Capítulo 18 El Sendero de la Cinta Roja
El fuego del barracón modular comenzó a devorar las vigas plásticas con un rugido sordo, desprendiendo llamaradas azuladas que amenazaban con extenderse a la vegetación circundante.
Los tres supervivientes abandonaron el claro del campamento a paso apresurado, cubriéndose las vías respiratorias con los pañuelos para evitar los gases cianurados del plástico quemado.
En su poder llevaban ahora un mapa topográfico detallado de la isla y la ubicación del helipuerto del sur.
Al salir del campamento, Tomas localizó el primer indicio de la ruta: una tira de plástico de color rojo brillante, descolorida por el sol y cuarteada por la humedad, atada fuertemente a la rama de un árbol de caucho.
—Aquí está la primera marca, doctor —anunció el marinero, apuntando con su lanza endurecida—. El sendero parece internarse hacia el desfiladero central.
—Movámonos con cuidado —advirtió Alejandro, acomodando las correas de la mochila militar que ahora contenía las valiosas medicinas modernas y los diarios de Vance—.
El terreno estará muy inestable después del monzón, y si el mapa es correcto, el helipuerto está detrás de la cresta montañosa.
Son tres kilómetros de terreno completamente vertical.
El Sendero de la Cinta Roja resultó ser una cicatriz abierta en la montaña.
Aunque los operarios de la mina lo habían limpiado con machetes dos años atrás, la selva tropical había reclamado su territorio con una ferocidad asombrosa.
Enredaderas con espinas en forma de anzuelo, conocidas como “uñas de gato”, se enganchaban en sus ropas con saña, obligándolos a detenerse cada pocos metros para no desgarrar el tejido ni la piel.
A la mitad del camino, el sendero comenzó a estrecharse, convirtiéndose en una cornisa natural de apenas un metro de ancho que bordeaba un acantilado de piedra caliza.
A la izquierda, la pared de roca subía de forma vertical hacia las nubes; a la derecha, un abismo de vegetación densa caía más de cincuenta metros hacia un río subterráneo que rugía con el agua acumulada de la tormenta.
Elena iba a la vanguardia, escaneando el suelo con sus ojos de ingeniera ambiental. De repente, se detuvo en seco, extendiendo el brazo hacia atrás para frenar a Tomas.
—¡Alto! No den un paso más —susurró, con la voz cargada de tensión.
A menos de dos metros de ellos, el sendero de arcilla se había colapsado.
El monzón de la noche anterior había provocado un deslizamiento de tierra que había borrado una sección de tres metros de la cornisa, dejando un vacío absoluto sobre el abismo.
El único puente disponible era una raíz gruesa y expuesta de un árbol de higuerón centenario que cruzaba la brecha de forma diagonal, anclándose en la roca del otro lado.
La raíz estaba húmeda, cubierta de musgo resbaladizo.
—El suelo cederá si intentamos rodearlo por la ladera —analizó Elena, mirando hacia la pendiente superior, que mostraba grietas de tensión—. La única forma de pasar es cruzar sobre la raíz. Uno a uno.
Tomas miró el abismo y tragó saliva. El rugido del agua abajo hacía que la piedra vibrara levemente.
—Yo iré primero, ingeniera —se ofreció el marinero, intentando disimular el temblor de sus manos—. Si la raíz aguantó el peso de las piedras que cayeron de arriba, aguantará mi peso.
Tomas dejó su lanza en el suelo para tener los brazos libres.
Se agachó, colocándose a gatas sobre la raíz húmeda.
Avanzó centímetro a centímetro, distribuyendo su peso corporal de forma uniforme.
El musgo hacía que sus manos resbalaran, obligándolo a aferrarse con los dedos a la corteza fibrosa de la madera.
A mitad del tramo, un trozo de corteza se desprendió bajo su rodilla, cayendo al vacío en silencio hasta desaparecer en el dosel inferior.
Tomas se congeló por un segundo, respiró hondo y, con un último impulso técnico, saltó hacia la roca firme del otro lado.
—¡Pasé! —gritó, dándose la vuelta y extendiendo los brazos—. ¡Elena, te toca! Ven despacio, no mires abajo.
Elena cruzó con una agilidad felina, manteniendo el centro de gravedad bajo y moviéndose con un ritmo constante que minimizaba las vibraciones sobre la madera. Cuando llegó al otro lado, Tomas la tomó de los brazos y la puso a salvo de un tirón.
El verdadero reto era Alejandro. Su pierna derecha seguía resentida por el golpe de la cola del caimán y la falta de flexibilidad limitaba sus movimientos.
—Alejandro, tómate tu tiempo —le pidió Elena desde el otro lado, con los ojos fijos en él—. Si te sientas sobre la raíz y avanzas usando los brazos, reduces el riesgo.
Alejandro asintió. Se sentó sobre el borde rocoso y pasó una pierna sobre la raíz húmeda.
El dolor muscular de la pantorrilla protestó de inmediato.
Avanzó arrastrando el cuerpo, usando la fuerza de sus hombros y de su brazo sano.
Justo cuando alcanzaba el punto crítico, en el centro del vacío, el viento de la tarde sopló con una ráfaga traicionera que lo hizo tambalearse.
La mochila militar se ladeó, alterando su equilibrio. Alejandro sintió que su cuerpo se deslizaba hacia la derecha, hacia el abismo.
Por un milisegundo, la gravedad pareció ganar la partida. Pero su instinto de supervivencia se activó: Alejandro clavó el codo izquierdo en una hendidura de la raíz, ignorando el dolor del hombro recién curado, y se aferró con las uñas a la madera hasta estabilizarse.
—¡Vamos, Ale! ¡Estás a un paso! —gritó Elena, estirándose todo lo que la roca le permitía.
Tomas se ancló en un saliente de piedra y sujetó a Elena por la cintura, permitiéndole ganar unos centímetros de alcance.
Alejandro extendió su mano derecha con un esfuerzo supremo.
Sus dedos se entrelazaron con los de la ingeniera en un agarre firme y desesperado.
Con la fuerza combinada de Tomas y Elena, el médico fue arrastrado hacia la plataforma rocosa, cayendo a salvo sobre la arcilla rojiza.
Los tres se quedaron tendidos en el suelo, asimilando el hecho de haber burlado a la muerte una vez más. El Sendero de la Cinta Roja los había puesto al límite, pero seguían adelante.
Cuando Alejandro se incorporó y miró hacia adelante, la densa vegetación del desfiladero comenzó a clarear.
A unos quinientos metros de distancia, en una meseta aplanada de forma artificial en la falda de la montaña del sur, el sol de la tarde se reflejaba en una superficie circular de hormigón agrietado.
En medio de la plataforma, pintada con pintura blanca desgastada por el tiempo, destacaba una letra gigante: H.
Habían llegado al helipuerto del sur. Pero la alegría se congeló en sus gargantas cuando Tomas señaló hacia el borde de la pista de hormigón.
Junto a la estructura del generador y el contenedor de combustible, unas ramas recién rotas y una serie de pisadas pesadas en el lodo indicaban que el jaguar los estaba esperando en el destino final.
El depredador se había adelantado, utilizando una ruta superior, y ahora los observaba desde la sombra de los restos de un hangar abandonado.