6. Eva
EVA
Mi mente baraja a toda velocidad diversos escenarios de escape, mientras mi cuerpo quiere rendirse a la oferta de protección que nos hace Adriano.
Estoy agotada físicamente, pero también mental y emocionalmente.
Los diminutos dedos de Mirabella se aferran a mi camiseta y sus ojos van de mí al hombre que no sabe que es su padre.
El hombre que nunca podrá saber lo que he hecho.
Necesito un respiro. Reagruparme.
Necesito alimentar a Mirabella.
La mejor opción ahora mismo es dejar que Adriano me ayude a salir de este callejón y a alejarme de la Bratva.
—Iré contigo. Pero primero tengo que dar de comer a Mirabella y curarme los cortes.
Por un momento pienso que se negará y que nos arrastrará a las dos al coche que haya traído.
El Adriano que yo conocía era así de testarudo.
El hombre que tengo ante mí ahora es más duro, peligroso de una forma que nunca antes había presenciado.
—Está bien —dice sacando el móvil y tocando la pantalla—. Hay una farmacia a la vuelta de la esquina. Luego buscaremos comida.
El alivio me inunda. He conseguido una tregua temporal, tiempo para pensar. —Gracias.
Cuando empiezo a caminar, me tiemblan las piernas.
Adriano acude al instante y me rodea la cintura con su brazo fuerte.
Inhalo profundamente ante su contacto mientras me asaltan los recuerdos de la forma en que me sujetaba, tan suave, tan respetuosamente.
—Puedo caminar —protesto débilmente, apretando la mano de Mirabella y deseando poder cogerla en brazos y echar a correr de nuevo.
—Y un cuerno puedes —responde él. Prácticamente me lleva en vilo, con mis pies apenas tocando el suelo mientras salimos del callejón.
Mirabella lo observa con una intensidad silenciosa.
Su capacidad para observar y evaluar a una edad tan temprana es un rasgo de supervivencia que desearía que nunca hubiera tenido que desarrollar.
Se muestra cautelosa pero no asustada, como suele estarlo con la mayoría de los extraños.
¿Acaso algo en su interior sabe que ella es parte de él?
La farmacia está casi vacía cuando llegamos.
Adriano me sienta en una silla en la zona de la pequeña clínica privada y luego reúne suministros de primeros auxilios.
Lo deja todo en el mostrador junto con varios billetes de cien dólares.
—Quédese con el cambio —dice, volviéndose hacia mí como si esperara que hubiera salido huyendo. Lo habría hecho, pero en este momento, no puedo.
Diez minutos después, estamos sentados en la terraza de una pequeña cafetería.
Adriano nos sitúa en una esquina desde donde puede vigilar en todas las direcciones.
Mirabella se sienta a mi lado, coloreando un mantel individual de papel con las ceras que nos ha traído la camarera.
—Lo haré yo misma —insisto cuando Adriano echa mano de las toallitas antisépticas. Mis dedos rozan los suyos, y hasta ese contacto fugaz envía una descarga eléctrica a través de mí.
—Te dejarás la mitad de los cortes —dice acercando mi mano hacia él, ignorando mi protesta—. Estate quieta.
Me muerdo el labio mientras limpia un tajo profundo en mi palma, con un tacto increíblemente suave a pesar de la dureza de su mirada.
Esto es lo que más temo: su ternura.
Estos pequeños momentos de cuidado son más peligrosos para mi determinación de huir que cualquier amenaza.
Mirabella lo observa con curiosidad.
Cuando Adriano saca una tira de sutura para mi ceja, ella acerca su silla a la de él, escrutando su trabajo.
—¿Te duele? —pregunta ella.
—Solo un poco —respondo.
Las manos de Adriano se detienen. —Tu mamá es muy valiente.
Mirabella asiente con solemnidad. —Los hombres malos no dejan de encontrarnos.
Cierro los ojos un momento. Mi hija no debería saber nada de hombres malos, ni de esconderse, ni de huir.
—¿Por qué os persiguen? —pregunta Adriano con voz tensa y controlada mientras aplica antiséptico en un corte de mi antebrazo. El escozor me hace dar un respingo, pero él mantiene mi brazo firme—. ¿Qué demonios podrían querer de ti?
Examino su rostro hermoso y peligroso, que una vez me miró como si yo fuera el centro de su mundo. Ahora me mira con dolor y sospecha.
—Cuanto menos sepas, mejor —digo, retirando el brazo y cogiendo mi agua.
La expresión de Adriano se ensombrece. —Esto no funciona así, Eva.
La camarera trae la comida: tiras de pollo y patatas fritas para Mirabella, y hamburguesas para Adriano y para mí.
Mi hija se lanza sobre su comida con la ferocidad de quien no ha comido en condiciones en días.
Mi culpa por ello se multiplica y recuerdo que ella estaría mejor sin mí.
Adriano sigue curándome el brazo. —Deberías ponerte puntos —murmura—. Y probablemente necesites penicilina.
—Ya curará —respondo. He pasado por cosas peores, pero no se lo digo.
Por alguna razón, no quiero que sepa hasta qué punto he caído.
Lo dura que se volvió nuestra vida cuando la Bratva se presentó en mi puerta, pillándome por sorpresa.
Aún no sé cómo me encontraron, ni siquiera por qué querrían hacerlo a estas alturas.
Termina de limpiar y vendar mis heridas y luego se recuesta, observándonos a Mirabella y a mí con ojos oscuros y evaluadores.
¿Verá el parecido de ella con él?
Temiendo que vea demasiado, desvío la mirada y escudriño la calle en busca de todoterrenos negros y hombres con abrigos oscuros.
Al menos con Adriano aquí, tenemos algo de protección.
—No intentarán nada mientras estés conmigo —dice Adriano, leyéndome el pensamiento—. Pero estarán vigilando. ¿Por qué te caza la Bratva, Eva? ¿Qué has hecho?
Doy un sorbo al agua para ganar tiempo, sabiendo que seguirá preguntando. La verdad es que no estoy muy segura de lo que quieren ahora, pero puedo imaginarlo basándome en lo que pasó hace cuatro años. —Es complicado.
—Todo en la vida es complicado —responde apretando la mandíbula—. En algún momento, esa excusa deja de valer.
Mirabella levanta la vista mientras se mete una patata en la boca, con kétchup en la barbilla. —Mamá, ¿puedo tomar más zumo?
Adriano hace una señal a la camarera antes de que yo pueda responder, y veo a mi hija sonreírle tímidamente.
—No puedes seguir huyendo para siempre —dice Adriano con la mirada fija en la mía—. Déjame ayudarte.
Si fuera tan sencillo... —No necesito tu ayuda.
Mirabella mira de uno a otro, percibiendo la tensión.
Él sacude la cabeza ante mi estupidez.
Si no hubiera aparecido, yo estaría muerta y quién sabe si Mirabella se habría quedado escondida el tiempo suficiente como para que esos hombres se fueran.
¿Y entonces qué?
Le he enseñado cómo pedir ayuda, pero hoy en día, ¿en quién se puede confiar de verdad?
Pero ahora me pregunto cómo me ha encontrado Adriano.
—Vale, ¿qué tal si me cuentas dónde has estado estos cuatro años y por qué dejaste que creyera que estabas muerta? —Su mirada intensa me indica que no va a dejar pasar el tema.
Me quedo mirando el plato, sopesando cuánto puedo revelar sin peligro. —Al principio, en Boston.
Espera a que continúe, pero yo me concentro en ayudar a Mirabella a limpiarse el kétchup de las manos. El silencio se prolonga entre nosotros hasta que él vuelve a romperlo.
—¿Y qué te trajo a New Jersey?
Suspiro, incapaz de encontrar una salida. —Los rusos me cogieron.
Todo su cuerpo se tensa. —¿Cuándo?
—Hace tres meses —intento tragarme el terror que me devuelve el recuerdo—. Conseguí escapar. Llevamos huyendo desde entonces.
Aprieta la mandíbula. —¿Qué querían?
Niego con la cabeza. —Por favor, Adriano.
—Eva...
—No puedo —mi voz se quiebra y me odio por esa debilidad—. Simplemente no puedo.
Adriano se recuesta, estudiándome, haciéndome sentir expuesta, vulnerable. —¿Vas a confiarme tu vida pero no la verdad?
—Te pido que lo dejes pasar.
Se ríe sin pizca de humor. —¿Cuándo me has visto dejar pasar algo?
Nunca. Eso es lo que lo hacía a la vez maravilloso y aterrador.
Mirabella me tira de la manga; su vocecita es una interrupción bienvenida. —¿Puedo tomar un helado?
—Hoy no, cariño —le aparto un mechón de pelo de la cara—. Tenemos que irnos pronto.
Él se inclina hacia delante y veo al hombre al que mucha gente teme. —No pienses que vas a escaparte otra vez. No hasta que tenga respuestas.
Me erizo ante eso. —¿Estás aquí para secuestrarme tú también? ¿Cómo me has encontrado?
Toma aire mientras mira de reojo a Mirabella. —Estaba obligando a un soldado de la Bratva a que me contara qué tramaba cuando soltó un detalle que pensó que me gustaría saber.
Entiendo por sus palabras que estaba torturando a un soldado de la Bratva.
—Casi le corto la lengua por mentiroso y, sin embargo, tenía que saberlo. Resultó que tenía razón. Ahora te toca a ti. ¿Por qué te persigue la Bratva?
—Ahora no —miro a Mirabella, esperando que entienda que no quiero dar explicaciones delante de ella.
No estoy segura de que me crea, pero desiste y se come su hamburguesa.
Cuando terminamos, Mirabella me tira de la manga. —¿A dónde vamos ahora, mamá?
—Venís conmigo —la voz de Adriano es firme, no admite réplica.
Solo que yo ya no soy una ingenua sumisa. —Tenemos que buscar un sitio nuevo...
—¿A casa del señor? —pregunta ella inocentemente.
—Sí —dice él—. Os mantendré a salvo de los hombres malos.
Me pregunto si cree que ganarse el afecto de ella es la forma de llegar a mí. Pero esa no es la razón por la que dudo sobre huir.
La verdad es que estoy débil y cansada, y es cierto que estamos más seguras con él, al menos por ahora, que sin él.
Y luego está el hecho de que, a pesar de los años separados viviendo como madre soltera, nunca he dejado de quererlo.
Mientras lo observo al otro lado de la mesa, no deseo nada más que alargar la mano y tocarle la cara.
Contárselo todo.
Confiar en que podría entender por qué hice lo que hice.
Pero no puedo arriesgarme.
No cuando la seguridad de Mirabella pende de un hilo.
No cuando la verdad destruiría cualquier remanente de sus sentimientos por mí que aún pudiera existir.
Salimos de la cafetería.
La mano de Adriano descansa en la parte baja de mi espalda; no llega a retenerme pero me guía con claridad.
Su tacto me quema a través de la camiseta y casi gimo de frustración por no poder apoyarme en él, volver a su consuelo y protección.
—Mi coche está por aquí —dice, señalando con la cabeza un elegante sedán negro.
Mis músculos se tensan mientras calculo dónde y cómo podría alejarnos a Mirabella y a mí de él.
O quizá debería dejarla con él y huir yo sola.
La Bratva me quiere a mí, no a ella.
Y Adriano la mantendría a salvo incluso sin saber la verdad sobre ella, ¿verdad?
Los dedos de Adriano se aprietan ligeramente contra mi espalda. —No lo hagas —murmura contra mi oído—. Ni se te ocurra pensar en huir de mí.
Dejo de caminar, obligándole a detenerse a mi lado. Mirabella mira hacia arriba, intentando evaluar qué está pasando.
—No puedes decirme lo que tengo que...
—¿Es esta la vida que realmente quieres para ella? —Señala a Mirabella—. ¿Estar siempre mirando por encima del hombro?
Sus palabras dan justo en el blanco.
¿Cuántas veces me consume la culpa de que mi hija de tres años sepa más de rutas de escape que de parques infantiles?
¿De que haya aprendido a quedarse callada cuando se acercan extraños, a esconderse a la primera señal de peligro?
—Ir contigo no soluciona nada. Solo lo complica todo más.
—¿Más complicado que esto? —Señala mis brazos vendados, el hematoma que se oscurece en mi mejilla—. ¿Que el hecho de que tu hija presencie cómo unos hombres intentan matar a su madre?
Mirabella aprieta su cara contra mi pierna, y la vulnerabilidad de ese gesto casi me rompe.
Se merece algo mejor que esto.
—Puedo protegeros a las dos —continúa él—. Nadie toca lo que pertenece a un Dante.
Me erizo ante su forma de hablar. —Nosotras no pertenecemos a nadie.
—¡Me cago en la...! —suelta él.
Los ojos de Mirabella se agrandan mientras se pega más a mí.
Adriano la mira y le dedica una sonrisa triste. —Perdona. Tu madre es exasperante —me lanza una mirada—. Puedo protegerte —repite.
—Hemos llegado hasta aquí...
Su risa corta mis palabras. —Solo porque he aparecido yo esta noche. ¿Planeas huir para siempre? Porque no hay lugar al que la Bratva no pueda llegar.
Aprieto la mandíbula, odiando que tenga razón.
La ira entrecierra sus ojos. —Si yo no hubiera estado allí, estarías muerta en ese callejón. Eres idiota si piensas que no saben lo de la niña.
—Tiene nombre —le espeto—. Se llama Mirabella.
—Bien —da un paso más, cerniéndose sobre mí—. Venderán a Mirabella al mejor postor. ¿Crees que les importa traficar con niños? ¿Es eso lo que quieres? ¿Tanto me odias que prefieres arriesgar la vida de tu hija antes que aceptar mi ayuda?
Siento como si me estuvieran atacando de nuevo, solo que esta vez me lo merezco.
Tiene razón en que soy una estúpida si pienso que la Bratva dejaría a Mirabella en paz.
—No te odio —las palabras apenas logran salir por el nudo de mi garganta—. Nunca lo he hecho.
Aprieta la mandíbula. —¿Entonces por qué huyes de mí ahora?
—Porque es mejor así —cambio el peso del cuerpo mientras el dolor aumenta—. Es mejor que no sepas nada...
—¿Mejor para quién?
No tengo ninguna respuesta que no revele demasiado.
Adriano sacude la cabeza con frustración. —No para tu hija... No para Mirabella.
Tiene razón. Mientras la manita de Mirabella aprieta la mía, sé que mi único movimiento ahora mismo es ir con él.
Mirabella es lo primero.
Siempre.
Y Adriano, a pesar de toda su oscuridad y su peligro, es su mejor oportunidad de sobrevivir.
—Está bien —me rindo—. Iremos contigo.
Un destello de alivio cruza su rostro y nos conduce hacia su coche.
He pasado cuatro años huyendo de este hombre, de la verdad, de todo lo que he hecho.
Ahora vuelvo voluntariamente a su mundo, sabiendo que podría destruirnos a ambos.
Pero por Mirabella, caminaría sobre el fuego. Y confiar en Adriano Dante podría ser exactamente eso.