Capítulo 4 El Bautismo del Oleaje
El rugido de la barrera de coral llenaba el aire, transformándose de un murmullo lejano en un trueno ensordecedor que vibraba en el suelo de plástico de la balsa.
A menos de trescientos metros de la orilla, la idílica estampa de la isla tropical se desvaneció para revelar la brutalidad de su sistema de defensa natural.
Las largas olas del océano, al chocar contra la repentina elevación del fondo marino, se encrespaban con violencia, alzándose como muros de agua translúcida antes de desplomarse con un estallido de espuma blanca y destructiva sobre las rocas afiladas.
El sol acababa de ocultarse tras las colinas de la selva, tiñendo el escenario de un crepúsculo grisáceo y violáceo que reducía la visibilidad a cada minuto.
—¡La corriente nos está metiendo de lado! —gritó Tomas, intentando mantener recta la balsa con el remo derecho. El sudor le corría por la frente, limpiando canales en la costra de sal de su rostro—. ¡Si entramos de costado, la primera ola nos va a dar la vuelta como a una tortilla!
—¡Alejandro, ayúdalo en el lado izquierdo! —ordenó Elena, arrodillada en el centro de la embarcación, sujetando a Manuel por el cinturón. Manuel miraba el agua revuelta con los ojos desorbitados, paralizado de nuevo por el terror.
Alejandro hundió el remo de aluminio en el agua turbulenta.
La resistencia fue brutal; la fuerza del oleaje de retorno empujaba la pala en sentido contrario, amenazando con dislocarle las muñecas.
Con cada palada, las ampollas de sus manos se rompían, tiñendo el mango del remo de un color rojizo, pero el cirujano bloqueó el dolor de su mente.
Sabía perfectamente que un vuelco en esa zona, con la oscuridad cayendo y rodeados de arrecifes cortantes, significaba una muerte segura por ahogamiento o traumatismo severo.
—¡Veo un canal! —gritó Elena, señalando hacia el noroeste—. ¡Allí el agua no rompe con tanta fuerza! ¡Es una entrada natural en el coral!
Tomas desvió la mirada hacia donde apuntaba la ingeniera. Entre dos formaciones de roca negra de donde brotaban chorros de espuma, el agua parecía fluir con un ritmo más constante, aunque rápido. Era un paso estrecho, una apuesta de todo o nada.
—¡Hacia la izquierda, doctor! ¡Rememos con todo lo que tengamos! —bramó el marinero.
Ambos hombres coordinaron sus esfuerzos, ignorando el agotamiento extremo de sus cuerpos.
La balsa giró lentamente, metiendo la proa en la corriente del canal.
Por un segundo, pareció que el plan funcionaba; la balsa aceleró, deslizándose a gran velocidad por el pasillo de agua rodeado de paredes de coral que acechaban a pocos centímetros bajo la superficie como cuchillos de piedra.
Sin embargo, la naturaleza no se iba a dejar vencer tan fácilmente.
Una ola rezagada, una masa de agua masiva que avanzaba desde el océano abierto, entró al canal justo detrás de ellos.
Alejandro miró por encima del hombro y sintió que el corazón se le detenía.
Una pared vertical de tres metros de altura se cernía sobre la popa de la balsa, ocultando los últimos restos de luz del cielo.
—¡Sujétense! —logró gritar antes de que el desastre se desatara.
La ola golpeó la parte trasera de la embarcación con el impacto de un tren de mercancías. La balsa se elevó casi en vertical. El motor fueraborda inútil actuó como un ancla, arrastrando la popa hacia abajo mientras la proa salía disparada hacia el aire. El vuelco fue inevitable.
Alejandro sintió cómo el mundo se ponía del revés.
El agarre del remo se desvaneció y fue arrojado al torbellino de agua blanca.
El impacto lo sumergió profundamente en un caos de burbujas, corrientes cruzadas y escombros.
La fuerza del agua lo arrastró por el fondo marino; su hombro izquierdo golpeó con dureza contra una estructura de coral, desgarrándole la chaqueta y la piel.
El dolor fue un latigazo de lucidez en medio del pánico.
Abrió los ojos bajo el agua salada y amarga, pero solo vio una masa gris en movimiento.
Sus pulmones, ya debilitados por el esfuerzo, empezaron a protestar.
Necesitaba aire. Con movimientos desesperados de los brazos, intentó impulsarse hacia arriba, pero una nueva ola rompió sobre él, manteniéndolo sumergido en la lavadora marina.
Cuando su cabeza finalmente rompió la superficie, Alejandro tosió violentamente, expulsando agua de sus pulmones y tragando aire a bocanadas desesperadas.
La corriente lo estaba arrastrando hacia la orilla, pero la playa todavía se veía lejana en la penumbra de la noche que ya se había asentado por completo.
—¡Elena! —bramó, con la voz ahogada por la espuma.
A unos metros de él, divisó la balsa volcada, flotando desinflada de un extremo debido al impacto contra las rocas.
Aferrada a una de las cuerdas de nylon estaba Elena, que luchaba por mantener la cabeza fuera del agua mientras la balsa era arrastrada hacia el manglar de la orilla. No había rastro de Tomas ni de Manuel.
Alejandro nadó hacia ella con un estilo libre defectuoso pero potente, impulsado por el miedo puro de perderla.
Cada movimiento de su brazo izquierdo le provocaba un dolor punzante en el hombro herido, pero lo ignoró.
Llegó al lado de Elena justo cuando otra ola más pequeña los empujaba hacia una zona donde el agua ya solo les llegaba al pecho.
Sus pies tocaron el fondo arenoso y fangoso. El alivio de sentir algo sólido bajo las botas fue indescriptible.
—¡Te tengo! ¡Te tengo! —dijo Alejandro, pasando su brazo sano por la cintura de Elena y arrastrándola fuera de la corriente.
Elena tosía con fuerza, aferrándose al cuello de Alejandro con una fuerza asombrosa.
Estaba temblando, empapada y cubierta de algas, pero estaba entera.
Juntos, tropezando con las piedras del fondo y hundiéndose en el lodo, caminaron pesadamente hacia la orilla del mar, alejándose de las olas que seguían batiendo con furia a sus espaldas.
Cayeron de rodillas sobre la arena blanca de la playa, justo por encima de la línea de la marea alta, donde la vegetación de la selva comenzaba a elevarse como una muralla de sombras oscuras.
—¿Dónde están…? —consiguió articular Elena entre espasmos de tos, mirando hacia el mar oscuro—. ¿Dónde están Tomas y Manuel?
Alejandro se puso en pie con dificultad, oteando la rompiente. La oscuridad era casi total, rota solo por las estrellas que empezaban a titilar en los claros de las nubes. A unos cincuenta metros a la derecha, en una zona de rocas bajas, una silueta se arrastraba penosamente por la arena.
—¡Allí! —dijo Alejandro.
Corrieron por la playa. Era Tomas. El joven marinero estaba exhausto, con cortes sangrantes en la cara y las manos, pero vivo. Se había refugiado tras una roca grande para protegerse de las olas.
—No pude… no pude sostenerlo, doctor —sollozó Tomas, con el rostro cubierto de lágrimas y arena—. Manuel… la ola lo arrancó de mis manos justo cuando la balsa se dio la vuelta. Estaba en shock… no nadó. Lo busqué en el agua, lo juro, pero desapareció bajo la espuma.
Alejandro miró hacia la negrura del océano.
Durante varios minutos, los tres permanecieron en silencio en la playa, escuchando únicamente el rugido indiferente del mar que se había cobrado una nueva víctima.
Manuel se había ido, devorado por el Atlántico junto con el Poseidón de los Mares.
La crudeza de la realidad los golpeó con fuerza: ya no eran pasajeros de un crucero, ni supervivientes en una balsa equipada.
Eran tres náufragos despojados de todo, al borde de una selva desconocida.
El frío de la noche comenzó a calarles los huesos.
El viento que soplaba desde el interior de la isla traía consigo una cacofonía de sonidos extraños: crujidos de ramas, el siseo del viento entre las hojas gigantescas y los chillidos intermitentes e inquietantes de aves nocturnas o insectos que no sabían identificar.
Elena se abrazó a sí misma, mirando hacia la densa masa de árboles que se elevaba a pocos metros de donde se encontraban. La selva parecía observarlos, un titán verde, húmedo y hostil que los esperaba en la oscuridad.
—Estamos en tierra —susurró Elena, con la voz temblorosa—. Pero esto… esto no es el final. Alejandro, mira eso. No hay luces de ciudades. No hay faros. No hay nada. Estamos completamente solos.
Alejandro miró a su alrededor. Tenían la ropa rota y empapada, una herida sangrante en su propio hombro, las manos destrozadas y ningún tipo de suministro, herramienta o alimento. La balsa rota había desaparecido de nuevo en el agua o se había hundido en el canal.
La supervivencia en el mar había terminado, pero la verdadera batalla por la vida en el laberinto verde acababa de comenzar.