas huidizas cuando cree que no la veo.
Yo siempre estoy mirando.
Cuando no estoy trabajando, estoy con Mirabella, empujándola en el columpio mientras Eva observa desde un banco cercano, o jugando a reinos de hadas mientras Eva recoge la habitación en silencio.
A veces pillo a Eva sonriendo cuando Mirabella ríe. Esas sonrisas son peligrosas para mí. Me recuerdan a antes, cuando creía que Eva era mía.
Por la noche, le leo a Mirabella cuentos para dormir mientras Eva le cepilla el pelo; nuestros dedos se rozan ocasionalmente mientras la arropamos.
La electricidad entre nosotros no ha muerto, y es jodidamente frustrante.
—Gracias —dice Eva una noche mientras cerramos la puerta de Mirabella.
—¿Por qué?
—Por no dejar que nuestros problemas afecten a cómo la tratas.
Doy un paso atrás, creando distancia. Odio cómo convierte todo en que yo soy el malo. —Nuestros problemas no son culpa de ella.
—No, son míos.
—Así es. Y para que quede claro —digo, inclinándome hacia adelante de nuevo para que sepa que hablo en serio—, no confundas mi amor por nuestra hija con perdón hacia ti.
Su expresión decae y algo en mi interior se retuerce de satisfacción, incluso mientras otra parte me duele.
Este límite es necesario, me recuerdo.
Durante el día trabajo, volcándome en los asuntos de los Dante con un enfoque renovado. Alessandro me observa con escepticismo, pero no dice nada más sobre la presencia de Eva. Puede ser un verdadero incordio, pero sé que, en el fondo, me respeta y confía en mí.
Por la noche, me quedo despierto, recordando lo que se sentía al abrazarla, al creer sus mentiras.
De vez en cuando, considero que estoy siendo demasiado duro. Sé que ha tenido cuatro años difíciles.
Pero luego recuerdo cómo mintió sobre su muerte. Cómo me ocultó la existencia de mi hija.
Cómo huyó de mi cama después de que yo le ofreciera el mundo.
Nunca más.
Cuando Mirabella pregunta por qué mami y papi no duermen en la misma habitación como antes, le digo que a veces los adultos necesitan espacio.
Estoy construyendo muros alrededor de mi corazón, ladrillo a ladrillo. Eva no volverá a atravesarlos. No la dejaré. Mi hija merece mi amor. Su madre no.
Esta es la nueva normalidad. Cerca pero separados. Juntos pero aparte.
Puedo vivir con esto. Tengo que hacerlo.
Lanzo a Mirabella al aire de nuevo, atrapándola sin esfuerzo mientras ella chilla de alegría. Su risa es mágica, un sonido al que me he vuelto adicto rápidamente.
—¡Otra vez, papi! ¡Más alto! —aplaude con sus manitas.
—Una vez más —digo, lanzándola hacia el cielo—. Luego construimos ese castillo, ¿te acuerdas?
Por el rabillo del ojo, veo a Eva sentada junto a la ventana, fingiendo leer.
Últimamente lo hace mucho: mantiene las distancias pero se queda lo bastante cerca como para intervenir si es necesario.
Como si yo fuera a hacerle daño alguna vez a nuestra hija.
Mirabella tira de mi mano, guiándome hacia la pila de bloques de construcción que traje a casa ayer.
Su carita se frunce por la concentración mientras explica su elaborada visión de nuestra fortaleza.
La escucho con seriedad exagerada, asintiendo en todos los momentos adecuados.
—La princesa vive en la torre —instruye, colocando un bloque amarillo con cuidado encima de nuestra creciente estructura.
—¿Y dónde vive el dragón? —pregunto.
—Los dragones están fuera. Son demasiado grandes.
Me río, captando la mirada de Eva mientras nos observa por encima de su libro.
Una sonrisa ilumina su rostro, haciéndola parecer la mujer de la que me enamoré hace años.
Antes de las mentiras.
Antes de que dejara que creyera que estaba muerta.
¿Por qué se resistió a esto?
Podríamos haber sido una familia.
Juro que es algo que ella quiere.
Veo cómo me mira a veces.
El mismo calor, la misma conexión todavía hierven entre nosotros.
¿Es realmente miedo a Alessandro? ¿A la vida que llevo? ¿O hay algo más profundo que oculta, algo que mantiene sus muros tan firmes como lo están ahora los míos?
Guarda sus secretos incluso cuando nos observa a Mirabella y a mí con asombro, incluso con amor, irradiando de ella.
En momentos de debilidad, me pregunto si hay algo recuperable entre nosotros.
Pero ella tendría que confiar en mí. Y yo tendría que confiar en ella, y no puedo arriesgarme a que me rompa de nuevo.
Mirabella pone su manita en mi mejilla, exigiendo mi atención. —Escucha, papi.
—Perdona, princesa. Cuéntamelo otra vez.
Cuando vuelvo a mirar hacia la ventana, veo a Eva mirando en otra dirección, con el cuerpo tenso y el rostro perdiendo el color.
Alessandro aparece a su lado. Están hablando, pero no puedo distinguir las palabras. Conociendo a Alessandro, no son palabras amables. Quizá sean amenazas. Supongo que tengo que poner más guardias esta noche y dormir en el suelo de la habitación de Mirabella por si Eva intenta huir de nuevo.
—Papi, lo estás rompiendo —protesta Mirabella cuando mi mano derriba sin querer parte de nuestra creación.
—Oh, lo siento, princesa. —Vuelvo a colocar los bloques caídos y, por un momento, desearía poder arreglar mi vida con la misma facilidad.
Sigo cabreado con Eva, pero tengo que considerar lo difícil que debe de ser vivir en una casa en la que una persona no oculta su desconfianza ni su disposición a eliminar las amenazas percibidas.
Por muy tóxico que sea para ella, eligió volver para ser la madre de Mirabella.
Debería hablar con Alessandro. A menos que haya averiguado algo nuevo, no necesita ir por ahí intimidando a Eva.
Puede que tenga secretos, pero es una buena madre.
Una mujer a la que amé más de lo que creía posible.
Una mujer a la que parece que no puedo dejar de amar por mucho que lo intente.
Y, así de repente, un ladrillo que protegía mi corazón empieza a desmoronarse.