Capítulo 3 La Inmensidad Azul
Para las diez de la mañana, el sol del Caribe se había transformado de un alivio matutino a un enemigo implacable.
La neblina de la aurora se evaporó por completo, dejando al descubierto un cielo de un azul plano, sin una sola nube que ofreciera un momento de tregua.
El mar, ahora extrañamente en calma, reflejaba la luz solar como un espejo cóncavo gigante, multiplicando el calor y encandilando a los náufragos con un brillo cegador.
El interior de la balsa se convirtió en un horno de caucho. El olor a hule recalentado mezclado con la salitre seca que cubría la ropa y la piel de todos creaba una atmósfera sofocante.
Alejandro observaba de reojo al cuarto ocupante de la balsa, el hombre que había permanecido en shock durante la noche.
Su nombre era Manuel, según indicaba una pulsera de identificación del crucero que aún colgaba de su muñeca izquierda.
Tenía unos cincuenta años, el cabello ralo y canoso, y una quemadura solar que ya empezaba a tornarse de un rojo encendido en sus hombros descubiertos.
Su mirada seguía fija en el fondo de la balsa, pero el temblor de su cuerpo había cesado, reemplazado por una letargia peligrosa.
—Manuel —llamó Alejandro con suavidad, arrodillándose a su lado sobre el suelo caliente—. Manuel, necesito que me mires. ¿Te duele algo?
El hombre parpadeó lentamente, como si la voz viniera de una distancia kilométrica. Tardó varios segundos en girar la cabeza. Sus labios estaban agrietados y cubiertos de una fina película blanca.
—Mi esposa… —susurró con una voz pastosa, apenas un hilo de aire—. Ella se quedó en el camarote… Fue a buscar las joyas. Le dije que no fuera…
Elena intercambió una mirada sombría con Alejandro.
No había palabras de consuelo para eso. En el hospital, Alejandro había tenido que dar noticias devastadoras docenas de veces, pero siempre en un entorno controlado, con personal de apoyo.
Aquí, la crudeza de la pérdida flotaba en el aire junto al calor abrasador.
—Lo siento mucho, Manuel —dijo Alejandro, colocando una mano firme sobre el hombro del hombre—. Pero ahora tienes que concentrarte en ti. Necesitas beber algo de agua o no vas a resistir el día.
Tomas, el marinero, se estiró hacia el compartimento estanco de la balsa y extrajo una de las bolsas de agua destilada de doscientos mililitros. Con dedos torpes, rasgó la esquina de la lona plástica y se la tendió a Alejandro.
—Es una de las seis raciones, doctor —advirtió Tomas en voz baja, con los ojos hundidos por el cansancio—. Si la guardia costera no nos encuentra hoy, esto es todo lo que tenemos para los próximos días. Tenemos que racionarla.
—La deshidratación por shock y exposición directa al sol acelera el fallo orgánico, Tomas —explicó Alejandro con pragmatismo profesional—. Si Manuel entra en un golpe de calor, consumirá el doble de recursos y no podremos hacer nada por él. Elena, ayúdame a incorporarlo.
Elena se movió con cuidado para no desestabilizar la balsa, que se mecía perezosamente con las olas de fondo.
Sostuvo la espalda de Manuel mientras Alejandro guiaba la bolsa de plástico hacia sus labios agrietados.
El hombre bebió con avidez, tragando el agua a grandes sorbos hasta que Alejandro retiró la bolsa a la mitad.
—Despacio. Si bebes demasiado rápido, tu estómago la rechazará y la perderás toda —le advirtió.
Manuel asintió débilmente y se dejó caer de nuevo contra el flotador inflable, cerrando los ojos.
Alejandro le entregó el resto de la bolsa a Elena, quien tomó un sorbo minúsculo antes de pasársela a Tomas.
El marinero hizo lo propio y finalmente se la devolvió a Alejandro.
El líquido, aunque sabía a plástico recalentado, enfrió sus gargantas resecas por un instante que pareció glorioso.
—Hagamos números —dijo Elena, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Su mente de ingeniera necesitaba estructura para no caer en la desesperación—.
Quedan cinco bolsas de agua. Somos cuatro personas.
A un cuarto de bolsa por persona al día, tenemos suministro para dos días, máximo tres si estiramos el límite biológico.
No hay comida, salvo las galletas de emergencia que solo nos darán más sed si las comemos ahora.
—El Poseidón tenía botes con sistemas de radio automáticos —intervino Tomas, aferrándose a su conocimiento técnico—.
Al tocar el agua, las radiobalizas EPIRB empiezan a transmitir la posición exacta vía satélite.
Aunque nuestro bote no tenga una, los aviones de rescate peinarán la zona siguiendo el rastro de la corriente.
—¿Y cuál es la corriente aquí, Tomas? —preguntó Elena, mirando el agua translúcida que rodeaba la balsa—. ¿Hacia dónde nos movemos?
Tomas miró al cielo, intentando calcular la posición del sol con respecto al viento, que ahora soplaba de manera constante desde el noreste.
—La corriente de las Antillas empuja hacia el noroeste, hacia el Golfo —respondió con cierta duda en la voz—. Pero la tormenta de anoche pudo habernos desviado hacia el oeste, hacia las islas deshabitadas del cinturón exterior o los bancos de arena.
El mediodía llegó con una violencia térmica insoportable.
Para protegerse del sol, Alejandro y Tomas utilizaron los dos remos de aluminio como postes improvisados, atándolos a las fijaciones de la balsa con trozos de cabo.
Sobre ellos extendieron la lona de color naranja brillante que servía de cubierta para la balsa, creando un pequeño toldo que apenas alcanzaba a cubrir sus cabezas.
El espacio debajo de la lona era un nido de calor sofocante, pero al menos los protegía de la radiación directa que amenazaba con ampollarles la piel.
Las horas se arrastraban con una lentitud agónica.
El silencio del océano era absoluto, roto únicamente por el rítmico e hipnótico chac-chac del agua golpeando contra el fondo de la balsa.
El movimiento constante comenzó a pasar factura; el mareo por movimiento, sumado a la deshidratación, provocó las primeras náuseas en Elena.
Se apoyó contra el pecho de Alejandro, respirando hondo, intentando no vomitar para no perder los preciados líquidos de su cuerpo.
—Cierra los ojos, Elena —le susurró Alejandro, acariciándole el cabello empapado de sal—. No mires el agua. Concéntrate en tu respiración.
—Es frustrante… —consiguió decir ella con la voz pastosa—. He pasado años estudiando el ciclo del agua, cómo gestionarla, cómo purificarla… Y ahora estoy muriendo de sed rodeada de millones de litros de agua que no puedo tocar.
—La ironía de la naturaleza —respondió Alejandro con una sonrisa triste—. Siempre nos recuerda lo pequeños que somos cuando nos quita las herramientas de la civilización.
Hacia las cuatro de la tarde, un cambio sutil en el entorno sacó a Tomas de su letargo. El marinero se asomó por fuera del toldo improvisado, olfateando el aire con insistencia.
—¿Qué pasa, Tomas? —preguntó Alejandro, enderezándose con cuidado.
—El viento… —dijo Tomas, con los ojos muy abiertos—. No huele solo a sal. Huele a tierra. A vegetación podrida. Es el olor que viene de los manglares o de la selva después de la lluvia.
Elena se incorporó de inmediato, ignorando el mareo. Se asomó junto a Tomas por la proa de la balsa, entrecerrando los ojos contra el reflejo del sol que empezaba a descender hacia el horizonte.
Al principio, no vieron nada más que la inmensa llanura azul del mar. Pero unos minutos después, cuando la balsa subió a la cresta de una ola inusualmente larga, lo divisaron.
En el horizonte, justo donde el mar se encontraba con el cielo en el oeste, se recortaba una silueta difusa, una irregularidad en la línea perfecta del océano.
No era una nube; las nubes cambiaban de forma, y esta masa permanecía fija, con bordes dentados que sugerían copas de árboles o formaciones rocosas.
—¡Tierra! —gritó Tomas, con una mezcla de risa y llanto en la voz—. ¡Es una isla! ¡Miren!
Manuel abrió los ojos por primera vez en horas, levantando la cabeza con un destello de lucidez. Alejandro y Elena se miraron, sintiendo una oleada de adrenalina que barrió instantáneamente el cansancio y la apatía de sus cuerpos.
La silueta verde estaba lejos, probablemente a unas cinco o seis millas de distancia, y la balsa avanzaba hacia ella de forma extremadamente lenta, impulsada únicamente por la suave brisa del noreste y la corriente superficial.
—Tenemos que usar los remos —dijo Elena, desmontando con prisa la lona que les servía de toldo—. Si la corriente cambia o el viento gira al caer la noche, podríamos pasar de largo y perdernos en el océano abierto.
Tomas y Alejandro tomaron los remos de aluminio.
Sus manos, cubiertas de ampollas abiertas de la noche anterior, protestaron con un dolor agudo al cerrarse alrededor del metal caliente, pero ninguno de los dos emitió una queja.
Se colocaron uno a cada lado de la balsa y comenzaron a remar con un ritmo descoordinado pero frenético, apuntando la proa de la embarcación directamente hacia la mancha verde que crecía lentamente en la distancia.
A medida que se acercaban, la silueta difusa comenzó a tomar forma detallada.
No era un simple banco de arena o un cayo de coral llano.
Era una isla de proporciones considerables, dominada por una cadena de colinas abruptas cubiertas por un manto denso y compacto de vegetación de un verde casi fosforescente.
Desde la distancia, la selva parecía una muralla impenetrable que caía directamente hacia el mar.
Sin embargo, la alegría inicial comenzó a dar paso a una nueva preocupación a medida que la distancia se reducía a menos de un kilómetro. El sol ya tocaba el borde del horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras sangrientos.
Y delante de la isla, bloqueando el acceso a la playa de arena blanca que se divisaba a lo lejos, se escuchaba un rugido que Alejandro reconoció con temor.
Era el sonido del agua blanca rompiendo con violencia.
Una barrera de coral y rocas afiladas rodeaba la isla, y las olas del océano Atlántico se estrellaban contra ella, creando una línea continua de espuma y turbulencia que debían cruzar si querían tocar tierra firme.