Capítulo 10 El Despertar del Depredador
El mediodía del segundo día transformó la selva en una cámara de vapor asfixiante.
El aire, denso y cargado de electricidad estática, apenas permitía respirar con normalidad.
El sol, en su punto más alto, lograba colar delgados haces de luz blanca a través de las grietas del dosel superior, cortando la penumbra como cuchillos luminosos que hacían brillar el lodo y las hojas húmedas.
El calor obligaba a los náufragos a medir cada movimiento para no agotar la preciada agua que tanto esfuerzo les costaba hervir.
La prueba de comestibilidad de Elena con las bayas rojizas había resultado exitosa en sus primeras etapas cutáneas, pero el sabor final tras masticar una porción milimétrica había sido de un amargor alcalino insoportable, señal inequívoca de una alta concentración de taninos o toxinas estomacales.
Habían tenido que descartar el arbusto, lo que significaba que sus estómagos seguían vacíos y las últimas dos galletas energéticas compactas miraban a Alejandro desde el fondo de su bolsillo como un temporizador implacable.
—Tenemos que conseguir proteína —dijo Tomas, limpiando la punta endurecida de su lanza de madera con un trozo de corteza—.
Si seguimos a base de agua ahumada, mañana no tendré fuerzas para mantener el fuego.
Vi unos cangrejos de río grandes cerca de la poza de la cascada cuando fuimos por agua. Podríamos intentar atraparlos.
—Es una buena opción, Tomas —coincidió Alejandro, sintiendo una punzada de hambre en las entrañas—. Los crustáceos de agua dulce son seguros si se cocinan bien en el bambú. Elena, ¿cómo te sientes para acompañarnos? No quiero dejar a nadie solo en el campamento después de lo que vimos esta mañana.
—Voy con ustedes —respondió Elena, ajustándose los cordones de sus botas de montaña—. El fuego está protegido bajo la tarima y los troncos gruesos aguantarán un par de horas soltando humo. Es mejor mantenernos unidos.
Tomaron sus lanzas endurecidas al fuego y los cilindros de bambú vacíos.
Caminaron en fila india, repitiendo la formación de seguridad, con los ojos alternando constantemente entre el suelo resbaladizo y las alturas del dosel.
La bruma matutina se había disipado, pero en su lugar quedaba una quietud sepulcral.
El habitual coro de aves y cigarras había cesado por completo, un silencio ominoso que en la naturaleza usualmente precede a la tormenta o a la presencia de un depredador alfa.
Cuando llegaron a la ensenada donde el agua de la cascada se unía con el canal que iba al mar, el entorno se sentía diferente. El agua de la poza, que por la mañana corría cristalina, mostraba ligeras ondas concéntricas en la superficie, como si algo acabara de perturbarla.
Tomas se adelantó con sigilo, agachándose entre los juncos de la orilla con la lanza lista. Alejandro y Elena se detuvieron a un par de metros detrás, vigilando los flancos.
—Ahí hay uno… —susurró Tomas, señalando con la punta de la madera una roca sumergida donde un cangrejo de caparazón oscuro y pinzas gruesas se movía lentamente.
El marinero levantó el brazo, midiendo la refracción del agua para lanzar el golpe con precisión. Pero antes de que pudiera descargar la lanza, un crujido violento y seco resonó justo al otro lado de la poza, a menos de cuatro metros de distancia.
La vegetación de helechos gigantes se abrió de golpe, revelando la naturaleza del peligro que los acechaba desde la mañana. No era la serpiente del dosel.
Un caimán de anteojos, de casi tres metros de largo, emergió del lodo de la orilla opuesta.
Su piel, de un color verde oliváceo costroso mezclado con lodo negro, le permitía mimetizarse a la perfección con las raíces tabulares de los árboles.
El reptil fijó sus ojos amarillos y de pupila vertical directamente en Tomas.
Tenía las fauces entreabiertas, dejando ver una hilera de dientes afilados y amarillentos de los que goteaba una saliva espesa.
—¡Tomas, no te muevas! ¡Atrás despacio! —bramó Alejandro, dando un paso al frente y cruzando su lanza en diagonal para interponerse entre el marinero y el animal.
El caimán emitió un siseo gutural, bajo y vibrante, que hizo eco en las paredes de roca de la cascada.
No era un animal asustadizo; estaba en su territorio de caza y veía a los náufragos como intrusos o presas potenciales.
Con una rapidez pasmosa para su imponente masa, el reptil impulsó su cuerpo con las poderosas patas traseras, lanzando un tarascón hacia adelante que cortó el aire con un chasquido seco.
Tomas reaccionó por puro instinto de marino, rodando hacia la izquierda sobre el fango húmedo justo a tiempo. Las fauces del caimán se cerraron en el vacío, a milímetros de su bota de trabajo, levantando una nube de lodo y agua salpicada.
—¡Alejandro! —gritó Elena, buscando una piedra grande en el suelo para usarla como distracción.
El caimán, frustrado por haber fallado el primer ataque, giró sobre su propio eje con una agilidad sorprendente, barriendo la orilla con su enorme y musculosa cola.
El impacto de la cola golpeó la pierna derecha de Alejandro, haciéndole perder el equilibrio.
El médico cayó de rodillas en el agua poco profunda de la poza, sintiendo cómo el dolor de su hombro herido se reactivaba con violencia.
El reptil vio la vulnerabilidad de Alejandro y avanzó hacia él, abriendo las fauces de par en par para un ataque definitivo al torso.
En ese milisegundo de vida o muerte, Alejandro no pensó en el dolor.
Clavó los talones en la grava del fondo y, sosteniendo la lanza endurecida con ambas manos utilizando su peso corporal como palanca, apuntó directamente al único punto blando visible de la criatura: la parte interior de la boca abierta.
El caimán se abalanzó. La punta de madera endurecida al fuego impactó de lleno en el paladar blando del reptil.
La fuerza del avance del animal hizo que la madera se introdujera profundamente, perforando los tejidos internos.
El caimán emitió un crujido espantoso, una mezcla de siseo y rugido ahogado por la sangre, y comenzó a sacudir la cabeza con una violencia frenética para deshacerse del objeto.
—¡Ahora, Tomas! —gritó Alejandro, sosteniendo el mango de la lanza con los músculos de sus brazos al límite del desgarro.
Tomas, recuperado de la caída, se puso en pie de un salto y arremetió con su propia lanza por el costado del animal, clavando la punta endurecida con todo su peso en la zona blanda detrás de la pata delantera izquierda, buscando el corazón o un vaso sanguíneo mayor.
El caimán dio un último y brutal coletazo que levantó una ola de agua turbia, rompiendo la lanza de Alejandro por la mitad.
Sin embargo, las heridas mortales ya estaban infligidas.
El reptil comenzó a retroceder de forma errática hacia el lodo profundo, sacudiéndose con espasmos cada vez más débiles, hasta que finalmente quedó inmóvil, panza arriba en el agua poco profunda del canal, tiñendo el agua cristalina de la poza con hilos de un rojo denso y oscuro.
El silencio regresó a la selva de golpe, interrumpido únicamente por la respiración agitada y ruidosa de los tres supervivientes.
Alejandro se quedó sentado en el agua, con el trozo roto de madera todavía entre las manos ensangrentadas. Elena corrió hacia él, hundiéndose en la poza para tomarlo por los hombros y revisar que no tuviera heridas de mordedura.
—¿Te mordió? ¡Dime si te alcanzó, Alejandro! —exclamó ella, con la voz quebrada por la adrenalina y el pánico.
—No… no me mordió —consiguió decir Alejandro, escupiendo el agua salpicada—. Su cola me dio en la pierna, pero el hueso está entero. Estoy bien, Elena. Estoy bien.
Tomas se acercó, apoyándose en su lanza que seguía clavada en el costado del animal muerto. Tenía el cuerpo cubierto de lodo de pies a cabeza, pero una sonrisa salvaje y aliviada comenzó a dibujarse en su rostro.
—Lo logramos, doctor… Lo matamos —dijo el marinero, mirando la enorme masa del caimán—. Tenía razón. Esas puntas de madera endurecidas funcionan como el acero.
Alejandro se puso en pie con la ayuda de Elena, sintiendo el temblor de la reacción post-adrenalina en las rodillas. Miró el cuerpo del reptil. La selva los había atacado con su fuerza bruta, pero ellos habían respondido con la astucia y la ferocidad del ser humano acorralado.
—No celebremos todavía —dijo Alejandro, recuperando el pragmatismo médico—.
El olor a sangre en el agua va a atraer a otros depredadores o insectos en cuestión de minutos.
Tomas, olvida los cangrejos. Tenemos una fuente masiva de carne aquí mismo.
Saca el cortaplumas. Necesitamos cortar los mejores filetes de la cola de este animal y regresar al refugio antes de que la selva se entere de lo que acabamos de hacer.
El primer enfrentamiento directo con un gran depredador de la isla había terminado en victoria para los náufragos.
Tenían comida para varios días, pero el precio había sido la pérdida de una de sus armas principales y el recordatorio definitivo de que en el laberinto verde, la línea que separaba al cazador de la presa era tan delgada como el filo de una navaja.