El Eco Verde Capítulo 13 El Territorio del Jaguar
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Capítulo 13 El Territorio del Jaguar

​La victoria sobre la infección de Alejandro trajo un respiro efímero al campamento.

Durante los dos días siguientes, el médico permaneció en reposo forzado en la tarima elevada, consumiendo pequeñas raciones de la carne de caimán ahumada y la infusión amarga de quina que Elena le preparaba meticulosamente.

La inflamación de su hombro cedió casi por completo, dejando cicatrices rosadas que comenzaban a cerrarse bajo el clima húmedo de la isla.

​Sin embargo, el equilibrio de su supervivencia se alteró en la mañana del sexto día.

El olor de la carne de caimán procesada y los restos del animal que Tomas había dejado río abajo habían comenzado a atraer una atención indeseada.

La selva tiene memoria y el olor a sangre, incluso ahumada, es una invitación para los verdaderos dueños de la noche.

​—Miren esto —dijo Tomas en un susurro, llamando a Alejandro y a Elena hacia el borde de la poza de agua dulce. Había ido a rellenar los cilindros de bambú y se había quedado petrificado mirando el suelo fangoso.

​Alejandro, que ya caminaba apoyando con firmeza la pierna derecha, se inclinó junto a Elena.

En el lodo negro, justo sobre las huellas de las botas de montaña de la ingeniera de la tarde anterior, se marcaba una huella limpia, profunda y masiva.

Cuatro almohadillas digitales redondeadas y una base ancha, sin marcas de garras.

Era una huella casi tan grande como la palma de la mano de Alejandro.

​—Un felino grande —diagnosticó Elena, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda—. En estas islas del Caribe central o la costa continental, solo hay un animal capaz de dejar una huella de este tamaño: un jaguar (Panthera onca).

​—¿Un jaguar? —Tomas tragó saliva, mirando instintivamente hacia la maleza baja—. Pensé que solo vivían en las selvas densas de Sudamérica.

​—Se adaptan a cualquier entorno con vegetación densa y agua disponible, Tomas —explicó Alejandro con gravedad—.

Son nadadores excelentes y cazadores oportunistas.

Lo peor es que esta huella está fresca. El lodo no se ha desmoronado en los bordes y hay agua filtrándose en el fondo.

Pasó por aquí hace menos de una hora, mientras dormíamos.

​El recordatorio de que un depredador alfa de más de cien kilos de puro músculo y colmillos capaces de perforar el cráneo de una tortuga merodeaba su fuente de agua cambió las reglas del juego.

El caimán había sido un peligro estático, un obstáculo en la poza; el jaguar era un cazador activo, silencioso e inteligente que ya los había detectado.

​—Nos está estudiando —dijo Elena, mirando hacia el dosel arbóreo y los troncos gruesos de los árboles circundantes—.

Los jaguares son territoriales. Ha olido la carne ahumada y nos ve como competidores o como presas fáciles que no pertenecen a este lugar.

No podemos quedarnos en este campamento mucho tiempo más.

​—¿Dejar el refugio? —Tomas miró hacia la tarima elevada con pena—. Nos costó todo un día construirlo, ingeniera. Y nos protégé de la lluvia.

​—Un refugio fijo es una trampa si un jaguar decide que quiere entrar —replicó Alejandro, dándole la razón a Elena—.

Nuestra tarima está a solo un metro del suelo.

Un felino de ese tamaño puede saltar tres metros verticalmente sin esfuerzo.

Además, está usando nuestro mismo sendero para ir al agua. Estamos en su línea de paso.

​Decidieron recolectar los suministros de inmediato.

El inventario de comida se reducía a unas diez tiras de carne de caimán secas, lo suficiente para dos días si se racionaban.

Elena guardó los rizomas de jengibre restantes y Tomas aseguró los termos de bambú con una liana trenzada que cruzó por su pecho como una bandolera.

Las lanzas endurecidas al fuego eran su única línea de defensa.

​Iniciaron la marcha hacia el interior de la isla, buscando ganar altura por las laderas rocosas con la esperanza de encontrar una zona más despejada, cuevas o un mirador que les permitiera otear el mar en busca de barcos.

​Caminar fuera del sendero del arroyo resultó ser un infierno logístico.

La vegetación era un muro denso de helechos de dos metros de altura, plantas trepadoras espinosas que se aferraban a sus ropas y lianas que formaban una red a ras de suelo dispuesta a hacerlos tropezar.

Tomas iba a la vanguardia, usando su lanza para apartar las ramas, mientras Alejandro cubría la retaguardia, caminando de espaldas cada pocos metros.

​A media tarde, el cansancio empezó a hacer mella en el grupo. El calor y la humedad del interior de la isla eran aún más sofocantes que en la costa, ya que la brisa marina no lograba penetrar el denso bosque.

​De repente, un olor penetrante y almizclado, similar a la orina de un gato doméstico pero multiplicado por cien, inundó el aire estancado.

​—Paren —susurró Alejandro, levantando la mano sana.

​A unos veinte metros a su derecha, el tronco derribado de un árbol gigante de madera caoba bloqueaba el camino. Sobre la corteza gris, unas marcas profundas de garras verticales mostraban savia fresca chorreando. Y justo en medio del tronco, sentado con una elegancia majestuosa, estaba el jaguar.

​El pelaje era de un amarillo dorado encendido, salpicado de rosetas negras perfectas que encerraban pequeñas manchas en su interior.

Sus hombros eran macizos, un bloque de músculos que se tensó de inmediato al ver a los humanos.

Lo más aterrador eran sus ojos: dos esferas de color verde pálido que los miraban fijamente, sin parpadear, reflejando una curiosidad salvaje y letal.

​—Nadie corre —ordenó Alejandro con una voz que sorprendentemente no tembló—. Si corremos, activaremos su instinto de persecución y nos alcanzará en tres saltos. Tomas, quédate al lado de Elena. Junten las lanzas. Tenemos que parecer un solo animal grande.

​El jaguar emitió un gruñido bajo, un ronroneo sordo que no venía de la garganta, sino del pecho, y que hizo vibrar el suelo bajo las botas de los náufragos. El felino bajó del tronco derribado con una lentitud calculada, colocando las patas delanteras sobre el lodo sin hacer el más mínimo ruido.

​—¡Abran los brazos! ¡Griten! —indicó Elena, recordando las pautas para ahuyentar a los grandes felinos—. ¡No dejen que vea que tenemos miedo!

​Los tres supervivientes levantaron sus lanzas por encima de sus cabezas y comenzaron a gritar con todas sus fuerzas, un clamor humano desbocado que rompió el silencio de la jungla. Tomas golpeó un cilindro de bambú contra el suelo rocoso, creando un sonido seco e inusual en el entorno natural.

​El jaguar se detuvo en seco a unos diez metros de distancia.

Levantó el belfo superior, mostrando unos colmillos de cuatro centímetros de largo, y lanzó un rugido estruendoso, un bufido de advertencia que resonó en el interior de sus oídos.

El aire pareció vibrar. El animal evaluó la situación durante unos segundos que parecieron eternidades; no estaba acostumbrado a presas que respondieran con ruido y agresividad.

​Lentamente, midiendo cada paso, el gran felino giró la cabeza hacia la izquierda. Con un movimiento fluido y despectivo, se internó en la maleza densa de helechos gigantes, desapareciendo de la vista tan rápido como había aparecido. Las hojas apenas se movieron a su paso.

​Tomas cayó de rodillas, respirando como si hubiera corrido una maratón. Alejandro tenía la frente empapada de sudor y la palma de la mano entumecida de tanto apretar la lanza.

​—No se ha ido lejos —dijo Elena, con el rostro pálido pero manteniendo el control—. Solo ha roto el contacto visual. Nos va a seguir acechando desde las sombras de este sector. Es su territorio. Tenemos que seguir subiendo, la selva baja ya no es segura para nosotros.

​Reiniciaron la marcha a un paso mucho más rápido, ignorando el dolor de los músculos y los arañazos de las ramas espinosas.

El juego del gato y el ratón en el laberinto verde acababa de comenzar, y los náufragos sabían que la primera noche en este nuevo sector de la isla, sin un refugio protegido y con el jaguar siguiendo sus pasos, sería la prueba psicológica más dura que habrían enfrentado desde el hundimiento del crucero.