El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 11. Adriano
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11. Adriano

ADRIANO

Miro fijamente el techo, incapaz de dormir. Su sabor aún permanece en mis labios.

Joder.

Me digo a mí mismo que es solo algo físico, recuerdos de lo que tuvimos una vez.

Ella misma lo ha dicho: es una persona diferente. Y vaya si lo es, porque la mujer que yo conocía no me habría dejado creer que estaba muerta, ni me habría ocultado a mi hija.

Me veo obligado a considerar que nunca llegué a conocerla de verdad.

Las sospechas de Alessandro resuenan en mi cabeza.

Puede que nuestro padre fuera un monstruo, pero sus instintos rara vez fallaban.

Si sospechaba que Eva lo traicionaba...

Soy un imbécil por haberla perseguido pensando que encontraría lo que teníamos hace cuatro años.

En su lugar, he encontrado a una mujer que me destrozó a propósito, que me ocultó a mi hija y que esconde más secretos.

Debo tener presentes mi ira y mi desconfianza hacia ella si no quiero volver a caer bajo su hechizo.

Me despierto a la mañana siguiente tras una noche inquieta. Todavía cabreado por todo lo ocurrido, me centro en ser padre. Pienso en Luca cuando supo que era el padre de Enzo. Para ser un hombre impredecible y volátil, se adaptó a la paternidad de maravilla. ¿Podré hacer yo lo mismo?

Estoy decidido a proteger a Mirabella, sin importar lo que Eva quiera.

Voy a empezar por conocerla y hacerle un hueco en mi corazón y en mi casa.

Y si Alessandro me da problemas, bueno, quizá me mude a Chicago como Luca y Valentina.

Me pongo unos vaqueros y una camiseta, con la intención de tomarme el día libre.

Luego me dirijo a la cocina a por café.

Llevo el café al despacho de Alessandro, sin molestarme en llamar.

Él levanta la vista de unos papeles.

—Me tomo el día libre para conocer a mi hija. Voy a darle la habitación de invitados que está al lado de la mía.

Alessandro arquea una ceja. —Estás muy crecido dándome órdenes.

—He dado mi vida por esta familia. Lo mínimo que puedes hacer es concederme esto.

Se recuesta en su silla. —Actúas como si yo no hubiera dado mi vida por esta familia.

Me encojo de hombros. —Tú no tienes nada más. Pero oye, si te enamoras o descubres que tienes un hijo, te apoyaré para que te tomes tiempo para⁠⁠—

Él se ríe. —Eso no va a pasar. Y no voy a interponerme entre tu hija y tú, pero tengo que reiterar que no se puede confiar en Eva.

Asiento, haciéndole saber que lo entiendo e incluso que estoy de acuerdo.

—¿Ha dicho algo?

—¿Aparte de que nuestro padre la amenazó? No. Pero si hay algo ahí, lo averiguaré.

Me estudia por un momento. —¿Y si él tenía razón? ¿Y si ella era uno de los varios infiltrados de la Bratva en la familia?

Se me tensa la mandíbula.

A cualquier otro lo mataría.

Pero es Eva.

¿Podría matarla?

¿A la madre de mi hija?

Espero no tener que averiguarlo. —Haré lo que sea necesario.

Dicho esto, salgo y me centro en Mirabella.

Nunca he decorado la habitación de un niño. Nunca pensé que me haría falta.

Pero saco el teléfono y empiezo a buscar y a pedir todo lo que una niña de tres años podría desear.

Muñecas.

Libros.

Una lámpara de noche con forma de estrella.

Sábanas rosas con unicornios.

Joder, no sé qué le gusta.

Pero debería saberlo. Debería conocer su color favorito, saber cuándo dio sus primeros pasos y cuál fue su primera palabra.

Culpo a Eva de no saber estas cosas, pero aparto ese pensamiento, decidido a aprenderlas ahora.

Subo a la antigua habitación de Valentina, donde instalé a Eva y Mirabella anoche.

Llamo a la puerta de Eva, odiando que el corazón me lata a mil, como a un puto adolescente, ante la idea de volver a verla.

Eva abre la puerta, con un aspecto más suave que ayer.

El sueño le ha devuelto el color a las mejillas.

—Tenemos que hablar —digo, pasando a su lado para entrar en la habitación. Veo que han subido bandejas de desayuno y parece que ambas han comido.

Mirabella está sentada en el asiento de la ventana, con su carita orientada hacia el jardín, donde los pájaros revolotean entre las ramas.

Durante un momento la observo, maravillado por cómo se le iluminan los ojos al mirar el mundo.

Yo ya no veo maravillas en el mundo, pero ahora mismo lo siento.

—¿Ha dicho algo? —le pregunto a Eva en voz baja—. ¿Sobre que yo soy su padre?

Ella niega con la cabeza. —No, nada.

Una sensación de rechazo me oprime el pecho.

Tal vez no me quiera como padre.

Quién sabe lo que Eva le habrá contado sobre mí.

—Pero estaba casi dormida y no siempre puede seguir las conversaciones de los adultos —dice, como si me leyera el pensamiento.

Observo a mi hija; sus pequeños dedos presionan el cristal de la ventana cuando un arrendajo azul se posa en una rama cercana.

—Tenemos que explicárselo ahora —digo—. No quiero perder ni un día más.

Eva parece considerar la posibilidad de discutir, pero luego asiente. —Está bien.

Respiro hondo, preparándome para la presentación más importante de mi vida.

Eva llama a Mirabella e indica con palmaditas que se siente en la cama.

El corazón me martillea en el pecho, pero esta vez no tiene que ver con Eva.

Tiene que ver con Mirabella y con si me aceptará como su padre.

—¿Recuerdas que te contaba historias de tu papá? ¿De que era muy valiente y fuerte? —comienza Eva, sorprendiéndome con la descripción que hace de mí.

Mirabella asiente. —Y guapo.

Eva me mira y se sonroja. —Sí, y guapo. Pues bien, Adriano... él es tu papá.

Mirabella lo estudia.

Incluso viniendo de una niña de tres años, ese escrutinio es inquietante.

Me aclaro la garganta. —Hola, Mirabella.

Ella arruga la cara. —Eres muy grande.

—Lo soy —logro decir, sin saber qué más añadir. ¿Eso es bueno o malo?

—Mami dijo que estabas muy lejos.

Se me aprieta la garganta. —Lo estaba. Pero no sabía que existías. Si lo hubiera sabido... —Miro a Eva, incapaz de ocultar mi resentimiento—. Si lo hubiera sabido, nunca habría estado lejos.

Mirabella inclina la cabeza; su escrutinio continuo me hace sudar.

¿Qué busca?

¿Qué ve?

¿A un monstruo?

¿A un extraño?

Lucho contra el impulso de llenar el silencio, esperando en cambio a que ella lo procese.

Pero, joder, esta necesidad de su aprobación es aterradora.

—Tú nos salvaste de los hombres malos.

Trago saliva y me arrodillo con cuidado a su altura, preocupado de que mi tamaño la ponga nerviosa. —Lo hice. Me alegra haberlo hecho.

Mirabella extiende una manita y la pone sobre mi mejilla. —¿Ahora vamos a vivir contigo?

—Sí —respondo sin dudar.

Eva se pone rígida a mi lado. —Adriano, no hemos hablado de⁠⁠—

—No hay nada de qué hablar —la interrumpo, manteniendo la voz calmada por el bien de Mirabella, aunque la rabia empiece a gestarse—. La Bratva te quiere. No dejarán nunca de cazarte. Y ahora que sé lo de mi hija, ¿crees sinceramente que voy a dejar que te la lleves y desaparezcas otra vez?

Los ojos de Eva centellean. —No puedes decidir nuestro futuro así como así.

—¿Como tú decidiste el mío cuando dejaste que pensara que estabas muerta? ¿Cómo decidiste el de Mirabella al negarle un padre?

—La estaba protegiendo⁠⁠—

—Estabas huyendo. Eso es lo que haces, Eva. Huyes. De la verdad, de las consecuencias, de mí. —Es jodidamente difícil no gritar—. Me robaste años que nunca podré recuperar.

Eva se amilana, pero yo no me detengo.

—Así que perdóname si no me preocupan especialmente tus sentimientos sobre dónde deberías vivir. Por lo que a mí respecta, tu juicio ha sido cuestionable desde el principio.

Mirabella frunce el ceño mientras usa ambas manos para dirigir mi atención hacia ella. —¿Estás enfadado?

Tomo aire. —Quiero ser tu padre. No quiero perderme nada más de tu vida.

Ella se baja de la cama y se acurruca a mi lado.

Se me hincha el pecho.

Este pequeño gesto me llena de emociones intensas que nunca antes había sentido.

Miro a Eva. —Lo pondré fácil. ¿Quieres irte cuando esto termine? Bien. Cuando me hayas contado exactamente por qué la Bratva te quiere muerta, cuando Ivan Vasiliev deje de respirar, podrás marcharte. Pero Mirabella se queda conmigo.

Eva abre mucho los ojos y se pone pálida. —No puedes quitármela.

—No estoy quitando nada. Estoy reclamando lo que me robaron. —Retiro un mechón de pelo de la frente de Mirabella, maravillado de que algo tan delicado pueda venir de mí—. Se merece estabilidad, protección. Un hogar donde no tenga que estar huyendo constantemente.

Mirabella nos mira a ambos; estoy seguro de que percibe la tensión. —¿Podemos quedarnos, mamá?

Veo la ferocidad materna en la mirada de Eva. No es muy distinta del instinto protector que me recorre la sangre.

—Nos quedaremos por ahora —dice Eva, más para Mirabella que para mí.

¿Pero qué otra opción tiene?

El hecho de que pueda ver en sus ojos cómo calcula cuándo y cómo escapar me dice que todavía oculta algo.

De lo contrario, ¿no estaría feliz de estar a salvo bajo la protección de los Dante?

Quiero interrogarla ahora mismo sobre lo que ha estado pasando, pero mi prioridad ahora es Mirabella.

—¿Quieres ver una sorpresa? —le pregunto a Mirabella.

—¿Qué tipo de sorpresa?

Me levanto y le tiendo la mano, sin saber si la cogerá. Pero tras un momento de vacilación, sus diminutos dedos se entrelazan con los míos.

—Tengo una habitación para ti. Tu propio espacio. —La guío a la habitación de al lado, con Eva siguiéndonos de cerca. Cuando abro la puerta de la habitación de invitados vacía, Mirabella mira a su alrededor.

—¿Dónde están los juguetes?

—Todavía no tiene nada —explico, agachándome a su nivel—. Eso es porque quiero que me digas qué es lo que te gusta. Esta habitación puede ser lo que tú quieras que sea.

Ella abre mucho los ojos. —¿Cualquier cosa?

—Cualquier cosa. ¿Qué es lo que más te gusta del mundo?

Se retuerce un poco, de repente tímida. —Las hadas.

—¿Hadas? —repito, y ella asiente con creciente entusiasmo.

—Son mágicas, tienen alas y viven en las flores —explica, moviendo las manos mientras habla—. Y saben esconderse.

Esa última frase me rompe un poco. Mi resentimiento hacia Eva crece por haber puesto a su hija —a nuestra hija— en semejante peligro.