Capítulo 16 La Caja de Pandora
El interior del contenedor rígido desprendía un olor químico a plástico nuevo, resina y humedad confinada. Para tres personas que llevaban una semana viviendo como cazadores-recolectores del Paleolítico, el contenido de esa caja se sentía como un tesoro traído del futuro.
Tomas, con las manos temblorosas por la emoción, comenzó a extraer los objetos uno a uno, acomodándolos sobre una roca plana y seca que quedaba fuera del alcance de las olas:
● Cuatro bidones de agua de cinco litros: Fabricados en polietileno de alta densidad, sellados de fábrica y completamente intactos. Veinte litros de agua purificada que no sabía a humo ni a bambú.
● Dos botiquines de primeros auxilios de nivel marino: Estuches estancos de color rojo brillante.
Al abrir uno, Alejandro soltó un suspiro de alivio que le salió del alma: gasas estériles, vendas elásticas, antisépticos de yodo, suturas y, lo más importante, tres cajas de antibióticos de amplio espectro (amoxicilina con ácido clavulánico) y analgésicos potentes.
● Doce raciones de supervivencia compactas: Bloques de galletas hipercalóricas selladas al vacío, similares a las que ya habían gastado, pero suficientes para asegurar el sustento de una semana completa sin necesidad de cazar.
● Tres mantas térmicas aluminizadas y un rollo de cuerda de nailon de grado náutico de cincuenta metros.
Elena escarbó en el fondo del contenedor, buscando el santo grial de cualquier náufrago: la electrónica. Encontró una caja de plástico estanca que contenía una radio de socorro VHF portátil y dos bengalas de mano de fósforo rojo.
—¡Una radio! —gritó Tomas, con los ojos iluminados—. ¡Doctor, estamos salvados! Podemos llamar a la guardia costera ahora mismo.
Elena sacó el aparato. Era un modelo profesional de color amarillo chillón, diseñado para resistir los peores castigos del océano.
Presionó el botón de encendido. La pantalla de cristal líquido se iluminó con un parpadeo tenue, mostrando el nivel de batería: apenas un 15%.
El golpe contra las rocas o el tiempo flotando a la deriva bajo el sol tropical habían provocado una microfuga de corriente en las celdas de litio.
—Está viva... pero por muy poco —advirtió Elena, con una seriedad que apagó instantáneamente la euforia de Tomas—.
El canal 16 de emergencia VHF es de corto alcance, chicos.
Línea de visión óptica. No tenemos un satélite aquí dentro; esta radio transmite en frecuencias civiles que necesitan un barco o una estación costera a menos de veinte o treinta millas náuticas para recibir la señal.
Con un quince por ciento de batería, si la dejamos encendida buscando señal, se morirá en menos de una hora.
Alejandro se acercó, tomando el botiquín médico e inspeccionando las pastillas. Su mente regresó al pragmatismo de la supervivencia a largo plazo.
—La ingeniera tiene razón, Tomas —dijo Alejandro, colocando una mano en el hombro del marinero—.
Encenderla aquí abajo, al nivel del mar y rodeados por las paredes rocosas de la isla, es tirar la batería.
La geografía bloquearía la poca onda que nos queda.
Tenemos una sola bala en este cargador. Hay que usarla bien.
—¿Entonces qué hacemos con ella? —preguntó Tomas, visiblemente frustrado.
—La guardamos en su bolsa estanca —propuso Elena—. Solo la encenderemos cuando estemos en el punto más alto de la isla, el pico de la colina que vimos desde arriba, y solo si vemos la silueta de un barco o un avión en el horizonte. Mientras tanto, permanece apagada.
El dilema de la radio enfrió los ánimos, pero el resto del equipo era una bendición innegable.
Alejandro abrió inmediatamente una botella de antiséptico y limpio su herida del hombro de forma reglamentaria, cubriéndola con una gasa estéril que Tomas fijó con cinta médica.
Después, se tomó la primera dosis del antibiótico oral.
Sabía que la quina de Elena le había salvado la vida, pero la medicina moderna erradicaría los últimos restos de la infección en su sistema.
Mientras organizaban el reparto del peso para transportar los suministros colina arriba, Elena se percató de un detalle en el fondo del contenedor.
Había una lona gris arrugada que cubría el mamparo inferior.
Al retirarla, descubrieron algo que no formaba parte del equipo estándar de rescate: una mochila de lona militar, pesada y desgastada, con las iniciales "J.M.
" escritas con rotulador negro permanente en la solapa superior.
—Esto no es del crucero —dijo Tomas, frunciendo el ceño—. Esto es equipaje personal. Alguien la metió aquí antes de que el contenedor se desprendiera.
Elena abrió la cremallera de la mochila con cuidado.
En el interior no había ropa ni comida. Había tres cuadernos de notas de tapa dura protegidos en bolsas de plástico de congelación, un mapa topográfico plastificado de la región geográfica del Caribe y un juego de herramientas de prospección geológica, incluyendo un martillo de geólogo y varios botes de cristal con muestras de minerales numeradas.
Elena tomó el primer cuaderno, abrió la bolsa y leyó la primera página manuscrita en un inglés pulcro:
"Propiedad de Julian Vance. Proyecto de Prospección Geológica Táctica - Isla de San Juan (Sector No Catalogado).
2024. Las muestras de bauxita y coltán en el cuadrante norte confirman una densidad mineral que justifica la inversión.
La presencia de fauna agresiva y la inestabilidad del terreno dificultan la logística, pero la corporación exige los resultados antes del fin del año fiscal. "
Elena levantó la vista hacia Alejandro, con los ojos muy abiertos.
—Este lugar... no es una isla desierta cualquiera —dijo con la voz tensa—. Había una prospección minera ilegal o privada aquí hace un par de años. Y si hay cuadernos de notas y prospección... significa que en alguna parte de esta isla hay, o hubo, un campamento base con infraestructura real.
Un crujido en el límite de la selva, justo donde las palmeras tocaban la arena de la playa, interrumpió la lectura de Elena.
De entre la vegetación húmeda, no salió el jaguar, sino algo que los hizo ponerse en guardia: una columna de humo negro, denso y grasiento, comenzó a elevarse hacia el cielo desde el interior del bosque, a unos quinientos metros de su posición.
No era el humo blanco de su fogata; era el humo de algo que ardía con combustible químico.
Alguien, o algo, acababa de encender una señal en la isla.