El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 13. Adriano
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13. Adriano

ADRIANO

Doy un portazo al entrar en el despacho de Alessandro, importándome una mierda si le doy un susto.

—¿Problemas en el paraíso? —Mi hermano apenas levanta la vista de sus papeles.

—Esconde algo. —Recorro su despacho de un lado a otro, sintiendo la tensión enroscarse en mis músculos—. Le he preguntado directamente por qué la persigue la Bratva y ha evadido la pregunta. Otra vez.

Alessandro suelta el bolígrafo, prestándome toda su atención por una vez.—Te lo dije.

—No empieces, joder. Sé que sospechabas desde el principio.

—Y aun así la has traído aquí. —Se reclina en su silla, evaluándome con la mirada—. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer al respecto?

Dejo de caminar.—¿Nosotros? Tú eres el Don.

—Y aun así, a menudo se te olvida. —Se encoge levemente de hombros—. Que la interroguemos los dos podría soltarle la lengua.

La idea de Eva atrapada entre nosotros, acorralada como una presa, no me acaba de convencer.

Esconde cosas, pero sigue siendo la madre de mi hija.

Sigue siendo la mujer a la que parece que no puedo dejar ir.

—Alguien tiene que quedarse con Mirabella —digo—. Eva no quiere que se despierte sola en una casa extraña.

Alessandro asiente y coge el teléfono.—María, sube y dile a la Srta. Santoro que la necesito en mi despacho. Quédate con su hija hasta que terminemos.

—No vendrá —murmuro—. Es demasiado terca.

Pero cinco minutos después, la puerta se abre. Eva está allí, con mirada recelosa, quizá incluso un poco nerviosa.

Bien.

Quizá por fin nos cuente qué cojones está pasando.

—¿Queríais verme?

Alessandro señala la silla frente a su escritorio.—Siéntate.

Ella vacila, lanzándome una mirada antes de cruzar la estancia y sentarse.

Yo me quedo donde estoy, apoyado contra la pared, observándola.

—Mi hermano me dice que te resistes a explicar por qué te quiere la Bratva —dice Alessandro—. Eso se acaba ahora.

La espalda de Eva se tensa.—Le he dicho a Adriano lo que puedo.

—Que no es nada —intervengo.

—Estás bajo mi techo —continúa Alessandro—. Poniendo en riesgo a mi familia. O nos dices lo que necesitamos saber, o te marchas.

—Sin Mirabella —añado.

El rostro de Eva se queda sin color. El pánico en sus ojos me hace sentir como una mierda.—Es más seguro para ella quedarse aquí. No podéis protegerla...

—La he protegido toda su vida.

—Hasta la otra noche. —Odio haber llegado a esto. Que no sea capaz de ver lo que puedo ofrecerle. Que quizá podamos recuperar lo que perdimos—. Elige con cuidado, Eva. Quiero protegeros a las dos. Pero no puedo luchar contra lo que no veo.

Su mirada va de uno a otro. Una mezcla de miedo, rabia y confusión llena su expresión.

Alessandro se inclina hacia delante, con sus ojos oscuros fijos en ella—.

Dime, Eva, ¿disfrutaste tomando a mi hermano por tonto?

¿Dejando que creyera que estabas muerta mientras criabas a su hija en secreto?

O tal vez has estado trabajando con los rusos todo este tiempo, abriéndote camino de nuevo en nuestras vidas.

Espera un instante, pero Eva no responde.

—Es muy conveniente que aparezcas justo cuando nuestro conflicto con la Bratva se intensifica de nuevo. ¿Cómo sé que no te estás tirando a mi hermano otra vez como una infiltrada de ellos?

Eva aprieta las manos en su regazo—. Yo nunca...

—¿Nunca qué? ¿Mentir? ¿Engañar? Es lo único que has hecho. —Los ojos de Alessandro son fríos—. ¿Qué harías si los rusos amenazaran a tu hija? ¿Nos venderías para salvarla?

La pregunta queda suspendida en el aire. La atención de Eva salta de uno a otro. Cada vez parece más un gato asustadizo.

—Respóndele —digo, necesitando oírlo de sus propios labios.

—Yo... —Traga saliva con dificultad—. Haría cualquier cosa por proteger a Mirabella.

Alessandro da un palmazo sobre el escritorio.—Ahí está. Sinceridad al fin.

—¿Acaso tú no harías cualquier cosa? —me pregunta ella a mí.

—Supongo que sí, incluyendo quitártela, porque tu tiempo huyendo de la Bratva se va a agotar, Eva. Casi se agota la otra noche. No pondré en riesgo su vida. Tienes que entender que soy tu única esperanza.

—Deberías escucharle. —Alessandro se levanta, rodea su escritorio y se apoya en él frente a Eva—. ¿Quieres que la Bratva te deje en paz? ¿Quieres que creamos que no trabajas con ellos? Entonces dinos lo que sabes.

—No sé nada...

—No me mientas. No a la cara. No en mi casa. —El tono de Alessandro me provoca un escalofrío en la columna, algo nada fácil de conseguir.

Eva se amilana y, por un momento, me pregunto si siente un miedo legítimo a que Alessandro pueda hacerle daño aquí mismo y ahora.

No tengo reparos en usar la violencia, excepto contra mujeres o niños.

Me despego de la pared.—Alessandro...

—¿Qué hiciste para la Bratva, Eva? ¿Por qué te persiguen ahora? ¿Les robaste? ¿Les traicionaste como traicionaste a Adriano?

Tiembla mientras vuelve a mirarme en busca de ayuda.

—¿O van tras de ti porque no cumpliste la última vez que estuviste aquí? ¿Era tu trabajo follarte a mi hermano para entrar en la familia Dante? ¿Es eso lo que haces, Eva, abrirte de piernas para espiar a los Dante?

—Alessandro. —Mi tono es una advertencia, dejándole claro que está yendo demasiado lejos.

—Mi padre pensaba que sí. Y no me creo ni por un segundo que hiciera un trato para dejarte marchar de aquí.

Creo que te diste cuenta de que te había descubierto y huiste, fingiste tu muerte para esconderte de todos nosotros.

Pero la Bratva te encontró. Y ahora te tenemos nosotros.

Y no tengo ningún reparo en terminar lo que mi padre habría empezado contigo.

Eva se encoge y algo en mi interior estalla.

—Déjala en paz. —Me interpongo entre ambos, bloqueando la visión que Alessandro tiene de Eva—. Ya has dejado claro tu punto de vista.

—¿Ah, sí? Porque todavía no ha respondido a la pregunta.

Bajo la voz—. Mírala. Está aterrorizada.

—Bien. El miedo suelta las lenguas.

—No de esta manera. Aterrorizarla no va a...

—¿Desde cuándo dejas que un coño nuble tu juicio? —Alessandro sacude la cabeza con decepción.

Aprieto la mandíbula y me cuesta toda mi fuerza de voluntad no agarrar a mi hermano por sus caras solapas y estamparlo contra la pared—. Una palabra más y olvido que eres mi hermano.

Alessandro estudia mi rostro, buscando algo.

Sea lo que sea que ve allí, hace que retroceda.

—Está bien. Tú decides. Pero cuando esto nos estalle en la cara, que pasará, recuerda que te advertí. —Rodea el escritorio de vuelta a su silla—. Ahora es responsabilidad tuya. Cada consecuencia. Cada muerte que le siga. Caerá sobre tu cabeza.

Dirijo mi atención a ella, sintiéndome dividido.

Su negativa a explicar por qué la quiere la Bratva me cabrea.

Más aún porque la deseo con una fuerza increíble, pero su falta de confianza, su engaño, me hacen sentir como un calzonazos.

Pero el miedo en sus ojos me destroza.

Esta es la mujer a la que estuve dispuesto a entregar mi cuerpo y alma.

Y pese a todo, sé que lo haría de nuevo.

Lo único que quiero es mantenerla a salvo.

¿Por qué no me deja?

Se queda paralizada en la silla, con los ojos fijos en Alessandro como si estuviera segura de que va a sacar su pistola y acabar con ella allí mismo.

—Vamos. —Le tiendo la mano—. Vamos a subir de nuevo.

Ella vacila antes de aceptarla; su palma está fría contra la mía.

Salimos en silencio de su despacho y subimos las escaleras.

Mi mente da vueltas, rumiando los mismos pensamientos que he tenido desde que la encontré en aquel callejón.

¿Por qué no pudo confiar en mí?

Hace cuatro años, cuando todo se fue al garete, huyó en lugar de acudir a mí.

Incluso ahora, con su vida y la de nuestra hija pendiendo de un hilo, mantiene sus secretos bajo llave.

Habría quemado el mundo entero para protegerla.

Me habría enfrentado a mi padre.

Habría matado por ella.

Joder, he matado por mucho menos.

En lugar de eso, dejó que creyera que estaba muerta.

Dejó que guardara luto.

Dejó que me convirtiera en el monstruo que soy hoy.

¿Y lo peor?

A pesar de todo, sigo queriendo salvarla.

Cuando llegamos a su puerta, me detengo.—Espera.

Eva me mira, con el agotamiento y el miedo grabados en su rostro.

—Tenemos que hablar. —Echo un vistazo a su puerta, sabiendo que Mirabella está justo detrás con María—. En un lugar privado.

—Debería ver cómo está Mirabella...

—Está bien. Esto no puede esperar. —Señalo hacia el final del pasillo—. A mi habitación. Solo unos minutos.

Me sigue a regañadientes. Cierro la puerta tras nosotros y me apoyo en ella.

Estudio a Eva mientras se queda en medio de mi dormitorio, pareciendo que podría romperse al más mínimo contacto.

Toda la rabia que sentía abajo se ha evaporado, dejando solo cansancio.

—Siento lo de Alessandro. No debería haberte atacado así.

Los hombros de Eva caen ligeramente—. Tiene todos los motivos para no confiar en mí.

—Sí. —Me separo de la puerta y me acerco, con cuidado de que mis movimientos sean lentos. Nada amenazantes—. Pero eso no excusa cómo te ha hablado.

Ella no responde.

Me mira, totalmente derrotada y, sin embargo, veo un destello de algo en sus ojos.

¿Desafío?

¿Sigue planeando huir de nuevo?

—Tuvimos algo real una vez. Antes de que mi padre te amenazara. Antes de que huyeras.

Sus labios se entreabren, pero no salen palabras.

—Entonces confiabas en mí. —Acorto la distancia entre nosotros—. Lo suficiente como para compartir mi cama. Lo suficiente como para tener una hija conmigo.

Sus ojos brillan de dolor—. No era cuestión de confianza.

—¿Entonces de qué se trataba? —Estoy lo suficientemente cerca ahora como para percibir su sutil aroma—. Porque esto me está costando.

—Solo éramos dos jóvenes que se atraían.

Podría haberme apuñalado en el corazón y no me habría dolido tanto como esas palabras—. Ya veo. —Suelto una risa burlona mientras me doy la vuelta—. Mi hermano tiene razón. Soy un calzonazos. Porque estaba seguro de que te amaba. Pero solo era alguien con quien follar, al parecer.

Sus ojos brillan con dolor—. Yo no he dicho eso.

—¿Ah, no? «... solo éramos dos jóvenes que se atraían». ¿De qué otra forma se supone que debo tomar eso?

Ella baja la mirada—. No quería irme, Adriano. Te dije la verdad. Tu padre...

—¿Tenía razón sobre ti? —Me cuesta un esfuerzo enorme mantener a raya mi irritación—. ¿Te enviaron aquí para seducir al Dante más joven...?

—¡No! —Veo cómo el fuego en ella se enciende de nuevo—. No te estaba utilizando. —Tras un momento de vacilación, el fuego se apaga y se deja caer sobre el colchón.

—No entiendo por qué no me dejas ayudarte ahora —digo, arrodillándome frente a ella para que estemos ojo con ojo—. Sea cual sea el control que la Bratva tiene sobre ti, sea lo que sea que hayas hecho, podemos arreglarlo.

Ella sacude la cabeza—. No podéis.

—Ponme a prueba. —Me atrevo a buscar su mano, esperando a medias que la retire. No lo hace—. No soy el mismo hombre que hace cuatro años, Eva. Soy más duro. Más fuerte. —Le aprieto los dedos—. Déjame protegeros a ti y a Mirabella.

Sus labios tiemblan—. Me odiarás.

—Creía que ya te odiaba —admito—. Cuando me enteré de que estabas viva. De que me habías ocultado a nuestra hija.

Ella baja la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

—Pero incluso entonces —continúo—, incluso cuando quiero odiarte, no puedo. —Le levanto la barbilla—. Sea lo que sea, dímelo. Confía en mí.

Puedo ver la guerra interna tras sus ojos, el momento en que empieza a desmoronarse.

—Yo también lo siento —susurra, con los dedos temblando entre los míos—. Tu padre me aterrorizaba más de lo que puedes imaginar. Quería creer que tú podrías protegerme, pero...

—Pero no confiaste en mí lo suficiente como para intentarlo. —No puedo evitar el amargor en mi voz.

Ella me sostiene la mirada, sin pestañear—. ¿Habrías elegido estar conmigo antes que con él? ¿Antes que con tu familia?

Quiero decir que sí. Por supuesto que lo haría. Ahora. ¿Pero entonces? La verdad es que no estoy seguro de lo que habría hecho.

—Ya no importa —continúa ella, retirando la mano—. Es demasiado tarde para nosotros, Adriano.

¿Demasiado tarde? —Y una mierda.

Sus ojos se agrandan ante mi tono.

—Durante cuatro años, he estado muerto por dentro. Caminando, hablando, matando, pero muerto. —Me acerco más—. Entonces te vuelvo a ver y, de pronto, mi corazón late. La sangre fluye. Parte de lo que siento es rabia y traición, pero también alegría y esperanza. Estoy vivo, joder.

Ella sacude la cabeza.

—Y Mirabella... Ella es perfecta, Eva. Un milagro. No me puedo creer que un hombre como yo pudiera crear algo tan asombroso.

—Ella es asombrosa —asiente Eva, con una sonrisa genuina asomando entre su miedo.

—Así que no me digas que es demasiado tarde. —Le tomo la cara entre las manos, sintiendo cómo se acelera su pulso bajo mis yemas—. No cuando acabo de encontraros a las dos.

No espero a que discuta, y lo hará. Así que hago que no pueda. La beso.

Emite un pequeño sonido de sorpresa contra mis labios antes de fundirse conmigo.

Su boca se abre bajo la mía, invitándome a profundizar.

Su sabor es tan dulce como recordaba.

Mis dedos se enredan en su pelo, ladeando su cabeza para profundizar el beso mientras los años que han pasado entre nosotros se desvanecen.

Volvemos a ser ella y yo, y esta necesidad devoradora que nos empuja el uno al otro.

Sus manos se cierran en puños sobre mi camisa, atrayéndome más cerca.

Puedo sentir cómo se desmorona su autocontrol, siento el mismo hambre que me está comiendo vivo.

Rompo el beso para recorrer con mis labios su cuello, sintiendo su pulso acelerado bajo mi boca—. Dime que no sientes esto.

—Nunca he dicho que no lo sintiera —dice con un suspiro—. Ese nunca fue nuestro problema.

Quiero preguntar cuál había sido nuestro problema, pero eso nos devolvería al punto de partida y, ahora mismo, me importa todo una mierda salvo reclamar lo que es mío.