El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 5. Adriano
12%

5. Adriano

ADRIANO

Me quedo mirando el rostro de Eva, asimilando cada detalle. Cuatro años creyendo que se había ido, guardándole luto, dejando que su muerte me vaciara por dentro, y aquí está ella, viva y respirando.

—Nunca debiste saber que seguía viva.

Sus palabras duelen casi tanto como la noticia cuando me dijeron que había muerto.

Quizá incluso más, porque eso era lo que ella quería. No me la arrebataron; se marchó por voluntad propia y fingió su muerte.

Algo oscuro y violento se agita en mi interior. Acabo de abatir a tres hombres por ella.

Su sangre se está encharcando bajo sus cuerpos a menos de tres metros.

¿Y esta es su respuesta?

Ni gratitud. Ni alivio.

Solo miedo y pesar porque he descubierto su engaño.

—Tienes razón —mi voz suena sorprendentemente calmada considerando lo cabreado que estoy—. Se suponía que debía llorarte cada día durante el resto de mi vida hasta que me volviera loco de remate.

La niña se aprieta más contra el costado de Eva.

Eva la rodea con el brazo de forma protectora, como si yo fuera la amenaza aquí.

Como si no fuera yo la razón por la que ambas siguen respirando.

—Tenía mis motivos —susurra ella.

—Tus motivos —me río—. Estoy deseando escucharlos.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros y, por primera vez en cuatro años, siento algo más allá de un vacío gélido.

Rabia pura y sin diluir.

Doy un paso hacia ellas y Eva retrocede, empujando a la niña contra la pared que tiene detrás.

La pequeña gime, con la cara medio hundida en el costado de Eva.

Su postura defensiva es instintiva.

Está dispuesta a recibir una bala antes de dejar que le pase nada a esa cría.

Pero está protegiendo a la niña de mí. ¡De MÍ!

El que acaba de salvarlas.

—Si os quisiera muertas, habría dejado que esos matones rusos se encargaran —estoy estupefacto de que me tenga miedo—. ¿De verdad crees que quiero hacerte daño?

Parece dividida. —No puedo confiar en nadie. Ya no.

Sus palabras me hacen preguntarme cuánto tiempo lleva huyendo.

Cuando todo en el mundo es un peligro potencial, la confianza es el enemigo.

Algo cambia en mi interior.

La Eva que yo conocía sonreía con facilidad y confiaba en mí sin dudar.

Pero esa no es la mujer que tengo delante.

La mujer ante mí se mueve por un instinto de supervivencia.

Sus ojos recorren el lugar, buscando rutas de escape incluso mientras me encara.

Respiro hondo, reprimiendo mi furia. Necesito respuestas más de lo que necesito regodearme en mi rabia ahora mismo.

—Tenemos que salir de la calle —digo, enfundando mi arma—. Vendrán más. Tengo un coche y puedo poneros a salvo.

Eva entorna los ojos con sospecha. Su falta de confianza escuece, pero la ignoro.

—Deberíamos irnos. Ya —señalo a los de la Bratva muertos—. A menos que quieras explicarle tres cadáveres a la policía.

Eva coge en brazos a la niña, que se aferra a ella. —Gracias por ayudarnos. Agradezco lo que has hecho, pero ahora tenemos que seguir nuestro propio camino.

Hace amago de rodearme para marcharse, y algo en mi interior se hace añicos.

¿Cuatro años de duelo, de vacío, de creer que la única mujer a la que he amado se pudría bajo tierra, y se cree que puede irse con un simple agradecimiento?

—No.

Eva se queda helada, con el cuerpo tenso. —Adriano...

—He pasado cuatro putos años pensando que estabas muerta. Y ahora te encuentro viva. No vas a darme las gracias y marcharte. Esta vez no.

—No puedo...

—¿No puedes o no quieres? Me debes una explicación, Eva. ¿Qué demonios pasó para que fingieras tu propia muerte y desaparecieras de esa manera?

—Mira a tu alrededor, Adriano —Eva señala los cuerpos que acabo de matar para salvarla—. Esta es tu respuesta. Esta violencia, esta muerte que te sigue a todas partes... No podía seguir viviendo bajo esa sombra.

Suelto una carcajada, pero no tiene ninguna gracia. —¿En serio? ¿Y qué tal te va? ¿Huir de mí solo para acabar en este callejón con tu hija, rodeada de asesinos que van tras de vosotras?

Ella no responde.

—No escapaste de la violencia al dejarme. Solo te enfrentaste a ella sin protección —me acerco más—. La diferencia es que yo habría matado por ti antes de que llegaran a estar lo bastante cerca para hacerte sangrar —siento un impulso casi imposible de resistir de tocarla.

—Estoy en peligro por tu culpa, Adriano.

Me quedo inmóvil, con cada músculo de mi cuerpo tensándose. La rabia con la que he estado luchando se afila de repente. —¿Mía? ¿Crees que yo te he puesto en esta situación? Has estado muerta para mí durante cuatro años —no alcanzo a comprender su lógica.

—Sí —Eva acomoda a la niña más arriba en su cadera, sin apartar los ojos de los míos.

Incluso aterrorizada, está preciosa.

Incluso después de haberme mentido durante años, es la única mujer que me ha hecho sentir algo que no sea insensibilidad.

La odio por ello.

—Sabes, no hace falta que te inventes este relato tan elaborado. Si no me querías, lo único que tenías que hacer era decirme que no me amabas. Te habría dejado marchar.

No estoy seguro de que eso sea cierto. ¿De verdad la habría dejado marcharse si me lo hubiera pedido? Ahora nunca lo sabré.

—La gente dice que soy cruel —continúo, dando un paso más, lo bastante cerca para percibir el tenue aroma de algo dulce en la niña.

Una galleta, quizá—. Dicen que soy un monstruo.

Y seguro que tienen razón. Pero ¿cómo de puta cruel fuiste tú, Eva, al dejarme creer que estabas muerta?

¿Al dejar que te llorara? ¿Al dejar que visitara tu tumba vacía y te llevara flores mientras tú estabas por ahí, viva, foll. ..

Me corto, incapaz de articular el hecho de que se fue y encontró consuelo en los brazos de otro hombre.

—Te amaba. Joder. No quería decir eso. Odio la vulnerabilidad de mi voz, odio que, después de todo, ella siga teniendo este poder sobre mí—. Habría hecho cualquier cosa por ti.

Los ojos de Eva brillan con lágrimas, pero por lo que yo sé, podría ser puro teatro.

Tal vez todo lo nuestro fue una actuación.

La niña me observa, y odio que probablemente ella también piense que soy un monstruo.

—Dejarte fue la decisión más difícil que he tenido que tomar nunca —dice Eva—. Nunca quise...

—Ahórratelo. Haces que parezca que de verdad me amabas.

Sus ojos destellan con dolor, pero ya me da igual.

Cuatro años de luto han endurecido cualquier atisbo de ternura que hubiera en mí.

—Está claro que no tardaste mucho en pasar página —digo, señalando a la pequeña que me observa con ojos cautelosos—. ¿Ya te lo follabas entonces? ¿Fue él quien te ayudó a escapar de la familia Dante y a fingir tu muerte?

La niña hunde la cara en el cuello de Eva, como si intentara esconderse de mí.

Cualquier culpa que sienta es por eso.

Por asustar a la cría.

Pero es culpa de Eva.

El brazo de Eva la rodea con más fuerza, y su expresión cambia de la vulnerabilidad a una mirada fría.

—¿Dónde está su padre? —exijo saber, ignorando la sensación de nudo en el estómago—. ¿Sabe que estás huyendo? ¿O se largó cuando las cosas se pusieron feas?

El rostro de Eva se queda completamente en blanco, con la expresión de alguien que domina el arte de ocultar sus pensamientos y sentimientos.

—Él no está en nuestras vidas —dice tajante.

—¿Y qué le pasó? —insisto, acercándome hasta que solo nos separan unos centímetros—. ¿También fingiste tu muerte para él? ¿Dejaste que te llorara como hice yo, o fui el único que tuvo ese honor?

La mirada de Eva se endurece. —Te he dicho que no está en nuestras vidas. Nunca lo estuvo.

El callejón se queda en silencio, salvo por unas sirenas lejanas. No creo que vengan hacia aquí, pero es una estupidez quedarse.

—Tenemos que irnos. Ya.

Eva duda, claramente sopesando sus opciones. Puedo ver los cálculos tras sus ojos.

Confiar en el hombre al que traicionó o enfrentarse sola a la Bratva.

—No te haré daño —añado y, a pesar de todo, es la verdad.

Puede que quiera respuestas.

Puede que quiera que sienta una fracción del dolor que yo he soportado. Pero jamás podría lastimarla.

Saco las llaves del coche del bolsillo. —Estaréis a salvo en la finca.

Eva mira a su hija y luego a la salida del callejón. Sé que está pensando en huir de mí.

Me preparo para que salga disparada como un animal acorralado.

El miedo en sus ojos no tiene sentido.

Nunca le he puesto la mano encima llevado por la ira.

Nunca lo haría.

—Eva —fuerzo mi voz para que suene más suave—. Sea de lo que sea de lo que huyas, yo puedo protegerte mejor de lo que puedes protegerte tú misma. Lo sabes.

Da medio paso hacia atrás, aferrando a su hija con más fuerza.

La forma en que me mira, como si yo fuera el peligro del que lleva huyendo todos estos años, me destroza por dentro.

Después de todo lo que compartimos, de haberle guardado luto, de haberle salvado la puta vida hace un momento... ¿qué es lo que podría hacer que me tuviera este miedo?

Quiere alejarse de mí, y tal vez debería dejarla ir, dejar que arriesgue su vida y la de su hija.

Pero quiero respuestas para cada día, cada hora que me robó.

Y sí, una parte de mí quiere castigar a Eva por su traición, a la vez que deseo protegerla de lo que sea que la empujó a tomar medidas tan desesperadas.