Capítulo 15 El Horizonte de Sal
El amanecer del séptimo día trajo un silencio sepulcral que contrastaba con la furia de la noche anterior.
La tormenta se había retirado hacia el este, dejando tras de sí un aire extrañamente limpio, fresco y con un olor penetrante a ozono y tierra húmeda.
Al salir de la cueva caliza, los tres náufragos contemplaron los estragos del monzón: la ladera de la montaña parecía haber sido mutilada; árboles centenarios yacían derribados con las raíces expuestas y pequeños riachuelos de lodo seguían descendiendo hacia el valle.
Sin embargo, la destrucción de la selva baja les otorgó un regalo inesperado.
La caída de varios árboles gigantescos del dosel había abierto una enorme brecha en la vegetación que antes bloqueaba la visual.
Por primera vez desde el naufragio, tenían una vista panorámica y despejada hacia la costa opuesta de la isla.
—Miren allá abajo… —dijo Elena, señalando hacia una ensenada rocosa que se formaba en el extremo norte de la isla, a unos dos kilómetros de su posición actual.
Alejandro y Tomas forzaron la vista. Entre las rocas negras y la arena blanca lavada por el temporal, algo brillaba con un destello blanco, geométrico y artificial que no pertenecía a la naturaleza de la isla.
No eran restos de madera ni algas; era una estructura alargada y de un color naranja internacional que destacaba como una baliza.
—¡Es un contenedor de los botes salvavidas! —exclamó Tomas, con los ojos abiertos de par en par y la voz quebrada por la emoción—. ¡O una de las balsas rígidas volteadas del crucero! La tormenta de la noche debió arrastrarla desde el arrecife exterior y la encalló en esa bahía.
La adrenalina inyectó una fuerza renovada en sus músculos agotados.
El hambre, el frío de la noche y el dolor de la pierna de Alejandro pasaron a un segundo plano.
Aquel objeto en la playa representaba la diferencia entre la supervivencia primitiva y el acceso a herramientas reales: raciones de agua esterilizada, botiquines médicos, bengalas de señalización y, quizás, una radio de emergencia.
—Tenemos que bajar de inmediato —decidió Alejandro, afianzando el agarre de su lanza rota pero útil—.
El jaguar se habrá movido hacia las zonas altas huyendo de las inundaciones, así que la costa norte debería estar despejada.
Pero debemos ser rápidos; si la marea vuelve a subir, podría arrastrar los restos de nuevo al mar.
El descenso fue rápido pero peligroso. El agua de la tormenta había convertido la ladera en un tobogán de arcilla resbaladiza.
En más de una ocasión, Tomas tuvo que usar su cuerpo como freno para evitar que Elena cayera por un desnivel rocoso.
Alejandro, a pesar de la cojera, mantuvo el ritmo, utilizando la lanza como un tercer punto de apoyo con una destreza nacida de la necesidad.
A medida que se acercaban a la playa, el olor a vegetación en descomposición fue reemplazado por la brisa marina y el familiar olor a salitre. Al pisar la arena húmeda de la ensenada, confirmaron que los cálculos de Tomas eran correctos.
No era una balsa inflable, sino un contenedor de supervivencia rígido de resina sintética, desprendido de uno de los pescantes del crucero durante el hundimiento.
El impacto contra las rocas de la orilla había agrietado la estructura principal, pero el compartimento estanco inferior parecía haber resistido la presión y el agua.
—Está trabado entre estas dos rocas volcánicas —dijo Tomas, evaluando la situación como el marino que era—. El pestillo de seguridad de acero está oxidado por el salitre y deformado por el golpe. No se va a abrir con las manos, doctor.
—Usemos la palanca —sugirió Elena, buscando con la mirada una rama gruesa de madera dura entre los restos que la tormenta había arrojado a la playa—. Si metemos una vara de madera en la hendidura de la cerradura y aplicamos presión entre los tres, el pestillo de resina debería ceder.
Tomas encontró un madero flotante de balsa, pesado y denso, que había resistido el embate de las olas. Lo introdujo en la grieta deformada del contenedor con cuidado.
—A la de tres —indicó Alejandro, colocando sus manos sanas junto a las de Tomas y Elena—. Uno… dos… ¡tres!
Los tres cargaron todo su peso corporal sobre el madero.
Los músculos de sus espaldas se tensaron y el sudor comenzó a brotar de nuevo.
La madera crujió bajo la tensión, amenazando con romperse, pero el pestillo de acero del contenedor cedió finalmente con un chasquido metálico rotundo que resonó en toda la ensenada.
La tapa del contenedor se abrió de golpe, revelando su interior. Los tres se inclinaron hacia adelante, conteniendo el aliento, listos para descubrir qué herramientas les deparaba el destino para la siguiente fase de su estancia en la isla.