Capítulo 17 El Humo Negro
El humo negro ascendía en espirales densas y aceitosas, recortándose con violencia contra el cielo limpio de la tarde.
El olor llegó a la playa un minuto después: una mezcla química e industrial, el hedor inconfundible de caucho sintético, cables plásticos y combustible quemándose a alta temperatura.
—Eso no es un rayo que incendió un árbol —dijo Tomas, apretando el mango de su lanza con los nudillos blancos—. Alguien está quemando material del barco, o algo peor.
—O el jaguar aprendió a usar cerillas, o no somos los únicos supervivientes en este trozo de tierra —añadió Alejandro, cuya mente médica procesaba la situación con rapidez.
Sentía el hombro mucho más ligero gracias a los analgésicos del botiquín, pero la aparición del humo alteraba por completo sus cálculos de seguridad—.
Elena, guarda esos diarios en la mochila militar.
Nos los llevamos. Tomas, reparte los bidones de agua del contenedor en la mochila.
Dejamos el exceso aquí escondido bajo las rocas, solo llevamos lo esencial para movernos rápido.
Se adentraron en la selva siguiendo la dirección del viento, usando el humo como brújula.
El terreno en este sector norte de la isla era diferente: la roca caliza daba paso a formaciones de arcilla rojiza, erosionadas por las lluvias torrenciales de la víspera.
El lodo aquí tenía un color óxido y se pegaba a las botas con un peso muerto.
A medida que avanzaban, la selva empezó a mostrar cicatrices que no eran naturales. Alejandro se detuvo junto a un árbol de madera dura cuyo tronco presentaba un corte perfectamente recto y limpio a dos metros del suelo.
—Motosierra —observó Elena, pasando los dedos por la madera seca y enmohecida—. Este corte tiene al menos un par de años. Estamos en la senda de la prospección.
Unos cien metros más adelante, el dosel arbóreo se abrió de golpe a causa de un claro artificial. Los tres supervivientes se agacharon detrás de una cortina de helechos gigantes, conteniendo el aliento.
Frente a ellos, semioculto por las lianas y la maleza que habían reclamado el terreno durante los últimos meses, se alzaba el esqueleto de un campamento base.
Había dos barracones modulares de lámina de zinc prefabricada, uno de ellos aplastado por la caída de un árbol colosal durante el monzón de la noche anterior.
Del tejado del segundo barracón salían las llamas que generaban la columna de humo: el árbol al caer había arrastrado una línea de cables conectados a un banco de baterías solares industriales que aún conservaban carga.
El cortocircuito había incendiado el aislamiento de plástico y un depósito de líquido refrigerante.
—Es una instalación minera abandonada —susurró Tomas, oteando las ventanas rotas de los barracones—. No se ve movimiento humano, doctor. Solo el fuego.
—Entremos con cuidado —indicó Alejandro—. Si las baterías están ardiendo, el humo es altamente tóxico. Busquemos el módulo que no está en llamas.
Cruzaron el claro con las lanzas en alto, atentos a cualquier señal del jaguar o de presencia humana.
El aire en el campamento era irrespirable, cargado de gases plásticos.
Elena se tapó la boca con el pañuelo limpio y se dirigió directamente al barracón que permanecía intacto, cuya puerta de metal estaba entornada.
Al empujarla, las bisagras oxidadas emitieron un chirrido agudo.
El interior estaba sumido en la penumbra y el caos.
Había escritorios de oficina volcados, planos topográficos carcomidos por las termitas y estanterías metálicas donde se alineaban botes de muestras geológicas idénticos a los que Elena había encontrado en la mochila de la playa.
Pero lo que llamó la atención de Alejandro no fueron los papeles, sino lo que yacía en el suelo, en el rincón del fondo del barracón, junto a una mesa de comunicaciones destruida por la humedad.
Era un catre de campaña militar. Y sobre él, cubierto por una lona podrida, había una silueta humana inmóvil.
Alejandro se acercó despacio, con el botiquín médico en una mano y la lanza en la otra. Con el extremo de la madera, retiró la lona gris con cuidado.
El cuerpo estaba momificado por el calor seco del barracón y la falta de oxígeno interna.
Se trataba de un hombre blanco, vestido con ropa de trabajo técnico que lucía el logotipo de una corporación minera privada.
Al lado de su mano derecha, en el suelo, había una botella de agua vacía y una pistola de bengalas descargada.
No había signos de violencia física en los restos óseos visibles; el hombre parecía haber muerto pacíficamente, o por inanición, atrapado en su propio refugio.
Elena se inclinó sobre la mesa de comunicaciones. Entre los cables sulfatados y los radiotransmisores inservibles, encontró un portafolios de plástico con un documento de identidad y una última nota manuscrita en un papel amarillento, fechada en noviembre de 2024.
—Es Julian Vance —dijo Elena con la voz apagada, leyendo la tarjeta de identificación—. El geólogo de la mochila.
—¿Qué dice la nota, ingeniera? —preguntó Tomas, mirando con respeto y temor los restos del hombre.
Elena limpió el polvo del papel y leyó en voz alta:
“La tormenta destruyó el helicóptero de evacuación en el helipuerto del sur. El resto del equipo intentó cruzar el canal en la lancha neumática, pero el oleaje los destrozó contra el arrecife. Me quedé aquí, herido de la pierna. La radio principal no tiene alcance por la ionización de la montaña. Si alguien encuentra esto… el helipuerto del sur tiene un contenedor de combustible de aviación sellado y una baliza de emergencia autónoma que funciona con un generador de manivela manual. Está a tres kilómetros de aquí, siguiendo el sendero marcado con cinta roja en los árboles. No dejen que la selva los borre.”
Alejandro miró la nota y luego el cuerpo del geólogo. La columna de humo negro afuera seguía ascendiendo, pero ahora sabían que no era una señal de rescate, sino el epitafio ardiente de una expedición del pasado que les estaba entregando, desde el más allá, la ruta exacta para salir de la isla.
—El helipuerto del sur… —susurró Alejandro, sintiendo el peso de la revelación—.
Tenemos un mapa, tenemos medicinas, y ahora sabemos que hay una baliza de emergencia real a tres kilómetros.
Tomas, Elena… la tormenta quemó este barracón para darnos la respuesta.
Recojamos todo lo que sirva de este despacho y salgamos de aquí antes de que el fuego consuma el resto de las estructuras.
Nuestro objetivo ya no es solo amanecer vivos. Es llegar a ese helipuerto.