Capítulo 19 El Círculo de Hormigón
El helipuerto del sur era un monumento al abandono.
La pista circular de hormigón, de unos veinte metros de diámetro, estaba cuarteada por la maleza que brotaba de las juntas, y en el centro, la gran letra H aparecía descolorida por el sol y las lluvias tropicales.
A un costado, la estructura metálica del hangar abierto se retorcía como las costillas de un animal prehistórico.
Pero los ojos de los tres supervivientes no estaban fijos en la infraestructura, sino en la sombra densa del hangar, donde las rosetas negras del pelaje del jaguar parpadeaban bajo la luz filtrada del atardecer.
El felino permanecía sentado sobre sus cuartos traseros, moviendo la punta de la cola con un ritmo hipnótico.
No mostraba la curiosidad del primer encuentro; sus orejas estaban aplanadas contra el cráneo y sus ojos fijos transmitían una hostilidad territorial definitiva.
—No va a retroceder esta vez —susurró Alejandro, sintiendo cómo la adrenalina amortiguaba el dolor de su pierna y su hombro. Sostuvo la mitad de su lanza rota, cuya punta endurecida al fuego seguía intacta—. Estamos arrinconados contra el acantilado y él sabe que este es el final de nuestra pista.
—Tomas, el generador de manivela y la baliza deben estar en la caseta técnica de la derecha —indicó Elena, manteniendo la vista clavada en el depredador—.
Ve tú. Alejandro y yo cubriremos la entrada de la pista con las lanzas.
No enciendas luces si encuentras linternas; el destello podría activar su ataque. Usa el tacto.
Tomas asintió con una seriedad absoluta. Dejó la mochila militar en el suelo y, moviéndose con el sigilo de un fantasma, se deslizó por el borde izquierdo del hormigón hacia la pequeña caseta de lámina galvanizada que albergaba los controles del helipuerto.
El jaguar emitió un siseo largo y seco al notar el movimiento de Tomas. Se puso en pie lentamente, arqueando el lomo macizo. Sus hombros se movían con una potencia aterradora mientras daba los primeros pasos hacia el centro del círculo de hormigón.
—¡Hey! ¡Aquí estamos, maldito gato! —gritó Alejandro, dando un paso al frente y golpeando el suelo con el talón de su lanza para atraer la atención del felino hacia él, alejándolo de la ruta de Tomas.
Elena se colocó a su lado, cruzando su lanza entera con la de Alejandro, formando una barrera visual de madera endurecida.
—¡Grita conmigo, Alejandro! —exclamó la ingeniera.
El clamor de ambos resonó en la meseta, pero el jaguar ya no se dejó intimidar por el ruido. El animal aceleró el paso, pasando de una caminata acechante a un trote corto y fluido. Estaba acortando la distancia con una velocidad pasmosa: quince metros… diez metros…
Mientras tanto, en el interior de la caseta técnica, Tomas tropezaba en la penumbra con herramientas oxidadas y cables sueltos.
Sus manos, húmedas por el sudor, palparon una caja metálica pesada anclada a la pared.
Al abrir la tapa, sus dedos encontraron lo que Julian Vance había descrito en su nota: una palanca de manivela pesada conectada a una dinamo de inducción manual y, justo al lado, un módulo de radio autónomo con una pequeña luz piloto de neón apagada.
—Vamos, vamos… funciona —rogó Tomas, aferrando la manivela con ambas manos y comenzando a girarla con un ritmo frenético.
Un zumbido mecánico, agudo y ascendente, empezó a romper el silencio de la caseta: ¡Zzz-zzz-zzz!
La resistencia de la manivela era dura, exigiendo toda la fuerza de los brazos del marinero.
Fuera, en la pista, el jaguar se tensó al escuchar el nuevo sonido mecánico y detuvo su avance a solo seis metros de Alejandro y Elena.
El felino se agachó, pegando el pecho al hormigón y tensando los músculos de las patas traseras. Era la postura previa al salto mortal.
—¡Alejandro, va a saltar! —advirtió Elena, clavando los talones en el suelo y apuntando la lanza directamente al centro del pecho del animal.
El jaguar se impulsó hacia adelante en un destello de pelaje dorado y garras expuestas. El salto cubrió la distancia en una fracción de segundo.
Alejandro, utilizando su experiencia en el manejo de traumas y reflejos rápidos, no intentó esquivarlo. Esperó el impacto y, en el último milisegundo, dejó caer su peso hacia la izquierda mientras empujaba la punta endurecida de su lanza rota hacia el cuello del felino.
La punta de madera impactó en el hombro del jaguar, desviando parcialmente la trayectoria del salto.
Al mismo tiempo, la lanza de Elena penetró en el costado del animal, hundiéndose unos centímetros antes de que la fuerza del felino rompiera el astil de madera en dos.
El impacto barrió a ambos humanos, lanzándolos contra elhormigón agrietado.
El jaguar cayó pesadamente a un lado, emitiendo un rugido de dolor y furia salvaje, sangrando por el costado donde la madera de Elena le había infligido un corte profundo.
En ese mismo instante, desde el interior de la caseta, una luz roja intermitente comenzó a parpadear en el techo de la estructura técnica: ¡Bip… bip… bip!
—¡La encendí! ¡La baliza está transmitiendo! —gritó Tomas, saliendo de la caseta con una barra de hierro que había encontrado en el suelo.
El jaguar, herido y confundido por el destello de la luz roja de la baliza y el ruido ensordecedor de la dinamo que seguía zumbando en el interior, miró a los tres humanos que volvían a ponerse en pie, ensangrentados pero con las armas rotas en posición de ataque.
El felino evaluó el coste de la presa: el ser humano acorralado era demasiado costoso de cazar.
Con un último bufido que salpicó sangre sobre el hormigón, el gran jaguar se giró y saltó la valla perimetral del helipuerto, perdiéndose entre la densa y oscura maleza de la ladera sur. Había cedido el territorio.
Alejandro se dejó caer sentado sobre la letra H, sujetándose el brazo izquierdo, que milagrosamente había resistido el impacto sin luxarse de nuevo. Elena se arrodilló a su lado, con la cara cubierta de polvo y un rasguño en la mejilla, pero con una sonrisa de pura victoria en los labios.
—La baliza… ¿está transmitiendo, Tomas? —preguntó Alejandro, con la respiración entrecortada.
Tomas se acercó, señalando la antena de látigo de la caseta que vibraba levemente bajo la luz roja intermitente del faro de emergencia.
—Señal internacional de socorro en la frecuencia de aviación civil, doctor —respondió el marinero, con lágrimas limpiando el lodo de sus mejillas—.
Si hay un avión comercial, un helicóptero de la guardia costera o un barco militar a cien millas a la redonda, acaban de recibir nuestras coordenadas exactas.
El sol se ocultó por fin detrás del horizonte marino, tiñendo el cielo de un rojo crepuscular profundo.
La noche caía sobre la isla por séptima vez, pero ahora, en lugar de la oscuridad total del laberinto verde, la meseta del helipuerto estaba coronada por el latido constante y tecnológico de la luz roja de la baliza, una señal que gritaba al mundo exterior que tres seres humanos habían desafiado a la selva, al océano y a sus propios límites, y seguían allí para contarlo.