Capítulo 6 El Primer Trago
El sol del mediodía caía como un mazo de plomo sobre la playa, obligando a los tres náufragos a arrastrarse por la delgada línea de sombra que proyectaban las palmeras costeras.
El calor era húmedo, sofocante, del tipo que se pega a la piel y drena las energías con cada respiración.
La sed ya no era una molestia tolerable; se había convertido en un dolor sordo en la parte posterior de la garganta y en una pesadez en las sienes que dificultaba la concentración.
Habían caminado durante casi tres horas siguiendo el contorno de la costa hacia el oeste.
La playa de arena blanca y fina había dado paso a un terreno más Hostil, salpicado de rocas volcánicas negras y resbaladizas donde las olas rompían de forma intermitente, obligándolos a dar rodeos y a rozar constantemente los bordes de la vegetación densa.
—Paren un momento… —pidió Elena, dejándose caer contra el tronco inclinado de una palmera.
Tenía el rostro encendido por el esfuerzo y los labios partidos—.
Si no encontramos agua pronto, la insolación nos va a tumbar antes de que caiga la noche.
Alejandro, tus pupilas están un poco dilatadas.
Estás entrando en la segunda fase de deshidratación.
Alejandro se apoyó contra la misma palmera, respirando con dificultad. Su hombro izquierdo palpitaba al ritmo de sus latidos cardíacos; la inflamación se había extendido por el cuello, endureciendo los músculos.
—Estoy bien, Elena. Es solo… la falta de glucosa —mintió con voz ronca, intentando no preocuparla. Sabía que sus síntomas eran reales, pero no había espacio para la debilidad—. Tomas, ¿ves algo adelante?
El marinero, que se había adelantado unos veinte metros para explorar una pequeña bahía, regresó con el rostro empapado en sudor, pero con un destello de emoción en los ojos.
—Doctor, Ingeniera… adelante la arena se corta. Hay una entrada de agua, un estero que se mete hacia la selva. El agua está estancada en la orilla, pero la vegetación cambia por completo. Hay árboles más altos y juncos verdes.
Elena se puso en pie de inmediato, impulsada por una renovada dosis de energía.
—Los juncos y las plantas de hoja ancha y tierna necesitan agua con baja salinidad para prosperar —explicó, con la voz rota pero firme—. Vamos.
Caminaron a paso apresurado los últimos metros hasta doblar la saliente de rocas volcánicas.
Ante ellos se abría una pequeña ensenada donde el mar penetraba en la tierra, formando un canal de unos diez metros de ancho que se internaba en el laberinto verde.
En la orilla, el agua era salobre y turbia, cubierta por una espuma amarillenta provocada por la marea.
Sin embargo, unos cincuenta metros más adentro, el canal se estrechaba y ascendía ligeramente por una rampa de piedras lisas, alejándose de la influencia del océano.
Para avanzar, tuvieron que abandonar la playa e internarse por primera vez bajo el denso dosel de la selva.
Al cruzar la línea de árboles, la temperatura bajó un par de grados, pero la humedad se disparó de forma dramática.
Era como entrar en un invernadero gigante.
El suelo ya no era arena blanda, sino una capa de lodo negro cargada de raíces retorcidas, hojas en descomposición y miles de insectos que se activaron instantáneamente ante la presencia de los intrusos.
Un enjambre de mosquitos diminutos y jejenes los atacó de inmediato, buscando la piel expuesta de sus rostros y brazos. Tomas maldijo en su idioma natal mientras se sacudía los brazos con frustración.
—Ignoren los insectos por ahora y concéntrense en el suelo —ordenó Alejandro, protegiéndose los ojos con la mano sana—. No sabemos qué hay bajo este lodo. Busquen piedras firmes para pisar.
Siguieron el curso del canal hacia el interior. A medida que avanzaban, el sonido de las olas de la playa disminuía, reemplazado por un murmullo constante y reconfortante: el chapoteo de agua corriente saltando sobre las piedras.
—¡Miren ahí! —señaló Tomas.
Unos metros más adelante, el canal terminaba en una pequeña cascada natural de apenas un metro de altura, donde el agua cristalina brotaba de una hendidura en la roca volcánica y caía en una poza circular de unos tres metros de diámetro.
El fondo de la poza estaba cubierto de grava fina, lo que permitía ver la claridad del líquido.
Tomas se lanzó de rodillas hacia el borde de la poza, juntando las manos para recoger el agua.
—¡Alto, Tomas! ¡No bebas todavía! —el grito de Elena resonó con fuerza en el microclima de la selva, deteniendo al marinero a milímetros de mojar sus labios.
Tomas la miró con una mezcla de desesperación e incomprensión.
—Ingeniera, está limpia… se ve transparente. Me estoy quemando por dentro.
Elena se acercó despacio, arrodillándose a su lado. Analizó el entorno con ojo clínico. Miró los bordes de la poza, la superficie del agua y las rocas circundantes.
—Se ve limpia, pero en la selva las apariencias matan —dijo Elena con gravedad—.
El agua puede estar contaminada con parásitos microscópicos como la Giardia o bacterias provenientes de excrementos de animales que beben río arriba.
Si bebes esto de forma directa y pescas una disentería, la diarrea y los vómitos te deshidratarán por completo en veinticuatro horas y morirás aquí mismo sin remedio.
Tomas tragó saliva, mirando el agua con un temor renovado. Alejandro se acercó, apoyando una mano en el hombro de su compañero.
—Elena tiene razón, Tomas. El agua cristalina no es sinónimo de agua potable en un entorno salvaje. ¿Ves algún animal muerto o algo extraño alrededor, Elena?
—No veo macroorganismos en descomposición, y hay pequeños insectos zapateros patinando sobre la superficie, lo cual es una buena señal ecológica: indica que el agua no tiene toxinas químicas pesadas o venenos minerales azufrados —explicó Elena—.
El agua corre con fuerza, lo que reduce la proliferación de bacterias estancadas.
Sin embargo, no podemos arriesgarnos. Necesitamos hervirla.
—¿Con qué? —preguntó Tomas, frustrado—. No tenemos ollas, ni latas, ni nada donde meter el agua para ponerla al fuego.
La cruda realidad del inventario que habían hecho por la mañana volvió a golpearlos. Tenían el encendedor Clipper y el cortaplumas, pero ningún recipiente capaz de resistir las llamas de una hoguera.
Elena guardó silencio durante un minuto, recorriendo la orilla de la poza con la mirada. De repente, sus ojos se fijaron en la base de un grupo de árboles de bambú gigante que crecían cerca de la pared de roca. Algunos de los tallos tenían el grosor del muslo de un hombre.
—El bambú —dijo Elena, con una sonrisa de triunfo cruzando su rostro cansado—.
El bambú verde es un milagro de la ingeniería natural.
Está compuesto por secciones huecas llamadas entrenudos, separados por tabiques sólidos.
La madera exterior está saturada de agua de savia clorofílica, lo que significa que resiste el fuego directo durante el tiempo suficiente para que el agua de su interior hierva antes de que la caña se queme por completo.
Tomas asintió con la cabeza, comprendiendo de inmediato la idea.
Sacó el cortaplumas suizo de su bolsillo y se acercó a uno de los tallos de bambú que ya estaba caído y seco, pero que mantenía la estructura intacta.
La pequeña hoja de tres centímetros era ridícula para la tarea, pero con paciencia y usando una piedra pesada como martillo improvisado para golpear el lomo de la navaja, logró serrar una sección del bambú de unos cuarenta centímetros de largo, asegurándose de dejar el nudo inferior intacto para que sirviera de fondo y cortando el extremo superior de forma diagonal para crear una boca abierta.
El resultado fue un termo natural y cilíndrico, capaz de albergar cerca de un litro de líquido.
Mientras Tomas preparaba dos recipientes de bambú más, Alejandro se concentró en la tarea más difícil: encender el fuego.
El encendedor Clipper seguía húmedo. Alejandro lo desarmó con cuidado utilizando la punta del destornillador del cortaplumas, retiró la piedra de chispa y sopló con fuerza en el interior del mecanismo para eliminar los restos de agua salada.
Frotó la rueda contra su pantalón vaquero seco hasta que empezó a producir chispas consistentes.
Elena, por su parte, recolectó yesca: nidos de pájaros abandonados que encontró en la maleza baja, filamentos secos de la corteza de las palmeras y hojas secas que desmenuzó con las manos hasta convertirlas en polvo.
Colocaron la yesca sobre una piedra plana, protegida del viento húmedo de la selva.
Alejandro acercó el mecanismo del encendedor y comenzó a hacer girar la rueda con el pulgar.
Una, dos, cinco veces. Las chispas caían sobre la fibra de palmera, pero se apagaban de inmediato debido a la humedad ambiental.
—Vamos, vamos… —susurró Alejandro, sintiendo el sudor frío correr por su espalda. Su pulgar empezaba a desgastarse contra el metal dentado.
En el décimo intento, una chispa más gorda se alojó en el centro del nido de fibras secas.
Un hilo microscópico de humo gris comenzó a elevarse.
Elena se inclinó de inmediato, bloqueando el viento con sus manos, y comenzó a soplar de forma suave y constante, un aliento largo que alimentaba la brasa incipiente sin ahogarla.
El brillo naranja se extendió por la yesca. Con un siseo suave, una pequeña llama amarilla cobró vida, lamiendo el aire húmedo de la selva.
—¡Lo tenemos! —exclamó Tomas con un puño en alto.
Rápidamente, alimentaron la llama con ramas delgadas de madera seca que Tomas había seleccionado con cuidado. En pocos minutos, una hoguera estable y controlada crujía sobre la piedra volcánica, proyectando una luz danzante que ahuyentaba temporalmente la penumbra del dosel arbóreo.
Tomas llenó los cilindros de bambú con el agua de la poza y los colocó inclinados directamente sobre las brasas ardientes, apoyándolos contra dos rocas grandes.
Los náufragos observaron el proceso en un silencio sepulcral, fascinados por la física del método: la corteza verde exterior del bambú comenzó a ennegrecerse y a soltar vapor, pero la estructura resistió con firmeza.
Después de diez eternos minutos, el agua en el interior del bambú comenzó a burbujear con fuerza, soltando chorros de vapor limpio por la boca del cilindro.
Elena controló el tiempo con el reloj analógico de Alejandro: esperaron cinco minutos completos de ebullición para garantizar la eliminación de cualquier patógeno biológico.
Retiraron el primer cilindro del fuego usando el pañuelo húmedo de Elena para no quemarse las manos. Dejaron que el agua se enfriara durante unos minutos hasta que estuvo a una temperatura soportable.
Alejandro tomó el recipiente de bambú entre sus manos temblorosas.
El olor que emanaba del líquido era extraño, un aroma herbal y ahumado aportado por la madera verde, pero al llevarse el borde a los labios y tragar el primer sorbo, sintió que era el elixir más perfecto que había probado en toda su existencia.
El agua tibia bajó por su garganta, calmando el dolor y enviando una señal de alivio instantánea a cada célula de su cuerpo.
Le pasó el recipiente a Elena, quien bebió con los ojos cerrados, disfrutando cada mililitro. Luego fue el turno de Tomas, quien vació el resto del cilindro con un suspiro de pura satisfacción.
—Estamos a salvo de la sed —dijo Alejandro, sintiendo cómo la claridad mental regresaba a sus ojos—.
Ahora que tenemos agua limpia y fuego, es hora de usar el resto de este primer hervor para lo que sigue.
Elena, ayuda a Tomas a preparar más agua para beber.
Yo necesito que usemos un poco de este líquido caliente para desinfectar mi hombro antes de que la fiebre me impida ponerme en pie.
La primera batalla importante de la selva había sido ganada gracias al conocimiento y la improvisación, pero los ojos de Alejandro, fijos en la herida inflamada de su brazo, sabían que el entorno no les daría tregua por mucho tiempo.