Capítulo 12 La Fiebre del Pantano
El amanecer del tercer día no trajo el alivio de la rutina, sino la confirmación de los peores temores médicos de Alejandro.
Se despertó en mitad de la madrugada con el cuerpo sacudido por escalofríos violentos, a pesar del aire denso y sofocante que envolvía el refugio.
Tenía la boca tan seca que la lengua se le pegaba al paladar, y un dolor de cabeza punzante, localizado detrás de los ojos, le impedía mantener una línea de pensamiento clara.
Cuando la luz grisácea de la mañana finalmente se filtró por el techo de hojas, Elena se inclinó sobre él. Al apoyar la palma de su mano en la frente de Alejandro, retrocedió con un gesto de alarma.
—Estás ardiendo, Ale —dijo, con la voz cargada de una ansiedad que intentó disimular sin éxito—. Tienes una fiebre muy alta. Déjame ver el hombro.
Alejandro emitió un gemido sordo cuando Elena apartó con cuidado el vendaje improvisado de hojas frías.
La herida sufrida contra la barrera de coral el primer día se había transformado en una pesadilla clínica.
Los bordes de los cortes irregulares estaban endurecidos, de un color púrpura oscuro, y líneas rojas y sinuosas comenzaban a extenderse desde el hombro hacia el pecho y el cuello.
Era una linfangitis de libro, el síntoma inequívoco de una infección bacteriana aguda que se propagaba por el sistema linfático.
—Bacterias marinas… Vibrio o Mycobacterium —consiguió articular Alejandro, con los dientes castañeteando por el frío interno de la fiebre—. El agua caliente… que usamos para limpiar… no fue suficiente. Necesito… antibióticos, Elena. Si entra en el torrente sanguíneo… shock séptico.
Elena tragó saliva. Miró a Tomas, que observaba la escena desde el borde de la tarima con el rostro demudado.
El líder pragmático del grupo, el cirujano que los había mantenido cuerdos, estaba postrado, y la responsabilidad de su vida caía ahora sobre los hombros de una ingeniera ambiental y un joven marinero.
—No tenemos antibióticos de farmacia, Alejandro —dijo Elena, obligándose a mantener la calma, activando el protocolo de emergencia en su mente—.
Pero la selva es una farmacia gigante. Tengo que buscar algo que detenga esto.
Tomas, quédate con él. Dale de beber agua hervida constantemente, aunque la rechace. No dejes que se deshidrate.
—¿A dónde va, ingeniera? No puede ir sola a la selva —advirtió Tomas, dando un paso al frente.
—Sé exactamente qué buscar —respondió Elena con una determinación férrea, tomando la única lanza entera que les quedaba—.
Cerca de la poza vi ejemplares de Cinchona y plantas de la familia de las rubiáceas.
Necesito la corteza de esos árboles. Contiene alcaloides y compuestos antibacterianos.
También buscaré jengibre silvestre o raíces de cúrcuma si tengo suerte.
No me alejaré del curso del arroyo. Si escuchas que grito, vienes corriendo, pero por ahora tu misión es mantener vivo el fuego y cuidar a Alejandro.
Sin esperar respuesta, Elena descendió de la tarima de un salto y se internó en la vegetación densa, dejando atrás la relativa seguridad del campamento.
La selva la recibió con su habitual bofetada de humedad y ruido.
Sin la presencia física de Alejandro o Tomas a su lado, el entorno se sentía el doble de inmenso y hostil.
El suelo fangoso intentaba succionar sus botas de montaña con cada paso, y las lianas bajas se enganchaban en su ropa como dedos que querían retenerla.
Sin embargo, el miedo por la vida de Alejandro actuaba como un motor que borraba el cansancio de sus piernas.
Siguió el curso del agua hacia arriba, superando la poza donde yacían los restos ya esqueléticos y cubiertos de insectos del caimán.
Elena forzó la vista, analizando la corteza de cada árbol mediano.
La Cinchona, o árbol de la quina, era famosa por salvar miles de vidas durante la colonización del trópico gracias a sus propiedades antipalúdicas y antipiréticas.
Tras veinte minutos de búsqueda desesperada, sus ojos se fijaron en un tronco de corteza grisácea y agrietada, con hojas elípticas de un verde brillante y nervaduras rojizas.
—Por favor, que seas tú… —susurró, acercándose al tronco.
Utilizando el cortaplumas de Tomas, comenzó a raspar la capa exterior de la corteza.
Debajo apareció una fibra de color canela, con un olor amargo y penetrante.
Elena cortó varias tiras largas de esta corteza interna, guardándolas en los bolsillos de sus pantalones.
En el suelo húmedo, cerca de las raíces del mismo árbol, identificó también unas plantas de hojas lanceoladas que desprendían un olor picante al ser pisadas: jengibre silvestre.
Desenterró los rizomas nudosos con las manos, ignorando la tierra que se metía bajo sus uñas.
Mientras regresaba al campamento, un crujido pesado a su izquierda la obligó a detenerse en seco.
Sostuvo la lanza con ambas manos, con el corazón golpeándole las costillas.
Entre los helechos gigantes, a unos quince metros, dos ojos oscuros y fijos la observaban.
Era un jabalí silvestre o pecarí de collar, un animal de colmillos afilados y temperamento impredecible si se sentía acorralado.
Elena no se movió. Recordó las lecciones de comportamiento animal: no mostrar debilidad, pero tampoco agresividad directa.
Mantuvo la lanza en posición defensiva y comenzó a retroceder lentamente, paso a paso, ensanchando la distancia entre ella y el animal sin darle la espalda.
El pecarí emitió un bufido corto, golpeó el suelo con una pata delantera y, para alivio de Elena, se giró y se perdió entre la espesura.
Elena corrió los últimos metros hasta el refugio, con los pulmones ardiendo.
—¡Tomas! ¡Tengo las plantas! —gritó al llegar.
Subió a la tarima. Alejandro estaba semiinconsciente, balbuceando palabras incoherentes sobre el hospital y cirugías pasadas. La fiebre lo estaba consumiendo.
Elena trituró los rizomas de jengibre y las tiras de corteza de quina sobre una roca limpia utilizando el mango de la lanza como mortero. Colocó la pasta resultante dentro de uno de los cilindros de bambú limpios, le agregó agua de la poza y lo puso directamente sobre las brasas de la fogata.
Dejaron que la mezcla hirviera durante quince minutos completos para extraer la mayor cantidad posible de alcaloides. El líquido resultante era un té espeso, de un color marrón oscuro que emanaba un olor medicinal insoportablemente amargo.
Con la ayuda de Tomas, Elena incorporó el torso de Alejandro.
—Alejandro, mírame —le pidió, dándole unos golpecitos suaves en la mejilla—. Tienes que beber esto. Sé que está amargo, sé que es horrible, pero es tu única oportunidad. Bébelo.
Alejandro abrió los ojos a medias, desenfocados.
Al primer contacto del líquido con sus labios, hizo un gesto de rechazo instintivo, pero la firmeza de Elena se impuso.
Trago a trago, obligaron al médico a vaciar la mitad del cilindros de bambú.
El resto de la infusión, ya templada, Elena la utilizó para empapar el pañuelo limpio y aplicarlo directamente sobre la herida abierta del hombro, fijándolo con una nueva capa de lianas.
El esfuerzo drenó las últimas fuerzas de Alejandro, quien cayó de nuevo en un sueño profundo y pesado, con la piel empapada en un sudor frío.
Durante las siguientes seis horas, Elena y Tomas no se apartaron de su lado.
El sol completó su arco sobre la isla y la penumbra de la tarde comenzó a apoderarse del campamento una vez más.
Fue una prueba de resistencia psicológica para ambos; si Alejandro no mejoraba, la aventura de supervivencia cambiaría drásticamente de rumbo.
A las siete de la tarde, Alejandro dio un largo suspiro y se movió en la tarima. Elena se acercó de inmediato, colocando la mano en su frente.
La piel ya no quemaba. Estaba templada, húmeda por la transpiración que finalmente había roto la barrera de la fiebre.
Alejandro abrió los ojos, esta vez con la mirada limpia y enfocada de siempre.
Miró a Elena y luego el vendaje de su hombro, que mostraba una notable reducción en la inflamación purpúrea.
—La quina… —susurró con una voz débil pero firme—. Funcionó, ingeniera. Eres una excelente… médica de campo.
Elena no pudo contenerse más. Dejó caer la cabeza sobre el pecho sano de Alejandro, dejando que las lágrimas de alivio, contenidas durante todo el día, fluyeran libremente mientras Tomas, desde el suelo, soltaba una carcajada limpia y apagada, celebrando que su pequeño equipo seguía completo y listo para seguir luchando contra el laberinto verde.