7. Adriano
ADRIANO
El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto llena el silencio del coche mientras los conduzco de vuelta a Long Island.
Eva mira por la ventana; imagino que está planeando su huida. Mirabella duerme en el asiento trasero.
No es así como imaginé que volvería a encontrar a Eva.
En mis momentos más oscuros, había fantaseado con su regreso; a veces como un fantasma que me perseguía por no haber sabido protegerla, otras veces como una mujer que había escapado de un loco que buscaba venganza contra mi familia.
Ninguna fantasía me ha preparado para la realidad: Eva, apaleada y ensangrentada, aferrada a una niña que no es mía, mirándome como si fuera la amenaza que más teme.
Se suponía que nunca debías saber que seguía viva.
Me hizo pasar por un infierno a propósito.
Eligió a otro hombre.
Eligió tener un hijo suyo.
Eligió dejar que yo creyera que estaba muerta.
Entonces, ¿por qué cojones está en mi coche?
Me digo a mí mismo que la traigo a casa únicamente para proteger a la niña.
Los niños son inocentes.
Merece estar a salvo independientemente de quién sea su padre.
Y necesito descubrir qué quiere Ivan de Eva.
¿Por qué iba la Bratva a gastar tantos recursos en cazar a una sola mujer?
Esas son las únicas razones.
No la forma en que me ha dado un vuelco el corazón al verla por primera vez.
Ni la rabia visceral que me ha consumido al ver a esos hombres acorralarla.
Y, por supuesto, no el destello de nuestro pasado que me ha quemado por dentro cuando he tocado sus heridas.
Miro por el espejo retrovisor a la niña que duerme.
Tiene los rasgos de Eva, aunque algo en ella me resulta familiar.
Quizá no sea más que el fantasma de lo que podría haber sido.
La familia que una vez pensé que tendríamos.
No. Eva mató ese futuro el día que desapareció.
Mató mi capacidad de amar, de confiar.
Y eso es una bendición.
El amor es debilidad, y he pasado cuatro años purgándome de toda debilidad.
Así que la mujer que está a mi lado es un mero medio para un fin, una forma de obtener información y dañar a Ivan, nada más.
Al menos, eso es lo que no dejo de decirme.
Cuanto más nos acercamos al complejo, más fuerte aprieta Eva el tirador de la puerta.
Cada kilómetro parece aumentar su ansiedad.
Es casi como si yo no fuera el único al que teme.
—Relájate —le digo—. Ya te he mantenido con vida una vez hoy.
No responde, solo se vuelve para comprobar cómo sigue Mirabella, profundamente dormida en el asiento de atrás.
Cuando las puertas de hierro de la finca Dante aparecen a la vista, Eva se estremece.
El extenso recinto no ha cambiado.
Sigue siendo una fortaleza, más aún después de que la Bratva lograra entrar e intentara matar a Katerina y a Luca el año pasado.
Para el ojo ajeno, sin embargo, parece una mansión normal.
Me detengo ante la verja y freno mientras los guardias salen. —Hola, Joey. La llevo a ver al Don.
—Faltaría más, señor Dante. —Joey asiente a otro guardia, que abre la verja.
—Por favor —dice ella, con la voz llena de pavor—. Al Don no.
—Tiene que saber que estás viva. —Hago una pausa, estudiándola, sin entender su miedo—. Y por qué la Bratva te desea tanto como para arriesgarse a una guerra con nosotros.
Las puertas se abren y entro con el coche. Cuando aparco, ella no se mueve.
—Fuera —le ordeno, abriendo su puerta.
Duda, pero acaba saliendo; su cuerpo se mueve como el de una anciana mientras se apoya en el coche.
—Deja que te ayude...
—Tengo que coger a Mirabella.
—Ya la cojo yo. —La parte blanda de mí que creía desaparecida se abre paso, haciéndome considerar la idea de llevarla a un dormitorio para que descanse. Está herida y agotada.
Pero sé que Alessandro se cabrearía si no se la llevara a él primero.
Y no quiero ser blando.
No por la mujer que me dejó sin decir palabra.
Eva camina cojeando a mi lado, apoyándose en mi brazo mientras yo cargo con Mirabella, que se ha vuelto a dormir.
El peso de la niña contra mi pecho despierta más ternura, y también celos.
Esto, entrar en nuestra casa cargando con una niña soñolienta con Eva a mi lado, debería haber sido mío. Endurezco mi expresión, enterrando el pensamiento.
—Señor —me saluda uno de los guardias en la entrada.
—Tony, ¿está en su despacho?
—Sí, señor.
Eva se queda paralizada contra mí. —Adriano, por favor...
—No es negociable. —La guío hacia delante, luchando contra el impulso de consolarla como habría hecho antes.
Abro la puerta del despacho de Alessandro sin llamar.
Alessandro está sentado donde antes se sentaba nuestro padre, con papeleo desparramado por el escritorio; levanta la vista al vernos entrar.
Eva tropieza a mi lado, y su cuerpo se queda completamente rígido.
La palidez cubre su rostro mientras mira fijamente a mi hermano. —Tú... no eres el Don Dante.
La expresión de Alessandro se endurece al ver a Eva y a la niña que duerme en mis brazos. Me lanza una mirada inquisitiva y recelosa.
—Han pasado muchas cosas desde que desapareciste —le digo a Eva, guiándola hacia una silla antes de que se desplome y entregándole después a Mirabella—. Mi padre fue asesinado. Alessandro es el Don. Ya te pondré al día del resto más tarde.
El alivio que inunda su rostro es inconfundible.
¿Por qué la ausencia de mi padre le produce tanto consuelo?
Otro misterio que añadir a la creciente pila de preguntas que rodean su regreso.
Mi hermano se pone en pie, abrochándose la chaqueta del traje como si necesitara ese momento para recuperar la compostura. —Eva Santoro. Pensamos que te habíamos enterrado.
—Lo intentasteis —murmura, pero a continuación añade con más fuerza—. No.
Él vuelve a mirar a la niña y luego a mí, con ojos interrogantes.
—Ella y la niña necesitan protección...
—No.
—¿Qué? —Doy un paso adelante, desafiante.
—He dicho que no. —La voz de Alessandro baja a ese tono peligroso que hace que hasta los criminales más curtidos se replanteen sus decisiones de vida—. No vamos a darle refugio.
Una ira incandescente estalla en mi interior. —No te he pedido permiso.
—Esto no es una discusión, Adriano. —Alessandro rodea el escritorio—. ¿La mujer desaparece, deja que pensemos que está muerta durante años y luego reaparece convenientemente cuando la Bratva va a por nosotros?
—La están cazando —gruño—. Yo mismo lo he presenciado.
—Tal vez eso sea exactamente lo que querían que vieras.
—Me marcharé encantada...
Me doy la vuelta y la fulmino con la mirada.
Mirabella se agita y abre mucho los ojos al darse cuenta del nuevo lugar y de la expresión de enfado en el rostro de mi hermano.
—¡Tony! —brama Alessandro.
Tony asoma la cabeza. —¿Jefe?
—Por favor, lleva a la señorita Santoro y a la niña a la cocina para que pueda hablar con Adriano en privado. Estoy seguro de que la señora Gallo podrá encontrar algo para que coman.
Por un momento pienso que Eva va a protestar, pero luego se levanta, un poco más firme ahora, y asiente. Sospecho que espera encontrar una vía de escape.
—No le quites el ojo de encima —le digo a Tony, quien asiente y guía a Eva y a Mirabella fuera del despacho.
Cuando estamos a solas, Alessandro dice: —No me obligues a recordarte cuál es tu lugar.
Entorno los ojos.
Por primera vez, me siento como imagino que se sintió mi hermano Luca cuando la familia se volvió contra él.
Yo me había puesto ciegamente del lado de nuestro padre y, más tarde, de Alessandro. Ahora me siento mal por ello.
Alessandro respira hondo. —Ella será tu perdición.
—Ya fue mi perdición una vez. ¿Qué más da una vez más?
—Me importa una mierda con quién quieras follar, excepto con esa mujer.
Me acerco más, invadiendo su espacio, con los puños apretados a los costados. —Te he sido leal toda mi vida. Nunca te he pedido nada, Alessandro. Ni una sola vez. He sido tu ejecutor, tu soldado, tu hermano.
—Has cumplido con tu deber...
Suelto una risa burlona. —A veces eres un auténtico hijo de puta, ¿lo sabías?
—Lo estudio, con ganas de hablar con mi hermano, no con mi Don.
Pero él está decidido a ser el Don—. ¿Te has fijado en que nos faltan dos hermanos?
Luca y Valentina viven en Chicago, labrándose sus propias vidas porque eres un gilipollas inseguro.
Quizá tengas que dejar de pensar solo en ti por una vez si no quieres alejarme a mí también.
Sus ojos arden de ira. —Ten cuidado. Padre echó a Luca. Yo no tuve nada que ver.
—Claro, como si le hubieras dejado quedarse si él hubiera querido...
—Él no quiere. Tiene sus propios asuntos. —Se mueve tras el escritorio y abre un cajón—. Esperaba no tener que enseñarte esto, pero no me has dejado otra opción. —Saca una carpeta de manila envejecida y la deja sobre el escritorio, entre nosotros.
—¿Qué es? —pregunto, con una pesadez creciente en el estómago. Tengo el presentimiento de que esto no va a gustarme.
—Después de que Padre muriera, Luca y yo encontramos esto en su caja fuerte privada. Es una lista de personas que nuestro padre pensaba que colaboraban con los rusos.
Se me cae el alma a los pies mientras Alessandro abre la carpeta. Página tras página de nombres, algunos los reconozco, otros no.
—No veía el sentido de remover recuerdos dolorosos. —Alessandro pasa a una página casi al final y gira la carpeta hacia mí. Se me hiela la sangre en las venas.
Allí, con la inconfundible letra de nuestro padre: Eva Santoro.
Me quedo mirando el nombre, incapaz de procesar lo que estoy viendo.
—Esto es una soplapollez —gruño, decidiendo que es ridículo. Tiene que serlo, porque la alternativa es que me utilizó—. ¿Por qué iba él a pensar que ella estaba con los rusos? Trabajaba aquí. Estaba conmigo.
—¿Lo estaba? —La voz de Alessandro resulta ahora tranquila—. Piensa, Adriano. A Padre lo mataron los rusos. Sabía que algo pasaba y estaba intentando localizar la fuente.
—Matamos a la fuente...
—A una, quizá. —Señala la lista—. A unos cuantos de aquí, Luca se encargó de ellos el año pasado. ¿Pero Eva? ¿Un ruso te da el soplo sobre ella? Debes admitir que es sospechoso.
Debería admitirlo, porque tiene razón.
—Solo puede haber una explicación —dice Alessandro, observándome con atención—. Padre sospechaba firmemente que ella traicionaba a la Familia.
Niego con la cabeza, negándome a aceptarlo. —No. Eva no haría...
Pero incluso mientras lo niego, las piezas empiezan a encajar.
El soplo dado por un soldado ruso que no tenía ningún motivo para andar merodeando por nuestro territorio.
Casi como si lo hubieran puesto allí para darme el soplo.
Encontrarla con relativa facilidad.
Demasiada facilidad.
Sabían dónde estaba.
Y la Bratva dándole caza.
¿Aquello también fue una trampa?
¿Se suponía que debían matarme?
¿O se suponía que yo debía salvarla y traerla de vuelta al redil para que pudiera seguir espiando?
—Te equivocas —insisto, pero la convicción en mi voz flaquea—. Tiene que haber otra explicación.
Alessandro cierra la carpeta. —Por tu bien, espero que la haya. Pero hasta que no lo sepamos con certeza, es una amenaza.
Me doy la vuelta, con la mente acelerada. Cuando vuelvo a mirarle, digo: —Tráela aquí. Pregúntale.
Él entrecierra los ojos. —No admitirá que nos traicionó.
—Eso nunca nos ha impedido interrogar a alguien. Tráela. De. Vuelta.
Él asiente, coge su teléfono y le dice a Tony que traiga a Eva de vuelta a su despacho.
Unos instantes después, ella entra con Mirabella todavía en brazos. Joder, la niña no necesita ver esto.
—¿Por qué no pido a alguien que se la lleve...?
—No. —A Eva se le desencajan los ojos y se aferra a su hija—. Se queda conmigo.
—Siéntate —le ordena Alessandro.
Eva se deja caer en la silla, con los ojos yendo de uno a otro.
Alessandro va directo al grano. —¿Explicas por qué estás en una lista que hizo mi padre de personas que traicionaban a la familia colaborando con los rusos?
Ella me mira.
—Él creía que habías traicionado a la familia. ¿Tenía razón? —Odio lo mucho que deseo que esto sea mentira y lo aterrorizado que estoy de que sea verdad.
Eva se queda blanca. Por un momento, parece que fuera a negarlo, que fuera a inventar otra mentira. Entonces, se le hunden los hombros.
—Él me interrogó —dice en voz baja—. Hace cuatro años. Me había estado vigilando durante semanas. Estaba convencido de que vendía secretos a la Bratva.
—¿Lo hacías? —exige Alessandro.
—¡No! —Sus ojos brillan con desafío.
Aprieto los puños a los costados. —¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Intentaba protegerte! Sé lo que le pasó a Luca. Le supliqué que me creyera, pero no lo hizo aunque no tenía pruebas. Finalmente, me dio a elegir: marcharme y no volver jamás, o morir.
Sus palabras desequilibran mi mundo. Mi padre, el hombre al que respetaba, había amenazado a la mujer que yo amaba sin siquiera decírmelo.
—Ni siquiera le importó cuando le dije que acababa de enterarme de que estaba embarazada. —Eva se limpia las lágrimas que caen como si odiara estar llorando.
—¿Qué? —Mi mundo ya se ha trastocado dos veces hoy. Parece imposible que vuelva a venirse abajo—. ¿Quién? ¿De quién cojones estabas...?
Ella echa la cabeza hacia atrás como si la pregunta la hubiera dejado atónita. —¡De ti! Era tuyo, y a él no le importó.
Retrocedo tambaleante, algo que nunca hago. Nada ha sacudido mi mundo como oír que estaba embarazada de mí y que mi padre lo sabía y aun así amenazó con matarla.
—Tu padre me ordenó desaparecer incluso después de decirle que llevaba a su nieto.
—¿Estás diciendo...? —Apenas puedo articular las palabras—. ¿Mirabella es mi hija?
Eva asiente, sin apartar la mirada de la mía. —Sí. Nunca ha habido nadie más, Adriano. Jamás.
Mi mundo se detiene. Se estrella. Se reconstruye en un instante.
Tengo un hijo. Una hija.
—Esto podría ser una soplapollez absoluta —me advierte Alessandro.
Miro fijamente a Eva, sin palabras, mientras una oleada de emociones me golpea.
Rabia, traición, conmoción, hacia ella y hacia mi padre.
Pero hay algo más.
Cuando centro mi atención en Mirabella, el calor inunda mi pecho. Ahora lo veo.
Los ojos grises son parecidos a los míos.
Una necesidad feroz de protegerla crece en mi interior.
Nada, ni Alessandro ni Eva, me alejará de mi hija.