El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 21. Adriano
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21. Adriano

ADRIANO

Me despierto sobresaltado, notando las sábanas frías donde debería estar el calor de Eva.

Supongo que Eva se ha levantado y está con Mirabella, quizá desayunando o jugando en ese jardín de hadas que hice instalar.

Me ducho rápidamente, anticipando verlas en la cocina, con Eva riendo mientras Mirabella intenta comer tortitas sin llenarlo todo de sirope.

Bajo por las escaleras de servicio, ya que es el camino más rápido a la cocina. Pero cuando entro, solo veo a nuestro chef y a uno de los sirvientes. Reviso el comedor, que está vacío.

Sacudo los hombros para quitarme de encima la preocupación que intenta echar raíces.

Vuelvo a la cocina. — ¿Habéis visto a Eva y a Mirabella? —le pregunto al chef.

—No. No las he visto esta mañana.

De nuevo, acallo las alarmas que quieren empezar a sonar.

La casa es enorme, al igual que los terrenos.

Podrían estar en cualquier parte.

El cuarto de juegos, el jardín, la biblioteca donde a Mirabella le encanta mirar libros de ilustraciones.

Pero a medida que reviso cada lugar, el nudo en mi estómago crece.

Vuelvo a mirar en el dormitorio de Mirabella, fijándome en detalles que antes se me han pasado por alto.

Falta el unicornio de peluche sin el que nunca se duerme.

Su cómoda está abierta y, si no me equivoco, falta algo de ropa.

—Buscad a Eva y a Mirabella —le ordeno al primer guardia que veo mientras bajo las escaleras a toda prisa—. Ahora.

Me suena el teléfono. Es Alessandro. —Han abierto la puerta este anoche.

La tensión en mi pecho estalla.

Se ha ido. Otra vez.

Joder. Intento no precipitarme a sacar conclusiones.

En su lugar, registro la casa como un loco, con la mente barajando todas las posibilidades.

La Bratva podría habérselas llevado, ¿pero cómo? Nuestra seguridad es hermética.

Las cámaras habrían captado algo.

Los guardias habrían oído un forcejeo.

A menos que no lo hubiera.

Se me cae el alma a los pies al formarse un nuevo pensamiento.

¿Y si se ha ido con ellos por voluntad propia?

¿Y si todo —su miedo, su desesperación, incluso su pasión por mí— ha sido una farsa?

¿Y si lo de Dmitri contándome lo de Eva fue una trampa desde el principio?

Corro de vuelta a mi habitación, buscando cualquier pista, cualquier indicio de adónde podría haber ido.

Abro los cajones de un tirón, pero no falta nada, excepto…

Mi cartera.

Está ahí, vacía; se ha llevado casi todo el efectivo, casi cinco mil dólares.

Ha huido. Otra vez.

Golpeo la pared con el puño; el yeso se agrieta bajo el impacto.

Un dolor agudo me recorre los nudillos, pero no lo registro.

No siento nada más que rabia por haberme dejado engañar de nuevo.

Todo este tiempo he estado intentando protegerla, hacer que se sintiera segura, ganarme su confianza.

Le abrí las puertas de mi casa, recibí a nuestra hija con los brazos abiertos.

Incluso había empezado a imaginar un futuro juntos, a pesar de todo.

Qué estúpido he sido, joder.

¿Le importé alguna vez?

¿O solo fui la protección más conveniente hasta que pudiera planear su siguiente movimiento?

Pienso en todos los momentos que hemos pasado juntos.

El pícnic.

Jugando con Mirabella.

Por la noche en mi cama.

¿Hubo algo real en todo aquello?

Supongo que ahora ya no importa. Lo que importa es que nadie traiciona a los Dante dos veces y vive para contarlo.

Aunque sea la madre de mi hija.

Aunque todavía sea dueña de pedazos de mi corazón.

Encuentro a Alessandro en su despacho, con el rostro ya crispado en esa expresión de «te lo dije» que tanto odio. No tiene sentido alargar esto.

—Se ha ido. —Esa confesión es otra cosa más que reprocharle a Eva. Me ha hecho quedar como un puto imbécil delante de mi hermano.

—Por supuesto que se ha ido.

Me agarro al respaldo de la silla resistiendo el impulso de lanzarla al otro lado de la habitación. — ¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que me lo esperaba. —Ladea la cabeza, casi como si le sorprendiera que yo esperase que se quedara—. En cuanto tuviera fuerzas para correr, lo haría. Solo has sido una protección conveniente mientras se recuperaba.

Quiero discutir, defenderla, pero las pruebas hablan por sí solas.

Han desaparecido más de cuatro mil dólares en efectivo.

El peluche de Mirabella no está. El bolso de Eva no está.

¿Cuánto tiempo llevaba planeando esto?

¿Follar conmigo anoche fue parte de su plan de huida?

¿Cómo cojones ha conseguido salir?

—Te ha tomado el pelo, Adriano. Nos lo ha tomado a todos.

Camino de un lado a otro de la estancia, incapaz de quedarme quieto con la furia recorriéndome las venas. — ¿Por qué? Podría haberse quedado aquí, estar segura. Podríamos haber sido una familia.

—Supongo que ella no quería eso. —Alessandro se encoge de hombros—. Ha tomado su decisión. Tienes que dejarla ir.

Golpeo su escritorio con el puño. —Se ha llevado a mi hija.

—Sí —dice Alessandro, suavizando ligeramente el tono—. Ese es el verdadero crimen aquí.

Me paso las manos por el pelo, tirando de las raíces como si el dolor pudiera aclararme las ideas.

He matado a hombres por mucho menos de lo que Eva me ha hecho. Ya van dos veces que me arranca el corazón.

Dos veces que desaparece con mi hija.

—Tengo que encontrarla —gruño.

—¿Y luego qué? —pregunta Alessandro—. ¿Qué harás cuando la encuentres?

¿Qué haré? Una parte de mí quiere castigarla por esta traición, hacer que sienta el dolor que me ha causado.

Pero otra parte, la que aún recuerda la suavidad de su piel, el sonido de su risa, la forma en que Mirabella me llama «papá» ahora, esa parte solo quiere que ambas vuelvan sanas y salvas.

—Lo decidiré cuando las tenga delante —digo finalmente—. Pero las encontraré. Y esta vez, no volverá a escapárseme.

—Déjala ir, Adriano —dice Alessandro, echándose hacia atrás en su silla con un suspiro de cansancio—. Al menos ahora no llorarás por un fantasma. Has visto sus verdaderas intenciones. La mujer que pusiste en un pedestal no existe. No te merece.

Una parte de mí sabe que tiene razón.

La Eva a la que amé, por la que guardé luto durante años, era una ficción. Aprenderé a aceptarlo.

Pero no permitiré que me arrebaten a mi hija. No otra vez.

—Tengo que encontrarla —insisto—. Mirabella...

—¿Estás seguro de que es tuya? —me interrumpe Alessandro, con tono casual, como si no acabara de lanzar una granada en medio de la habitación.

Tiemblo de rabia. —No te atrevas, joder...

—¿Has considerado que por eso la busca Ivan? ¿Que la niña podría ser suya o de Maksim? Quiero decir, ¿por qué cojones están tan interesados en la hija de un socio de bajo nivel de la familia Dante?

—Esa niña es mía. —Tengo ganas de saltar sobre su escritorio y retorcerle el cuello por sugerir algo así—. Solo hay que verla para saberlo.

Hay que reconocer que Alessandro ni se inmuta. Incluso conmigo mirándolo con ganas de matarlo, mantiene la calma. —Me recuerdas a Luca cuando se enteró de lo de Enzo.

—Sí, bueno, la paternidad tiene ese efecto. —Tomo aire, necesitando recuperar la compostura—. Removeré cada ciudad, cada país hasta que las encuentre. Y cuando lo haga, Eva aprenderá lo que significa de verdad temer a un Dante.

Pero incluso mientras la amenaza sale de mis labios, me pregunto qué emoción me impulsa más: la rabia por su traición o el terror de no volver a verlas nunca más.

—Está bien, busca a tu hija, pero que quede claro —dice Alessandro, levantándose de la silla—. Cuando las encuentres, no quiero que Eva vuelva a entrar en esta casa. Esa mujer es veneno.

Asiento. —No tienes que preocuparte por eso. Voy a encontrarla y a recuperar a mi hija. Eva se las apañará sola.

Alessandro me estudia el rostro, buscando alguna debilidad. —Organizaré...

—Me encargaré yo mismo —lo corto—. Esto es personal.

Salgo de su despacho sin esperar respuesta.

En el pasillo, saco el teléfono y marco un número que rara vez utilizo, pero que siempre tengo a mano.

La línea conecta tras el primer tono. —Gabriel.

—Señor Dante. —Su voz es pausada, profesional. Gabriel no es de la familia, ni siquiera es italiano, pero es el mejor investigador que el dinero puede comprar.

Ex-FBI con contactos en todas partes y una brújula moral que apunta directamente hacia quien le paga.

—Te necesito. Ahora. —Sigo caminando hacia mi habitación, haciendo ya la maleta mentalmente—. Eva Santoro. Se ha llevado a mi hija y ha desaparecido.

—Eva… ¿la conozco?

Cuando desapareció la primera vez, yo no conocía a Gabriel. Si lo hubiera conocido, probablemente la habría encontrado.

—No. Su padre trabajaba para nosotros.

Lleva cuatro años huyendo, pero acaba de ser localizada por Ivan Vasiliev.

Escapó de él y la encontré con mi hija. Ahora ha vuelto a huir.

—¿Cuánta ventaja lleva?

Miro el reloj. Son casi las ocho y media. —Entre seis y ocho horas. Lleva algo más de cuatro mil dólares en efectivo.

—¿Alguna idea de adónde ha podido escapar?

Rebusco en mi memoria cualquier información que pudiera haberme dado sobre amigos u otros familiares, pero estoy seguro de que nunca mencionó a nadie. A su padre lo mataron poco después de que ella desapareciera.

Mi padre dijo que fue la Bratva, pero ahora me pregunto si fue él mismo, ya que tenía a Eva en su lista de sospechosos.

—La última vez huyó a Boston, pero dudo que lo haga de nuevo. Es lo bastante lista como para intentar borrar su rastro, pero no es rival para la Bratva, que también la está cazando.

—O para mí. Comprobaré autobuses, trenes, alquileres… todo. Si va con una niña, no será difícil que alguien se fije. ¿Tienes una descripción?

—¿De la niña? —pregunto.

—De ambas.

Le doy una descripción de Eva y Mirabella e incluso incluyo la del unicornio de peluche.

—Empiezo ahora mismo. ¿Supongo que el tiempo es crítico?

—Cada segundo cuenta. —Hago una pausa ante la puerta de mi dormitorio, viendo las sábanas revueltas donde hicimos el amor hace unas horas—. ¿Y Gabriel? Cuando la encuentres, llámame a mí directamente. A nadie más.

—Entendido.

Corto la comunicación y me quedo mirando la cama vacía, endureciendo mi corazón contra el recuerdo de su tacto.

De cómo, una vez más, le había entregado partes de mí que nadie más ha tenido nunca. Pero para ella no significó nada.

Podría haberme arrancado el corazón con una hoja desafilada y aun así no me dolería tanto como ahora.

Salgo de mi habitación, decidiendo que el trabajo, quizá matar a alguien que deba morir, me distraerá.

No funciona demasiado bien.

Cada minuto que pasa parece una hora.

Eva tiene varias horas de ventaja y, con cada segundo que pasa, pone más distancia entre nosotros. Entre mi hija y yo.

Pienso en Mirabella. ¿Estará confundida? ¿Asustada? ¿Me echará de menos?

El siguiente pensamiento me hace llamar a algunos de mis hombres. —Poned a más hombres a vigilar a Ivan y a sus matones. Informadme de lo que tramen —ordeno. Lo último que necesito es que Ivan la encuentre primero.

Pasan horas antes de que mi teléfono vibre con la llamada de Gabriel.

—Dime —respondo de inmediato.

—Tenemos algo. Las imágenes de seguridad de Port Authority muestran a una mujer que coincide con su descripción con una niña pequeña, comprando billetes para D.C. alrededor de las cuatro de la mañana.

—¿D.C.?

—Sí, pero se bajó en Filadelfia. Está en un tren que va hacia el sur, a Florida, Miami.

Florida. Supongo que es un movimiento inteligente.

Está lejos de Nueva York.

Pero tiene que saber que voy a ir tras ella.

No me lo pondría tan fácil.

De hecho, ya ha mostrado su estrategia al comprar billetes de autobús para Washington D.C. pero bajarse en Filadelfia… hará lo mismo con el tren.

La pregunta es ¿dónde?

—Necesito ojos en cada estación entre Filadelfia y Miami —ordeno—. En cada una de las paradas que haga ese tren. Quiero que se ejecute el reconocimiento facial en todas las grabaciones de vigilancia.

—Ya estoy en ello. Tengo a un equipo monitorizando las cámaras a distancia. Si ponen un pie en un andén, lo sabremos.

Estoy deseando subirme al tren, pero sé que me sería igual de fácil perderla que encontrarla si no espero a la información de Gabriel. —En el momento en que las localices, quiero saberlo. ¿Y Gabriel? Estate atento por si ves a algún ruso. Si la Bratva también la está rastreando...

—Entendido.

Cuelgo y busco la ruta del tren en mi teléfono.

Hay demasiadas paradas en ese largo trayecto.

Eva podría desaparecer en cualquiera de ellas.

Pero esta vez no. Esta vez, estaré esperando.

Mi móvil vibra con un mensaje de Alessandro.

¿Alguna noticia?

Rumbo al sur. Yo me encargo.

No importa hacia dónde huya, la encontraré. Y cuando lo haga…

Eva Santoro me habrá traicionado por última vez.