20. Eva
EVA
Siento tantas cosas a la vez.
No es solo la sensación de Adriano llenándome, sino una emoción compuesta a partes iguales de asombro, amor y culpa. Nunca puedo escapar de la culpa, ni siquiera en momentos como este.
La aparto de mi mente y me concentro en él. Me arqueo bajo su cuerpo, con un jadeo escapando de mi garganta mientras él se desliza más profundamente.
Mis dedos se clavan en sus hombros mientras se mueve; cada envite prende sensaciones eléctricas.
Su tacto, su aroma, el sonido de su deseo... es embriagador, y ahoga las advertencias que resuenan en el fondo de mi mente.
Esto es peligroso. Esta conexión que compartimos siempre lo ha sido. Desde el primer día.
Recuerdo cuando quedó claro por primera vez que él estaba tan interesado en mí como yo en él.
Me dije a mí misma que debía evitarlo.
No dejes que surja el amor.
Pero estar con él siempre ha sido embriagador. No pude resistirme.
Y creía ingenuamente que, de algún modo, las cosas saldrían bien. Al igual que esta vez.
Cierro los ojos, rindiéndome al placer que recorre mis venas. Mi cuerpo responde a su tacto. Cada caricia, cada embestida me acerca más a él, no solo físicamente, sino también emocionalmente.
—Mírame —me ordena ahora, con la voz ronca por el deseo. Sus movimientos se vuelven frenéticos, indicándome que está cerca de llegar al clímax.
Abro los ojos y me encuentro con su rostro sobre el mío; todo lo que siempre quise de él se revela en su mirada.
Su protección. Su amor. Es como me sentí la primera vez que tuvimos sexo.
Había sido tan delicado, sabiendo que yo era virgen, que estaba nerviosa pero ansiosa. Me había tratado como algo precioso.
Quiero decirle cuánto lo he amado y que nunca quise marcharme. Cuánto lamento todo el dolor que le causé. Cuánta culpa siento por mi traición.
Su ritmo flaquea y la emoción ensombrece sus ojos.
Incluso ahora, con todas las mentiras que nos separan, me consume por completo.
Mi cuerpo, mi corazón, mi alma; del mismo modo que sé que él me ofrece los suyos.
Me sorprende haciéndonos rodar hasta que quedo sobre él. Cabalgándolo.
—Tómame, Eva. Toma lo que quieras de mí. —Sus dedos se aferran a mis caderas, instándome a moverme.
Expulso todo de mi mente y dejo que mi cuerpo tome el control. Con la mano apoyada en su pecho, me balanceo sobre él.
—Joder... sí... —Se incorpora a medias, deslizando las manos por mi espalda y tirando de mí hacia él. Sus labios envuelven mi pezón y succionan, enviando salvajes descargas eléctricas directas a mi centro.
Me entrego a ello, aferrándome a sus hombros mientras lo cabalgo, rápido, más rápido... más rápido.
Juro que puedo sentir cómo se hincha dentro de mí, cómo aumenta la fricción, cómo la necesidad se enrosca más y más tensa.
—¡Oh, Dios! —grito mientras estallo.
Él suelta un gruñido feral y, de repente, vuelvo a estar de espaldas y Adriano está sobre mí, con su cuerpo entrando y saliendo de mi interior.
—Llega otra vez —me exige con un gruñido.
Enredo mis piernas con más fuerza a su alrededor, atrayéndolo hacia lo más profundo, memorizando cada sensación. Guardo cada detalle para volver a visitarlo en los tiempos oscuros que sé que se avecinan.
—Joder... me corro... —Pistonea dentro de mí y luego echa la cabeza hacia atrás, se hunde profundamente y se presiona contra mí.
El placer estalla en mi interior una vez más. Atrapo el rostro de Adriano entre mis palmas, bebiéndome sus rasgos mientras continúa moviéndose sobre mí.
Si tan solo supiera lo que he sacrificado por él. Lo que todavía sacrificaría.
La verdad va a destruirnos, pero esta noche, tomo la felicidad que puedo encontrar en sus brazos.
Se desploma sobre mí, luego rueda y me estrecha contra su costado.
Su brazo me mantiene cerca y me permito un momento para imaginar un mundo donde pudiéramos quedarnos así para siempre.
Pero entonces Adriano se queda dormido. Lo observo, grabando su imagen en mi cerebro.
Quiero recordarlo así.
Apacible en el descanso.
Saciado en el amor.
Al final del pasillo, Mirabella duerme rodeada de su reino de hadas.
Es increíble lo rápido que se ha adaptado a la vida con él.
Cuánto ha florecido gracias a su amor y sus atenciones.
Eso hace que lo que tengo que hacer sea aún más atroz.
Pero no puedo sacarme de la cabeza la sonrisa burlona de Ivan en el ballet.
La forma en que sus ojos se demoraron en mí, resaltando nuestra historia ante Adriano.
Diciéndome que se me acaba el tiempo.
Las amenazas de Alessandro resuenan junto a las silenciosas de Ivan.
Una promesa de destruirme cuando descubra lo que oculto.
Y lo descubrirá.
Es solo cuestión de tiempo.
No dudo de la promesa de Adriano de protegerme, pero también conozco la realidad de su mundo. Su lealtad es para con su hermano.
No habría nada que pudiera hacer para protegerme si Alessandro ordenara mi muerte.
O tal vez me exiliaría o me entregaría a Ivan.
Sea como sea, perdería a mi hija y, probablemente, la vida.
Si quiero seguir viva, si quiero conservar a mi hija, solo me queda una opción. Tengo que llevarme a Mirabella y huir de nuevo.
Me presiono las cuencas de los ojos con los dedos, odiando la idea de marcharme. Deseando que hubiera otra manera.
No soporto someter a Mirabella a una vida de fugitiva.
Verla con Adriano estas últimas semanas me ha mostrado todo lo que le faltaba.
Y por supuesto, Adriano nos buscará. Ahora sabe que estamos vivas. Ha sostenido a su hija. La ha amado. Removerá cielo y tierra para volver a encontrarnos.
Pero sé lo que viene.
La verdad saldrá a la luz y, cuando lo haga, Adriano no me mirará con amor, sino con odio.
Puedo soportar muchas cosas. He sobrevivido a la Bratva, a las amenazas de Don Lorenzo, a años de huida.
Pero no puedo sobrevivir al odio de Adriano.
Consulto el reloj de la mesita de noche de Adriano.
Poco después de las dos de la mañana.
Me doy una última oportunidad para encontrar una forma de salvarme, de ocultar mi engaño, pero no se me ocurre nada.
Con el corazón rompiéndose en mil pedazos, me deslizo de entre las sábanas, con cuidado de no perturbarlo.
Recojo mi ropa esparcida y me visto en la oscuridad.
En otro acto por el que me odio, rebusco en la cartera de Adriano y me llevo casi todo su dinero en efectivo.
Me permito una última mirada hacia él. —Lo siento —susurro sin emitir sonido.
Salgo de su habitación y recorro el pasillo. Encuentro una bolsa pequeña que pueda llevar con facilidad y la lleno con lo esencial.
Luego voy silenciosamente a la habitación de Mirabella.
Durante un momento la observo dormir, pero luego empaco también algunas de sus cosas.
Lo único en lo que puedo pensar es en lo terrible que soy como madre mientras la saco de la cama y la envuelvo en una manta.
Se remueve pero no se despierta, acurrucándose por instinto contra mi pecho. Debería dejarla.
Adriano puede mantenerla a salvo. ¿Pero qué le hará Alessandro?
¿Cómo la tratará?
¿Se centrará Ivan en ella en su guerra contra Adriano?
Uso mi teléfono para pedir un transporte compartido para que me recoja a una manzana del recinto.
Luego salgo a hurtadillas por el pasillo trasero. Las posibilidades de que me atrapen son altas. Pero es un riesgo que tengo que correr.
Tres años huyendo me enseñaron a analizar patrones, a encontrar debilidades.
Sé dónde están los guardias y cómo se mueven. Por nuestro picnic, conozco una puerta en el muro desde la que puedo escabullirme hacia la carretera.
Me muevo en silencio por la casa. Mirabella sigue durmiendo, pero cada vez pesa más.
Va a ser cada vez más difícil cargar con ella mientras huimos por la vida.
Salgo por la entrada de servicio hacia la oscuridad exterior. Sé exactamente dónde están situadas las cámaras.
Me pego a las sombras del muro del jardín. La libertad espera al otro lado, si logro llegar con éxito.
La puerta está oxidada, lo que hace difícil abrirla.
El chirrido que emite parece lo suficientemente fuerte como para despertar al mundo entero.
Pero cuando está lo bastante abierta, me deslizo fuera y avanzo rápido por la carretera.
El coche está esperando, tal como lo organicé.
Aseguro a Mirabella en el asiento trasero; sigue milagrosamente dormida.
—Por favor, lléveme al aeropuerto JFK.
Mientras el conductor arranca, miro por la luneta trasera, esperando plenamente que alguien venga tras nosotras. Pero la carretera está vacía. Lo he logrado.
Miro hacia adelante, sabiendo que ahí es donde debo mantener mi atención. Hacia adelante.
En el JFK, cogeré otro coche e iré a Manhattan, a la terminal de autobuses de Port Authority, donde subiré a un autobús. Aún no estoy segura de adónde.
Elegiré el que esté listo para salir en cuanto podamos subir a bordo.
Cierro los ojos al imaginar la furia de Adriano cuando se dé cuenta de que me he ido, de que Mirabella también se ha ido.
Por un momento, dudo de mi decisión.
Si me encuentra, no me quedará nadie que me proteja.
Pero mi elección es entre saber que mi secreto saldrá a la luz o la posibilidad de ser capaz de dejar atrás a Adriano e Ivan.
—¿Mami? ¿Adónde vamos?
La culpa amenaza con aplastarme el corazón.
Ella es una persona más a la que estoy traicionando.