El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 4. Eva
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4. Eva

EVA

El dolor me recorre el cuerpo con cada paso que doy.

Han pasado tres días desde que me desperté en el suelo de aquel apartamento, rodeada de un charco de sangre que, afortunadamente, no era la mía, sino la de mi atacante, que me observaba con ojos sin vida fijos en la nada.

Mirabella estaba sentada a mi lado, frotando la herida de mi brazo con papel higiénico.

Quiero regañarla por no haber salido corriendo y, sin embargo, me siento muy agradecida de verla viva.

Desde entonces no hemos dejado de huir.

No he tenido tiempo de curarme las heridas como es debido.

El corte sobre mi ojo tiene costra y las costillas me gritan con cada respiración.

Hemos llegado al sur hasta Lakewood, un pueblo que parece el lugar perfecto para criar a un niño.

Y por eso me he detenido, intentando averiguar si es factible que nos quedemos.

—Tengo hambre —dice Mirabella contra mi cuello, con sus bracitos rodeándome con fuerza.

—Pronto, cariño —le planto un beso en la frente—. Solo un poco más.

Su peso, que normalmente no me supone nada, se siente como un ancla tras días sin el descanso adecuado.

Pero no puedo soltarla.

Tenemos que movernos rápido.

La parte antigua de la ciudad bulle de actividad.

Una cobertura perfecta, espero.

Mirabella ha estado muy callada.

Demasiado callada para una niña de tres años que normalmente parlotea sin parar sobre hadas y perritos.

No se ha quejado, no realmente, aunque sé que está agotada, confundida y asustada.

Percibe mi miedo y se adapta a él como si fuera normal.

¿Qué clase de vida le estoy dando?

Mi egoísmo la está obligando a soportar una vida que ningún niño debería tener que vivir.

Me deslizo entre una pareja joven que discute por las direcciones y una familia que posa para unas fotos, con mis ojos escaneando constantemente las salidas, las amenazas, las oportunidades.

Los hábitos de cuatro años escondida, perfeccionados hasta convertirlos en un arte.

Entonces los veo.

Tres hombres que se mueven a contracorriente de la multitud.

No es al azar. Es deliberado.

Como una manada de perros trabajando juntos para acorralar a su presa.

Bratva. Nos han encontrado de nuevo.

El corazón me da un vuelco y la adrenalina inunda mi organismo. Estrecho a Mirabella con más fuerza y siento cómo se tensa como respuesta.

Gime, percibiendo mi miedo.

—No pasa nada, cielo —miento—. Solo estamos jugando al escondite otra vez.

—No me gusta ese juego.

—Lo sé —el corazón se me parte de dolor y culpa—. Pero se te da muy bien. ¿Recuerdas qué hay que hacer si alguien agarra a mamá? —mi voz se mantiene firme a pesar de que los hombres se acercan. Necesito que esté preparada. Dios me ayude, mi hija de tres años necesita saber cómo sobrevivir sin mí.

Busco rutas de escape, con los músculos en tensión por el instinto de correr. Pero ¿hacia dónde?

La calle de la derecha tiene una parada de autobús, pero el próximo no llegará hasta dentro de veinte minutos, según el panel de horarios.

La cafetería al otro lado de la plaza podría ofrecer un refugio temporal, pero los miembros de la Bratva se limitarían a esperar a que saliéramos.

Se están coordinando mediante diversos gestos con la cabeza y señales manuales.

El hombre junto a la fuente hace su movimiento, caminando directamente hacia nosotras.

Los otros dos cambian de posición, cortando las posibles rutas de escape.

—Agárrate fuerte a mamá —susurro, metiendo la mano en el bolsillo de mi chaqueta, donde espera mi navaja automática.

Giro por una calle lateral, moviéndome rápido pero sin correr.

Correr atrae la atención.

El muslo me late con cada paso.

Tres manzanas más hasta la estación de tren. Si consigo llegar⁠—

Un hombre aparece justo delante. Pivoto y cambio de dirección hacia el callejón más cercano, pero el corazón se me cae a los pies al ver que es un callejón sin salida.

Paredes de ladrillo en tres lados, y la boca del callejón ya se está llenando con las siluetas de los hombres.

Mi mente cataloga rutas de escape, armas, vulnerabilidades. El contenedor a mi derecha podría servirme de cobertura.

La escalera de incendios de arriba es inalcanzable.

Dejo a Mirabella en el suelo, detrás del contenedor. —Quédate aquí. No salgas a menos que mamá te llame.

Le tiembla el labio inferior. —¿Como el juego de esconderse?

—Sí, cielo. Se te da de maravilla ese juego —me alejo del contenedor, quedando expuesta ante los hombres. Mis costillas gritan, mi visión se nubla por los bordes. Estoy herida, agotada, superada en número y en armas.

Saco mi navaja automática y un segundo cuchillo. Lucharé hasta la muerte y, mientras analizo mi situación, creo que esa muerte ocurrirá aquí mismo.

Solo puedo esperar que no encuentren a Mirabella y que ella sea capaz de encontrar ayuda.

Espero que la envíen a vivir con una familia que pueda amarla y cuidarla como yo no he sido capaz de hacer.

Mi cuerpo adopta automáticamente una postura de combate, la memoria muscular de años de supervivencia.

El dolor de las costillas pasa a ser un ruido de fondo a medida que la adrenalina inunda mi sistema.

Todos los sentidos se agudizan.

Puedo oír cada pisada, oler la colonia de los hombres que se aproximan.

Tres hombres me bloquean el paso.

¿Me matarán o me secuestrarán?

Detrás de mí, oigo el quejido diminuto y amortiguado de mi hija.

Ese sonido endurece mi determinación.

Ya no se trata solo de sobrevivir.

Se trata de asegurarme de que mi hija tenga un futuro, aunque yo no esté en él.

Empuño mis cuchillos con más fuerza, lista para luchar, para sobrevivir o morir en el intento.

El primer atacante da un paso adelante, con el arma levantada y los labios entreabiertos para hablar, cuando su cabeza se echa violentamente hacia delante mientras el sonido inconfundible de no uno, sino dos disparos resuena en el callejón.

Se desploma en el suelo.

El corazón me da un vuelco violento en el pecho; el sonido desencadena respuestas primarias de lucha o huida en todo mi cuerpo.

—¿Qué cojones...? —gruñe el segundo hombre, girándose hacia el cuarto intruso, que me da la impresión de que no está con ellos.

Suenan dos disparos más, uno le da en el pecho y el otro en la cabeza.

Cae al suelo.

La confusión se apodera de mí.

Me pego a la pared, con la mente acelerada intentando asimilar lo que está pasando.

El tercer atacante se da la vuelta rápidamente y saca su cuchillo.

Se abalanza sobre el cuarto hombre, que le agarra la muñeca, forzándole la mano hacia arriba y clavándole el cuchillo debajo de la mandíbula, hacia arriba.

Su cuerpo se convulsiona hasta que el cuarto hombre lo suelta y se desploma en el suelo.

Quiero pensar que nos han salvado, pero nunca antes me han salvado.

Tal vez no sea más que un competidor que quiere quedarse con la recompensa que la Bratva ofrece por mi cabeza.

—¿Mamá? —me llega la voz aterrorizada de Mirabella.

Incapaz de contenerme, me giro hacia ella. Sale corriendo y yo me caigo de rodillas para abrazarla.

Pero no estoy segura de que el peligro haya pasado. Me giro hacia el hombre mientras se acerca, lista para luchar.

Y entonces, se me corta la respiración.

Adriano.

Mi Adriano.

Por un latido, la alegría me inunda: una felicidad pura y sin filtros que estalla tras años de duelo y anhelo.

Me invade el impulso de correr hacia él, de tocarle la cara y asegurarme de que es real.

Entonces la realidad se desploma sobre mí, fría y despiadada.

Me ha encontrado.

La sangre se me convierte en agua helada en las venas.

Esto no debía suceder. Él nunca debió saber que sobreviví.

El elaborado engaño, la muerte fingida, los años escondida; todo para nada.

Todo lo que he hecho para mantenerla a salvo, para mantenernos a ambas ocultas, acaba de hacerse añicos.

—Estás viva —dice, pero su tono no es de enfado ni de reproche. No es que importe. El hecho de que me haya encontrado complica mi vida aún más.

Miro alternativamente hacia él y hacia los cadáveres, sin saber qué pensar. Mirabella se mueve mientras espía a Adriano desde la seguridad de mis brazos.

Adriano se nos acerca despacio a las dos. —Eva. ¿Estás bien? ¿Estás herida?

No respondo. No estoy del todo segura de que esto no sea algún tipo de alucinación. Estrecho a mi hija con más fuerza.

—Puedo llevarte a un lugar seguro —continúa, acercando la mano hacia mí—. A las dos.

Me aparto bruscamente de su mano extendida. No siento alivio ni alegría al verlo. Solo miedo.

—No deberías haberme encontrado —digo—. Nunca deberías haber sabido que seguía viva.