Capítulo 20 El Sonido de la Civilización
La noche sobre el helipuerto del sur transcurrió en una vigilia que ya no estaba dominada por el terror, sino por la expectación.
Tomas se había turnado con Elena para mantener la manivela de la dinamo girando de forma constante, asegurando que la luz roja piloto de la baliza y su transmisor autónomo no dejaran de enviar la señal de socorro a la atmósfera.
Alejandro, con el torso vendado adecuadamente gracias a las gasas del botiquín y estabilizado por los analgésicos, permanecía sentado contra el muro de la caseta, vigilando el horizonte marino con los ojos fijos en la negrura del océano.
El jaguar no regresó. El laberinto verde parecía haber aceptado la derrota; el humo químico del campamento base quemado y el destello intermitente de la baliza en la meseta habían marcado una frontera infranqueable para la fauna de la isla.
A las cinco y media de la mañana, justo cuando el cielo del este comenzaba a teñirse de un tono lavanda pálido, un sonido ajeno al coro de las ranas y al romper de las olas empezó a vibrar en el aire.
No provenía de la selva. Era un zumbido grave, rítmico y metálico que hacía vibrar las láminas de zinc del hangar abandonado.
Thump-thump-thump-thump.
—¿Escuchan eso? —Tomas se detuvo en seco, con la manivela a medio girar y el rostro congelado.
Elena se puso en pie de un salto, corriendo hacia el centro de la pista de hormigón. Alejandro se incorporó apoyándose en la caseta, forzando la vista hacia las nubes bajas que flotaban sobre el mar.
El sonido aumentó de intensidad hasta transformarse en el rugido ensordecedor de un rotor de cola.
De entre la bruma matutina, emergió una silueta estilizada y masiva de color gris naval: un helicóptero de rescate Eurocopter de la Guardia Costera.
El aparato inclinó el morro hacia adelante al detectar la luz roja intermitente de la baliza y comenzó un descenso controlado sobre la gran letra H del helipuerto.
El viento provocado por las hélices principales barrió la meseta con la fuerza de un vendaval, obligando a los náufragos a cubrirse los ojos.
Pero ninguno de ellos se movió. Se quedaron estáticos en el centro de la pista, con los brazos en alto, las ropas rasgadas y cubiertas de lodo, observando cómo la aeronave tocaba tierra de forma impecable sobre el hormigón agrietado.
La compuerta lateral corredera se abrió de golpe. Dos rescatistas con cascos de vuelo y trajes de neopreno naranja saltaron al suelo, corriendo hacia ellos con camillas plegables y mantas térmicas.
—¡Guardia Costera! —gritó el primer rescatista, arrodillándose junto a Alejandro y tomándole el pulso con manos expertas—. Recibimos una señal de baliza autónoma hace cuatro horas. ¿Son ustedes los supervivientes del hundimiento del Oceanic Star?
—Somos nosotros —respondió Alejandro con una voz ronca pero firme, clavando sus ojos en el rescatista—. El médico de a bordo, Alejandro Vance, la ingeniera Elena Rostova y el marinero Tomas Silva. Todo el equipo está contable y estabilizado.
El rescatista miró el entorno, las lanzas de madera partidas con sangre reseca, el vendaje reglamentario en el hombro de Alejandro y los termos de bambú que Tomas colgaba de su pecho. Una expresión de profundo respeto se dibujó en el rostro del oficial naval.
—Llevamos seis días peinando este sector, doctor. Pensamos que la corriente los había arrastrado al océano abierto. Lo que han hecho aquí… construir esta posición y activar un helipuerto abandonado desde hace dos años… es un milagro de la supervivencia.
—No fue un milagro —dijo Elena, mirando a Alejandro y luego a Tomas con una sonrisa cansada pero inmensamente orgullosa—. Fue ciencia, ingeniería y la voluntad de no dejarnos borrar por la selva.
Los ayudaron a subir a la cabina del helicóptero.
Tomas fue el primero en sentarse, recibiendo una botella de agua mineral sellada y una manta térmica de manos del tripulante.
Elena se sentó junto a Alejandro, quien se recostó contra el mamparo de la cabina mientras los motores del Eurocopter aumentaban la potencia para el despegue.
La aeronave se elevó de forma vertical, ganando altura rápidamente sobre la meseta del sur.
A través de la ventanilla de plexiglás, los tres náufragos observaron la isla de San Juan alejarse bajo sus pies.
Desde el aire, el laberinto verde ya no parecía tan aterrador; era una masa compacta de color esmeralda cruzada por la línea rojiza del sendero, la poza de la cascada y, en la costa norte, los restos del contenedor que les había abierto las puertas de la libertad.
Alejandro cerró los ojos por fin, sintiendo la vibración del helicóptero y el calor de la mano de Elena entrelazada con la suya.
Habían entrado en esa selva como náufragos desahuciados, despojados de todas las comodidades de la civilización moderna, pero salían de ella como algo mucho más grande: una comunidad indestructible que había demostrado que la mente humana, cuando se apoya en el conocimiento y la solidaridad, es la herramienta más poderosa del planeta.
El vuelo hacia el continente comenzó, dejando atrás el laberinto verde, el territorio del jaguar y los siete días que cambiaron sus vidas para siempre.