Capítulo 2 Crujido de Hierro
El agua del Atlántico no se sintió como un líquido, sino como una losa de hormigón helado que golpeó el cuerpo de Alejandro con una fuerza demoledora.
El impacto le expulsó el aire de los pulmones en un violento espasmo.
La oscuridad bajo la superficie era absoluta, un abismo denso y hostil que lo succionaba hacia abajo.
Por un segundo de puro pánico, perdió la noción de dónde estaba el arriba y dónde el abajo.
Sus extremidades se movían con torpeza, entumecidas por el frío repentino y la adrenalina que bombardeaba su sistema nervioso.
El instinto de supervivencia, arraigado en lo más profundo de su cerebro de médico, se sobrepuso a la parálisis.
Comenzó a patalear con desesperación, braceando hacia lo que esperaba que fuera la superficie.
Sus pulmones ardían, suplicando por oxígeno.
Cuando su cabeza finalmente rompió la superficie, lo primero que hizo fue escupir agua salada y tragar una bocanada de aire ruidosa y dolorosa.
La lluvia horizontal le azotó los ojos, cegándolo temporalmente.
—¡Elena! —gritó con todas sus fuerzas, pero su voz fue devorada instantáneamente por el estrépito de la tormenta.
A su alrededor, el océano era un caldero en ebullición.
Apenas a unos cincuenta metros de distancia, la silueta colosal del Poseidón de los Mares se recortaba contra el cielo nocturno, iluminada únicamente por los relámpagos que rasgaban las nubes.
El espectáculo era dantesco: la popa del buque se elevaba casi en un ángulo de cuarenta y cinco grados, mostrando las gigantescas hélices de bronce que giraban inútilmente en el aire como las alas rotas de un insecto moribundo.
Desde el interior del casco roto emergía un rugido espantoso, una sinfonía de metal retorciéndose, mamparos rompiéndose bajo la presión hidrostática y explosiones sordas causadas por el contacto del agua fría con las calderas y los generadores calientes.
El gigantesco barco estaba muriendo, y al hacerlo, creaba un peligro mortal para cualquiera que estuviera cerca: el efecto succión.
Alejandro sintió cómo una corriente invisible pero poderosa empezaba a arrastrarlo hacia atrás, de vuelta a la masa de acero que se hundía. Luchó contra la corriente, pero sus ropas empapadas pesaban como el plomo.
—¡Alejandro! ¡Aquí!
A través de las salpicaduras y la espuma, divisó una mancha de color naranja brillante que subía y bajaba con las olas a unos diez metros a su izquierda.
Era Elena. Estaba aferrada a un cabo que colgaba del lateral de la balsa semirrígida de emergencia que habían ayudado a liberar.
Su rostro estaba pálido por el terror, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.
Con un esfuerzo que le desgarró los músculos de los hombros, Alejandro nadó hacia ella.
Cada ola que pasaba lo hundía por completo, obligándolo a tragar más agua salada, pero la visión de Elena le impidió rendirse.
Cuando finalmente llegó a su lado, extendió la mano y sus dedos se cerraron alrededor de la cuerda de nailon.
El contacto físico, el saber que ambos estaban vivos, operó un milagro momentáneo en su mente infundiéndole nuevas fuerzas.
—¡Tenemos que subir! —gritó Elena, con los dientes castañeteando violentamente por el inicio de la hipotermia—. ¡El barco se va a llevar todo abajo!
En la balsa ya estaban el joven marinero filipino y uno de los pasajeros que había logrado saltar antes, un hombre de mediana edad que se encontraba en estado de shock, acurrucado en el fondo de la embarcación, sollozando incontrolablemente.
El marinero, cuyo gafete de identificación decía “Tomas”, se arrastró hacia el borde de la balsa arriesgándose a caer y tomó a Elena por los brazos.
Con un tirón coordinado entre Tomas y Alejandro, Elena logró pasar las piernas sobre el flotador de goma de la balsa, rodando hacia el interior.
Segundos después, Elena y Tomas se giraron para sujetar a Alejandro.
Sus manos se entrelazaron y lo arrastraron hacia la relativa seguridad de la embarcación.
Alejandro cayó de bruces sobre el suelo de plástico rígido, exhalando un gemido de dolor cuando su rodilla herida golpeó contra la estructura.
No hubo tiempo para celebrar. Un crujido más fuerte que todos los anteriores resonó en el océano.
—¡Miren! —exclamó Tomas, señalando con el dedo tembloroso hacia el crucero.
El Poseidón de los Mares había llegado a su límite estructural.
El peso de la proa inundada y la gravedad que tiraba de la popa flotante partieron el barco en dos con un sonido que recordó al disparo de un cañón descomunal.
Columnas de humo negro, vapor incandescente y chispas eléctricas salieron despedidas hacia el cielo, desafiando a la lluvia.
La sección de la popa se enderezó por un instante, flotando como una boya macabra, antes de deslizarse verticalmente hacia las profundidades del Atlántico.
El agua se tragó el barco con un gemido sordo.
Durante unos segundos, el lugar donde antes flotaba una ciudad flotante de quince pisos quedó reducido a un remolino burbujeante de agua turbulenta, rodeado de miles de objetos flotantes: tumbonas de piscina, maletas, trozos de madera contrachapada y chalecos salvavidas vacíos.
La balsa de emergencia fue atrapada por la onda expansiva y las olas remanentes del hundimiento.
La embarcación subió casi en vertical por la cresta de una ola de cinco metros y luego cayó en picado hacia el cañón de agua subsiguiente.
Todos se aferraron a las correas internas con las uñas clavadas en la lona.
El agua entraba a baldes por los costados abiertos de la balsa.
Tomas se lanzó hacia la pequeña consola de mandos de la balsa, intentando encender el motor fueraborda de emergencia. Tiró de la cuerda de arranque una, dos, tres veces. El motor tosió, expulsó una nube de humo azulado y se apagó, ahogado por el agua salada.
—¡No arranca! ¡Tiene agua en el carburador! —gritó Tomas de forma desesperada, golpeando el capó de plástico del motor.
—¡Olvida el motor por ahora! —ordenó Elena, asumiendo el control con una frialdad matemática que sorprendió a Alejandro.
Se arrastró por el suelo inundado hasta donde estaba el equipo de emergencia fijado con correas—.
¡Tomas, busca los remos! ¡Alejandro, el balde!
Tenemos que sacar el agua de aquí dentro o nos vamos a dar la vuelta.
Alejandro reaccionó de inmediato. Desenganchó un balde de plástico amarillo que formaba parte del kit de supervivencia de la balsa y comenzó a achicar agua con un ritmo frenético.
Sus brazos se movían mecánicamente, vaciando el agua que amenazaba con hundirlos.
Elena, mientras tanto, localizó dos remos de aluminio telescópicos y le entregó uno a Tomas.
—Tenemos que alejarnos de la zona de escombros —dijo Elena, con la voz rota por el esfuerzo pero firme—. Si una de esas estructuras flotantes grandes nos golpea el flotador, romperá la balsa y estaremos acabados.
Durante las siguientes dos horas, el tiempo se desdibujó en una batalla agónica contra los elementos.
No había espacio para el miedo, solo para la acción física.
Alejandro achicaba agua hasta que los músculos de su espalda se acalambraban, momento en el que intercambiaba el puesto con Elena para que ella descansara de remar.
El pasajero en shock seguía inmóvil, incapaz de reaccionar, un peso muerto que debían proteger para que no saliera despedido con los vaivenes de la balsa.
La tormenta, afortunadamente, comenzó a perder fuerza a medida que avanzaba la madrugada.
Los vientos huracanados disminuyeron a una brisa constante y la lluvia torrencial se transformó en una llovizna persistente que, aunque molesta, ya no cegaba.
Las olas dejaron de ser paredes verticales y se convirtieron en largas colinas de agua que mecían la balsa con un balanceo lento y pesado.
Hacia las cuatro de la mañana, el silencio se apoderó del océano. Un silencio sepulcral, espeso, interrumpido únicamente por el chapoteo del agua contra la goma de la balsa y los sollozos apagados del otro pasajero.
Alejandro se dejó caer contra uno de los flotadores, exhausto.
Tenía las manos hinchadas, la piel de las palmas levantada por las ampollas y el cuerpo cubierto de una costra de sal que le escocía con cada movimiento.
Miró a Elena. Ella estaba sentada a su lado, con la cabeza apoyada en las rodillas, temblando incontrolablemente debido al frío.
Él pasó un brazo alrededor de sus hombros, atrayéndola hacia sí para compartir el calor corporal.
Elena se aferró a su chaqueta como si fuera lo único sólido en un mundo que se había disuelto.
—Estamos vivos —susurró Alejandro cerca de su oído—. Estamos vivos, Elena.
Elena levantó la cabeza y lo miró con ojos enrojecidos por la sal y el cansancio.
—¿Y los demás, Alejandro? —preguntó con un hilo de voz—. Había más de dos mil personas en ese barco. No veo luces. No veo otros botes. Nada.
Alejandro miró por encima del borde de la balsa hacia la inmensidad oscura.
La negrura del mar se fundía con la negrura del cielo en un horizonte invisible.
No había rastro de otros supervivientes.
La corriente y el viento los habían arrastrado lejos del lugar del naufragio, aislándolos en una masa de agua infinita.
Tomas, el marinero, estaba sentado en la proa, con la mirada perdida en el horizonte. Tenía una linterna de mano impermeable entre las piernas, pero no la encendía para no agotar las baterías.
—El Poseidón emitió la señal de socorro —dijo Tomas, intentando convencerse a sí mismo—. Los barcos de rescate deben estar en camino desde Miami o de las Bahamas. Nos encontrarán cuando amanezca. Tienen aviones con radares térmicos. Solo debemos esperar a que salga el sol.
Las palabras de Tomas quedaron flotando en el aire húmedo, perdiéndose en la inmensidad del océano. Todos sabían que la teoría era perfecta, pero la realidad del mar era muy diferente. Una balsa de rescate de seis metros era un grano de arena en medio de un desierto azul.
Con el paso de las horas, el cielo comenzó a cambiar de color, pasando del negro azabache a un gris plomizo y luego a un tono azul pálido y frío. El amanecer no trajo el calor esperado, sino una neblina baja que reducía la visibilidad a unos pocos cientos de metros.
Alejandro aprovechó la primera luz del día para evaluar su situación.
El inventario era desalentador. La balsa estaba intacta, lo cual era una ventaja enorme.
En el compartimento de emergencia había seis raciones de agua destilada en bolsas de plástico, un kit de primeros auxilios básico, tres bengalas de mano, un espejo de señales y un silbato.
No había comida, excepto unas galletas energéticas compactas que parecían bloques de tiza.
Pero lo peor no era la falta de suministros. Cuando la niebla comenzó a disiparse bajo los primeros rayos del sol tropical, Alejandro se puso en pie con cuidado, apoyándose en el hombro de Elena para escudriñar el horizonte en busca de la ayuda prometida.
No había barcos. No había aviones. No había columnas de humo en la distancia.
Solo estaban ellos cuatro, flotando a la deriva en un océano infinito que comenzaba a teñirse de un azul intenso y brillante bajo el implacable sol del Caribe que ya empezaba a calentar el aire, anunciando que el próximo enemigo al que tendrían que enfrentarse no sería el agua, sino la sed y el calor del desierto marino.