El Eco Verde Capítulo 11 Cazadores Recolectores
57%

Capítulo 11 Cazadores Recolectores

​El regreso al campamento fue un ejercicio de agonía física y paranoia.

Tomas y Alejandro cargaban sobre los hombros tres enormes tiras de carne blanca extraídas de la cola del caimán, envueltas en las cerosas hojas de bijao para contener el goteo de sangre.

El olor ferroso e intenso parecía expandirse por el aire estancado de la selva como una baliza invisible.

Cada crujido en la maleza, cada aleteo en el dosel superior, hacía que el trío se detuviera en seco, apretando los puños alrededor de sus rústicas herramientas.

​Cuando finalmente cruzaron el perímetro del refugio y vieron el hilo de humo gris que seguía ascendiendo de las brasas protegidas, un suspiro colectivo de alivio rompió la tensión acumulada.

​—Al suelo no, Tomas —advirtió Elena rápidamente, deteniendo al marinero antes de que soltara la carne sobre el lodo—. Colócala sobre la tarima alta. Alejandro, siéntate. Necesito revisar ese impacto en tu pierna antes de que la musculatura se enfríe y te quedes rígido.

​Alejandro obedeció sin chistar, dejándose caer sobre la base del refugio. Se subió la pernera del pantalón vaquero empapado. La pantorrilla y el lateral de la rodilla derecha mostraban un hematoma extenso y violáceo, la marca exacta del golpe de la cola del caimán.

​—No hay crepitación ósea ni deformidad, la rótula está en su sitio —diagnosticó Alejandro, palpándose el tejido con manos profesionales—. Es solo un trauma severo de partes blandas. Un desgarro muscular fascicular, a lo sumo. Sobreviviré, pero voy a cojear las próximas cuarenta y ocho horas.

​—Vas a descansar, que es diferente —lo corrigió Elena con firmeza, mientras Tomas reavivaba la fogata agregando astillas secas de bambú hasta conseguir una llama limpia y sin hollín—.

Tomas y yo nos encargaremos de procesar la carne.

En este clima, si no la cocinamos o ahumamos de inmediato, se pudrirá antes del amanecer.

​La conservación de la proteína era el nuevo reto de ingeniería para Elena.

Con el cortaplumas de Tomas, que ya mostraba melladuras en el filo tras cortar el duro cuero del reptil, filetearon la carne en tiras delgadas, de no más de un centímetro de grosor.

Mientras tanto, Tomas construyó un tendedero rudimentario justo encima de la fogata: una rejilla de varas verdes de madera balsa suspendida a un metro y medio sobre las llamas.

​Colocaron las tiras de carne sobre la rejilla.

El objetivo no era cocinar la carne para comerla de inmediato, sino someterla a un proceso de ahumado lento.

Elena recolectó ramas de hojas verdes y húmedas de un arbusto aromático similar al mirto, colocándolas directamente sobre las brasas para generar un humo denso, blanco y rico en compuestos fenólicos que actuarían como un bactericida natural, secando la superficie de la carne y creando una costra protectora.

​—Esto es cecina de selva —comentó Tomas, observando cómo la carne de caimán empezaba a encogerse y a tomar un color marrón dorado bajo la acción del humo—. En mi pueblo, los viejos secaban el pescado así para los meses de tormenta. Puede durar semanas sin echarse a perder si se mantiene seca.

​El aroma que empezó a desprenderse del ahumadero improvisado era sorprendentemente apetitoso, una mezcla de grasa animal y madera resinosa. Pasada una hora, Alejandro tomó uno de los filetes más delgados, que ya estaba completamente cocido por el calor directo. Lo partió en tres porciones.

​Al morderlo, la textura recordaba a la del lomo de cerdo fibroso, con un regusto sutil a pescado y barro, pero el aporte de sodio y aminoácidos fue un bálsamo inmediato para sus cuerpos desnutridos.

Comieron en silencio, saboreando el triunfo de haber revertido sus roles en la cadena alimenticia de la isla.

​Sin embargo, Alejandro sabía que no podían depender de la suerte o de encuentros fortuitos con monstruos de tres metros para alimentarse. Necesitaban herramientas de recolección y caza menor eficientes que no pusieran en riesgo sus vidas.

​—Mi lanza se rompió en el ataque —dijo Alejandro, mirando el trozo de madera astillada—.

Y el cortaplumas de Tomas está perdiendo el filo.

Si la navaja se rompe, perderemos nuestra única capacidad de transformar el entorno.

Necesitamos fabricar herramientas de piedra. Edades de piedra, literalmente.

​Elena asintió, limpiándose las manos grasientas en el pantalón.

​—Para hacer herramientas de piedra eficientes, no nos sirve cualquier roca volcánica de la playa.

La mayoría aquí son basaltos porosos o lava solidificada que se desmorona al golpearla.

Necesitamos buscar nódulos de sílex, cuarzo o calcedonia en las laderas altas de las colinas, donde el agua de los arroyos ha lavado la capa de tierra superficial.

​—Yo iré a buscar las piedras mañana con la ingeniera, doctor —propuso Tomas, mostrando una madurez nacida de la crisis—. Usted apenas puede apoyar la pierna. Se quedará aquí custodiando el fuego y volteando la carne en el ahumadero.

​Alejandro odiaba la inactividad, pero su mente médica sabía que forzar el músculo desgarrado en un terreno accidentado solo provocaría una lesión crónica que lo convertiría en una carga para el grupo.

​—De acuerdo —aceptó Alejandro de mala gana—.

Pero se llevarán la única lanza entera y fabricaremos dos más esta misma tarde con las ramas que alcancemos desde aquí.

Además, Elena, busca plantas con fibras largas.

Si logramos trenzar cuerdas más finas y resistentes que estas lianas toscas, podremos fabricar trampas de lazo para aves o roedores pequeños en el perímetro del campamento.

​El resto de la tarde se diluyó en una rutina casi doméstica, pero de una naturaleza primitiva y salvaje.

Mientras el humo del ahumadero envolvía el refugio, protegiéndolos también de los voraces mosquitos que comenzaban a pulular con el descenso del sol, Elena comenzó a trenzar filamentos extraídos de la cara interna de la corteza de las palmeras caídas.

Sus dedos, antes acostumbrados al teclado de un ordenador y a los informes ambientales, se movían con destreza, cruzando las fibras vegetales hasta dar forma a una cuerda delgada, flexible y con una resistencia a la tracción sorprendente.

​Alejandro, sentado en la tarima con la pierna extendida y envuelta en un sutil vendaje de hojas frías que Elena había machacado para reducir la inflamación, observaba el ecosistema que los rodeaba.

La selva seguía rugiendo a la distancia, pero el humo de su hoguera había creado una pequeña zona de exclusión, un microclima de civilización humana elemental en medio de la inmensidad hostil.

​Habían sobrevivido cuarenta y dos horas en la isla.

Tenían agua potable, un techo que resistía las tormentas y reservas de carne ahumada para los próximos cuatro o cinco días.

Sin embargo, al mirar el sol ocultarse una vez más detrás de la densa masa arbórea, Alejandro no pudo evitar pensar en el factor invisible que jugaba en su contra: el tiempo.

El cuerpo humano podía adaptarse a la selva, pero el desgaste psicológico y las enfermedades microscópicas acechaban en cada rincón, esperando a que bajaran la guardia.