El Ejecutor Implacable (The Dante Dynasty 3) 3. Adriano
7%

3. Adriano

ADRIANO

El despacho de Alessandro es un santuario al control.

Archivos organizados, papeles pulcramente apilados, ni un bolígrafo fuera de su sitio.

A veces me pregunto si piensa que nuestro padre va a entrar en cualquier momento y juzgar la forma en que dirige el negocio familiar, empezando por el mantenimiento de su antiguo escritorio.

Pero nuestro padre no está aquí.

Lo mató la Bratva, el asesinato que inició esta guerra que Alessandro se ha estado dejando la piel por terminar, no mediante la violencia, sino a través de negociaciones.

Desafortunadamente, los Vasiliev no quieren la paz. Quieren el negocio de los Dante.

Alessandro levanta la vista cuando entro. — ¿Ha hablado el hombre de la Bratva? —Deja su bolígrafo en la mesa.

Cierro la puerta. —Eva está viva.

Hay una mínima inclinación de su cabeza, un fruncimiento de ceño.

—Dmitri afirma que está en Nueva Jersey.

—¿Eva? —Mi hermano se echa hacia atrás, estudiándome con unos ojos a los que rara vez se les escapa algo—. ¿Te crees a ese prisionero? ¿A un hombre que diría cualquier cosa con tal de posponer su muerte?

Me encojo de hombros. —Tengo que averiguarlo. Si existe siquiera una posibilidad...

—La Bratva se está moviendo contra nosotros en tres territorios —interrumpe Alessandro—. Ivan está consolidando el poder más rápido de lo que habíamos previsto. Solo esta semana hemos perdido dos cargamentos.

—Entiendo la situación.

—¿Ah, sí? —Su voz, calmada hace un momento, muestra signos de irritación—. Porque parece que estás dispuesto a perseguir fantasmas mientras tenemos el arma de nuestro enemigo apuntándonos a la cara.

El antiguo Adriano habría aceptado esto.

El hombre en el que me convertí después de que Eva muriera habría priorizado los asuntos de la familia por encima de todo lo demás.

Pero la posibilidad de que ella viva ha trastocado mi mundo.

—Dmitri sabe de ella porque Ivan la está cazando. Eso tiene que significar algo.

—O es una distracción deliberada. Te necesito concentrado.

—¿Por qué va tras ella? Tiene que estar relacionado conmigo o con nosotros como familia.

La mirada de Alessandro se endurece. —Necesito que tengas la cabeza en esto, Adriano. No persiguiendo a una mujer que lleva años muerta.

Se me tensa la mandíbula.

—Hombres como Dmitri investigan a sus objetivos. Encuentran debilidades —continúa mi hermano—. Y Eva siempre ha sido la tuya.

He pasado años convirtiéndome en piedra tras perderla, transformándome en el arma perfecta de la familia.

El hombre que no siente nada, que no teme a nada.

Veo un destello de mi hermano, por encima de mi Don, cuando se levanta de su escritorio, lo rodea y se sienta en el borde. — ¿Has considerado que, si no está muerta, es porque quiere que lo pienses?

Por supuesto que lo he hecho. ¿Pero por qué?

—Si está en Jersey, no está lejos. Todo este tiempo ha estado cerca...

—Yo eso no lo sé.

—Si está viva, te abandonó, Adriano. ¿Por qué perseguir a una mujer que no te quiere?

Aprieto el puño.

Él se da cuenta, pero no tiene miedo de que los use contra él.

—Siento si he herido tus sentimientos...

—Que te jodan. —Doy un paso atrás porque realmente quiero pegarle.

Alessandro se levanta de nuevo y regresa a su silla. Es la señal de que ha terminado con esta conversación. —Como tu Don, te ordeno que dejes esto. No podemos permitirnos distracciones con Ivan rondando.

Miro fijamente a mi hermano, el hombre al que he seguido desde que éramos niños.

La familia es lo primero.

La palabra del Don es ley.

Estos son los principios bajo los que he vivido toda mi vida.

No mostrar debilidad.

Eliminar las amenazas.

Proteger a la familia.

Pero escuchar el nombre de Eva de nuevo ha despertado algo en mi interior que creía muerto hacía mucho tiempo.

—Necesito saberlo —digo.

La expresión de Alessandro se ensombrece. —No me hagas repetirme.

Por primera vez en mi vida, doy la espalda a una orden directa de mi Don. —Me ocuparé de mis responsabilidades cuando regrese.

—Si sales por esa puerta...

—¿Entonces qué? —Me enfrento a él de nuevo—. ¿Vas a ponerle precio a la cabeza de tu propio hermano?

El silencio entre nosotros se prolonga.

—No seas un puto imbécil con esto, Adriano. Ella está muerta. Ivan te la está jugando. No caigas en la trampa. No arriesgues a la familia por eso.

Tomo aire. — ¿Alguna vez te he fallado?

—No se trata de eso...

—¿Lo he hecho? ¿Alguna vez he pedido algo? ¿Alguna vez he ido en tu contra, incluso cuando he cuestionado...?

Él frunce el ceño. — ¿Qué has cuestionado?

—¿Toda esa mierda que pasó después de que papá muriera y Luca regresara? ¿O los planes de casar a Valentina con ese sádico de Maksim? He sido tu puto perro. Lo mínimo que puedes hacer es dejar que persiga este único hueso.

No espero respuesta, ya estoy calculando la ruta más rápida hacia Nueva Jersey mientras salgo de su despacho a grandes zancadas.

Hay poco más de dos horas hasta Lakewood.

Dos horas de ahogarme en recuerdos y rumiar por qué se habría marchado, por qué dejó que pensara que estaba muerta.

Quizás Alessandro tenga razón.

Estoy persiguiendo un fantasma, intentando recuperar una parte de mi alma que tenía cuando ella estaba conmigo, que murió cuando la perdí.

La esperanza y el pavor luchan en mi interior mientras cruzo el puente Verrazzano-Narrows hacia Staten Island, dirigiéndome al sur hasta cruzar el Arthur Kill hacia Nueva Jersey.

He pasado cuatro años creyendo que Eva murió. Si esto es una mentira…

Si es verdad…

No sé qué posibilidad me aterra más.

Cuando llego a Lakewood, se me ocurre que podría tardar días, incluso semanas, en encontrar a Eva si está aquí.

No es una ciudad grande como Nueva York, pero es una localidad de un tamaño considerable. Hay muchos sitios donde esconderse.

Llevo cuatro horas chocando contra callejones sin salida y mi paciencia casi se ha agotado.

El recepcionista del motel mira fijamente la foto de mi teléfono, con los ojos moviéndose nerviosos entre mi cara y la imagen de Eva que he mantenido oculta en mi galería todos estos años.

—No la he visto nunca —su voz tiembla.

Me acerco más, dejando que mi sombra caiga sobre él. —Vuelve a mirar.

—Se lo juro, señor. Por aquí pasan muchas mujeres, pero ella no.

Deslizo un billete de cien sobre el mostrador.

Sus dedos tienen un tic, pero no se mueven. —Aunque hubiera visto algo, no se lo diría. La mujer parecía bastante asustada.

Mi mano sale disparada y lo agarra por el cuello. —Así que sí la has visto.

Sus ojos se agrandan. —Yo no he dicho eso...

Lo suelto, dejando otros quinientos sobre el mostrador. —Número de habitación. Ahora.

—Ya no está aquí. —Levanta las manos como si fuera un atraco—. Se lo juro. Pero sé a dónde iba a veces.

Diez minutos después, conduzco por la parte histórica de la ciudad y considero volver para matar a ese recepcionista, ya que sin duda mentía.

Justo cuando estoy a punto de rendirme, un movimiento me llama la atención.

Una figura emerge al otro lado de la calle, tropezando ligeramente.

Se me corta la respiración.

Incluso bajo la tenue luz, reconocería esa silueta en cualquier lugar.

La forma en que se mueve, la curva de su cuello, la ligera inclinación de su cabeza mientras escanea los alrededores.

Eva.

Está magullada y cojea, pero está viva. Joder, está viva después de cuatro años visitando una tumba vacía.

Avanza con dificultad por la calle, y cada paso parece una agonía.

Tiene el pelo más corto, teñido de rubio, pero la reconocería en cualquier sitio.

Conozco la forma de su cuerpo.

La forma en que se mueve. No solo la reconozco con los ojos.

Mi alma la conoce.

Mi corazón martillea en mi pecho como si intentara correr hacia ella.

Aprieto el volante con más fuerza, obligándome a no moverme.

Alguien le hizo esto.

Alguien me la arrebató, hizo creer al mundo que estaba muerta, la mantuvo prisionera durante cuatro años.

Es la única explicación.

Los encontraré.

Haré que supliquen por la muerte mucho antes de concedérsela.

Se detiene, girando un poco la cabeza como si presintiera que la observo.

Me agacho más, no estoy listo para revelarme hasta que entienda qué está pasando.

Hasta que sepa a quién tengo que matar.

En ese momento lo veo. Sus brazos no están vacíos.

Lleva a una niña pequeña que apoya la cabeza en el hombro de Eva, con los deditos aferrados a ella como si le fuera la vida en ello.

No sé mucho de niños.

Esta es más pequeña que mi sobrino Enzo, que tiene siete años, pero más grande que Matteo y Alessia, que son los bebés de mis hermanos.

Antes de que pueda procesar lo que significa que Eva parezca estar huyendo con una niña, detecto movimiento.

No son peatones al azar, sino sombras con un propósito que la siguen.

Tres hombres, moviéndose como depredadores.

La Bratva.

Reconozco sus siluetas corpulentas, la forma en que se comunican con sutiles gestos de cabeza.

La misma escoria rusa que ha estado causando problemas a mi familia desde antes de que mi padre muriera.

Están convergiendo sobre Eva desde diferentes direcciones, acorralándola.

Su lenguaje corporal cambia al instante.

Ella también los ha visto.

Su espalda se tensa, su paso se acelera a pesar de la cojera.

Atrae a la pequeña más hacia ella, murmurando algo que no alcanzo a oír.

El miedo que irradia es palpable incluso desde esta distancia.

Sin pensarlo, salgo del coche con la Glock que siempre llevo ya en la mano.

Me importa un carajo quién me vea, no me importan los testigos ni las consecuencias.

Nada importa excepto llegar hasta ellas.

Eva retrocede hacia un callejón.

Ni de coña, ahí no.

No debe de haberse dado cuenta de que no tiene salida.

Acaba de caminar hacia su propia muerte.