11. Adriano #2
—Entonces haremos un reino de hadas —declaro—. Con luces como estrellas y flores en las paredes.
Su cara se ilumina con una sonrisa que siento desde lo más profundo. En ese momento, sé que quemaría el mundo hasta reducirlo a cenizas para proteger a esta niña.
—Las hadas son preciosas, pero lo que necesitamos es ropa. Todo lo que teníamos se quedó atrás cuando huimos —dice Eva.
El pensamiento de Eva y mi hija sin nada más que lo puesto me provoca otra oleada de ira, aunque no tengo claro contra quién.
¿Contra la Bratva por obligarlas a huir sin nada?
¿Contra Eva por no confiar en mí?
Contra mí mismo, que debería haberla encontrado antes y haberla protegido a ella y a Mirabella.
—Organizaré todo para que vayas de compras hoy. Todo lo que necesites está cubierto.
—Gracias.
—Pero Mirabella se queda conmigo. —Juro que puedo ver los engranajes girar en la mente de Eva, planeando su huida.
—Adriano...—
—No es negociable, Eva. Me he perdido tres años. No voy a perderme ni un minuto más.
Los ojos de Eva echan chispas. —Crees que voy a huir.
No es una pregunta. Ambos sabemos la respuesta.
—¿Puedes culparme? Huir parece ser tu especialidad.
Ella se amilana, pero yo no cedo. La confianza se gana y, ahora mismo, la suya está bajo mínimos.
—Y como he dicho, tengo tres años que recuperar. No intentes impedirme que conozca a mi hija.
Eva nos mira a mí y a nuestra hija. —Ella no te conoce.
—¿Y de quién es la culpa? —le espeto. Al darme cuenta de que puedo asustar a Mirabella por increpar a su madre, suavizo la voz y le presto atención a ella—. ¿Te gustaría quedarte conmigo hoy? Podemos empezar a planear tu habitación de hadas. Y tal vez tomar un helado.
Mirabella abre mucho los ojos al oír hablar de helado. —¿De chocolate?
—Del sabor que tú quieras.
Eva sabe que ha perdido esta batalla. —Solo unas horas. Y me llamarás si necesita algo. Prométemelo.
—Lo prometo. —Sostengo su mirada con firmeza—.
La protegeré con mi vida, Eva. Eso es algo de lo que nunca tendrás que dudar.
—Hago gestiones para que Eva vaya de compras con Sophia, la gobernanta, y varios hombres para protegerla de la Bratva que pudiera estar siguiéndola, y también para evitar que huya.
Hasta que no sepa por qué la quiere la Bratva, ella no es libre fuera de la protección de los Dante.
Llevo a Mirabella al jardín y observo cómo se le asombran los ojos ante los amplios terrenos.
Su manita en la mía se siente como un ancla en mi corazón.
Es la sensación más extraña.
—¿Qué comen las hadas? —pregunto, señalando un grupo de flores silvestres.
—Miel y gotas de rocío —responde sin dudar.
La subo a mis hombros y sus deditos se agarran a mi pelo. —¿Deberíamos dejarles algo?
Su risita de deleite vibra en mi interior. —¡Sí! Y también les gustan las cosas brillantes.
Recogemos piedras lisas y las colocamos formando dibujos bajo las rosas.
Ella recoloca las piedras que no cumplen con sus estándares.
—Así —insiste.
Sigo sus instrucciones, riéndome de cómo este temido ejecutor acata ahora las órdenes de una experta en hadas de tres años.
—¿Qué más les gusta a las hadas? —pregunto, viendo cómo Mirabella coloca piedrecitas en círculo.
—La música. Bailan cuando nadie las mira. ¿Tú bailas, papá?
Papá.
Dios.
El aire se escapa de mis pulmones al oír ese nombre. —Yo... ah... no. Nunca tengo la oportunidad.
—Yo puedo enseñarte. Es fácil.
Eso me gustaría, aunque imagino las burlas que recibiré de Alessandro y de los hombres. Oh, bueno. Que les den.
Cuando bosteza, me siento bajo un roble, acunándola contra mi pecho.
—¿Yo estaba en tu tripita? —pregunta.
Sonrío. —No, princesa. Estabas en la de tu mami. Pero estás en mi corazón.
Desde el minuto en que supe que era su padre, supe que me había perdido mucho.
Pero cuanto más tiempo paso con ella, más consciente soy de exactamente cuánto.
No solo los primeros pasos.
Todo. Cada día.
Durante tres años.
¿Por qué?
¿Por qué mi padre desconfiaba de ella?
¿Por qué no acudió a mí?
Vale que mi padre fuera el Don, pero yo podría haber hecho algo, incluso ayudarla a escapar si hubiera hecho falta.
¿Y por qué, después de cuatro años, Ivan Vasiliev iba a cazar personalmente a Eva?
La Bratva no desperdicia recursos persiguiendo a mujeres cualquiera por todo el país.
Hay algo que no me está contando.
Algo más allá de las sospechas de mi padre.
Eva siempre ha tenido muchas capas.
Eso fue lo que me atrajo de ella al principio.
Había un misterio tras sus ojos color miel.
Pero ahora esos secretos amenazan no solo su vida, sino la de nuestra hija.
—Las hadas conocen los mejores escondites —dice Mirabella de la nada.
—¿Ah, sí?
Ella asiente. —Eso es lo que dice mamá.
Se me tensa la mandíbula.
Esta niña se ha pasado la vida huyendo, escondiéndose, viviendo con miedo por culpa de aquello en lo que Eva esté metida.
¿Qué podría valer la pena para hacer pasar a una niña por algo así?
El impulso de buscar a Eva ahora mismo y exigirle respuestas me quema por dentro. Pero Mirabella me tira de la mano.
—Mira. —Coge una piedra que hay junto a nosotros bajo el árbol—. Esta es para ti. Es mágica.
—¿Lo es? —Cierro los dedos alrededor de ella con suavidad.
—Mmm-hmmm. Mantiene alejados a los monstruos.
Trago saliva con dificultad. —¿Has visto monstruos antes, princesa?
Ella asiente solemnemente. —Los hombres malos.
Algo se rompe dentro de mí.
¿Qué clase de madre es Eva para haber obligado a su hija a soportar tal trauma?
Es difícil reconciliar a la mujer que conocía con la que estoy descubriendo ahora.
Obtendré mis respuestas.
—Bueno, ya no tienes que preocuparte más por los monstruos —le prometo, estrechándola contra mí—. Yo los mantendré alejados.
Su pequeño cuerpo se relaja contra el mío, confiando plenamente en mí. En este momento, comprendo a mi hermano Luca y su devoción enloquecida por Katerina y Enzo.
Cómo su vida pasó a centrarse únicamente en ellos y que le dieran por saco a todo lo demás.
Yo siento eso por esta niña a la que apenas conocí ayer.
La protegeré de los monstruos, e incluso de su madre, si es necesario.