14. Eva
EVA
Sus labios arden contra los míos, encendiendo recuerdos que he pasado años intentando olvidar.
No debería estar haciendo esto.
No con el secreto que guardo.
No cuando un paso en falso podría destruirlo todo.
Y sin embargo, no puedo apartarme.
Las manos de Adriano se enredan en mi pelo y me deshago contra él como si hubiera estado hambrienta de su contacto.
Quizá lo he estado.
Cuatro años huyendo, mirando por encima del hombro, criando a nuestra hija sola, deseándole, y ahora está aquí, sólido y real y deseándome.
Pero no confía en mí.
El pensamiento atraviesa el deseo.
¿Cómo podría hacerlo?
Le he dado todos los motivos del mundo para dudar.
Si supiera toda la verdad, lo que hice, para quién trabajaba, esta ternura se transformaría en violencia.
Las mismas manos que acunan mi rostro probablemente se cerrarían en torno a mi garganta.
Alessandro ya sospecha.
Lo he visto en sus ojos durante el interrogatorio, la misma frialdad de su padre, Lorenzo.
Solo está esperando la confirmación de lo que ya cree: que los traicioné a todos.
Y Adriano, a pesar de este momento de debilidad, a pesar del anhelo evidente en su tacto, también sospecha.
Me besa a la vez que intenta extraer mis secretos.
Me aparto, sin aliento, con su sabor todavía en mis labios.
Nuestras miradas se entrelazan y me transporto de vuelta a los momentos robados en esta habitación, a sus manos recorriendo mi cuerpo como si estuviera memorizando cada curva.
Qué segura me sentía envuelta en sus brazos, antes de que todo saliera mal.
Dios, cómo le he echado de menos.
No solo físicamente, sino por cómo me hacía sentir. Como si yo importara.
Como si fuera algo más que un simple peón en el juego entre la Bratva Morozova y los Dante.
—Eva. —Su voz pronunciando mi nombre hace que el pecho me duela de anhelo.
Le deseo, más de lo que debería permitirme desear nada.
—No debería. —Pero incluso mientras digo las palabras, mi cuerpo me traiciona, inclinándose hacia su contacto.
—Dime que pare, entonces. —El aliento de Adriano está caliente sobre mi piel.
No soy capaz de articular las palabras.
Cada parte lógica de mi cerebro grita que lo empuje, que recuerde el peligro, la imposibilidad de que esto funcione alguna vez.
Pero mi corazón, que nunca dejó de amarle, suena más fuerte que esas advertencias.
Cuando su boca captura la mía de nuevo, me rindo por completo.
Sus manos están en todas partes a la vez, como si estuviera reaprendiendo la forma de mi cuerpo.
Me arqueo contra él, con mis propias manos recorriéndole.
Tiro de su camisa, desesperada por sentir su piel contra la mía, y él responde recostándome en su cama.
—Dios, he soñado con esto —confiesa, mientras me quita la ropa—. Incluso cuando te odiaba por lo que hiciste, te deseaba.
Alargo la mano, trazando la línea de su mandíbula, necesitando que sepa que no pensaba que fuera solo alguien con quien follar en aquel entonces—. No era solo lujuria antes. Era algo más.
Los ojos de Adriano brillan con emoción.
Me quita la ropa, con una mirada que devora cada centímetro de mí.
Cuando estoy desnuda bajo él, se detiene, bebiéndome con los ojos—. Sigues siendo tan jodidamente preciosa.
Va dejando un rastro de besos por mi cuerpo, demorándose en el punto sensible debajo de la oreja, en el hueco de mi garganta, en la curva de mi pecho.
Cada roce es eléctrico, enviando chispas que recorren mi piel.
Cuando su boca se cierra alrededor de mi pezón, jadeo, aferrándome a sus hombros.
Gimo, la única forma que tengo de comunicar el placer que me produce su contacto. Me succiona el pezón hasta que me retuerzo de necesidad.
Luego sigue bajando por mi cuerpo.
Cuando su lengua lame la parte interna de mi muslo, tiemblo, con el cuerpo tenso por la anticipación.
Soy un manojo de dolor y deseo, lista para explotar.
El primer roce de su lengua contra mi clítoris me arranca un gemido.
Mis caderas se elevan involuntariamente, buscando más.
—Eso es, Eva. Déjate llevar. Déjame saborear cuánto me has echado de menos. —Desliza sus manos bajo mis nalgas, elevándome para poder darse un festín.
Sus labios y su lengua me envían las sensaciones más deliciosas, cada una creciendo sobre la anterior hasta que me desmorono.
—¡Adriano! —grito mientras el placer desgarra mi cuerpo.
Se alza sobre mí y, a pesar de haber acabado de llegar al clímax, quiero más.
Mucho más.
Busco su cinturón, con los dedos torpes.
La hebilla cede y le bajo los pantalones por las caderas, llevándome los calzoncillos con ellos.
—Date prisa —digo, sin ocultar mi desesperación.
Cuando finalmente está desnudo, me recreo en su visión.
Es todo músculo y gracia letal.
Hay nuevas cicatrices marcando su cuerpo, historias de violencia escritas en su piel desde que me fui.
Trazo una cerca de sus costillas, sintiendo cómo se estremece ante mi tacto.
—Te necesito ahora —gruñe mientras acomoda sus caderas entre mis muslos y empuja.
No hay delicadeza cuando entra en mí.
Es solo necesidad pura y primaria.
Exactamente lo que quiero.
Lo que necesito.
Grito, con las uñas clavándose en sus hombros mientras me llena por completo.
La sensación roza el dolor después de tantos años, una deliciosa tirantez ardiente que hace que mi espalda se arquee del colchón.
—Joder —sisea, con la frente presionada contra la mía—. Tan estrecha. Tan perfecta.
No espera a que me adapte, imponiendo un ritmo castigador.
Cada embestida me eleva más, la espiral de placer apretándose, creciendo en lo bajo de mi vientre.
Enredo mis piernas alrededor de su cintura, instándole a ir más profundo, más fuerte.
Sus manos agarran mis caderas con una fuerza que dejará moratones mientras arremete contra mí.
Le sigo el ritmo en cada envite.
Es como si nuestros cuerpos recordaran este baile incluso después de los años separados, después del dolor que causé.
El sudor hace que nuestra piel resbale donde estamos apretados, y el aroma del sexo y de la colonia de Adriano llena mis sentidos.
Es algo instintivo, frenético y maravilloso.
—Mía —gruñe contra mi garganta.
Su ritmo se vuelve errático según se acerca a su punto álgido. —Córrete, Eva. Córrete en mi polla. Llévame contigo. —Su mano se desliza entre nosotros, el pulgar rodeando mi clítoris. El estímulo añadido me lanza por el precipicio.
—Joder... sí... Eva —gime, enterrándose hasta el fondo, restregándose contra mí mientras su descarga se derrama en mi interior.
Se retira, se hunde de nuevo, una y otra vez, hasta que se desploma sobre mí.
Hay todo tipo de razones por las que esto está mal.
Mi secreto.
Su desconfianza.
Pero hay cosas que no se pueden negar.
Con él, siempre he sido imprudente.
Yazgo acurrucada contra el pecho de Adriano.
Sus dedos acarician suavemente mi espalda y por un momento me permito fingir que esta es nuestra vida.
No hay secretos entre nosotros, ni peligros acechando.
—Pensé en ti todos los días —confieso, sintiendo de nuevo la necesidad de darle algo para que sepa que no quise abandonarle—. Cuando Mirabella sonreía de cierta manera o ladeaba la cabeza así, te veía a ti.
El cuerpo de Adriano se tensa—. Visité tu tumba. Cada semana durante un año.
Presiono mi cara contra su piel, incapaz de mirarle. Odio haberle causado tanto dolor, y me desprecio sabiendo que acabaré haciéndolo de nuevo.
—Lo siento. —Mis palabras resultan patéticamente insuficientes frente a la magnitud de su dolor.
Se queda callado un momento—. Háblame de Mirabella… desde el principio.
—Tenía diez meses cuando dio sus primeros pasos. Yo estaba haciendo la cena y me di la vuelta para encontrarla tambaleándose por el suelo de la cocina con esa mirada de absoluta determinación en su cara.
A Adriano se le corta la respiración. Su brazo se aprieta a mi alrededor—. ¿Qué más?
—Su primera palabra fue "pajarito". Ni mamá, ni papá. —Me río suavemente—. Estaba obsesionada con los pájaros. Señalaba a cada uno que veíamos.
Se mueve a mi lado, rodando sobre su costado para quedar frente a mí—. Debería haber estado allí.
Es el dolor, no la acusación, en su voz lo que me destroza—. Lo sé.
—Su primer cumpleaños. Su primera Navidad. Su primer todo. —Presiona su frente contra la mía—. Háblame de su nacimiento.
—Veinte horas de parto. Tenía tanto miedo. —Cierro los ojos, recordando—. Pero entonces me la pusieron en el pecho y me sentí completa. Seguía teniendo miedo, pero estaba completa.
—¿Alguna vez preguntó por mí?
Asiento despacio—. Cuando tenía unos dos años, empezó a notar que otros niños tenían papás. Preguntaba dónde estaba el suyo.
—¿Qué le dijiste?
—Que su papá era valiente y fuerte. Que la querría si la conociera. —Espero a que regrese su ira por haberle ocultado tanto.
Se recuesta—. He perdido tanto tiempo.
—Solo tiene tres años. Quedan muchas primeras veces por venir: el primer día de colegio, el primer diente caído, el primer paseo en bici…
—No me perderé ni un momento más. Ni uno solo.
Quiero creer que algo está creciendo entre nosotros.
Algo que puede durar.
Pero es imposible. Debería irme ahora.
Si no de su casa, de su lado.
Pero no puedo.
Tal vez soy débil porque, aun sabiendo que esto acabará mal, quiero saborear este momento de sentirme deseada.
Me acerco, presionando mis labios contra los suyos.
Él responde, devolviéndome el beso, esta vez sin la urgencia de antes.
Es dulce y tierno, muy distinto al ejecutor en el despacho de Alessandro.
No debería olvidar su tendencia a la violencia como forma de resolver problemas, pero estoy indefensa en sus brazos.
Me guía para que me ponga sobre la espalda, alzándose sobre mí.
Me acaricia el pecho, bajando la mano hasta mi cintura.
Cada roce me atrae más profundamente hacia la fantasía de este cuento de hadas.
Le busco, necesitando conexión, y él viene de buen grado, cubriendo mi cuerpo con el suyo.
Pero donde nuestra primera unión fue una colisión, esta vez, cuando se hunde en mí, lo hace despacio, observando mi rostro mientras nuestros cuerpos se reúnen.
—Quédate conmigo. —Apoya su frente contra la mía—. No te escondas.
Entiendo lo que me está pidiendo.
No solo mi cuerpo, sino mi verdad.
No respondo porque no quiero mentir.
En su lugar, enredo mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndole más profundo.
Nos movemos juntos en un ritmo pausado.
Cada embestida genera una dulce tensión.
Nuestras miradas se quedan fijas mientras el placer crece en suaves oleadas.
—¿No lo sientes? A nosotros.
El pecho se me quiebra en una agonía al saber que no puedo darle lo que quiere, aunque juro que siento cómo me hace promesas cada vez que se balancea contra mí.
—Déjate llevar. Yo te atraparé. —Cambia de posición, empujando y frotándose contra mí.
El clímax no es explosivo como el de antes.
En cambio, florece hacia fuera desde donde estamos unidos hasta que todo mi cuerpo palpita con él.
Grito su nombre, aferrándome a él mientras me sigue por el precipicio, con la cara hundida en mi cuello mientras se estremece dentro de mí.
Permanecemos entrelazados, con los latidos del corazón ralentizándose gradualmente.
—Quédate —dice en voz baja.
Giro mi rostro hacia el suyo y nuestros labios se encuentran en un beso.
—Aquí estoy —respondo, sabiendo que es a la vez verdad y mentira.
Porque algunos secretos no pueden quedarse enterrados para siempre.
Y cuando el mío salga a la superficie, como inevitablemente hará, esta ternura que hemos redescubierto no será suficiente para salvarnos… para salvarme.