El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 24. Eva
60%

24. Eva

EVA

Miro fijamente a Adriano, reconociendo apenas al hombre que tengo delante.

Esos ojos grises que una vez me miraron con ternura ahora brillan con furia.

Me parece irreal que el hombre que me sostuvo con delicadeza hace apenas unos días ahora amenace con quitarme todo lo que amo.

Siempre he sabido lo que es, lo que hace.

El sicario.

El monstruo al que otros hombres temen.

Pero nunca antes le había tenido miedo. Incluso cuando nos conocimos, cuando debería haber estado aterrorizada por el peligroso hermano Dante, algo en mi interior lo reconoció como mi protector en lugar de como a mi enemigo.

—No me harás daño —susurro, aunque la incertidumbre se cuela por primera vez.

Un hombre típico de la mafia ya me habría sacado la verdad a golpes a estas alturas. Me habría hecho sangrar, me habría hecho gritar.

Adriano solo ha usado palabras, hirientes y aterradoras, pero aun así, solo palabras.

Aun así, mientras está frente a mí, irradiando rabia, me pregunto si finalmente lo he empujado demasiado lejos.

Después de todo, ha dicho que he matado cualquier sentimiento positivo que pudiera haber tenido por mí.

Su risa me produce un escalofrío. —¿Físicamente? Quizá no. Pero no me tiembla el pulso a la hora de hacerte sufrir emocionalmente, tal como has hecho tú conmigo. ¿Y qué crees que le estás haciendo a Mirabella? En algún momento, si sobrevives huyendo, ella te guardará rencor por esta vida.

Tiene razón.

—Nunca quise esto para ella.

Mi mente vuela hacia Mirabella, que duerme en la habitación de al lado, inocente y ajena a que su mundo estalla en pedazos.

¿Qué clase de madre soy? Huyendo, siempre huyendo, arrastrándola de un lugar a otro, sin darle nunca estabilidad.

Y ahora he enfurecido al único hombre que podría habernos protegido a ambas.

—Lo siento.

Tensa la mandíbula. —Un «lo siento» no explica por qué huiste. Por qué los rusos te quieren muerta. Es decir, ¿quién coño eres? ¿Hay algo de lo que sé sobre ti que sea real?

—Sí —digo la palabra tan cargada de verdad y convicción como puedo, pero sé que no me cree.

—Da igual. Mirabella se viene conmigo. Tú haz lo que quieras.

Cierro los ojos y, de repente, imagino a Mirabella con cinco años más, vestida con ropa cara, sentada en el complejo de los Dante.

Hombres armados flanquean cada puerta.

Mi hija aprende el sonido de los disparos.

Veo a Alessandro enseñándole que la familia significa venganza, que la lealtad significa matar.

Veo cómo sus ojos hermosos e inocentes se vuelven duros, desconfiados.

¿Será Adriano capaz de evitar que la oscuridad la consuma? ¿La protegerá de que la obliguen a espiar o a contraer un matrimonio por negocios?

No puedo permitir que eso ocurra, pero ¿cómo puedo evitarlo? Si se lo cuento todo, la pierdo en esta vida. Si no lo hago, la pierdo de todos modos.

—Se merece algo mejor que nosotros dos —admito—. Pero sin mí allí para protegerla de vuestro mundo, se convertirá en algo que ninguno de los dos quiere.

El dolor cruza el rostro de Adriano antes de que la ira lo reemplace. Se acerca, cerniéndose sobre mí con una furia creciente. —¿Crees que no protegería a mi propia hija? ¿Crees que dejaría que se convirtiera en un monstruo?

He herido su orgullo como padre, un papel que acaba de empezar a aceptar. Un papel que se le da muy bien.

—Eso no es lo que yo...

—¿Fue siquiera mi padre el que te amenazó? —La pregunta estalla en él—. ¿O fue otra mentira? ¿Solo la querías para ti sola?

La acusación escuece porque hay un poso de verdad en ella.

Una parte de mí sí quería mantener a Mirabella alejada de esta vida.

Alejada de él.

No porque no lo quisiera, sino porque temía en qué podría llegar a convertirse rodeada de violencia y muerte.

—Adriano, por favor...

—Cuatro años —me interrumpe—. Cuatro años ha crecido mi hija sin mí. ¿Y ahora me entero de que huiste porque pensabas que yo no sería un buen padre?

—Eso no es verdad. Tu padre me amenazó.

—Se acabaron las excusas. —Todo su cuerpo se ha puesto rígido—. Has tenido tu oportunidad. —Consulta su reloj—. Me voy en diez minutos. Mirabella se viene conmigo.

Mi corazón se detiene.

—No. —La palabra surge desgarrada de mi garganta—. No puedes llevártela.

—Mira cómo lo hago. —Se dirige hacia la puerta comunicante y el pánico inunda mi sistema.

—Adriano, por favor. —Lucho contra las ataduras, con las bridas clavándose en mis muñecas—. Ella no conoce vuestro mundo. Estará aterrorizada.

Él se gira con los ojos echando chispas.

—¿Más aterrorizada que escondida detrás de un contenedor en un callejón mientras unos hombres se preparan para matar a su madre?

Porque eso es todo lo que tienes que ofrecerle.

—Niega con la cabeza y no lo culpo. No tengo ningún sentido—.

Eres increíble, Eva. No me puedo creer que me enamorara de ti.

—Solo es una niña pequeña —suplico—. Me necesita.

La idea de mi hija despertándose sin que yo esté allí me provoca oleadas de náuseas por todo el cuerpo. Adriano es un buen padre, pero hay mil pequeños detalles que solo una madre conoce.

—¿Qué le dirás cuando llore por mí? —Las lágrimas corren por mi rostro—. No entenderá por qué no estoy.

—Le diré la verdad —dice Adriano con una voz tan llena de asco que me hace retroceder—. Que su madre no quiso volver a casa conmigo. Que no le importaba lo suficiente como para ser sincera.

La habitación da vueltas a mi alrededor mientras imagino a mi hija escuchando esas palabras.

Su carita descomponiéndose, sus ojos llenándose de lágrimas mientras intenta comprender por qué mami la dejó.

—No serías capaz. —Pero sé que lo sería.

Ha dicho que quiere que sufra tanto como yo lo he hecho sufrir a él.

Así es como lo hará.

—Se merece la verdad —continúa implacable—. Que su madre prefería huir de sus secretos antes que dejar que su padre los protegiera a ambos.

—Por favor —suplico, abandonando el orgullo—. No le digas eso. Dile cualquier otra cosa.

Algo brilla en su rostro. Quiero pensar que es el hombre que una vez conocí, pero veo en sus ojos que es una baza para chantajearme.

—Entonces dame algo mejor que decirle —dice con frialdad—. Empieza por la verdad.

—Adriano...

—Adiós, Eva. —Se gira hacia la puerta que une las dos habitaciones.

—¡Espera! —grito, levantándome de la silla—. ¡Me fui porque Alessandro amenazó con matarme!

Su mano se congela en el pomo de la puerta. No se gira, pero puedo ver la tensión en sus hombros.

—Una noche me lo encontré en la cocina —continúo, con las palabras atropellándose—. Me dijo que sabía que ocultaba algo. Dijo que cuando descubriera qué era, me destruiría.

Adriano se gira lentamente, con expresión cautelosa pero atenta.

—Dijo que si volvía a hacerte daño, me mataría. —Se me quiebra la voz—. Luego aparece Ivan en el ballet, mirando a Mirabella como si... —No puedo terminar el pensamiento; el recuerdo de la mirada depredadora de Ivan hace que se me revuelva el estómago.

Adriano se aleja de la puerta, centrado ahora por completo en mí.

—¿No lo ves? Estoy atrapada entre dos monstruos que me quieren muerta —digo, esperando que esto funcione—. Alessandro esperando cualquier excusa e Ivan dándonos caza.

Él no dice nada, así que continúo.

—Prometiste que podrías protegernos, pero ¿qué pasará cuando Alessandro te convenza de que soy el enemigo? ¿Cuando te ponga en mi contra? Huí porque no podía soportar que Mirabella viera a su padre elegir a su hermano antes que a su madre.

Adriano se acerca, con la expresión ensombrecida. Retrocedo por instinto.

—Así que huiste por Alessandro. ¿No confiaste en mí lo suficiente como para saber que yo podía lidiar con mi propio hermano? —El destello de ira en sus ojos me inquieta.

—¿Qué habrías hecho tú? —lo desafío, encontrando valor en la desesperación—. ¿Habrías elegido mi bando frente al de tu familia? ¿Tu sangre? Alessandro es el Don...

—Alessandro no decide a quién protejo. —Sus palabras cortan las mías como una cuchilla—. Lo decido yo. Sigues viva gracias a mí. Vives con las comodidades de mi casa gracias a mí. Llevas ropa nueva y comes hasta hartarte gracias a mí...

—Alessandro dijo...

—No confía en ti, pero no te ha tocado, ¿verdad?

Niego con la cabeza, retrocediendo hasta que la parte posterior de mis piernas choca con la silla y me desplomo en ella.

—Él me está protegiendo, y quizá debí haberle escuchado porque eres veneno para mí.

—Me señala con el dedo—. Y, una vez más, has evitado la respuesta real a mi pregunta.

¿Por qué mi padre desconfiaba de ti? ¿Por qué te persigue Ivan?

—Ladea la cabeza—. La única razón que se me ocurre es que trabajas para la Bratva. Entonces y ahora.

—Yo no...

—Estoy cansado de las verdades a medias. —Se inclina—. Si quieres conservar a nuestra hija, tienes que contármelo todo. Se acabaron las gilipolleces.

Su cara está a escasos centímetros de la mía y veo los destellos plateados en sus ojos grises. —Dímelo ahora, o salgo por esa puerta con Mirabella y no volverás a vernos a ninguno de los dos.

Miro al hombre al que he amado y temido, y me doy cuenta de que he llegado al final de mi camino. Ya no hay ningún lugar donde huir.

—Volveré contigo. Por favor, solo no me la quites.

—Eso no es lo que he preguntado. —Me niega con la cabeza y creo que va a cumplir su amenaza—. Si quieres venir conmigo, puedes hacerlo. Mirabella necesita una madre y no soy tan cruel como para negársela.

Es una pulla por lo que yo le hice a él, pero no se lo recrimino.

—Pero tú no eres nada para mí. Solo eres una niñera. Y lo que sea que Alessandro quiera hacer, puede hacerlo. Si prefieres huir, lo entenderé. Quizá puedas pedirle protección a Ivan.

Me estoy muriendo por dentro al ver que mi vida ha llegado a esto.

No me propuse traicionar a nadie.

Mi padre se metió en problemas y me obligaron a pagar el precio.

Y desde entonces, mi vida no ha sido mía.

Había querido ir a la universidad.

Quizá convertirme en profesora.

En cambio, soy la sombra de una mujer a la que no le quedan opciones.

—Acepto eso.

Él me estudia. —Si vuelves a huir...

—No lo haré —lo interrumpo—. No puedo perderla. —Y la verdad es que tampoco quiero perderlo a él. ¿Cómo de loco es eso? Me ha amenazado y sigo preocupándome por él.

Corta mis ataduras. —Nos vamos en diez minutos.

A medida que vuelve la sensibilidad a mis manos, me doy cuenta de lo que he hecho. Voy a volver a la boca del lobo. De vuelta a las sospechas de Alessandro.

De vuelta a un mundo donde Ivan puede encontrarme. De vuelta al lugar donde mis secretos acabarán saliendo a la luz.

Pero estaré con mi hija.

Veré su sonrisa cada mañana.

Por esa oportunidad, me enfrentaré a lo que sea que nos espere en Nueva York.