Capítulo 9 Sombras en el Dosel
El amanecer del segundo día se filtró a través del techo de hojas con una luz espectral, tiñendo el interior del refugio de un tono verde grisáceo.
La lluvia de la madrugada había cesado por completo, dejando tras de sí una atmósfera tan cargada de humedad que el aire se sentía espeso al respirar.
Columnas de vapor blanco ascendían desde el suelo fangoso, envolviendo los troncos de los árboles en una neblina baja que distorsionaba las formas y las distancias.
Alejandro fue el primero en moverse. El descanso, aunque interrumpido, había obrado un pequeño milagro en su cuerpo. La inflamación de su hombro izquierdo había disminuido gracias a la limpieza del día anterior, dejando una molestia soportable pero punzante si realizaba movimientos bruscos.
Al asomarse por el borde de la tarima, vio que la fogata seguía viva; los grandes troncos de madera dura que Tomas había colocado se habían reducido a un lecho de ascuas cubiertas de ceniza blanca que emitían un calor constante y reconfortante.
—Despierten —dijo Alejandro con voz suave, estirando las piernas—. El sol ya está arriba, aunque aquí abajo no se note.
Elena se incorporó lentamente, estirando los brazos con un gemido de dolor.
Tenía marcas en los brazos causadas por la dura superficie de la tarima de bambú, pero sus ojos reflejaban una lucidez recuperada.
Tomas se sentó de golpe, alerta, con la mano buscando instintivamente el cortaplumas en su bolsillo.
—¿Todo tranquilo, doctor? —preguntó el marinero, oteando el entorno a través de la bruma.
—El fuego resistió y no parece que hayamos tenido visitas mientras dormíamos —respondió Alejandro, bajando con cuidado de la estructura. El lodo del suelo se había compactado un poco, pero seguía siendo resbaladizo—. Bebamos lo que queda de agua y planifiquemos el día.
Mientras consumían los últimos sorbos del cilindro de bambú, el silencio de la mañana fue roto por un estrépito repentino en las copas de los árboles, a unos treinta metros sobre sus cabezas.
Un grupo de aves de plumaje azul y amarillo, similares a guacamayos gigantes, salió despedido de las ramas con graznidos estridentes que resonaron como disparos en el anfiteatro de la selva.
—Algo las asustó —observó Elena, poniéndose en pie con cautela y mirando hacia arriba, donde las hojas del dosel se mecían con violencia.
Los tres guardaron un silencio sepulcral.
Segundos después de que las aves desaparecieran, se escuchó un sonido sordo y pesado que hizo que a Alejandro se le helara la sangre: un crujido de ramas gruesas rompiéndose bajo un peso considerable, seguido de un siseo largo, bajo y vibrante que parecía provenir de todas partes y de ninguna.
No era el siseo del viento; era el sonido de aire siendo expulsado a presión por unos pulmones poderosos.
—Eso no es un pájaro… —susurró Tomas, dando un paso hacia atrás y aferrando la lanza de madera que Alejandro había afilado el día anterior.
Las sombras del dosel superior se movían de forma errática.
Entre las lianas gruesas y los helechos arbóreos que crecían sobre los troncos, Alejandro creyó vislumbrar una silueta masiva, una forma alargada y sinuosa que se desplazaba con una fluidez aterradora entre las alturas.
El follaje era tan denso que resultaba imposible discernir la naturaleza exacta de la criatura, pero el tamaño de las ramas que se doblaban a su paso sugería un animal de varios metros de longitud.
—Una serpiente constrictora —concluyó Elena en voz muy baja, con los nudillos blancos de la tensión—. Una boa o una pitón de gran tamaño. Son cazadoras de emboscada. Se mueven por el dosel buscando mamíferos pequeños o aves, pero si nos detectan como una amenaza o comida fácil…
—¿Pueden atacar en el suelo? —preguntó Tomas sin apartar los ojos de las alturas.
—Si tienen el tamaño suficiente, sí —respondió Alejandro, rememorando sus conocimientos de medicina de urgencias en zonas tropicales—.
Una constrictora de más de cuatro metros tiene la fuerza para inmovilizar a un hombre adulto en cuestión de segundos.
Lo preocupante no es solo que esté ahí arriba; es que está justo sobre la ruta que tomamos para llegar a la poza de agua dulce.
La silueta en las alturas pareció detenerse.
Durante dos minutos que parecieron horas, los náufragos se quedaron inmóviles, casi sin respirar, sabiendo que cualquier movimiento brusco o ruido fuerte podría atraer la atención del depredador.
El siseo no se repitió, y lentamente, la vegetación del dosel dejó de balancearse.
La criatura se había mimetizado perfectamente con el entorno o se había alejado en silencio hacia el interior de la isla.
El recordatorio de que compartían el espacio con depredadores letales disipó cualquier rastro de complacencia. La selva les había mostrado sus dientes por primera vez.
—No podemos quedarnos atrapados aquí por el miedo —dijo Alejandro, rompiendo la tensión—.
Necesitamos movernos con más cuidado que ayer.
Tomas, a partir de ahora, nunca camines solo.
Si vamos a la poza por agua, iremos los dos juntos armados con las lanzas.
Elena, tú quédate cerca del fuego; el humo es el mejor repelente natural y a los animales grandes no les gusta el olor a quemado.
—Tenemos que expandir nuestro perímetro hoy mismo —propuso Elena, limpiándose el sudor de la frente—.
El agua está resuelta, pero las galletas energéticas se terminarán mañana.
Necesitamos buscar fuentes de carbohidratos o proteínas que no requieran que nos adentremos demasiado en el territorio de esa cosa.
Tomas y Alejandro hicieron un primer viaje rápido a la poza de la cascada, con los ojos clavados en las ramas superiores con cada paso que daban.
El agua seguía fluyendo cristalina y tranquila.
Llenaron los cilindros de bambú y regresaron al campamento a paso apresurado, aliviados de no haber encontrado rastros de la gran sombra verde.
Con el suministro de agua renovado y puesto a hervir en el fuego, Elena comenzó a inspeccionar la base de los árboles circundantes.
A unos diez metros del refugio, semioculto por una alfombra de helechos, encontró un arbusto de hojas lanceoladas con pequeñas flores blancas y racimos de frutos ovoides de color rojizo.
—¿Eso se come, ingeniera? —preguntó Tomas, acercándose con curiosidad.
—Son cafetos silvestres o una variedad muy cercana de bayas tropicales —explicó Elena, tomando una de las frutas con cuidado y partiéndola a la mitad con la uña—.
La pulpa es escasa, pero no parece tener látex pegajoso ni el olor almendrado que caracteriza a los frutos con cianuro.
Sin embargo, en supervivencia hay una regla de oro: la prueba de comestibilidad universal.
No podemos tragar nada sin probarlo por fases.
Elena tomó un poco del jugo de la baya y lo frotó en la parte interior de su muñeca.
—Esperaremos quince minutos —explicó ante la mirada atenta de los hombres—.
Si la piel se enrojece, arde o genera sarpullido, la planta se descarta.
Si no hay reacción, el siguiente paso será frotarla en los labios, luego en la punta de la lengua, y finalmente masticar un trozo pequeño sin tragarlo.
Si en ninguna fase hay amargor extremo, ardor o entumecimiento, podemos considerarla segura en pequeñas cantidades.
Alejandro sonrió, impresionado por el rigor metodológico de su compañera.
—Es un buen plan, ingeniera. Mientras tú haces de laboratorio botánico, Tomas y yo vamos a intentar mejorar nuestras armas. Si esa serpiente o cualquier otro animal decide bajar al suelo, una rama afilada no va a ser suficiente para detenerlos. Necesitamos fuego en la punta o endurecer la madera.
Tomas aportó una técnica tradicional de los pescadores artesanales: calentar la punta afilada de las lanzas directamente sobre las brasas ardientes de la fogata, sin dejar que la madera se encienda.
El proceso deshidrata la celulosa de la madera, volviéndola extremadamente dura y compacta, casi tanto como el metal, y evitando que la punta se astille al impactar contra una superficie dura como el cuero de un animal o las escamas de una serpiente.
Trabajaron en silencio durante el resto de la mañana, adaptándose al ritmo denso y caluroso del ecosistema.
Sin embargo, la sensación de estar siendo observados desde el dosel superior no abandonó a Alejandro en ningún momento.
La selva ya no era un escenario estático; era un rival silencioso que jugaba al desgaste psicológico, esperando el primer error de los náufragos para reclamar su territorio.