El Eco Verde Capítulo 5 Tierra Firme
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Capítulo 5 Tierra Firme

​El amanecer no llegó con el resplandor dorado de los folletos turísticos del Caribe, sino como una lenta y pesada transición del negro al gris cenizo.

Una bruma espesa y húmeda flotaba a ras del suelo, pegándose a la arena blanca y trepando por los troncos de los primeros árboles como si fuera un fantasma que se resistía a desaparecer.

El aire estaba saturado de un olor penetrante a tierra mojada, salitre estancado y vegetación en descomposición; el perfume inconfundible de una selva tropical virgen.

​Alejandro abrió los ojos con un quejido ahogado.

Cada músculo de su cuerpo protestaba con un dolor sordo y constante.

Tenía la boca pastosa, con un intenso sabor a sal, y los ojos irritados por las horas de exposición al reflejo marino.

Intentó mover el brazo izquierdo, pero un latigazo de dolor agudo en el hombro lo obligó a detenerse.

La herida sufrida contra el coral anoche se había endurecido con una costra de sangre, arena y sal que estiraba la piel con crueldad ante el menor movimiento.

​A su lado, Elena dormía en una posición fetal forzada, acurrucada sobre el suelo arenoso.

Tenía el cabello enredado, salpicado de algas secas, y la respiración entrecortada, señal de que incluso en el sueño profundo su mente seguía librando una batalla.

Un par de metros más allá, Tomas, el marinero, yacía boca arriba con un brazo tapándole los ojos, como si quisiera bloquear la realidad del nuevo día.

​Alejandro se incorporó lentamente, sentándose sobre los talones.

Miró hacia el océano. El Atlántico, que unas horas antes se había comportado como un monstruo devorador de barcos, ahora se extendía en una calma chicha hipócrita, lamiendo la orilla con olas mansas que apenas producían sonido.

No había rastro del crucero, ni de la balsa, ni de Manuel.

El mar había borrado sus huellas con una indiferencia aterradora.

​—Estás despierto —la voz de Elena sonó rasposa, como si tuviera lija en la garganta. Se enderezó despacio, frotándose las sienes con las manos sucias.

​—Buenos días, si es que se les puede llamar así —respondió Alejandro, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Cómo estás? ¿Te duele algo aparte de todo el cuerpo?

​—Me siento como si me hubiera atropellado el crucero en lugar de hundirse —dijo ella, intentando ponerse en pie. Tuvo un ligero bamboleo debido a la deshidratación, pero logró estabilizarse—. Déjame ver ese hombro.

​Elena se acercó y examinó la herida de Alejandro. El desgarro en la chaqueta ligera dejaba ver una línea de cortes irregulares y profundos provocados por las aristas calcáreas del arrecife. La piel alrededor estaba enrojecida e inflamada.

​—Hay que limpiar esto de inmediato, Ale —dijo Elena, usando su diminutivo por primera vez en horas con un tono de profunda preocupación—.

Si el coral deja residuos microscópicos o bacterias marinas dentro de la carne, se infectará en cuestión de horas.

En este clima húmedo, una infección aquí abajo es una sentencia de muerte.

​—Lo sé —asintió Alejandro con la cabeza—. Pero no tenemos agua dulce para lavarla, ni antisépticos. Primero necesitamos saber con qué contamos exactamente.

​Tomas se despertó en ese momento con un gemido, incorporándose de golpe como si saliera de una pesadilla. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados hasta que su mente procesó el entorno.

​—Doctor… Ingeniera… —saludó el joven filipino, pasándose las manos por el rostro—. Seguimos aquí. No fue un sueño.

​—Seguimos aquí, Tomas. Y estamos vivos —le recordó Alejandro, poniéndose en pie con dificultad—. Vamos a hacer un inventario de lo que tenemos encima. Absolutamente todo cuenta. Vaciemos los bolsillos en la arena.

​Los tres se reunieron en un pequeño círculo y comenzaron a despojarse de sus escasas pertenencias físicas, colocándolas sobre una roca plana que sobresalía de la arena.

El resultado del inventario fue ridículamente escaso, casi patético para tres personas que debían sobrevivir en un entorno salvaje:

​Ropa: La que llevaban puesta. Alejandro vestía unos pantalones vaqueros, zapatillas deportivas húmedas y la chaqueta ligera destrozada.

Elena llevaba pantalones de montaña duros, botas de trekking altas (su mayor fortuna estructural) y una camiseta técnica de secado rápido.

Tomas conservaba su uniforme de marino: pantalones de tela gruesa, botas de trabajo y una camisa con el logotipo de la compañía del crucero.

​Herramientas: Un reloj de pulsera analógico propiedad de Alejandro (que milagrosamente seguía funcionando y marcaba las seis y cuarenta de la mañana); el reloj inteligente de Elena, cuya pantalla estaba completamente negra y muerta debido a la infiltración de agua salada; y un cortaplumas suizo pequeño que Tomas llevaba en el bolsillo del pantalón, el cual contenía una hoja de tres centímetros, unas tijeras diminutas, un abrelatas y un destornillador.

​Otros objetos: Un encendedor de plástico de la marca Clipper que Alejandro llevaba por el mal hábito de fumar ocasionalmente (el mecanismo de piedra funcionaba y daba chispa, pero el gas se había filtrado o el interior estaba inundado de agua); y un pañuelo de tela que Elena usaba para recogerse el cabello.

​Eso era todo. Ni comida, ni recipientes para agua, ni medicamentos, ni medios de comunicación con el mundo exterior. La tecnología moderna los había abandonado por completo, dejándolos al mismo nivel que los primeros seres humanos que caminaron sobre la Tierra.

​—Es… es nada —susurró Tomas, mirando el cortaplumas en la roca—. Con esto no podemos ni cortar una rama grande para hacer un refugio.

​—Es más que nada, Tomas —lo corrigió Elena, tomando el cortaplumas con manos firmes—.

Tenemos acero, tenemos una punta afilada y tenemos una fuente potencial de fuego si logramos secar el encendedor.

Además, tenemos algo más importante: nuestras mentes.

Yo conozco la flora tropical y la dinámica de ecosistemas; Alejandro sabe cómo mantenernos sanos y cosernos si es necesario; y tú conoces el mar y los nudos de supervivencia. Somos un equipo funcional.

​La actitud pragmática de Elena inyectó una dosis de energía necesaria en el grupo. Alejandro la miró con admiración; la mujer refinada con la que había compartido copas de champán hacía menos de treinta y seis horas estaba dando paso a una superviviente analítica y decidida.

​—Elena tiene razón —secundó Alejandro—.

No podemos quedarnos en la playa esperando a que un barco pase.

El sol va a subir en un par de horas y ayer comprobamos lo que hace la deshidratación.

Nuestro orden de prioridades biológicas absoluto para el día de hoy es claro: primero, encontrar una fuente de agua dulce; segundo, limpiar mis heridas y las de Tomas; tercero, construir un refugio básico para la próxima noche.

​—¿Por dónde empezamos? —preguntó Tomas, enderezándose y adoptando una postura de disciplina militar que le venía de su entrenamiento marítimo.

​Elena se giró hacia la muralla de la selva.

Los árboles se elevaban hasta los veinte o treinta metros de altura.

Había palmeras cocoteras cerca de la línea de arena, pero más adentro la vegetación se espesaba con helechos gigantes, lianas gruesas como brazos humanos y árboles de raíces tabulares que se retorcían en el suelo fangoso.

El dosel verde era tan tupido que apenas dejaba pasar unos pocos rayos de luz solar, creando un ambiente de penumbra permanente en el interior.

​—El agua dulce siempre corre hacia el mar —explicó Elena, señalando la topografía de la isla—.

Si miran hacia arriba, detrás de los árboles se ven las colinas rocosas.

El agua de lluvia debe de filtrarse por las laderas y formar arroyos que bajan hacia la costa.

Si caminamos por el borde de la playa buscando depresiones en el terreno o zonas donde la vegetación cambie a un color verde más claro y brillante, encontraremos una desembocadura.

​—Hay un problema —advirtió Tomas, señalando hacia el interior boscoso—. Escuchen.

​Al detener sus propias palabras, el sonido de la selva los envolvió por completo.

Ya no era la cacofonía lejana de la noche anterior, sino un hervidero de actividad diurna.

Se escuchaba el tableteo ensordecedor de las cigarras tropicales, el graznido estridente de aves invisibles que volaban sobre las copas de los árboles y, de vez en cuando, un crujido sordo entre la maleza baja que delataba el movimiento de algún animal grande.

La selva no estaba vacía; era un organismo vivo, denso y territorial.

​—Nos mantendremos en la línea donde la arena se junta con los árboles —decidió Alejandro, tomando el mando estratégico—.

Es más fácil caminar y no correremos el riesgo de perder el norte y adentrarnos en el laberinto verde sin orientación.

Tomas, tú ve delante buscando huellas o entradas de agua.

Elena, tú vas en medio vigilando las plantas. Yo iré detrás cubriendo la retaguardia.

​Antes de comenzar la marcha, Elena tomó el pañuelo de tela de su bolsillo y lo rasgó con cuidado usando la pequeña cuchilla del cortaplumas de Tomas.

Con las tiras resultantes, improvisó un vendaje seco sobre el hombro de Alejandro para proteger la herida abierta de las moscas y los insectos que ya empezaban a zumbar a su alrededor, atraídos por el olor a sangre.

​Con un último vistazo al inmenso y vacío océano Atlántico que se extendía a sus espaldas, los tres náufragos se giraron y comenzaron a caminar hacia el oeste, avanzando con pasos lentos y pesados sobre la arena húmeda, iniciando oficialmente su primer día de supervivencia en un rincón olvidado del mundo.