15. Adriano
ADRIANO
Me despierto antes del amanecer, con el cuerpo de Eva curvado contra el mío.
Por primera vez en cuatro años, vuelvo a sentirme humano.
La observo un momento, preguntándome por los demonios que la persiguen y cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a confiar plenamente en mí.
Por ahora, necesito hacer que se sienta segura, y eso empieza por dejar que descanse lo necesario para recuperarse física y mentalmente.
Me deslizo fuera de la cama, con cuidado de no molestarla.
Me visto rápidamente y camino hacia la habitación de Mirabella.
Mi hija.
Todavía resulta surrealista pensar en ello.
Está despierta, de puntillas junto a la ventana, siguiendo con el dedo el rastro de las gotas de lluvia en el cristal.
Se gira cuando entro y se le iluminan los ojos.
—Hola, papi.
Se me encoge el corazón por la facilidad con la que me ha aceptado. —Buenos días, sol. ¿Estás lista para desayunar?
Asiente con entusiasmo. —¿Dónde está mami?
—Dejemos que mami duerma un poco más.
Encuentro la pequeña bata que Eva le compró a Mirabella y la ayudo a ponérsela.
En la cocina, hay un revuelo de actividad del personal que se prepara para la jornada.
—Queremos hacer tortitas —anuncio ante sus expresiones de sorpresa.
Nos dejan espacio e ingredientes. Subo a Mirabella a la encimera mientras preparo las tortitas.
Se ríe cuando dejo que eche pepitas de chocolate en la masa. —Más. —Da palmaditas. Por supuesto, dejo que añada más.
Durante los días siguientes, paso tiempo con Mirabella, maravillado por la persona que es.
Las mañanas son nuestras mientras Eva duerme y se recupera.
Con la ayuda de Sophia, he aprendido a trenzar el pelo de Mirabella.
Hemos estudiado los pájaros que frecuentan el jardín y hemos encontrado más piedras de hadas.
Como es lógico, hay trabajo que hacer, así que durante el día estoy fuera.
Pero por la noche, Eva y yo leemos cuentos de hadas con Mirabella acurrucada entre nosotros en su nueva cama de hadas.
Recuerdo que pensé que a Luca se le había reblandecido el cerebro cuando supo que era el padre de Enzo.
Ahora lo comprendo.
Hay un cambio profundo en el alma de un hombre cuando se convierte en padre.
Las prioridades se expanden y, al mismo tiempo, se enfocan con precisión.
El nerviosismo de Eva se calma, al menos cuando está conmigo.
Estoy seguro de que pronto me contará todo lo que necesito saber sobre por qué la Bratva está interesada en ella.
Por ahora, voy a demostrarles a ella y a Mirabella que su hogar está aquí, conmigo.
Se acabó el huir.
Se acabó el temer por sus vidas.
Hoy libro y decido darles un capricho a mis chicas.
Con la ayuda del personal de cocina, organizo un picnic.
—¿Crees que veremos hadas? —me pregunta Mirabella, con su mano en la mía mientras caminamos hacia la zona que he elegido para nuestra comida. En la otra mano, llevo la gran cesta de picnic.
—Bueno, ya sabes que las hadas son tímidas, pero apuesto a que si somos pacientes, las veremos. —Miro a Eva, que camina al otro lado de Mirabella, y le guiño un ojo.
Su sonrisa es dulce, como si le reconfortara el corazón ver el padre que soy para Mirabella.
Si tan solo pudiera derribar el muro que ella sigue utilizando para mantener partes de sí misma lejos de mí.
Interiormente, me río de mí mismo.
¿Quién iba a decir que podía ser tan blando?
Extiendo una manta bajo el roble, no muy lejos de un riachuelo que cruza la propiedad cerca de la parte trasera.
—¿Está bien aquí? —le pregunto a Mirabella, que salta sobre sus talones a mi lado.
Asiente con entusiasmo, aferrando la muñeca de hada que le compré ayer. —¿Podemos comer ya las fresas?
—No veo por qué no.
Eva empieza a desempacar el almuerzo, ignorando el hecho de que a veinte metros de distancia, uno de los soldados de mi hermano se apoya contra un árbol, fingiendo fumar mientras vigila el perímetro.
No nos está protegiendo. El perro guardián de Alessandro fue asignado para vigilar a Eva.
La vigilancia constante me crispa los nervios, pero es la concesión que tuve que hacer.
Teniendo en cuenta los secretos que aún guarda, no puedo negar que es una buena idea vigilarla.
Pero, joder, no hace falta que la vigilen cuando está conmigo.
Estoy justo aquí.
Puedo vigilar a mi propia mujer.
Pero la voz de Alessandro resuena en mi cabeza: —No puedo dejar que tu polla tome decisiones por la familia. —No es mi polla el problema. Es cuánto deseo recuperar lo que perdí. Si me equivoco con Eva, no será mi polla la que sufra. Será mi corazón.
—Aquí tienes unas cuantas —dice Eva, poniendo fresas rojas maduras en un plato y dándoselas a Mirabella.
La luz del sol se refleja en su pelo y, por un momento, olvido todo lo demás.
Eva sonríe, algo que no hace a menudo.
Mirabella se sube al regazo de Eva y se come sus fresas.
Organizo la comida entre nosotros.
—Hace un día precioso. Es una idea muy buena —dice Eva, atrapando una fresa que casi se sale del plato de Mirabella.
Sonrío. —Quiero que ella también tenga recuerdos normales. No solo habitaciones lujosas y equipos de seguridad.
El guardia asignado a Eva cambia de posición, moviéndose para mantenernos en su línea de visión. Eva se tensa a mi lado.
—Ignóralo —susurro—. Hoy es solo para nosotros.
Lo que no digo es cómo estoy luchando contra la sospecha de mi hermano con estos pequeños momentos de normalidad.
Cómo estoy intentando demostrarle a Eva que puede confiar en mí, que puede confiar en que quemaré el mundo antes de dejar que nadie les haga daño a ella o a nuestra hija.
Al mismo tiempo, no puedo negar la semilla de duda que crece cada día que Eva me oculta sus secretos.
¿Qué esconde Eva?
A pesar de su deseo de huir, no ha llamado a nadie.
No ha hecho nada sospechoso.
Nada que sugiera que está intentando contactar con la Bratva.
Ningún intento de la Bratva de contactar con ella.
Alessandro insistió en la vigilancia, pero yo soy quien revisa los registros de llamadas y entregas.
Quiero sentir alivio porque hasta ahora no se haya puesto en contacto con nadie.
Pero sus secretos me preocupan.
—Estás pensando demasiado alto —dice Eva, limpiando el zumo de fresa de la barbilla de Mirabella.
—Solo estoy disfrutando de las vistas —miento, forzando mi rostro a relajarse.
El hombre de Alessandro se mueve de nuevo.
Los ojos de Eva siguen el movimiento antes de volver a Mirabella.
Su hiperalerta me indica que está en guardia.
No es solo el residuo de haber estado huyendo.
Sabe que Alessandro no confía en ella.
Mirabella deambula cerca del agua mientras Eva y yo disfrutamos de queso, pan francés y champán.
—¡Papi, mira! —Mirabella levanta su muñeca de hada, ahora adornada con una corona de flores de trébol—. ¡Ahora es la reina de las hadas!
Me inclino hacia delante para inspeccionar su obra. —La reina más hermosa que he visto en mi vida.
Comemos y jugamos, y cuando Mirabella bosteza, saco un libro viejo que encontré y que había sido de mi hermana Valentina cuando era niña.
Mirabella se tumba boca abajo mirando los dibujos de princesas.
Y, como ocurre casi siempre que la miro, me inunda el asombro y el orgullo.
Me apoyo en el tronco del roble, saboreando este momento.
Por primera vez en años, me siento tranquilo, asentado.
Todo gracias a Eva.
—¿Qué? —Eva me pilla observándola.
—Nada. —Pero no es cierto, porque esto... sea lo que sea... lo es todo.
Mirabella se levanta de repente. —¡Voy a buscar más flores para la reina Cristalbell!
—Quédate donde podamos verte —grita Eva mientras nuestra hija corre unos metros, con su muñeca de hada bien sujeta en una mano.
En cuanto se distrae, me acerco a Eva. —Gracias.
—¿Por qué? —Sus ojos se encuentran con los míos.
—Por ella. Por esto. —Señalo el espacio entre nosotros—. Por volver a casa conmigo y quedarte.
Cuando rozo mis labios con los suyos, se pone rígida por un instante antes de derretirse contra mí. El beso es suave, una invitación para ayudarla a relajarse y a creer en mí.
—Adriano... —Hay una advertencia en su tono, pero no estoy seguro de si es por Mirabella o por el guardia.
Pero me importa un bledo si alguien me ve besando a Eva. Así que le robo otro beso, más profundo esta vez. El esbirro de Alessandro puede mirar todo lo que quiera. Que le informe a Alessandro de que me estoy enamorando de ella otra vez. Ya es demasiado tarde.
Cuando nos separamos, acaricio su labio inferior con el pulgar, sintiendo cómo se le entrecorta la respiración.
—Podríamos ser esto —le digo, con voz baja y feroz—. Siempre.
Ella baja la mirada, y su evasiva se siente como un puñetazo en el estómago. —¿De verdad crees que podemos tener lo que teníamos antes?
—Casi lo tenemos ya.
—Excepto por Alessandro. —Echa una mirada al soldado asignado para vigilarla.
—¿Quieres mudarte? Nos mudaremos. —No sé qué me está pasando. Es más seguro para todos permanecer en el complejo. Pero si las preocupaciones de Eva están ligadas a la desconfianza de Alessandro, entonces lo solucionaré separándolos.
Ella abre mucho los ojos. —¿Harías eso?
—Eva, ¿cuándo vas a entender que haré cualquier cosa por ti y por Mirabella?
Esta vez, ella me besa a mí, y se siente como una victoria. Como si estuviera un paso más cerca de recuperar todo lo que perdí. De que Eva y Mirabella sean mías. Permanentemente.
A pesar de las sospechas de Alessandro, a pesar de los rusos que la persiguen, a pesar de lo que sea que ella todavía oculte, son mías.
Y que el cielo ayude a quien intente arrebatármelas.